romalu Roma Lu

La familia Espinoza maneja el negocio de venta de periódicos desde 1980. Sin embargo, el avance de la tecnología les traerá dificultades que deben saber sobrellevar.


Cuento Todo público.

#cuento #lima #realismo #trabajo
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Cárcel

Matías se disponía a dormir.

-Mejor termina de hacer tus pendientes de la escuela, no hay necesidad de madrugar mañana.

-¿No quiere la señora Isabel que...

-No. - interrumpió violentamente la señora Luisa.

Matías, extrañado por la respuesta de su madre, se levantó de la cama, cogió sus cuadernos, le dio vuelta a una mesa de plástico que estaba boca abajo a unos metros de él y la apoyó contra la pared. Se sentó en una silla y comenzó a completar sus tareas.

Hace meses que no hacía sus tareas en casa, el trajín de las mañanas en el trabajo y su turno de estudios en la tarde le impedían concentrarse en ellas. Y más aún estos últimos días, que su familia ha estado más ajetreada que nunca tratando de sacar a flote el negocio.

***

Matías despertó a las cuatro de la mañana, y sin razón alguna. Su reloj biológico había sido adiestrado para bien y para mal. Miraba el techo pensando en la contestación de su madre.

¿Será que ya no nos quieren abastecer? - pensó - Recuerdo haber escuchado algo de eso hace unas semanas, pero claro, a mí no me cuentan nada. Incluso reparto y vendo más que Sofía, tengo derecho a saber qué pasa. Seguramente debe ser eso, dudo mucho que quieran acatar el feriado de hoy.

Hoy era el día del trabajador. Fue inevitable para él recordar aquel primero de mayo, hace cuatro años, cuando tuvo una de esas conversaciones con su madre que no se olvidan, porque te enseñan mucho o porque simplemente no se vuelven a repetir.

-Ma, ¿por qué no descansamos, si es nuestro día? - le preguntó Matías en el desayuno.

-¿Qué día?

-Del trabajador, mira ahí en la tele.

Justo pasaba una noticia de sugerencias de actividades familiares para el feriado largo.

-Ahh, no es para todos ese descanso, hijo. Nosotros no podemos descansar.

-¿Solo para le gente rica?

-No, mi amor. Nosotros somos independientes, solo los que trabajan para una empresa puedes descansar hoy, creo que así funciona.

-¿No debería ser al revés? Si somos independientes, entonces deberíamos escoger nuestros días de descanso.

-No es tan fácil. Somos independientes, pero también somos pobres.

Cuatro años después, Matías había forjado su propio criterio acerca de la pobreza.

Somos independientes, pero pobres, ¡ja! - pensó Matías - ese no es mi concepto de pobreza. Pero tampoco me enorgullezco. La verdad es que no hay nada de interesante en una vida monótona y austera donde se vive para trabajar. Preferiría una austera, no importa, pero en la que tenga tiempo para vivir.

Mientras Matías continuaba divagando en su mente, se iba quedando dormido otra vez, cuando unas fuertes voces que venían de la sala le abrieron los ojos de golpe. Era Luisa hablando por teléfono.

-Acá la gente todavía compra periódicos, señor Kohler. Nos conocen todos. De cada una de sus líneas vendemos unas quince al día. En total, las ventas no bajan de ochenta periódicos diarios y eso es porque todos nos conocen. Llevamos más de vein...

-Y no es algo que ignore, Luisa. Lo conversé con Miguel, ya sabes, el amigo del gerente, para ver si les daba una mano.

Me dijo que hizo lo posible para que se siga tomando en cuenta tu puesto como punto de venta. Lastimosamente, lo rechazaron en gerencia ya que desde el próximo mes solo se venderán copias en algunos centros comerciales. ¿Cómo te digo esto? La gente ya casi no quiere periódicos físicos, Luisa. Si no estoy mal, al menos en este distrito, son solo tus clientes quienes los desean en físico. A la empresa le conviene dejarlos en un centro comercial. Ahorramos el costo de enviártelos, porque el centro los recoge en la imprenta. Además, el margen de ganancia de ellos es mucho menor a comparación de la tuya. ¡Solo dejan tirados los periódicos en un estante! ¿Por qué pedirían tanto? Creo que estoy siendo bastante claro.

