luisngflores Luis Gabriel Noriega

¿Estás de acuerdo cuando te digo que todas las historias de adolescentes son protagonizadas por tipos altos, guapos, fornidos y deportistas? Bueno, entonces vamos por buen camino, porque a partir de ahora estás invitado a ver la otra cara de la moneda, la historia de los personajes secundarios... ¡Sí! De esos cuatro de allí, nosotros, quienes somos los más impopulares.


Aventura No para niños menores de 13.

#amistad #comedia #escuela #adolescentes
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Lo Típico de la Escuela

¿Estarás de acuerdo conmigo cuando digo que todas las historias escolares, todos los romances adolescentes, todas las tragedias juveniles están protagonizados por los típicos modelos inalcanzables de entre los 13 y los 17 años? Quiero decir, está perfecto, estamos acostumbrados a los héroes adolescentes, a los chicos futbolistas con cuerpos esculturales, rostros duros y masculinos; a las chicas con cuerpos de modelo, rubias, altas y carismáticas.

Si estás esperando una historia como esa… Estás en el libro equivocado.

Porque, ¿qué ocurre con esos personajes secundarios? Espera, ¿estás pensando en los que son como los principales, pero no son como ellos? Esos que cambian solo la nacionalidad, y la vestimenta, incluso el color de cabello… No, no, no, no, no más atrás, los todavía más secundarios, esos personajes que sólo funcionan para ser humillados, esos para los chistes y los episodios especiales que nadie ve… O lee, en este caso.

Bien, ahora vas a descubrirlo. Claramente tengo aficiones, sueños y propósitos, me hace falta la belleza, la popularidad y, en mi particular caso, la suerte. Digo, las personas como yo no nacemos agraciadas, más bien somos graciosas, y a diferencia de los bendecidos, debemos de esforzarnos un pelín más para alcanzarlo todo.

Así empieza mi historia… Y la de otros tres inadaptados como yo. Un nuevo grupo formado por aquellos que apenas y calzamos para tener un libro propio.

[…]

Toda historia empieza por el principio, y así tiene que ser, si no, Tarantino me pone una colleja. Hace unos meses cambié de localidad, no por gusto, más bien por un chiste sin gracia que prefiero reservarme: Mis padres están separados, mi madre se hace cargo de mí y mi hermana mayor, y mi padre de vez en cuando hace sus apariciones esporádicas y nos regala un par de monedas para la máquina de chicles de la tortillería.

Como un perfecto adolescente hormonal, con la ansiedad hecha sudor y el sudor hecho marcas amarillentas en la ropa, el inicio de clases no me entusiasmaba de todo, principalmente cuando pasas de una localidad a otra, dejando atrás a los amigos de la cuadra y a los pocos compañeros de la educación primaria y la anterior secundaria.

Además, ¿a quien le entusiasma la secundaria? Digo, nadie es capaz de soportar mocosos calenturientos y ruidosos seis horas seguidas, y si tú lo eres… Hay una seña obscena que en este momento te ahorro de ver. Supongo que todos hemos experimentado ese estrés del primer día, conocer a los profesores quienes te harán la vida cuadritos por los siguientes seis meses, aprenderte las reglas de los salones y fuera de ellos, y, sobre todo, formar tu grupito de amigos.

¡Forjar tu linaje, señoras y señores! Porque, es obvio, todos nos sentimos más cómodos juntándonos con un grupo de nuestros mismos intereses, los chicos populares gozan de mostrar sus habilidades con un balón a los más escuálidos y débiles, mientras que las chicas se pavonean llevando un séquito de mujeres más feas que ellas. El resto aprendemos a andar solos, a mirar el mundo con otros ojos… No sin antes hacer una humillante y apasionante lucha para “impresionar” al estúpido mundo.

¿Te importan las clases? ¡Fantástico! A mí tampoco, hagamos un salto a la hora del receso.

