gyozas Sofía Morgana

"(...) pasionales como eran con sus propias artes, era inevitable que recibieran juntos la llegada del Fish Moon. El festival que invitaba a los desahuciados peces a regresar al mar." ㅤ Joan y Artemis asisten al Fish Moon, el festival de artes más esperado por la comunidad de artistas performativos. Episodio especial perteneciente a la entrega "Noches 'n cigarrillos".


Cuento No para niños menores de 13. © reservados

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BONUS EXTRA: FISH MOON

En la triste ciudad, todos somos peces.
Vagando, inertes, hambrientos, incomprendidos entre

un montón de horrendos y calurosos asfaltos.


I


A Joan le gustaban los trapecistas, y salió con varios antes de Artemis. Eran su mal vicio, no congeniaban. Tarde o temprano todo se volvía irritante.

El problema con los trapecistas residía, al menos para Joan, en que todos y cada uno de ellos se pasaba la vida revoloteando sin mirar abajo, ni atrás y con suerte adelante. ¡Nada les importaba a los trapecistas! Qué frustración afligía su pecho, incapaz de caer en los brazos de alguien compatible.


— Tus problemas se resolverían si buscaras noviecito en otra parte.

— ¡Lo hago! No me duran.

— Los trapecistas tampoco te duran.

— Pero me la dejan bien-- ¡A-ATCH!

Ups, lo siento. Últimamente las latas vienen más pesadas y se me escapan. ¡Sí qué llenan estas porquerías, eh!

— Eres un cretino, Blas.


Un mínimo de dos veces al año, Joan acudía a sus amigos a quejarse de algún amor circense que no resultó. Todos los de su círculo social conocían este “mal vicio” que él tenía y hacía rato que no lo ayudaban a quitárselo. ¿Para qué? Joan siempre volvía a lo mismo, y no podían culparlo porque… ¿Quién demonios no se flecharía con un trapecista, al menos una vez?

Seres del aire, amables con todos y muy receptivos a su alrededor… Así eran ellos, pero sobre todo, así era la imagen que un espectador como Joan se hacía de ellos. Es por eso que el chispazo llegaba casi de manera disruptiva, fugaz y acaparadora. Los problemas no eran al comienzo, sino a las pocas semanas, cuando Joan descubría que ningún trapecista bajaba a la tierra durante un tiempo razonable como para echar raíces. Y eso lo destruía, puesto que Joan necesitaba esas raíces más que cualquier otra cosa.


— Los bailarines ni siquiera son tan relajados, ¿o sí?

— ¿Qué? ¿A qué te refieres?

— Que no entiendo cómo es que a alguien como le pueden gustar tanto los del circo. Mírala a Miriam, ella es de ese tipo.

— Los bailarines también somos laxos, ¿sabías?

— En sus cuerpos, quizás.

— No le hagas caso, Joan. Está bien si nunca te entendemos.


Muchas veces se hacía las mismas preguntas que sus colegas. Estaba claro que su vida giraba en torno al amor... Solo cuando tenía tiempos muertos donde no se bailaba y en consecuencia sí se pensaba. Pensar, pensar… Lo desquiciaba pensar. ¿Por qué tenía que pensar tanto? Sus pensamientos ni siquiera valían la pena. Así que en ratos así, de quietud y presente, Joan salía con sus amistades, revivía y hasta buscaba (de manera incansable) a cualquier hombre que lo ayudara a no pensar. Ahí entraban los trapecistas. Las noches siempre eran distintas cuando se acostaba con trapecistas. Y sobre todo lo eran cuando ese trapecista era Artemis.


II


Artemis era un trapecista, uno muy bueno. Cumplía con todas las fantasías que visitaban la mente de Joan: además de amable y libre, era travieso. Por supuesto, Artemis no existía para complacer las demandas de Joan; él tenía sus propios huecos y zonas oscuras que el bailarín también llenaba (¿de luz?). Huecos de los que Artemis escapaba, aterrado de que la caída fuera fatal. A veces, la libertad conduce a un torbellino de vértigo. Y lo que debiera mostrarse como un bello azul, solo aparece como un vacío inhospedable.


Joan y Artemis no sabían nada de la vida del otro cuando se conocieron, ni supieron más adelante. Eso era lo que lo hacía un vínculo tan perfecto. Y también lo volvía un vínculo incapaz de subsanar sus heridas, al no exponerlas nunca. Digamos que sus encuentros eran un intento desesperado y brusco por calmar el dolor. Naturalmente, salvajismo tal jamás llevaría a ninguna parte.


Sus amigos decían que eran una fase.


— Dicen que somos una fase.

— ¿Y qué?