-No nos avisaron con tiempo, todo fue tan de repente. Fuimos un cliente responsable, siempre vendíamos más del mínimo requerido, y ni siquiera están tomando en consideración darnos una reparación por incumplir el contrato de tiempo.

-Luisa, «El Maquinón» era el único periódico que circulaba en puntos de venta que no sean centros comerciales, creo que es algo que cualquiera podía ver venir. Sal a las calles. No quiero... ¡Ay! ¿Ves a alguna sola persona sin un smartphone? ¡Por favor, despierta! Siempre traté de entender esta... ¿Cómo decírtelo? ¡Mediocridad tuya! - Kohler tomó aire y continuó más calmado - Todo está en esas maquinitas, la gente compra un periódico virtual, y listo. Ahorramos en impresión y ustedes salvan el medio ambiente. ¿No es espectacular?

Luisa respiro profundamente, tapando el micrófono de su celular con la mano. Estaba a punto de estallar. Guardó la compostura y con miras a su último recurso, continuó.


-Señor Kohler - dijo ya exhausta - tengo un celular, no sé si sea smartphone, pero no utilizo Internet, solo hago llamadas y las recibo. Mi pregunta es si recibiremos o no una reparación.

-Fue un contrato no escrito, Luisa. Literalmente, solo fue un pacto entre tú y yo. Eso también me pasa por proyectarme a fin de año sin hacer buenos cálculos. Bueno, mira, déjame ver. Voy a consultarlo, yo me comunico contigo mañana y te doy la respuesta.

-Muchas gracias, señor Kohler. Espero su llamada mañana.

Matías se levantó de la cama lo más rápido que pudo, con lo poco que escuchó de la conversación sabía que su madre rebosaba de amargura. No era tarde, pero igual no quería que lo viera durmiendo, sentía que su plácida cara de descanso sería un engorro para su aturdida madre.

Caminó a la sala que estaba a unos dos pasos de su cuarto con la intención de ayudar a preparar el desayuno y apaciguar la tensión. Sofía aún no se había levantado así que echó un suspiro de fastidio.

Mientras servía una taza de agua, escuchó unos quejidos que reconoció al instante. No era Sofía, definitivamente. Sospechó, y siguió sirviendo incrédulo. No había razón para creer tampoco, jamás había visto a su madre llorar.

Luisa presionaba una almohada hacia su rostro con fuerza, detenerse a mirarla era dejarse traspasar por una lanza de dolor e incertidumbre. Lanza que terminó atravesando a Matías, quien abatido se sentó a su lado.

Nunca quiso ser descubierta, ni ahora ni las otras veces en las que tuvo que reponerse por su cuenta. Hoy, para su mal, la escucharon.

Matías con la intención de no ser impertinente, le puso suavemente la mano en la espalda.


-Mami, ¿por qué lloras? - dijo temeroso de que lo eche de su cuarto.
Luisa dejó su almohada y con esa ternura que alguna vez se repartía por toda la casa de la familia Espinoza, lo abrazó. Lo abrazó tan fuerte, que el niño traspasado sucumbió al llanto. A los segundos, entró Sofía, despeinada y con los ojos rojos. Afligida por la incertidumbre se unió al sollozo.


-No sé qué voy a hacer. - dijo Luisa mientras lloraba.


Matías y Sofía estaban destruidos y complacidos. No veían una muestra de afecto por parte de su madre desde que "el viejo ese" (forma en que los hermanos llamaban a su padre) los abandonó. Nunca se había hablado del tema, y las dudas hacían burbujear infinidad de preguntas, especialmente con la calidez del momento. No era oportuno, y lo sabían.

El respiro pujante y el llanto empezaron a cesar.

-¿Ya no somos punto? ¿Verdad? - dijo Sofía, mientras se limpiaba las mejillas.

-Ya no, cariño. Nos cancelaron el contrato anual.

-Siempre las escuchaba hablar de eso. - dijo Matías - suponía qué algo de ello tenía que ver.

-No pueden cancelar un contrato así por así - agregó Sofía.

-Pensé lo mismo, pero no fue escrito. El señor Kohler dice que va a consultar la posibilidad de darnos un reparación por el perjuicio, pero no es nada seguro.

Hubo silencio.

-¿Qué haremos ahora? - preguntó Matías.

