lilicat_ Lili Malher

«—No sanes tan rápido, cada herida lleva su tiempo—Me dijo». El jardín de los relatos es una antología de historias cortas que envuelven temáticas de la vida, sea tristeza, sea amor, sea desamor, sea fantasía, sea la muerte, sea la nostalgia...; dejando una lección por cada final.


Historias de vida Todo público. © Autoría propia

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Duelo eterno

No tengo que esperar a nadie más desde que te encontré.


« ¿Señora?, ¿Señora? » Alguien llamaba a la puerta. Azucena aún dormía, en sus sueños el mismo día se repetía una y otra vez. Aquella importante ocasión de su vida en la cual se unió con un joven talentoso y soñador. « ¿Señora?, ¿Señora? » Seguían llamando a la puerta, tocándola levemente; la insistencia del llamado la alejaba de aquel sueño repetitivo. Arrugó su frente y cerró más fuerte sus ojos antes de abrirlos y despertar. « ¿…Señora…?» Llamó por última vez el mayordomo detrás de la puerta, rindiéndose a que la Señora Azucena abriera la habitación. Ha estado delicada en los últimos meses y lo último que desea es la insistencia de un anciano en la puerta de su alcoba. Azucena abrió los ojos, y sus oídos alcanzaron a escuchar el último llamado de insistencia que prefirió ignorar. Sus claros ojos marrones se encontraron de nuevo con la misma habitación apagada. Había muchas cosas en ella: alfombras de terciopelo, una chimenea que seguía encendida, el vestuario que yacía en el viejo guardarropa de madera tallado a manos del mejor obrero. El dosel de color rojo vino que caía delicadamente alrededor de la cama y la cortina marrón que cubría la enorme ventana e impedía a la luz atravesar la habitación. Había muchas cosas, pero para Azucena, era una habitación simple y vacía, sin ningún objeto de valor; nada bueno poseía para ser rescatado en un desastre porque todo lo bueno se acabó después de la muerte de su esposo. Cuando él se fue, la magia de la vida decidió acompañarlo y tras irse con él, nada volvió a poseer armonía.

Suspiró asimilando la realidad de nuevo. Las noches llegaban envueltas de cariño y al tocarla todo volvía a ser como antes. Su esposo seguía vivo, la tomaba de la mano guiándola al lugar donde la felicidad nunca se acaba; entonces al cerrar los ojos tras dejarse tocar por las frígidas manos de la noche, ella volvía al día de su boda, justo en la parte donde su esposo leía los votos:

He de admitir que durante todos estos años he andado descalzo buscando el amor. Me negaba a ponerme los zapatos porque de hacerlo no podría correr sigilosamente. Siempre viví en silencio esperando a que el amor llegara y no deseaba hacer ruido para no ahuyentarlo. Pero esperar me era inútil; callar, me era imposible, porque un corazón alegre como el mío no puede esperar a gritar lo que siente. Sin embargo, me obligaba a callar… perdí mis zapatos y perdí la voz. Me había envuelto en el pensamiento de que el amor no era para mí, que nadie estaba destinado a llegar a mi vida. Y entonces, perdido en este mundo; te encontré. Y ya no tuve que negarme al ruido. Me cambiaste el silencio y me diste libertad, la libertad de ser yo; un simple hombre de 29 años con un espíritu alegre, quien al verte recuerda las estrellas, quien se dio cuenta de lo hermosas que pueden ser las azucenas; quien ahora te ama tanto y está dispuesto a hacerte feliz todos los días de tu vida.

No tengo que esperar a nadie más desde que te encontré.


—Recuerdo tus palabras, cariño. —Dijo Azucena para sí misma. Acercó sus rodillas al pecho y abrazó sus piernas. Depositó la cabeza y suspiró de nuevo. —Todavía te recuerdo, cariño—. Volvió a decir en voz alta, alzó su cabeza y se lamió los labios para luego llorar —Y recuerdo tus lágrimas. Y recuerdo tu voz. Y recuerdo tus labios levemente rojos, recuerdo que me encantaba posar los míos en ellos. Que me encantaba rozar mi nariz con la tuya y sentir que estaba fría. Me encantaba cuando olías mi cabello y luego sentía tu respiración. ¿Cómo obligas a alguien que ama a que olvide? El señor Frederick me ha pedido hacerlo, porque de seguirte recordando nunca te dejaría ir. Nunca superaré tu muerte y nunca aceptaré que al irte te llevaste algo de mí y ahora me siento tan afligida como para respirar.

Azucena soltó su largo cabello lacio e intensamente negro y volvió a atarlo, solo que esta vez más fuerte para que no se soltara en el camino. Se paró de la cama y luego extendió el fino edredón blanco. Prefirió no bañarse antes de colocarse un vestido largo. Se quitó el cómodo camisón de satín y se colocó un sencillo vestido verde olivo, compuesto de tela crepé y un largo abrigo negro hecho de piel, del cual colgaba un gorro. Observó la habitación una vez más antes de salir y confirmó que no había nada bueno ahí para atesorar. Bajó las escaleras y llegó al comedor, encontrándose con el mayordomo, Sir Harmon, quien fregaba con un pañuelo de satín los vasos de cristales.

—Buen día, señora Azucena, ¿osa usted salir?

—Debo encontrarme con la señorita Green. Me ha hecho espera desde la semana pasada y no deseo importunar más.

