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La historia de mi compañero del alma. Autor: Daniel Benjamin Ache Ache Publicado por: Ezequiel Ache


Cuento Todo público.

#triste #amistad #amor #compañero #amigo #trabajo #vida #inmigracion #sastre
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El Sastre, mi compañero del alma

Aché Aché Daniel Benjamin 1ª Edición: Diciembre 2012 ®El Sastre, Mi Compañero del Alma Email: [email protected] : Aché Aché Daniel Benjamin : @ache_daniel


Caracas; Katanga Bolivarian, Petroleum & Bananera Republic. ®Copyright 2012. Permitida su más amplia divulgación a todos sus contactos y más allá. Prohibido separar el nombre del autor del texto en cualquier idioma: desde el afgano hasta el zulú. O suplantar el nombre del autor por otro.


El Sastre, mi compañero del alma:


Un día amanecí con ganas de vivir en otro territorio. Esa pulsación no me vino por huir de gobierno alguno, más bien una sensación de agobio, de pesadumbre, de sentirse viviendo en un rincón del mundo. Enhorabuena, la vida me aventó a Barcelona, España. Las primeras semanas, fueron como de luna de miel, tenía pasta (Dinero) que había traído, vivía con una tía, una confortable habitación, comida, y necesidades básicas satisfechas. Me di a la tarea de revisar la ciudad. Plaza Catalunya, La Rambla, El Rabal, Barrio Gótico, El Borne, Barceloneta, San Miguel, San Adrian, Hospitalet, Llobregat, Barrio de La Gracia, Sabadell, y otros paisajes que poco a poco se me hicieron cotidianos. Pero el “muerto a los tres días yede”, como dice un refrán popular. Se acabó la diversión, se terminó la paseadera, la vida es dura y hay que currear, es decir, chambear, o, para los no entendidos, trabajar pues; masculló un día mi tía molesta. No me quedó de otra. Hice de paletero, ayudante de electricista, caletero, detallista, y el que más me duró fue buhonero de un tenderete de gitanos. Todo ello fue hasta que se avizoró la crisis. ¡Coño! Una cosa es hablar de crisis, y otra muy distinta es vivirla. No pegaba un curro en ninguna parte, ni de ningún oficio. Un buen día, mi pariente, me empezó a ver como un fardo, un peso muerto, como dice la rumbera, ¡no hay cama pa’tanta gente! –Mira mijito, este es un país de viejos, ¿por qué no pones anuncios de “se cuidan ancianos”?– Pues justamente eso fue lo que hice. Me acordé de la inventiva de los estudiantes de la universidad, que para redondearse la beca, hacían folletos tipo flecos desprendible. Pues le puse manos a la obra. En hospitales, ambulatorios, centros clínicos, terapéuticos, sanatorios, ancianatos, oficina de aseguradoras y un sinfín de otros sitios; guindé una tras otra, la propaganda desglosable, con mis coordenadas. Hacía rondas para ver, día a día, como iban desapareciendo los flecos, y el bendito móvil nada que suena. Pensé, – ¿será tan ruda la crisis, que los hijos prefieren dejar a sus viejos en la soledad huraña, que aflojar un poco de pasta?– Ni quiero contar cómo se le encajaba la cara a mi tía, al ver pasar los días, las semanas, y nada de nada. Me asaltaban pensamientos de regresar, volver, con una mano adelante y la otra atrás, derrotado. En una oportunidad, deshojando la margarita, “to be or not to be”, por fin sonó el móvil. Exactamente lo que esperaba, una señora de voz pausada, me habla de la propaganda, de su necesidad de cuidar a su padre. Se concertó la cita para el día siguiente, puntualmente, y con mi mejor lustre, me presenté en la casa que me indicaron. Al entrar, me invadió el pánico, pues, la voz femenina me hacía imaginar que me atendería una mujer, no, dos hombres y una mujer. Comenzaron un interrogatorio sobre mi nacionalidad, los papeles, nivel de educación, experiencia y referencias personales. Sólo logré atinar sobre mi nacionalidad y nivel educativo universitario, el resto de las indagaciones fueron respondidas negativamente. Al llegar a la calle, la desolación me asaltó. Qué riñones tengo yo,– me dije, –sin referencias ni experiencia como cuidador de viejos, pretendo que me contraten. Cabizbajo los siguientes días, me sorprendió, una mañana, cómo olvidarlo, el sonido del móvil. Señor, le vamos a contratar, empezará el lunes, nos veremos en el ancianato de Sabadell Norte. Las instrucciones: usted va a trabajar con nuestro padre, que ya ha perdido la memoria, y su función será llevarlo todas las tardes a la cafetería más cercana y hacerle compañía mientras se toma el café y las tapas. Acepté, no sé cómo no notaron que me temblaban las manos y los pies. Esa primera tarde del lunes, fue un tanto traumática. Si se me cae el viejo. Si se me ahoga comiendo.