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Antonio Quiros


Un policía veterano, al borde de la jubilación y de vuelta de todo. Le toca enfrentarse a la poderosa mafias rusa que opera en el Sur de Europa. ¿Quién podría vencer en ese enfrentamiento? El policía, claro... Pero, estamos en un lugar que no suele responder a la lógica del resto del mundo. Y, claro, las cosas no son lo que parecen.


Suspenso/Misterio Todo público.
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BETHENCOURT

El viento le molestaba cada vez más. Es de imaginar que cuando era un niño lo soportaba mucho mejor; pero ahora le gustaría poder tener una especie de barrera que le protegiera y le parara por completo ese puto viento. O, a lo mejor no era eso; seguramente es que estaba de muy mal humor porque le llamaban un sábado por la mañana para que fuera a la comisaria. Y ayudó que el teléfono sonó cuando estaba profundamente dormido.

A lo mejor ni siquiera tenía que ver el que fuera sábado; ya le molestaba ir a la comisaría fuera el día que fuera. Tendría que jubilarse ya; pero parece que le quedaban (ya lo había preguntado varias veces) unos cinco años para poder hacerlo y poder cumplir sus esperanzas. De cualquier manera, allí estaba camino de la comisaría y a la espera de que le hablaran de algo que me iba a interesar poco o nada y que tendría que fingir que era algo por lo que había estado esperando toda la vida.

Estaba lo suficientemente aturdido como para no saber muy bien si le saludaron a la entrada y si contestó a saludos que supuestamente le habían hecho. El comisario jefe le hizo pasar a su despacho nada más llegar; sin quitar los ojos del papel que tenía delante, comenzó a hablarle.

.- Buenos días, Bethencourt; tengo aquí una cosa para ti que seguramente te va a encantar.

.- ¿Un sobre con seis mil euros?

.- Más quisieras… Mira el pescado que cogieron ayer del Charco.

.- ¿Del Charco?

.- Si, mira la foto. Parece que lo echaron allí por la noche. Da la impresión de que tiene unos cincuenta años. El tiro fue limpio, apenas si se puede apreciar en la foto. Pero le dieron el tiro en la cabeza; no querían que hubiera dudas o que pudiera escapar por alguno de los milagros de la medicina.

.- ¿Y supongo que pretenderás que averigüe quien lo ha hecho?

.- Para eso te pagan, tío. Ya sabes dónde estamos; aquí no puede haber delitos, menos muertes. Y si los hay, se tiene que encontrar al culpable enseguida. Que los turistas sientan que aquí están seguros.

Volvió a mirar las fotos. Las imágenes mostraban a un tipo grande que estaba en el borde del charco y completamente frito. Apenas estaba estropeado el cadáver porque se notaba que llevaba poco tiempo en el agua. Seguramente lo habían puesto allí esa noche y no había dado ningún tiempo a que el cuerpo se estropeara en lo más mínimo. Habría cuerpos en la sala de urgencias del hospital en peores condiciones

Que Bethencourt pensó que, si querían ser discretos podrían haber tirado el cadáver al mar, que a lo mejor no se hubiera encontrado nunca el cadáver (y el favor que les hubieran hecho a todos) y que, si lo habían tirado allí, en el Charco de San Ginés, seguramente es que estaban pretendiendo dar un aviso a alguien. Y esa seguramente fue la primera pista, no había sido algo aislado, un crimen pasional, una pelea entre vecinos; esto era un cadáver que tenía que ver con las grandes bandas y el crimen organizado.

.- Bueno, venga. Vamos por ello… ¿Alguna cosa que se sepa y que ayude a saber por dónde tengo que empezar?

.- Nada; no es conocido para nadie, ni figura en ninguno de nuestros archivos. Le han descerrajado un tiro en la cabeza, en la sien, y poco más.

Cuando salió de la comisaria, lo primero era ir a desayunar. Por lo menos, era sábado y no domingo, y todos bares estaban abiertos. Y el tiempo que había pasado en la comisaría había mejorado la resaca de ron que llevaba. Así que, se podía animar con unos churritos con chocolate. Un par de horas antes habrían sido un auténtico vomitivo. Y tenía que pensar; y para eso tenía que meterse algo en el estómago; daba lo mismo que fuera alcohol o no.

Tampoco se le ocurrió nada; así que llamó a su colega, Tonono Lemes, que casi siempre contribuía a que su mente se despejara y que, en todo caso, era un buen compañero para acompañarle tomando unos piscos para engrasar su cerebro. El médico dice que los piscos no solo engrasan el cerebro, también otras cosas, demasiado, y que tomando la medicación para el corazón no se puede mezclar con el alcohol. Bethencourt en esto hacía caso y, por supuesto, no iba a mezclar. Así que, sintiéndolo en el alma, había tenido que dejar de tomar la medicación.