Ignorando a los inocentes del primer año y los alzados del tercer año, los grupos, al menos de mi salón, no tardaron en formarse. Pese a mi negativa inicial y los nervios sudorosos de mi piel, intenté, tartamudeando, entablar una sólida amistad con tan sólo un par de segundos de interacción social.

Empecé en las canchas de futbol, una travesía como ninguna, pues debía hablar con Mauricio, el autoproclamado capitán del inexistente equipo de la escuela.

— Ja, ja, hola… A-Amigo corpulento —. Fuera de mi sudor, olvidé su nombre, maldición — ¿Q-Qué tal vas manejando ese balón? Estoy seguro de que M-Messi se queda corto ante… ¿Ti?

Admito que mis halagos no fueron los mejores, su respuesta fue una mueca, como intuía.

— ¡Deja las bromas…! —. Le di un delicado golpe, con mis manos cenicientas, al costado del brazo — ¿Amigo?

Su silencio era incómodo… ¡Y doloroso!

— ¡Ja! ¡Ja! —. Mi risa ultra falsa fue interrumpida por la visión de una chica en el campo, una oportunidad que decidí aprovechar… — M-Mi-Mira a esa chica, la de allá, ¿será ella la portera? P-Por-Porque las para todas, ja, ¿no? —. De muy mala manera.

Lo logré, aunque parcialmente, Mauricio me miró fijamente esta vez, aunque sin el afán de entablar una amistad, más bien la de iniciar una riña

— Ella es mi novia… ¡Ten mucho cuidado! Debilucho.

Fue grato recibir un golpe de su parte, parecía como una despedida… Y una advertencia. Como fuese, admito que mi comentario no fue acertado, quiero decir, ¡qué mala imagen pintan los deportistas! De todas maneras, no soy el mejor jugador del mundo, su amistad no me conviene. Además, ¿cómo es que tiene una novia al primer día de escuela?

Segundo grupo, las chicas. Pese a que suene muy chulo, no soy un casanova, porque estoy seguro de que la imaginación es traicionera, pero te estás alejando de la realidad: Mi cabello está peinado con unos cinco kilogramos de cera, mis amarillentas marcas de sudor manchan mi blanca playera escolar, me trabo al hablar y mis zapatos no están del todo lustrados. No soy precisamente agradable de ver.

Ignorando mis limitaciones sociales, llegué con una máscara de falsa confianza al circulo de chicas acaparando una de las bancas de la tiendita escolar.

— ¡Hey! ¿Qué tal, muchachas? ­—. ¿No te pasa a ti que el estómago se te revuelve cuando una mujer, guapa, te lanza una mirada de pistola y desprecio con solo escuchar tu voz?

Su silencio me lastimó más que sus miradas, y esas muecas de asco… Trágame tierra.

— Oh, ou, eh… L-Lamento si interrumpí —. Balbuceé un par de tonterías más, hasta creo que dejé escapar un par de gotas de saliva — I-Interrumpí su c-conversación de… ¿Cosas de chicas? —. Alcé mis brazos, como idiota, obviando mis palabras.

Un murmullo emergió de ellas, y una, la líder, me dio la ansiada respuesta.

— Ósea, ¿supones que, por ser chicas, estamos hablando de cosas de chicas? —. Preguntó en un tono tan agudo y punzante que me sentí humillado.

— Sí, digo, ¡no! Bueno, e-estamos en un país… L-Libre, ¿no? Todos podemos hablar d-de t-todos y de aquellos y… Y yo, pff, m-me, me, me voy.

Me di la vuelta como una roca, mis brazos tiesos y extendidos, y escapé de sus palabras altisonantes con el rostro más rojo que un tomate. ¿Puedes culparme? Nadie menciona que la vida adolescente sea tan dura, no es como que tus compañeros te traten con tacto, antes de este grado escolar sólo me dedicaba a gritar afuera de la casa de mis amigos de la cuadra para convencer, o forzar, a sus padres para que los dejaran jugar en la calle.

