masalinascebo Miguel Angel Salinas

Disertación de aspectos de las parejas que considero oportuno sacar a la palestra, por si alguna necesitara opinión y consejo, incluso que le abran los ojos.


No-ficción Todo público.

#pareja #reflexion #convivencia #opinion
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Esa herramienta llamada pareja

La vida de pareja es algo tan complejo, que resulta sencillísimo hablar de ello. Por lo que van a comprobar, a mí no me cuesta lo más mínimo. También es cierto que un servidor es capaz de opinar sobre esto y aquello, con un atrevimiento fuera de lo común y con más fluidez que sensatez. Pero tal y como reza el refrán, “el que hace lo que puede no está obligado a más”; o como dirían los angloparlantes, I’ll do my best.


Sería honrado comenzar confesando que he tenido varias parejas a lo largo de mi vida, por lo que me considero autoridad suficiente como para divagar con sentido de causa y conociendo la materia que nos ocupa. Como acertadamente proclama el título, la vida en común la considero una herramienta útil para unos fines y completamente ineficaz para otros. Me explicaré. Aquellos de ustedes que hayan llevado a cabo alguna reparación casera, se dediquen al bricolaje o bien desempeñen oficios de manera profesional, convergerán en lo conveniente de poseer la herramienta adecuada en el momento preciso para el fin perseguido; de nada les serviría una llave inglesa si lo que pretenden es serrar una tabla. Llegado a este punto, diré que existen personas que necesitan la herramienta pareja y otras no. Es necio y contraproducente empeñarse en sacar adelante una vida en comunión si no la necesitamos para nada. Una aproximación a tal coyuntura sería la frase “yo no sirvo para la vida en pareja”. Y el punto no está si uno sirve o no, sino si lo precisamos o no. Hay mucha gente que vive felizmente soltera, sola y libre de ataduras. También es cierto que en más ocasiones de las debidas estas personas no se percatan de ello y se empecinan en emparejarse contra viento y marea. Temen que se les pase el arroz y se encuentren solos ante la vejez.

Podríamos abrir otro flanco sobre la soledad deseada y la forzada por las circunstancias. No entraré en tamaña ciénaga. La conozco y sé que se halla plagada de alimañas, cubierta por una densa niebla y alfombrada de arenas movedizas.

Uno de los defectos mayúsculos de la vida en pareja descansa en el hecho de empecinarse en hacerlo todo en común. Craso error. De hecho, los matrimonios que más duran (y si no me creen consulten las estadísticas ¿Qué estadísticas? Ustedes sabrán que son los incrédulos) son aquellos que se desenvuelven de un modo más independiente. Incluso aquellos cuya profesión les obliga a viajar toda la semana y tan sólo conviven los fines de semana. No persigo que me consideren extremo, los hay que son como uña y carne, que prefieren vivir pegados uno de otro (siguiendo el símil) y que se morirían si no tuviesen noticias de su igual cada hora. Bueno, de todo tiene que haber, como en botica.

Otro desacierto, de disparate me atrevería a calificarlo, constituye la falsa esperanza de ambicionar que una relación dure para siempre. Ese error de base fomenta que muchas relaciones, muertas tiempo atrás, las arrastremos año tras año como a un cadáver putrefacto. La relación, cualquiera, incluso la de usted querido lector, lleva fecha de caducidad desde que comenzó. Si usted se tiene que esforzar en que la cosa vaya bien, se carcome y estruja el cerebro buscando la solución para salvar la vida en común, es que esta ya ha prescrito hace mucho mucho tiempo. Desde mi punto de vista, asumir el fin de una relación desde el mismo instante en el que empieza es inteligente y realista. Si la cosa va bien, no es necesario esfuerzo alguno. Una pareja debe de respirar espontaneidad y frescura, no encorsetamiento y podredumbre. Tampoco benefician malabarismos, juegos de magia ni efectos especiales. Si “la llama” se apaga, no se preocupe, hay más personas en el mundo. Búsquese a otra.


Y si no digo esto antes de despedirme reviento: no hay nada más estúpido que desayunar en la cama. No sé si ustedes practican una costumbre tan poco práctica. Desde luego, yo no conozco a nadie que lo haga. Supongo que estamos influenciados por la televisión y las películas, sobre todo las de origen americano. ¿A quién le puede apetecer ingerir nada recién despierto? Yo lo primero que hago es desperezarme como un gato, retorcerme sobre mí mismo, ronronear y levantarme en dirección al baño. Me imagino recién abiertos los ojos y que alguien deposita en mi regazo una bandeja repleta de alimentos. Me pongo nervioso solo de pensarlo. Además, seguro que se llenan las sábanas de migas y de otras pegajosas adherencias.


Sé lo que muchos de ustedes pensarán, «¡sal más de casa para comprobar que la realidad no es así! ¡En que mundo vives, hombre de dios!». No me atrevería ni a darles la razón ni a todo lo contrario.

Quién soy yo para meterme en sus vidas, ¿verdad?


FIN



Relato perteneciente a la serie «Opniones, pareceres y reflexiones»

4 de Junio de 2022 a las 07:35 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Miguel Angel Salinas Una de cada y otra de arena

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