elbardo Brandon Lee Avila

Un diplomático es invitado a la famosa mansión del revolucionario intelectual Diederick Chofran. Ahí se encuentra con su sirviente, Windstone, quien hace de emisario sus días de estadía, pronto descubrirá el horror que le espera en la mansión.


Cuento Todo público.

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La mansión Chofran

Fui como invitado diplomático a la enorme mansión del famoso revolucionario Diederick Chofran, músico, poeta, político y un intelectual como pocos. Quedé extasiado y estupefacto por todas las maravillas que ahí descansaban. Algunas eran cosas que cualquier museo hubiera deseado tener.

El caballero que me atendió también me explicó que Chofran estaba indispuesto por cuestiones de salud, pero que, a través de él, podría hacerle llegar cualquier inquietud.

Los aposentos que me brindaron eran cómodos y lujosos. La cama, por si sola, se presentaba como una obra de diseño y arte impresionante. Seda y tela de calidad se podía observar en cada rincón de la recámara. Sus muebles eran de primera, algunos con espléndidos tallados llenos de pasión. A pesar de todo eso, el ambiente estaba cubierto de un misticismo lúgubre, como el hábitat de las atalayas, abadías o templos abandonados. Tal vez se debía a las pinturas góticas colgadas o los murales que se encontraban en los pasillos; en cualquier caso, estar ahí resultaba inquietante y, al mismo tiempo, me generaba profundo asombro.

Durante la cena, Chofran no pudo acompañarnos, no obstante, su emisario, de nombre Windston, me atendió con una fineza precisa y agradable. La comida estuvo deliciosa y el vino fue un lujo que no podía rechazar. El hombre no comió, dijo que su entrenamiento le prohibía compartir comidas con personas poco conocidas, pero que estaba gustoso de acompañarme. No quise ser descortés o insultar las tradiciones de aquel lugar, así que acepté su explicación con una sonrisa.

—Estimado señor L, tenemos entendido que cuenta con una reliquia familiar transferida de generación en generación —habló Windston hincándome la mirada en las pupilas.

—Si —respondí—, mi familia carga con aquello desde siempre…

—Nos interesa comprarlo, diga un precio.

Me sentí sorprendido por la propuesta, de ser otras las circunstancias hubiera, sin duda, hecho una oferta para pasar a las negociaciones. El dinero no era un problema en mi familia, sin embargo, la carga de dicha herencia sí. No deseaba tener que pasarle a mis hijos y nietos la onerosa responsabilidad.

—Lo lamento, no es posible venderla —respondí antes de tomar un buen sorbo de vino.

—¿No? ¿Por qué? ¿Alguna razón en especial? ¿Es demasiado querida para usted?

—No, es solo que esta reliquia no es un objeto.

Windston pareció muy intrigado, incluso alteró su mecánica cordialidad con una sonrisa.

—¿Entonces qué es? —Inquirió intrigado.

—Lamento decir que es un secreto…

—Póngale un precio al secreto. Lord Chofran estará más que gustoso de comprar información.

Lo pensé por casi un minuto. Los platos fueron retirados de la larga mesa de madera. Los sirvientes se movieron eficientes e indetectables. El viento silbó con una gravedad espectral.

—¿Qué tal un intercambio? —Propuse—. No pude ignorar cierto cuadro en la pared. Me encantaría colgarlo en mi hogar, además, lo realizó un artista importante y aquello siempre será una buena presentación para mi humilde morada.

Windston lo meditó por unos segundos, me miró con firmeza y accedió.

—El cuadro de su elección será suyo a cambio del secreto de su familia.

—Muy bien —sostuve su mirada tratando de darle confianza, necesitaba que el acuerdo no se malinterpretara. Me deshice de la capa y desabroché mi camisa.

El elegante hombre observaba sin perder detalle.

Mi torso desnudo reveló la «gran carga» y herencia familiar: un tatuaje en el estómago con forma de cruz y simbología perteneciente a un antiguo culto proveniente de la península arábiga. El dibujo fue preparado con sangre de mi padre y otros materiales. Era un sello que nos condenaba a una vida de rituales y estudios sin sentido.

—Conque un cazador de vampiros… —Murmuró Windston.

Me sorprendí al notar que conocía la marca y su significado, pero al pensarlo con detenimiento, no era tan complicado deducir el porqué. ¿Cuánta información habrá comprado Chofran en el pasado? Es más, algo que me intrigaba era que podrían saber de otros cazadores de vampiros.

—Veo que conoce la marca —respondí—, lamento que no haya sido tan sorpresivo como imaginé. En cualquier caso, es absurda. ¿Vampiros? Tales cosas no existen. He jurado ser el último de mi familia que sostenga rituales y estudios supersticiosos.

Mientras me abrochaba la camisa, Windston se levantó de la mesa y pidió que me acompañasen a mis aposentos. Antes de desaparecer del comedor se giró para decirme:

—No crea que son simples supersticiones. En algún momento de la Historia, los vampiros fueron un verdadero problema para la humanidad.

La oscuridad interrumpida por el aura naranja de las velas y antorchas permitía ver sombras danzarinas en las paredes de la mansión. Un sirviente delgaducho y moreno me acompañó hasta mi habitación.

