angelazuaje22 Angel Azuaje

A despertado y vaga a lado de una mujer que se comporta de la misma forma que todos en el pueblo. Ausente y con una sonrisa eterna en el rostro.


Cuento Todo público.

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Ojos de mosca — Angel Azuaje

Le llamaba la era de los ojos de mosca. Espantosos momentos. Eran felices, a tal punto que podías ver en las calles a las personas deambulando, perdidas. Los hombres exhibiendo sus flácidos penes, las mujeres sus protuberancias arrugadas y caídas, más como pellejos que salían de su pecho, que alguna vez sirvieron para alimentar a bebés. También era uno de ellos, no recuerdo como había llegado a ese estado deplorable. Escuincle, palabra la cual describe como era mi cuerpo. Drogado, palabra la cual define como estaba mi mente. Soledad, palabra idónea para expresar como me sentía. Así estaban todos esos seres, en cada rincón los veía felices, siempre sonriendo.

Onírico, palabra que podía explicar todo. Pero estaba allí sintiendo la pudrición del pueblo. Sus sonrisas en sus rostros me molestaban, ¿por qué sonríen? No se dan cuenta de sus estados asquerosos. ¡Hey tú pelirroja! Le había gritado a solo poco centímetros de su cara, seguía sonriendo. La sujeté por sus hombros fríos y huesudos, la sacudí, seguía sonriendo. La solté enojado, ella siguió deambulando sin que sus dientes amarillos se ocultaran.

Casas pequeñas con el suficiente espacio para que aquellos cuerpos sonrientes se refugiaran de la lluvia y la noche. El silencio era más terrible en esas horas. ¡Hey tú pelirroja! ¿Te conozco? Había gritado a la misma mujer, sentía que la conocía de algún lugar. Seguía sin recibir respuesta, estuve siguiéndola por muchas horas, era su acosador, me esforzaba por tratar de recordar, de encontrar una lógica al sentimiento que sentía por ella.

—¿Por qué sonríes? —dije—. Deja de sonreír maldita estúpida.

Sonrisas y más sonrisas, era la única respuesta que recibía. Era un rostro hermoso, pero desgastado, sin vida. Más allá de esa exasperante expresión de felicidad me cautivaba sus ojos. Bajé la mirada hacía su cuello, seguí recorriendo su delgado cuerpo, me asqueó. Desgarbado, sucio. Enseguida subí la mirada, su rostro de verdad era hermoso, lastima que tenía esa irritable sonrisa.

Busqué algo con que taparme y también a ella, ya no soportaba seguir desviando la mirada hacia ese cuerpo deprimente. Sentí un vació en el estomago, comprendí que necesitaba comer, también ella, aunque no lo expresara. ¿Dónde? No había restaurantes, y aunque lo hubieran no tenía dinero, sin tiendas de frutas, si carritos de arepas, sin cuchitriles de ventas de golosinas, nada, no había nada, solo dispensadores de un liquido viscoso sin sabor ni olor. Con esto nos alimentábamos, razón por la cual lucíamos tan escuincles.

—Sabes, creo que la vida no era así —dije. Caminaba a su lado, a su misma lentitud—. Tal vez era un sueño, no lo sé, pero recuerdo que una anciana, cuando era niño, me contaba historias, me gustaba, sabes. Las personas no hacían otra cosa más que hablar y hablar. Se enojaban y peleaban, se gritaban, lloraban de tristeza. Sabes, me gustaría ver eso. ¿Por qué sonríes? ¿Por qué no me hablas? Me gustaría que me gritaras, que te enojaras conmigo.

Empezaba a sentir dolor en los pies. La sujeté por la muñeca y la obligué a que me siguiera. Fuimos a una de esas pequeñas casas.

—Acuéstate —dije mientras la obligaba—. Necesitas descansar, llevas horas deambulando, ¿es qué no te cansas? Sigues sonriendo. ¿Qué es lo que te da tanta gracia? Para maldita idiota, para de sonreír. La anciana me había dicho también que todos tenían problemas y se angustiaban, a veces llegaban hasta el punto de tirarse de los puentes, de lanzarse de las azoteas de los edificios, sí, edificios, seguro no sabes lo que es, los derrumbaron todos. Otros se asesinaban lentamente, caían en el alcohol, en las drogas. Cuanto me gustaría ver eso. Que dejaran de sonreír. Tú sigues sonriendo. Me gustaría borrártela, verte llorar, gritar, ¡anda grita!

Al despertar ya no estaba, se había ido, seguramente en la efímera transición de lo negro de la noche a lo dorado del día. La busqué y la encontré demasiado pronto.

—Hay otras cosas que me contó la anciana. Le llamaba miedo. ¿Sabes lo qué es? —pregunté mientras caminaba a su lado, esperé respuesta pero sabía que no diría nada—. Quisiera saber también que es. Dejaban de hacer cosas por culpa de eso. Sufrían, pero también me dijo que te cuidaba, te hacía fuerte y atento, cauteloso. ¡Que sentimiento tan extraño!

Mientras caminábamos seguía hablando y ella tal vez me escuchaba, fue cuando tropecé con lo que parecía un revólver. Lo sujeté, pesaba y además estaba cargado, dos balas.

—Con esto —dije enseñándole el revólver—, infundían el miedo, sí, malandros, matones, bandidos. ¡No te muevas sino te vuelo los sesos! —Ahora sonreía igual que ella—. ¡Deja de reírte o sino te vuelo los sesos!