Es cierto. No les importaba. ¿Qué sabían? ¿Qué más daba? Nadie ahí estaba exento de culpa y pecado. Porque todos eran peces nadando en tortuosos asfaltos. Y si aparecía alguien o algo capaz de traer a esas calles un poco de agua… Lo tomarían. Lo aceptarían sin pestañar.

Eran tantas las cosas que ellos no perdonaban, que no superaban. Reservaban su fragilidad para el escenario; donde los gritos ahogados y las necesidades no aclamadas durante sus vidas, de repente, desplegaban un asombroso arcoíris que brillaba en las miradas del público. Performar era una catarsis maravillosa en la que todo el dolor quedaba atrás. Y del mismo modo, Joan y Artemis posponían su vuelta a la realidad... cinco minutos más, cuando estaban juntos.


Dicen que los artistas tienen una sensibilidad distinta. De alguna manera, vuelven el encuentro y el roce de pieles un arte más. En ello dejan su alma, sus pesos y anhelos. La caricia del pincel sobre el lienzo fácilmente equivale a la yema de los dedos jugueteando por la línea de la cadera. Algo así.

Joan y Artemis no eran pintores, sino artistas corporales. Las reglas en la cama, y en cualquier otra parte donde respiraran cerca, eran otras.


Por ejemplo, cuando había música.


— No estás cerca.

— Estoy cerca.

— Necesito que lo estés más.


La música vibraba dentro de ellos, latía deseosa en sus espaldas. No necesitaban mirarse, solo comenzar a moverse. Y entonces también comenzaban a percibir sus aromas, que no eran otra cosa más que sus esencias llamándose. Se llamaban. Todo era un juego, y ellos sabían jugar cuando estaban juntos. ¿A quién le importaba si solo eran una fase?


— Joan, ¿te digo algo?

— No.

— Vamos…

— Apestas a tabaco, ¿tienes que fumar en la cama?

— ¿Y qué esperabas? Enloquezco cada vez que estás aquí.

— No me eches la culpa de ser un adicto.

— Ja, ja, ja. Me estoy esforzando por decirte algo, ¿sabes?


A Artemis también le gustaba Joan. Aunque él no había salido particularmente con bailarines, y Joan era muy estructurado y serio para lo que acostumbraba.

Joan era diferente porque él experimentaba con su cuerpo.


— Nunca me había planteado esta idea de que los bailarines pueden ser… Ah… Vaya.

— ¿Qué?

— … ¿No sé? Me gusta que habites y bailes en mi piel.

— A mí me sorprende que te plantes en algún lado.


Noche a noche, Artemis aprendía de él. A Joan no le bastaban los gestos que no involucraran lo físico, era su forma de comprender el mundo. Y así de estricto como era, también era un bailarín virtuoso que sabía cómo y dónde presionar cada gatillo para disparar un estímulo. En el aire, quieras o no, se te olvidan esas cosas.

A la larga, los dos se convirtieron en el tipo de parejas que no acepta que son una pareja. Quizás no lo decían porque no era una relación de muchas palabras, o de confianza emocional.


— Oye, Blas.

— ¿Qué pasa?

— Tú crees que… ¿Se puede ser pareja de alguien, sin que te importe qué hace el culo de la otra persona?

— ¿Estás pensando en Joan?

— Puede ser.

— Olvídalo, tú y Joan no son pareja.

— Pero él es especial para mí.


Artemis no diferenciaba sus sentimientos por Joan de su adicción por él. Tenía claro que le gustaba, lo atraía. ¿Era necesario que ocupara otro rol en su vida? Ninguno se prometía exclusividad, y querían dejarlo así. Tal vez Joan solo era una extensión del trapecio, y Artemis acudía a ella cuando se alejaba demasiado del circo.

Juntos experimentaban algo muy similar al escapismo. Era una sensación extraña; te alejabas de la realidad a distancias kilométricas mediante besos, embestidas y toques. Y eso mismo era lo que te funcionaba como un cable a tierra. Un lugar seguro. Tener un lugar seguro, que brilla tenue y se asoma entre las calles… ¿Cómo te despegas de un vínculo así? Los espectáculos de trapecio no pagan terapia. Sí, quizás, algunos libros que te ayuden a sobrevivir.


Así que... Pasionales como eran para y con sus artes, era inevitable que recibieran juntos la llegada del Fish Moon. El festival que invitaba a los desahuciados peces a regresar al mar.


III


Casi toda la comunidad del arte esperaba con ansias la llegada del Fish Moon; y sobre todo el nicho del arte performativo. “Pez Luna”, “Luna de Pez”, “Pez Lunar” … Era un titular que carecía de sentido, pero es que muchas veces los artistas también carecen de lo mismo. Y así, de sus sensibles ocurrencias, surgen nombres como ese.