– Fue realmente interminable la estadía en la cafetería. El tiempo implacable hizo su trabajo, cada vez me sentía más a gusto con la compañía de Gustavo. Me contó con añoranza que él, cuando trabajaba era sastre. Un día me asaltó la idea peregrina de aprovecharme del viejo, trayéndole hilo, aguja y ropa rota que tenía en casa. Dicho y hecho. Lo primero que le traje fue un blue jean que estaba descocido. Sólo mirar los instrumentos de trabajo de un sastre, y el viejo se poseyó de aire de vida, verdaderamente que, recordar es vivir; no sé cuando, ni donde escuché esa frase. La riqueza de sus conversaciones desdecía a sus hijos sobre que el viejo no tenía memoria. ¡Qué memoria! Me habló de cuando vio a su madre morir por la peste española del año 1918, cuando era apenas un crío. Cuando se inició en el taller del maestro donde comenzó como ayudante. Sus tertulias sobre el oficio; ya sastre, su ingreso al gremio de sastres de Barcelona. Su primera follada con una mujer que no cobrara. El momento cuando tuvo que tomar partido por los socialistas en La Guerra Civil Española. La dictadura de Franco y la pérdida de la cataluñidad, no se podía ni hablar en la lengua materna, so pena de cárcel. Su matrimonio a comienzos de los años 1960, y la venida de sus tres hijos. La primera vez que oyó un discurso, en la plaza de toros de La Arena, del compañero Felipe González. La apoteosis de Barcelona por el regreso del exilio mexicano de Joan Manuel Serrat, y el dueto, ¡qué día tan memorable! que hizo junto a Joaquin Sabina. El momento en que se podía hablar en las calles el catalán, sin miedo. Su postura política contra el populismo nacionalista por la independencia, y la indivisibilidad de España, ¡Catalunya es España, ”no pasarán”, el grito de La Pasionaria, ¡que ostia tan grande, jolines! ¡Me cago en Arthur Mas y sus huestes! Le oí espetar, a toda voz y erguido, en la cafetería. Eso fueron semanas y meses. Yo no era su cuidador, para él, yo era su amigo, el que lo iba a buscar al ancianato, por amistad, para conversar sobre lo humano y lo divino. Hasta comencé a sentirme incómodo por cobrar, solo por entablar amenas tertulias con mi amigo, que hasta sin paga lo haría. Tuve tres días, sin ir y sin avisar al ancianato, es que me salió un curro como caletero por tres días, que no pude evitar. Al presentarme de nuevo en el ancianato, las enfermeras me reclamaron que no hiciera más eso, que ese señor sufrió adherido a la puerta, ¡hoy si viene mi amigo! Cuando me vio, que alegría, que gozosos estábamos, nos enrumbamos a la cafetería, por el café, las tapas y especialmente, la tertulia. Que días tan felices las pasábamos juntos. Un día fui al ancianato y me anunciaron el trágico aviso, la noche anterior murió Don Gustavo. Me fui muy afligido, se me fue mi amigo. En una de esas tertulias, me recitó de memoria Elegía de Miguel Hernández, y las únicas partes que recuerdo de esa poesía son: …Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo No perdono la muerte enamorada no perdono la vida desatenta, no perdono la tierra y la nada... …A las aladas almas de las rosas, del almendro de nata te requiero, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero. Gustavo, el sastre, ha muerto; lo quise llorar, pero me dije, no hay que llorar la muerte del sastre, hay que llorar la muerte del oficio. Me desentendí de lo que me debían, cinco días, de esa, la última semana. De nuevo, a la caza, pesca y recolección. No quisiera trabajar más con ancianos, porque la despedida es dolorosa. No había pasado una semana y suena mi móvil, una voz conocida, la hija del sastre, me dice que el domingo me esperan en el restaurante Aquí Te Espero, en Sabadell Centre. Allí, entre comidas y vinos, me dice, creo que es el hermano mayor, queremos agradecerte la muerte digna que le has dado a nuestro padre, y me extiende la mano con un generoso cheque. Tuve que tomar fuerza interior para que el nudo de la garganta no me aflojara unas lágrimas, que al final igual salieron. Ahora, aquí me ven, en Barcelona, con mi esposa, una hermosa hija y mi tía. Decidí estudiar paramedicina geriátrica, no sólo como un buen oficio en un país de viejos, sino además, como una especie de homenaje al sastre, mi compañero del alma

18 de Mayo de 2022 a las 20:29 0 Reporte Insertar Seguir historia
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