Como sea, mi siguiente intento serían los tipos de aquella esquina, cerca de los baños, un grupo tipo “chicos de barrio” … Muy de barrio… ¡Muy de barrio! Claro que no tenía las agallas de acercármeles, posiblemente terminaría con los calzones más estirados que una liga. Afortunadamente, el intento por formar parte de uno de ellos quedaría hasta allí, pues un compañero del salón, tan tonto como yo, tropezó conmigo, frustrando mi autoengaño y haciéndome tambalear hasta azotar en medio de la muchedumbre; él también cayó dramáticamente a pocos metros de mí.

Las risas no se hicieron esperar y la ayuda, al menos por parte de los espectadores, jamás llegaría. En un acto de generosidad ante la tragedia que él también había protagonizado, el chico se levantó, se acomodó los lentes, y me extendió una mano para hacerme ponerme de pie.

— ¡Cáspita! ¡Chispas! ¡Lo siento tanto! —. Dijo, tenía un tono muy raro de voz, además de pronunciar la “d” y la “s” juntas, un extraño peinado echado hacia atrás y unos lentes tan grandes y gruesos, como telescopios.

— Deberías ser un poco más cuidadoso —. Intentaba quitarme el polvo de la ropa y las risas de la cabeza.

— Irrelevante. Al menos contribuí a que todos olvidaran tu anterior fracaso —. Me giré ante la pasividad de sus palabras… ¿Enserio fue tan evidente? — Fue un buen intento, pero las chicas suelen rechazar a los hombres con una cartera vacía, o con un aspecto —. Hizo una pausa para barrerme con la mirada — idéntico al nuestro. Tus probabilidades, contando el ridículo de hace unos instantes, no alcanzarán ni el 1%.

Tartamudeé, me mordí la lengua dos veces, balbuceé y simplemente alcancé a escupir, indignado:

— ¿E-E-Estabas e-espiándome?

— No —. Ladeó la cabeza — Corrijo, sí. Sin embargo, el resultado era inminente: Los factores concuerdan, no fallé en mi premonición, aunque si en mi interacción, así que disculpa el atrevimiento —. Parecía hacer una reverencia.

¿Sonaré demasiado estúpido si digo que no entendía de lo que hablaba? Si tu respuesta fue afirmativa, déjame decirte que te has llevado ya dos señas obscenas.

— Aun así, tus intentos por socializar seguirán fallando sin remedio —. ¿Debería ofenderme? ¡Tengo derecho! — Tienes la posibilidad de evitarlo si te sientas con nosotros, ya han pasado tres cuartas partes del receso, y no querrás pasar los últimos siete minutos y medio hablando solo. Acompáñame.

— Espera, ¿nosotros? ¿Tienes un grupo?

— Incorrecto, más bien un dúo. Y, si tienes suerte, un trío.

Volteé los ojos y lo seguí, ¿tenía otra opción? Caminamos en silencio hasta llegar a una de las esquinas de las jardineras pegadas al laboratorio de la escuela, ahí nos estaba esperando un chico más, delgado y alto, con la piel blanca y el rostro invadido por la pubertad, además de esos múltiples puntos rojos del acné, tenía los ojos verdes y el cabello castaño claro.

— Hey, Mario —. Su voz era algo rasposa, con poca intensidad, hablaba bostezando, diría yo — Parece que te encontraste con un nuevo amigo, parece que ya no quedan asientos vacíos.

— Estás en lo cierto. Por lo visto, puede llenar nuestra banca vacía —. Mario, ahora sabía el nombre del cuatro ojos, giró hacia mí — Excúsame por no haberme presentado, mis modales se perdieron tras la estrepitosa caída, mi nombre es Mario, como pudiste escucharlo de mi entusiasta compañero, y él es Carlos.

Carlos se limitó a alzar una mano.

— Bien, es tu turno —. Se adelantó a decir Mario.

— Oh, sí, eh, emm… Saúl, me llamo Saúl —. Dije, agrandando las marcas de sudor.

— ¡Es un gusto! —. Dijo uno.

— Adelante, toma siento —. Añadió el otro.