Hubo suerte; lo normal era que para encontrar a Tonono había que ir hasta Tías, municipio de donde había sido policía municipal durante toda su vida. Él dice que empezó a los veinticinco años; pero Bethencourt creía que con dieciséis ya estaba paseando el uniforme por Puerto del Carmen. No le extrañaría nada que hubiera engañado a los del ayuntamiento con lo de la edad. Desde que se jubiló se vino a vivir a Arrecife; y hoy no había salido todavía y estaba en su casa, seguramente diciéndole ya a su mujer que se iba a dar una o dos vueltitas por ahí.

Al llegar a su casa a buscarlo. No estaba de buen humor; era de imaginar que la mujer no le había dejado salir hasta que el inspector llegó; y eso porque Bethencourt le caía bien, no sé por qué. Seguramente ella penaba que el que fuera un inspector de policía le daba un cierto halo de seriedad. La verdad, no sé cómo había llegado a pensar eso. Porque el policía siempre le decía “Tonono, no sé qué te llevó a casarte, con lo bien que hubieras estado soltero. ¡Y lo que tú habrías ligado!”.

Tonono era un policía municipal jubilado, un cachorro de metro noventa, ex luchador de lucha canaria y homosexual; bueno, marica. Pero, antes ya se sabe; la mejor manera de disimular si uno era homosexual, era casarte y, cuando le tocaba por edad, Tonono lo había hecho para que nadie llegara a sospechar.

Por eso lo cogió de bastante mal humor, porque la mujer no lo había dejado salir, y tan solo aplacó el mal humor cuando le dijo que lo invitaba a tomar un pisco. Los piscos pueden ser muchas cosas (aguardiente, ron, ginebra…) Ellos los tomaban de ron, un ron no excesivamente destilado, basto y que al principio te costaba que entrara en la barriga; a ellos ya les entraba bastante bien, de hecho, no tomaban otra cosa cuando iban a cualquier bar de por ahí, generalmente de Puerto del Carmen.

Le contó el encargo que le había hecho en la comisaría, le enseñó la foto, en la que mejor se apreciaba la cara del muerto. Y le preguntó si le sonaba de verlo en los ambientes homosexuales de la isla. Le dijo que no; de cualquier manera, él no iba demasiado a los bares y a las zonas que frecuentaban los homosexuales por la noche; por el día frecuentaba todos los bares y garitos de la zona de Tías y Puerto del Carmen, de homosexuales y de heterosexuales. Por eso le dijo que se iban a dar un garbeo por unos cuantos bares de maricas de esa zona; para ver si alguien podía identificar al pollo del Charco.

Era un principio; en realidad no sabía por qué le había dado por ahí. Uno se podía imaginar que tan solo se trataba de la excusa para que Tonono le acompañara de mejor gana. Aunque, cuando se trataba de ron, él siempre estaba de ánimos

No solo estuvieron esa mañana, también continuaron con la ronda todo el día; y, aparte de una medio tajada buena (a cada sitio que entraban les ponían un chupito de diferentes licores; y más al saber que uno de ellos era inspector de policía), no sacaron mucho más. Afortunadamente ya habían aprendido a mearlo bien y no les afectaba demasiado; cualquier otro, con lo que habían bebido, hubiera aceptado algún tipo de proposición, no demasiado acorde con la heterosexualidad del policía, que le hubieran podido hacer en esos sitios.

Nadie lo conocía; no parecía haber estado por los ambientes homosexuales de la isla, con lo que ese palo habría que descartarlo. No completamente, porque estaba la posibilidad de que se tratara de un homosexual discreto, aunque en estos tiempos, y en esta isla, eso no era lo más probable. Tendría que empezar a andar otro camino. Y por eso le preguntaba Tonono cuando parecía estar agotado el camino de los maricas.

.- ¿Y ahora qué vas a hacer?

.- Tu ya sabes que es lo que voy a hacer.

.- ¡No me jodas, Bethencourt; no vayas a ver a la loca esa!

La “loca esa” era Nievita, una vidente y lectora de la ouija que le había ayudado ya en otros casos. Tonono opinaba que era una embaucadora y que no decía más que insensateces. Seguramente esto tenía que ver con que Nievita era una homófoba radical y, desde que se enteró que Tonono era marica, no había dejado de meterse con él. Ya prácticamente no le había acompañado nunca a las visitas que le había hecho a Nievita en las últimas ocasiones; pero, las pocas veces que lo había hecho, las peleas verbales entre los dos habían levantado al inspector un buen dolor de cabeza.