-Solo nos queda esperar a que el Señor Kohler nos confirme la reparación. Si es así, podremos tener para terminar el mes y uno más si ajustamos. También, desde ahora, tenemos que buscar un trabajo en alguna empresa.

- ¿Será posible encontrar trabajo en menos de un mes? - preguntó Sofía.

-Tiene que ser posible.

Luisa sentía que debía explicaciones, un abrazo familiar así de repente le causó preguntas que hasta el momento no se había formulado. Sin embargo, al igual que sus hijos, ignoró las dudas y continuó abrazándolos. Un no incómodo y placentero silencio seguido de otro "los quiero" ambientaba el triple abrazo.

El celular sonó.


-¿Señor Kohler?

-Hola, Luisa. Un gusto saludarte. Mi llamada es breve. Me aprobaron el monto de reparación por quinientos dólares. Hazme saber si lo tomarás.

-Sí, claro que lo tomo.

-Muy bien, en unas horas un repartidor pasará por tu casa. Que tengas un buen día y suerte.

-Muchas gracias.

-Ma, ¿nos lo dieron? ¿No? - preguntaron los hermanos.
Una sonrisa de labios juntos, que se traduce en esperanza, se apoderaba de los tres.

-Sí, hija. Felizmente accedieron.

-¿Qué sigue ahora? - preguntó Matías.

-Buscar trabajo, hay que salir hoy mismo a buscar trabajo. Bueno, tú y yo, Sofía.

-¿Y yo? - reprochó Matías.

-Tú podrás trabajar ayudando al señor Gómez con las verduras en el mercado. Algo te dará.

-¿Y la empresa?

-No te van a contratar, tonto. Tienes diecisiete. - dijo Sofía.

-¡Tengo el DNI azul! ¿Acaso van a estar mirando y leyendo mi fecha de nacimiento?

Sofía y Luisa se rieron, frente a la mirada insatisfecha de Matías.

***


Salieron juntas rumbo al mercado central. Lugar donde se puede encontrar un mural con algunas ofertas de trabajo.
Al llegar, encontraron unas tres hojas mal pegadas. Aunque la mayoría de empresas preferían hacer sus anuncios por Internet, algunas todavía recurrían a los dos modos. Especialmente, si desean contratar personal para labores que no requieran estudios superiores.

-Bueno, ma. Creo que yo iré a este, dice que necesitan personal para ventas. - dijo Sofía señalando el afiche en el mural.

-Yo creo que iré acá, necesitan personal para ayudante de cocina. Seguro que me contratan, tengo experiencia.

-Nos vemos entonces en casa, porque seguro salimos tarde de las entrevistas.

Cada una siguió su rumbo.

***


Dentro de dos horas, Sofía ya se encontraba siendo entrevistada por el personal de recursos humanos de la empresa para donde aplicó.

-Sí, todo lo que exige la ley y algunos adicionales. - le explicaba la reclutadora.

-¿Me podría explicar más de esos beneficios, por favor? - preguntó Lucía.

-Lo de siempre, la tarjeta de alimentos, seguro de salud, vacaciones, gratificación. Hay más, ¿no lo sabes?

-Perdón, nunca... Es que no he trabajado antes. Siempre ayudé a mi mamá en el negocio familiar, pero cerramos.

-Pensé que tu inexperiencia era en ventas. Nunca trabajaste entonces. ¡Uy! A ver, permíteme un momento. - dijo la entrevistadora y salió de la oficina.

Luisa sintió que echó a perder todo por abrir la boca. La culpa suya se volvió a su madre y luego a ella con tres veces más fuerza. Como nunca antes, se avergonzó sin reparos y con total convicción del trabajo que la tuvo atada dos años luego de terminar la secundaria. En sus entreveros y frustraciones, pero sin emociones que la dominen juró jamás volver a trabajar con su madre. Esto es un retroceso - pensó - ni yo ni Matías podremos crecer profesionalmente si seguimos en ese estúpido negocio.

-Perdón por la demora. Como comentaste que no estudiabas, creímos que trabajaste en alguna empresa. Esa falta de experiencia en el campo laboral real en alguien que no está en la universidad nos preocupó. Sin embargo, la empresa ha decidido aceptarte.

-¿En serio? Se lo agradezco bastante, de todo corazón. No pienso defraudarlos.