Caminaba frente a ella en retroceso mientras le apuntaba el cañón del revólver en la frente. No se inmutó. Seguía viendo su estúpida sonrisa y esos ojos extraños. Dejé de caminar y ella se acercó aun más, su frente sintió el frío cañón del revólver, seguía sonriendo. Estuve tentado en accionar el gatillo, mi dedo índice temblaba, no de nervios, sino de emoción. La sujeté por el cuello sin dejar de hundir el cañón en su frente.

—Anda sufre —dije—, anda suplícame por tu vida, dame ese placer.

Pero ella seguía mostrando sus mugrientos dientes. Dejé de apuntarla, solté su cuello, estaba decepcionado. Ni con un revólver pude infundir miedo, había fracasado. Tristeza, era la palabra…

—Ella, sí la anciana —seguí hablando—. Me dijo algo muy absurdo para estos tiempos. Hubo, en aquella época de esplendor, tipos que se dedicaron a violar mujeres. ¿No sabes a lo que me refiero? La secuestraban, luego las obligaban a desnudarse o ellos mismos les rasgaban sus vestidos, las golpeaban y las penetraban sin compasión, sí —Señalé a unos de ellos—, con esas cosas flácidas que llevan colgando. Es asqueroso, pero me gustaría verlo, ver como ellas sufren, escuchar sus suplicas.

Estuve por un rato silencioso, sus ojos eran la razón, los miraba como si no existiera otra cosa en el mundo. Pasaba mis dedos a solo milímetros de sus ojos, me acerqué tanto que podía ver mi reflejo en ellos. Demacrado, mi rostro era el reflejo de aquellos tiempos.

—Me gustaría arrancártelo —dije al fin—, escucharte gritar, verte retorciéndote, haciendo muecas de dolor. Extirpártelo, hundir cada uno de mis pulgares y hacerte una cuenca llena de esa masa viscosa, pero sé que seguirás apacible y sonriente.

Sin contener mi impulso sujeté firmemente con dedos ansiosos uno de ellos y se lo arranqué de su cuenca. Sentía en mis dedos, lo baboso y blando que era. Sangre, era roja y viva, chorreando a través de su mejilla, cayendo en sus pies desnudos. De repente lo noté, su sonrisa se desvanecía. Por primera vez estaba eufórico, feliz, pareciera que mi cuerpo estuviese intoxicado de polvo blanco. Estaba riendo como un loco, a carcajadas sonoras. En ese momento sin pensarlo sujeté el otro ojo e hice lo mismo que había hecho con su gemelo. Lo arranqué con todas las fuerzas que me regalaba el placer de ver su sonrisa esfumarse. Sujetando cada uno de sus ojos en mis manos no paraba de reír. Extasiado de júbilo. Ella…

—¿Quién eres? —dijo—. ¿Quién se está riendo de esa manera? ¿Estoy en una pesadilla? Mis ojos, me duelen mis ojos. No veo, ¿Por qué no puedo ver? ¿Quién eres?

Silencio, mi boca hacía silencio. Erguido miraba como sucumbía de rodillas al suelo. Escuchaba su llanto, sus suplicas, sus quejas, sus lamentos. Temblaba, tanteaba el suelo, inútilmente buscando algo que la salvase. Ahora yo era el taciturno y ella la que no dejaba de pronunciar palabras. Quería convencerse que era una pesadilla, pero el dolor, el frío, el cansancio, todo le parecía tan real, que no dejaba de suplicar por su vida. Empecé a recordar el miedo. ¿Por qué? Creía que sentiría placer al ver aquello, y fue así, un placer efímero, pero ahora el miedo se intensificaba. ¿Por qué? Se acercaba y sentía asco por ella, quería alejarme, tenía miedo. Se arrastraba, cada vez estaba más cerca. Solté uno de sus ojos y empecé a registrarme, buscaba algo, no recordaba qué, pero tenía la sensación que era algo que me protegería. Al sentir su metal frío lo recordé. En ese momento caí de bruces, me había alcanzado. Me sujetaba, clavando sus uñas, el tobillo. Se aferraba suplicándome que la ayudase. Estaba aterrado, su voz ronca me infundía un miedo absurdo. ¿Por qué? Seguía chorreando sus cuencas y no dejaba de gritar. Me empezaron a temblar las manos. El revólver temblaba también de miedo.

—Ayúdame, por favor ayúdame —dijo con la voz cada vez más ronca.

—Suéltame maldita mierda —dije por fin.

Pero ella seguía clavándome sus uñas mugrientas. Reaccioné, pienso, como cualquiera lo hubiera hecho, si habría sentido el inmenso terror que estaba en mi cuerpo. Jalé del gatillo, una y otra vez, después del segundo disparo seguía jalando, pero solo se escuchaban un clic y mi grito de miedo, de alivio. Dos balas perforaron su cráneo. Ahora su rostro estaba bañado de sangre.

Agitado me levanté. En una mano llevaba el revólver y en la otra a puño cerrado fuertemente, llevaba extirpado uno de sus ojos. Solté ambas cosas como si me hubiesen dado una descarga eléctrica. Comencé a limpiarme las manos con mi ropa. Aquello me dio asco y comencé a quitármela. Nuevamente estaba desnudo y solo en aquel miserable pueblo de mierda.

Y así había terminado mi efímera compañía, sigo vagando solo, con el miedo de escuchar otra vez una voz parecida a la de aquella desangrada mujer.

9 de Junio de 2022 a las 21:04 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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