Marcó el número de la vidente en su móvil; le dijo que no le podría atender hasta mañana en la mañana, a primera hora. Estaba claro que eso lo hacía para joderle, porque tenía claro que no le gustaba madrugar. Pero, eso es algo que le debía venir del trato con los muertos, que no debían estar de muy buen humor; porque a Nievita le gustaba hacer pequeñas, o a veces no tan pequeñas, putaditas a la gente que le consultaba.

No podía durante este día; así que le dijo que, bueno, cuanto antes mejor, que si podía ser antes le ayudaría bastante; y que si no mañana por la mañana estaba bien. No pudo ser antes, claro; así que dieron por amortizado ese día y siguieron con lo que estaba haciendo hasta ese momento, beber ron.

La vista a Nievita siempre era complicada, en este caso más porque venía con Tonono; desde que se cruzaban la mirada era evidente que no se llevaban bien y eso hacía la consulta especialmente tensa. La casa de Nievita era una casa típica de los campos lanzaroteños; grande y con grandes espacios vacíos. No parecía que se hubieran gastado mucho dinero en muebles. Pero, la habitación en la que Nievita ejercía sus labores nigromantes, era una excepción, porque si tenía un toque especial. Oscura y recargada con una gran cantidad de muebles y de cuadros. Todos ellos contribuían a dar ese aire negro y perturbados que llegaba a tener la habitación en la que estaban.

Nada más entrar en la habitación, uno se encontraba con la mujer allí sentada, daba la impresión de no moverse nunca de ese sillón que ocupaba. Sin mirarnos les lanzó un saludo de "bienvenida".

.- ¡Buenos días al caballero que acaba de entrar! ¡Bueno, a las señoritas también!

Ella no perdía la oportunidad de lanzarle puyas sobre su orientación sexual, con contestaciones ciertamente desagradables del ex municipal. Por lo demás, todo estaba normal, Nievita con mucha prisa y Bethencourt preguntándose, pero poco, si esa era mejor opción para comenzar una investigación seria de la policía.

Pero, bueno, alguna otra vez había funcionado; y lo cierto es que, hasta ahora, la investigación no ofrecía muchas otras opciones. Le enseñó la foto a Nievita y le dijo que quería que lo localizara, que le acercara lo más posible al “pollo” ese. No había ninguna referencia; así que necesitaba que ella le trasladara todo lo que pudiera ver del tipo en cuestión. Cualquier cosa le podría valer, un domicilio, un nombre, alguien que lo pudiera conocer…

Ella comenzó con el procedimiento, el habitual; primero una serie de invocaciones que, cómo había pasado otras veces, provocaban la sonrisa burlona de Tonono y, como respuesta, una mirada que se adivinaba matadora, a pesar de tener los ojos entornados de la mujer. Después sacaba un gran tablero de ouija y, poniendo la foto del muerto en medio del tablero, hacía que los tres nos cogiéramos las manos y comenzaba a invocarlo. El proceso podía tardar hasta quince minutos, pero finalmente Nievita lograba contactar con el difundo y se ponía a hablar con él como si se conocieran, el difunto y ella, de toda la vida.

Aunque Nievita no lo llamaba ouija, como nosotros; ella llamaba al tablero zairagia. Y es que a ouija que se utiliza en el mundo occidental tiene muchas similitudes con la zairagia, un antiguo sistema de adivinación árabe que se practica pintando letras del alfabeto dentro de unos círculos que representan las esferas celestes. Las divisiones de cada círculo se extienden hasta su centro y llevan el nombre de rayos. En cada rayo vemos inscrita una letra, cada una de las cuales tiene un valor numérico. Para hacer una consulta se deben partir de las letras que forman la pregunta y de la situación astronómica en el momento en que se hace la pregunta, luego se transponen estos datos en factores numéricos que a su vez serán transformados en letras y así darán una respuesta.

El policía estaba acostumbrado a este sistema, que es el que ella utilizaba siempre; pero cualquiera que conociera el sistema utilizado en la península, se quedaría completamente descolocado al ver cómo funcionaba esta mujer. Una vez que completaba todo el ritual inicial, el puntero se mueve a una velocidad vertiginosa; tanto que, en la mayoría de los casos, uno es incapaz de identificar las palabras y tiene que ser Nievita la que lo haga.

Aunque, en esta ocasión Nievita se quedó algo descolocada porque no lograba entender a la persona que le estaba hablando; era indudablemente una situación nueva para ella.

.- ¡Ya lo he encontrado! Está hablando en vasco y puedo ver como los que los mataron eran amigos suyos.

No llegué a tiempo de reprimir el comentario de Tonono que ya sabía que iba a hacer y que seguramente podía llegar a molestar (por eso lo hacía) a la espiritista

.- ¡Si llegan a ser enemigos no lo hubiéramos encontrado, porque se lo echan a los perros!

La mujer siguió y, salvo una ligerísima mirada, pareció no hacer caso del comentario de mi amigo.