— ¿Se le apetece a la señora un aperitivo? —Dejó de fregar los vasos y se dirigió al chinero para buscar un poco de pan —La nieve cae con más intensidad que la de ayer y el sol yace oculto detrás de la capa gris que cubre el cielo, ha de necesitar mucha energía para andar.

—Agradezco su preocupación, Harmon, pero le recuerdo que usted ya no trabaja aquí —Le dijo, encontrándose con los transparentes ojos azules de aquel anciano que había dedicado su vida a servir a otros. Con sus cabellos tan claros y delgados que se podía ver a través de ellos, y aquella enredada y larga barba blanca.

El mayordomo retiró su mano del chinero y observó la vieja madera con la que estaba hecha la mesa en la estaba sentado, tan añeja, grietosa, y probablemente podrida como él. Echó una mirada de arrepentimiento y se estremeció antes de respirar hondo —He servido durante todos los años de mi vida, mi esposa me abandonó, mi hijo no me conoce, ¿Qué más podrían hacer estas arrugadas manos, cargadas de años infelices?

Azucena lo miró con nobleza e internalizó el sentimiento de inutilidad que desprendía el anciano al frente de ella —Comenzar a vivir desde ahora, Harmon, eso habría querido Martín, mi querido Martín… —contestó con un poco de dolor al pronunciar el nombre de su amado y difunto esposo.

Qué curioso consejo —Dijo Harmon volviendo la vista hacía ella. Aún con un aire de melancolía y arrepentimiento —.Eso mismo debería comenzar a hacer usted. Desde que Sir Giordano abandonó este mundo sin la mínima intención de marcharse, usted ha comenzado a cargar con un sombrío rostro.

—Martin era mi felicidad, sin él, la vida es tétrica —Inhaló con profundidad —, Pero a petición de mi familia política, he de visitar a la señorita Green. Rumores de ella me han llegado desde entonces, al parecer podría ayudarme con este duelo eterno.

—Mis más preciados deseos, señora. Es lo único que puede ofrecer, además de sus servicios, un ocioso anciano como yo.

— ¿Ocioso? —preguntó confundida, pues Harmon ha sido fiel a su trabajo desde antes de conocerlo.

— ¿Dígame usted, si se me puede llamar de otra manera?

Azucena calló, aunque tratase de contradecirlo, el anciano respiraba tristeza y exhalaba odio hacia el mismo. Desde que su esposa lo abandonó ya no volvió a ser el alegre Harmon del que su difunto esposo le habló —Hasta pronto, Harmon—Se despidió y salió de la mansión, encontrándose con el invierno que azotaba con nieve a los altos pinos y cruelmente congelaba las manos de los obreros que trabajan por largas jornadas. Se colocó el gorro que colgaba del abrigo después que el viento besara sus mejillas para enfriarlas. Sabía que si lloraba sus lágrimas se convertirían en hielo o pequeños cristales que posiblemente se desvanecerían al tocar la nieve. Ojala los sentimientos se desvanecieran así de fácil.

Aunque su estómago estaba vacío, no tenía hambre, un corazón triste no tiene ánimos de ser alimentado. Únicamente mantiene un deseo atroz de morir. Pero, a su querido Martin le destrozaría el alma ver a su esposa hecha pedazos por él. Caminó lentamente dejando las marcas de sus zapatos en la nieve, que posteriormente eran borradas por las ráfagas de viento que levantaban nieve del suelo a su paso. Se dirigía hacia la casa de la señorita Green, una mujer graduada con honores de la universidad, se volvió consejera y trabaja desde el despacho de su hogar. Caminó aproximadamente cuarenta minutos hasta llegar a aquella pequeña cabaña, una luz vibrante se apreciaba desde la ventana, apostó a que creaba sombras al interior. Del techo desbordaba nieve y la puerta pacería estar congelada. Estaba muy helado, pero un cuerpo triste es incapaz de sentir frio, o siquiera sentir... un cuerpo triste ya no siente más que nostalgia de un pasado que fue feliz. Se dispuso a tocar la puerta, pero una voz a su espalda fue capaz de sorprenderla, al menos para estremecerla un poco.

— Usted debe ser la Señora Azucena Parisi, Viuda del Señor Giordano —Dijo la señorita detrás de ella, con una sonrisa.

— Y usted debe ser la Señorita Green —Respondió después de voltearse
—.Agradecería que no se volviera a referir hacia mí como “viuda de Giordano”

La señorita Green se lamió los labios. —Disculpe mi imprudencia al llamarla así, no ha sido mi intención ofenderle. —Se acercó a la puerta y se encontró con el rostro de Azucena. Ágilmente escogió del manojo de llaves, la llave correcta para abrir la puerta y luego la invitó a pasar. — ¿Dígame, qué la trae por aquí? —Cuestionó la señorita Green luego de ofrecerle un asiento.

—Al parecer un duelo eterno —Respondió tragando saliva, apretando sus labios para no llorar —.Mi esposo murió hace 6 meses en un trágico accidente de tren, el destino me lo arrebató sin que yo lo autorizara. Me encuentro demasiado destruida como para amar de nuevo y me es completamente imposible olvidarlo. —continuó, experimentando cómo se le desagarraba la garganta, pero en el fondo estaba dispuesta a aceptar, que aunque en la vida el dolor llega, son las personas quienes escogen la cantidad de tiempo en el cual el dolor puede quedarse.

16 de Mayo de 2022 a las 22:14 0 Reporte Insertar Seguir historia
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