Luna. Pez. Océano. Profundidad.


En la triste ciudad, todos somos peces. Vagando, inertes, hambrientos, incomprendidos entre un montón de horrendos y calurosos asfaltos. Un pez no brilla en la gran ciudad, porque la ciudad solo sabe convertir los hermosos peces en pescados. Tarde o temprano, incluso si transitamos cuevas y arrecifes, se vuelve desgastante. La tierra es un lugar desgastante para cualquier pez.

En las profundidades del mar, sin embargo… En esas profundidades donde todo es desconocido y azul, lo profundo se vuelve excitante. En el vacío del mar, solo queda brillar. Y eso es lo cautivador del Fish Moon, el festival que reúne a todos esos peces perdidos y apartados de su océano; y los invita a gozar y ostentar sus coloridas escamas.

¿No es, acaso, maravilloso pertenecer a alguna parte?

El evento se monta una vez al año, pero nunca sabes cuándo y dónde. Así y todo, la ansiedad y expectativa son tales, que todos actúan como si la invitación fuera a llegarles mañana. Danzas, teatro, comedias musicales, conciertos, circos… Solo saltos y regocijos son posibles ante el arrebato del Fish Moon.


— Joan.

— ¿Artemis? ¿Eres tú?

— … ¿Auch? ¿No me reconociste?

— ¿Y qué esperabas? ¡Si nunca dijiste cuál sería tu maquillaj… ¡¿y tú fuiste capaz de reconocerme?! ¡Hay cientos de personas aquí! ¡Es el Fish Moon!

— Pffft…

— ¿De qué te ríes?

— Podría reconocerte en cualquier parte, Joan.


Fish Moon era el sitio para encontrarte con un amor, reencontrarte con un amor viejo, o para desatar el éxtasis en un baile; sin importar si eso era o no amor realmente. Sin importar lo que pasara mañana.


Era sabido que Joan y Artemis habían clasificado para performar ahí, cada uno con su propia productora. Ni siquiera compartían pabellón. Uno era trapecista, el otro bailarín, pero era obvio que irían juntos. Ni siquiera necesitaron hablarlo. Se apoyaron en el otro no porque se amaran, no porque fueran pareja, no porque tuvieran buen sexo, sino porque eran artistas.

Y ambos sabían el mérito que les caía encima por haber superado las audiciones.


— A ver... El pabellón del circo está en... ¿Qué? ¿Ahora qué pasa?

— Es que...

— ¡Dilo ya, Artemis!

— Te quedan bien los cuernos, Joan.

— ¿Estás buscando que te acogote?


La fiesta tenía su propio código de vestimenta. La apariencia de los artistas convocados podía diferir un poco de la del resto, así iban a tono con la narrativa de sus performances. Joan, por ejemplo, representaba un ciervo.

Fish Moon proponía una temática general cada año. Una vez escogido el tema, se pasaba a establecer el código de vestimenta, la ambientación... Lo usual era que las narrativas seleccionadas para exponer también abordaran la temática general, mayormente inspirada en la causa social del momento. La temática de ese año era artivismo ambiental.

— ¡Joan, Artemis! Salgan de aquí, ¿quieren arruinar la presentación?

— ¿En serio, Blas?

— Me voy primero, que mi compañía sale antes… Más te vale que me prestes atención, nos vemos.


Difícilmente sabías del Fish Moon si no estabas en el ambiente. El arte, la inclusión y los derechos humanos... No importaban a todos.


— Ah. Se fue sin darme un beso.

— Ustedes son insufribles. Anda, vete, acabo de colocar tu trapecio.

— ¿Tuviste problemas?

— Ninguno. Estás en buenas manos.

— Cuento contigo.

— Ten un buen show, Artemis.


No era una noche pensada para cambiar el mundo, nadie aguantaría. La sociedad, terca y sorda, no estaba preparada para la intensidad del Fish Moon. Lo más conveniente, entonces, era dejarlo en esa noche y que no trascendiera (o el amarillismo de la prensa lo arruinaría).


Sí... Lo único que importaba era vivir el momento. Suena un poco irreal, ¿no? Un suceso escandaloso del que nadie se entera y que pone patas arriba una parcela del mundo durante una noche. Sí, irreal y quizás hasta infantil; y por eso era tan perfecto. ¡Oh, qué perfecto era el Fish Moon!


Oh my, oh my… ¡Cuántos invitades vinieron hoy! ¡¿Llevan esperando mucho este Fish Moon?! ¡Eso, eso, aclamen con extasío!