Me senté en medio de ambos, con Carlos a mi derecha y Mario a la izquierda; mientras el cuatro ojos devoraba lo que restaba de su almuerzo, presté más atención a Carlos (dejando de lado su grotesco problema cutáneo) y me topé con un extra en su playera: un pin.

— ¿Estás usando un broche de un… anime? —. Me sorprendí, evidentemente, yo no era un fiel consumidor de las historias animadas japonesas — ¿Eres otaku?

— No, bueno, no todavía —. Me evitó la mirada un rato — Más bien un coleccionista fanático, ya sabes, me gustan esas cosas lindas para decorar —. Tenía una forma peculiar de mover las manos, era gracioso.

— ¿Eso no es caro? —. Pregunté al instante.

— Afirmativo —. Intervino Mario — El coleccionar figurillas u objetos extranjeros conlleva a un enorme gasto monetario, ¿cómo te solventas económicamente?

— Pues verán…

Paso 1: Carlos obtiene un puesto de ayuda en la tiendita escolar; paso 2: Carlos vende productos y descuenta parte del cambio del cliente a su bolsa; paso 3: Carlos hace creer que ciertas chucherías son más caras, persuadiendo así al cliente; paso 4: Carlos toma parte de las ganancias de la venta, sin ser visto, y lo guarda en su bolsa; paso 5: Carlos disfruta de lo listo que es; paso 6: Carlos repite el proceso.

— ¿Así que te embolsas el cambio de los alumnos?

— Yo lo llamo: Mentalidad de tiburón.

— La definición correcta es robar.

— No lo es si no te atrapan —. Lo decía con verdadero orgullo — Además, es muy pequeño, nadie se da cuenta; y, obviamente, el factor está en el ahorro, por eso consigo muy rápido los puestos en la tiendita…

Por detrás de las jardineras aparecería una de las profesoras encargadas de la vigilancia durante el descanso, con los brazos cruzados, observando a Carlos, visiblemente molesta, dominándolo con la simple mirada.

— A, ja, ja, ja… Las historias que contamos mis amigos y yo suenan tan convincentes, reales, vaya… —. La maestra negó con la cabeza — Y… Y… Y ahora voy a la dirección.

Dicho y hecho, así como se levantó, le esperaba una amonestación por su falta. Mientras tanto, Mario y yo nos limitamos a ser escuchas y no participantes, aunque no nos caería castigo o regaño por eso.

— Hay un 80% de probabilidades de que seamos sólo dos de ahora en adelante —. Acertó a decir Mario.

— Pues… Aun si no lo echan, hay un espacio vacío, ¿no?

Claro, estaba mirando a otro lado, en un instante fue y regresó mi mirada al último lugar vacío, y en un segundo apareció otro chico, un cuarto, ahí sentado, callado, degustando pasivamente de sándwich de huevo con frijoles refritos, con el cabello recortado, una lonchera colgándole a un costado y un llamativo chaleco rojo.

Me sorprendió, claro que lo hizo, di un salto al momento de verlo.

— E-E-Ehh, ¿c-cómo llegó ahí de un momento a otro?

— Supongo que seremos ahora cuatro —. Sentenció Mario y continuó — Tal vez ese sea nuestro destino, ser un grupo sumamente unido, tal vez no seamos muchos, pero será nuestro deber estar juntos, aceptarnos, y ser esa diferencia entre los demás, porque nuestro cuarteto de amigos representará y acogerá a todos los inadaptados para hacer más apacible la escuela, las relaciones sociales y la vida adolescente… Ay, esa es la chicharra —. Sí, sonó la campana escolar — Hora de clases —. Y, así como así, abandonó su discurso y marchó al salón de clases.

El extraño chico del chaleco rojo hizo lo propio al terminar sus alimentos.

Yo me quedé un rato ahí sentado. No podía creer que mi grupo sería muy parecido al mío, uno nada agraciado, poco interesante y cero atractivos… Aunque seguro estaba que seríamos sumamente unidos, tendríamos nuestro encanto para nosotros mismos.

Seguro seríamos amigos para siempre.

Ahg, que cursi se escuchó.

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