-Me alegro, Sofía. Mira, este sería el contrato a firmar por un año. Luego de ello, empezarás con tu capacitación, no te preocupes que te pagaremos por capacitarte. Toma, aquí hay lapicero. Escribes tu DNI y arriba tu firma.

-De acuerdo.

Sofía no podía creerlo, se le había abierto una infinidad de puertas, que por poco se cerraban con candado por unos deslices en la entrevista. No las conocía, pudo haber disfrutado de ellas desde mucho antes, pero como sigue creyendo, el negocio familiar le entorpecía el paso.

Ni siquiera había calculado bien cuantos beneficios recibiría por ser una trabajadora formal. Pero de solo escuchar unos pocos, quedó complacida. Estaba cautivada. Pensar en la mejora económica de su familia le traía alborozo.

De camino a casa, ansiosa por contarle a su familia de su nuevo logro, tropezó con el señor Carlos, vecino que vendía verduras y papas en el mercado.

-¡Vienes con ropa suelta, ah! - le dijo Carlos para luego reírse y seguir caminando.


Sofía no entendió la broma, pero soltó una sonrisa respetuosa.

Hay algunos chistes de la vieja escuela que no entiendo del todo. - pensó.

Al llegar, Matías la recibió.

-¿Cómo te fue?

-No tienes idea, hermanito. En serio no te imaginas.

-¿Te contrataron?

-¿Acaso no se nota?

-¿Y cómo es? ¿Cómo es? ¿Y la paga?

-Son novecientos treinta soles mensuales y unos descuentos por el seguro de salud. Sumándole la paga de mi mamá, tendremos lo necesario. Será como si nunca hubiéramos perdido el negocio.

-Oye, en verdad, no sabes cuánto me alegra. No me lo creo hasta ahora, ¿te van a dar vacaciones?

-No solo eso, sino todos los beneficios que por ley me corresponden. Además me ofrecieron línea de carrera.

-¿Y eso último qué es?

-Ja, ja, no sé, hermanito. Debe ser algo relacionado al estudio. Hay tantos beneficios que ni siquiera sé cuántos son.

Matías pensó en sus posibilidades para el próximo año, cuando alcance la mayoría de edad.


-Me tienes que recomendar a tu jefe el próximo año, no te perdonaré que no. - le dijo riéndose.

La puerta sonó. Era Luisa. Los ojos radiantes de Matías y Sofía se dirigieron a la puerta y corrieron a recibirla.

-¿Cómo estás? ¿Cómo te fue? ¡Tengo buenas noticias!

-Espérate, mi amor. ¡Asu! ¡Pero qué día! Mucho trajín, de verdad. - respondió Luisa.

-¿Cómo te fue ma? ¿Te contrataron?

Luisa respiró profundo, en ese segundo se le pasó por la mente la voz del reclutador diciéndole: "¿En qué mundo ha vivido todo este tiempo señora? Y más aún, siendo madre soltera".

Con esa entrevista, la fe de Luisa en conseguir algún trabajo en una empresa formal había sido sepultada por completo. Las primeras palas llenas de tierra cayeron cuando a sus 25, intentó ser contratada un call center.
Toda una vida en la informalidad, sumada a sus incesantes fracasos habían forjado una filosofía que despreciaba el trabajo formal. Y lejos de sentirse apenada por la marginación constante, pensaba que el trabajo de la gente de verdad es aquel que implica sudor y dolor.

-"No podemos contratar a nadie que nunca haya trabajado" - les dijo a los niños, remedando con sátira al entrevistador. - Yo sí trabajé, trabajé toda mi vida. Incluso más que los que están sentados en ese lugar. Bueno, niños, querían experiencia en algún restaurante formal. La paga era buena, pero, adivinen. - dijo entonando alegremente.

-No, no. Tranquilos, chicos, no pasa nada. Pasé vergüenza, cosa muy terrible. Pero vengo del mercado central de verduras, acabo de revisar las papas que tenía en su almacén el señor Carlos, ¿se acuerdan? El vecino del mercado que tiene contratos con los productores en Ancash. Son de muy buena calidad. El será nuestro proveedor y mañana mismo empezamos.

Matías, bajó la mirada y vio las manos de su madre con tierra seca. Como si se hubiera caído o revolcado en algún montón de barro.

Luisa los vio pasmados.

-¿Todo bien?

29 de Junio de 2022 a las 22:01 0 Reporte Insertar Seguir historia
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