Aquella era, sencillamente, una noche para habitar el mundo.


— Nuestros patrocinadores fueron muy considerados este año, que el festival llegó una noche de luna llena. ¿Saben qué significa, dulces estrellas?


¿Podían culparlos… Por querer saborear un poco de vida? ¿Y es que no era ese el punto de todo? De estar ahí, de empaparse de toda aquella existencia plagada de anhelos y reproches.


— ¡Sí, my loves! ¡Sí!


Si los peces alejados del mar no querían retornar al océano al menos una vez… ¿Cómo podrían siquiera morir sin sentirse vacíos?


— Esta es una noche para conmovernos hasta dejar la piel y que se asomen escamas. ¡Oh…! ¿Cuán añorado es ese segundo, ese instante donde se embriaga nuestro corazón y nuestras almas se transportan? ¡Ay, que a mí mismo me dejó un amor! Pero aquí lo guardo, latente en mi pecho, pidiéndome a saltos que haga algo con todo esta sensación. Así que sientan, ¡sientan! ¡Amen, lloren, odien y entreguen su dulce ilusión a la esperanza! ¡¡Sean peces de nuevo, en nuestra adorada noche de Fish Moon!!


IV


El predio se oscureció de repente y la voz animada se evaporó. Sus funciones no coincidían, así que los dos podían acercarse al pabellón del otro para ver cómo resultaba el espectáculo. La compañía de Joan exhibía primero. Artemis aguardaba entre el público, siendo un punto más.


"El espectáculo comenzará a continuación. Se ruega permanecer en sus lugares y aguardar la señal del proyector para alzar sus linternas. Muchas gracias."


Todo lo que quedó fue un escenario vacío, una multitud en silencio y los ecos de las melodías sonando desde otros pabellones. El brillo del glitter y las pinturas fluorescentes (que casi todos en el público usaban) rodearon a Artemis y lo contuvieron gentilmente hasta que comenzó la función. El proyector aún no iluminaba nada para cuando avistó la silueta de Joan.


Joan era un pilar fundamental del departamento de ballet romántico; y el mejor usando puntas. Artemis apretó la mandíbula cuando las vio en sus pies, porque recordó las noches de primavera donde Joan dormía descalzo y se veían los desgarros de su piel. Aunque tampoco era nadie para objetar algo, pues con frecuencia sus manos de trapecista también lucían heridas. El “problema” con los artistas corporales no era lastimarse. Irónicamente, sus cuerpos eran su última preocupación, y ese era el verdadero problema. ¿Qué tanto más iban a dar, con tal de que perpetuara su arte? Joan nunca aprendía, nunca se detenía. Avanzaba, avanzaba y avanzaba. Así como Artemis lo hacía.


— Estoy tan emocionada…

— Todavía no encienden las luces, ¿será una función a oscuras?

— ¡Qué emocionante! ¡Me tiemblan las manos!


A él también le temblaban. Vibraban, era casi instintivo. Todos los peces vibraban bajo la luz de la luna.


— Oye, ese es Joan Mura.

— Dicen que su número es impresionante.

— Yo escuché que reversionó el baile de Soyu Wings del 2006, los productores nunca vieron algo igual.

— ¡¿Qué?! ¡Qué miedo!

— Así son los artistas…

— ¡Cállense! Ya comenzó.


Artemis encendió un cigarrillo y se concentró en el escenario. Creyó perder de vista a Joan y eso lo espantó de un modo que no quiso reconocer en voz alta.


Joan era tan malditamente bueno en lo que hacía, escapaba a su comprensión. Completamente se le escapaba, siempre pasaba. ¿Era eso posible? La mayoría del tiempo, creía tener descifrado a Joan. Pero luego lo veía en un escenario, tal y como ocurría ahora, y lo desconocía totalmente. Entonces la música lo ponía a pensar, pensar y pensar; no se daba cuenta de lo rápido que se consumía el cigarrillo. El público permaneció en quietud y sombras.


— ¡¡Wuuuuuuuhh!!

— ¡Hyaaa! ¡¡Bravo!!

Por encima de ellos, las estrellas revitalizaban la penumbra propia de la noche, y desde lo alto de los escenarios, luces nítidas y potentes iluminaban a los artistas. Cuanto más mirabas (al cielo), se distinguía más color. Entre los confines del público, sin embargo, eso no era así; no había luz. La presencia de la audiencia apenas sí era perceptible gracias a los reflejos del glitter y las pinturas salpicadas en sus caras. Artemis estaba inmerso en esa atmósfera íntima y profunda que se generaba, casi como si el público tomara la forma de un montón de algas. Apacibles, flotantes, dóciles al vaivén del show.