—¿Qué es lo más divertido o interesante de la ciudad? —Pregunté al hombre, quién, con horror y señas, se negó a decir una palabra.

Mis intentos para hacer que hablara fracasaron. No obstante, después logré entender que no se trataba de un error mío o negligencia suya, resultó que era mudo, pues, entre tantas preguntas, el joven balbuceó desesperado y evidenció su falta de lengua. Conmovido por tal imagen, lo dejé en paz.

A la mañana siguiente el señor Chofran dejó una carta sobre la mesa recibidora de la habitación, misma que decía lo siguiente:


«Querido señor L, debido a circunstancias relacionadas con mi mala salud, temo que hoy estará solo por la mañana, yo descansaré en mis aposentos. He destinado a un par de sirvientes para cumplir sus deseos. Windston se encargará de actividades diversas en la ciudad, pídales cualquier cosa con toda confianza».


Aquella noticia me pareció infortunada, no obstante, la situación era esa y no podía cambiarla. Bajé a desayunar y decidí aprovechar el tiempo libre.

En el exterior, una tormenta se acercaba de forma inevitable. No se escuchaban aves, perros ni otro tipo de animales. Di un pequeño tour en la mansión con la intensión de revisar los cuadros que descansaban en sus paredes. Un trato era un trato y Chofran se presumía como un hombre de palabra.

En una sala iluminada encontré bellísimas pinturas románticas e impresionistas de un autor desconocido para mí. Así mismo, descubrí un tesoro al toparme con un cuadro perdido de Friedrich Caspar: un hermoso ocaso sobre una pradera que se extendía solitaria para dar realce a una destruida capilla sombría. Cuando lo vi determiné que ese sería el cuadro elegido como parte del trueque pactado; sin embargo, en lo que parecía ser el estudio del culto Chofran, me encontré otros bellos retratos, horizontales todos, de un metro de alto, con marcos dorados. Consistían en majestuosas pinturas que reflejaban el conocimiento ancestral de la familia Chofran. Entre esos retratos simpáticos, de ojos púrpuras y celestes; de peinados largos y extravagantes, una persona me resultó bastante conocida, aunque, en ese momento, no recordé de quién se trataba.

La diversión se acabó cuando el estruendoso sonido de una bandeja cayó al suelo ante la sorpresa de uno de los sirvientes. Balbuceando y con aspavientos apresurados y torpes, me tiró de la camisa exigiendo mi retiro del lugar. Eso me incomodó de sobremanera, lo que generó una sensación perturbadora a la que le siguió la comprensión macabra respecto a la naturaleza de los asistentes: todos eran mudos, o como mínimo, los que estaban a mi servicio ese día.

Perturbado por tales actos de crueldad, decidí confrontar la situación, era indignante y antiético, sin mencionar «inhumano». Caminé con la frente en alto y con el orgullo herido. Aquello permitió a mi mente explorar el insulto que Chofran me lanzó al no recibirme y al no hablarme durante mi estadía, a pesar de que él me invitó y era conocedor de mi presencia. No podía creer que el ilustre Diederick ejecutara tales crueldades con su personal.

La habitación principal se ubicaba solemne y solitaria en el pasillo más largo del cuarto piso de la mansión. Ignorando la insistencia desesperada de los sirvientes, me acerqué al lugar. El pasillo carecía de ornamentos, solo contaba con una larga y lujosa alfombra color esmeralda en el piso.

Cuando entré, cortas son las palabras que tengo para describir la imagen desdichada de Chofran postrado en su cama. Conectados a él vi un montón de tubos y una máquina que le monitoreaba el cuerpo, similar a una bomba que le extraía sangre desde el brazo derecho. Todo él era un esqueleto, ya no tenía músculos, se veía como un anciano agonizante. Era extraño pensar que aquella figura delgaducha y pálida alguna vez fue el más célebre artista.

Al fijarme con detenimiento, algo aún más impresionante revolvió mi estómago. Su vientre estaba adornado por un dibujo deslavado, cuyos símbolos reconocería en donde fuera. Eran los de un cazador de vampiros. Mi mente recordó entonces el retrato que observé en el estudio, el hombre que me trajo recuerdos era un antiguo y reconocido cazador, sin embargo, no tenía idea de que pertenecía al linaje Chofran.

La sangre que se le extraía hacía un lento recorrido por los tubos hasta gotear en una larga botella de vino. La máquina que posiblemente estaba a cargo de succionar la sangre no le hacía ningún bien.

—Veo que nos ha interrumpido en la hora de la comida —dijo la voz de Windston a mis espaldas. Sostenía una copa con un líquido rojo y espeso—. Debió esperar su turno, así como escuchar un poco más a su padre, habría evitado el mismo destino que el joven Chofran.

25 de Junio de 2022 a las 23:53 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Brandon Lee Avila Me llamo Brandon Lee Abril Avila ; si, al parecer hay tres apellidos ahí y la verdad es que es todo un desastre. Cuento corto: soy mitad coreano, mi padre nunca me reconoció y se perdió en la infinidad del mundo cuando tenía tres o cuatro años. Tengo el apellido de mi padrastro, a quien quiero muchísimo. Mi padre biológico llegó varios años después cuando cumplí 21. Ira, tristeza, frustración, perdón, me apropio de mi apellido "biológico", me reconcilio con mi padre y aquí estamos.

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