Mientras tanto, mientras Artemis se fusionaba con aquella amalgama de seres acuosos, el joven con el que se acostaba desempeñaba su mejor actuación hasta la fecha.


— Es la luz, ¡es la luz, miren, el proyector! ¡Enciendan sus linternas, rápido!


El proyector dio la señal a la audiencia de que alzaran sus linternas, y de repente todo el predio desprendió una cálida luz naranja. En una hora y media sería él quien se subiera al trapecio y recibiera esa luz, pero en ese momento en que Joan bailaba, parecía no recordarlo. Solo le importaba que su propia linterna iluminara al dulce adorado de quien no sabía nada.

... Claro que, con tanta gente ahí, era difícil que Joan se fijara en aquella linterna. ¿No?


— Tienes que hacerlo bien, Joan... — susurró.

Se acercaba su solo como bailarín. Artemis también tendría el suyo como trapecista. Ambas performances eran arriesgadas y apasionantes, nunca medían los riesgos. Por el contrario, en su interior algo aclamaba con ansias y desespero que al fin llegasen al punto más álgido de la interpretación. ¿Eran sádicos? ¿Masoquistas? ¿Kamikazes? ¿Qué eran? ¿Qué palabra se ajustaba a su manera trepidante de vivir?


— Oye, ¿ese no es...?

— No puede ser... ¿Es él?


Es cierto que ambos habrían querido bailar juntos, mezclados entre la multitud, en algún pabellón oscuro, y frente a algún escenario donde tocara una banda y nada más. Quizás consumir algunas drogas, comprar alcohol y escabullirse hacia el hotel más cercano para tener sexo el resto de la noche. La cama era el lugar perfecto para continuar el Fish Moon. Pero ellos eran artistas seleccionados para performar, así que tal noche no podía suceder.


— Pero está entre el público, ¿crees que suba a bailar?

— No, no puede ser que sea él...


Porque eran comprometidos, devotos a su arte. Porque el escenario ya los electrificaba lo suficiente. Porque sabían que se estaban mirando. Ellos siempre necesitaban saber que se estaban mirando.

— ¡Es Soyu Wings!


Y... Sí. Un bailarín de élite llamado Soyu Wings también miraba. Y esas miradas le causaron problemas a Joan, esa noche, y luego, otras cuantas más. El problema con Artemis en cambio vino de la mano de su productor. Siempre habría un problema en su relación porque ellos se encendían y combustionaban en llamas cada vez que estaban juntos sin dejar tiempo a que pasara otra cosa. Naturalmente todo se iba a desmoronar.

Estaban plagados de vicios.

Sin que lo quisieran así, uno acabó siendo la droga recreativa del otro. Joan bailaba mejor desde que andaba con Artemis, y deseaba más. Si no atendían a su lujuria ésta les causaba espasmos; pero tan desesperados estaban por complacerla, que cualquier caricia obnubilaba el intento firme de ellos por proyectar un futuro juntos. No era un vínculo sano.

No les importaba. Era un vínculo.


— Jamás dijiste que Soyu Wings se subiría al escenario.

— ¿Importa?

— ... No realmente.

— No seas así, justo ahora. Falta poco para tu función y no quiero que hagas estupideces en el trapecio.

— Joan.

— ¿Qué?

— Mejor dame un beso.

No les interesaba sanar, a ninguno de los dos. Todo lo que querían era no estar solos y disfrutar de la fantasía del contacto con alguien más. Porque eso también era vivir. No era lo mejor, no era lo peor. Era humano. Era la parte del camino en la que ellos estaban. Con los años, seguramente, aprenderían de sus fallas y serían capaces de sostener vínculos mejores.


— Quiero tocarte en los mismos lugares que te tocó Wings.

— Tú tocas más zonas que esas.

— Joan, tú solo... Déjame sentir que yo también bailo.


Podía hacer eso por años. Nunca se iba a cansar, estaba seguro. Aunque no sabía qué tanto aguantarían sus corazones, sus nervios, sus pensamientos intrusivos. Todo eso estorbaba, aunque nada los ahogaba y por eso nunca terminaban. Ellos eran peces, ¿cómo podrían ahogarse? Ellos, al menos en ese momento, existían para estar vivos y vivir de esa forma: dándose todo, ofreciéndose todo, demandándose todo. Ah, qué bello era asistir al Fish Moon y sentir las emociones brotar de sus escamas.


Tal vez... Ignoraban que ningún pez en el agua puede habitar durante mucho tiempo un mar de cenizas.


23 de Mayo de 2022 a las 18:28 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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