.- También puedo ver a unos negros cerca de él; pero ellos no fueron lo que lo mataron.

Se le rogó que siguiera, que era necesario saber más datos del muerto. Pero, no pudo ser; ella le dijo que ningún muerto, ni el de la foto ni algún otro que lo conociera, le querían contar nada más; que tenían mucho miedo de lo que les pudiera pasar, no a ellos, que ya estaban muertos, sino a sus familiares más cercanos. Así que me pidió que se le pagara los cincuenta euros pactados y que, al menos, dejara que recargara energías, energías oscuras que son las que atraen a los muertos, y que quizá en una próxima ocasión estaría en condiciones de poder forzar a los difuntos para que le contaran más cosas de lo que había pasado.

Tonono estaba que apenas se podía morder la lengua y ni siquiera esperó a que hubieran salido de la casa de Nievita.

.- ¿Un vasco que matan y que hay unos negros por medio? ¡No me jodas, Bethencourt!

.- ¡Te quieres callar, que te va a oír!

.- Si es que no hay quien se trague todas las gilipolleces que te cuenta esa mujer. Y tú le sueltas cincuenta euros; encima te dice que ahora no te puede contar más cosas, que ya te las contará en una nueva cita y así, claro, les sueltas otros cincuenta euros.

Hasta que no les entró por la garganta el tercer ron no se le pasó el cabreo a Tonono. A partir de entonces ya se pudieron olvidar del muerto y de la investigación del caso que caso que tenían entre manos. Otros tres rones después ya hasta nos habíamos olvidado de que los dos eran, o habían sido, policías. Otros tres rones después ya no sabían encontrar sus casas; Bethencourt no sabía encontrar su casa, Tonono creo que no quería encontrar su casa porque sabía que su mujer lo iba a estar esperando para decirle unas cuantas cosas.

Francamente, no se sabe cómo lograron llegar al apartamento de Bethencourt, ni como el móvil de Tonono logró aguantar tantas llamadas perdidas y mensajes como le había enviado su mujer. Antes, el inspector tenía que hacer acto de presencia por la comisaría, así que le aconsejó a su amigo que se pasara por su casa, que le dijera a su mujer que el inspector se había cogido una castaña de record mundial y que no le podía dejar solo porque no sabía lo que habría podido llegar a hacer. Que no la llamó, ni le contestó los mensajes porque no tenía batería, ni la posibilidad de cargarlo en ningún sitio de los que habían visitado.

Evidentemente, no eran unos grandes expertos en comunicaciones y telefonía móvil. Si lo hubieran sido, deberían saber que los putos palitos en azul indican que los mensajes han llegado y han sido leídos por el destinatario. Una santa y grandísima putada, que duda cabe, para los mentirosos.

Entró en la comisaría dándole vuelta a ver qué es lo que le contaba al jefe de lo que había averiguado. Que no se le conocía en el circuito homosexual, que parece que era vasco, que lo mataron unos amigos suyos y que había unos negros por medio; en realidad, no sabía si esas eran cosas que se pudieran contar y aportarlo como pistas que se habían conseguido en sus investigaciones de ayer. A ver cómo veía al jefe y que le podía contar.

Nada más llegar le dijeron que lo estaba esperando en su despacho. Cuando entró, y para su sorpresa, no era del muerto de ayer de lo que le quería hablar. Seguramente, no quería hablarle de nada importante; pero, llevaba unos cuantos meses en que todas “las castañas” que parecían por la comisaría se las apuntaba sin dudar ni un instante.

Le dijo que tenía que ver a una rusa que había mandado la guardia civil y que contaba una historia un poco rara que, al menos, nos veíamos obligados a escuchar. Le dijo que tenía que hablar con ella; y que a ver si se enteraba de algo de los que le había contado a los civiles; porque ellos no se aclaraban mucho; de hecho, decían que no la entendían porque no hablaba ni “papa” de español.

Y, por eso, la habían mandado a policía nacional; y, ahora, con tan solo entender bien cuál había sido el problema, ya se debían conformar; y luego se vería. Bethencourt no hablaba idiomas; el español y a duras penas, así que le puso alguna pega porque ya tenía el encargo del día anterior; pero, por si acaso le preguntaba por lo que había averiguado, decidió no hablar mucho y dejar las cosas como estaban.

La muchacha tenía pinta de modelo por lo alta y delgada que era. Hablaba español como los indios; pero, al menos, se le podía entender; pero, no tenía el inspector la cabeza como para andar adivinando acertijos; así que decidió ir escogiendo algunas de las palabras que estaba farfullando; a ver si había suerte y lograba medianamente enterarse de porqué había ido a presentar la denuncia a la guardia civil.

La muchacha ya le estaba esperando en el despacho; la había llevado hasta allí la guardia civil que, de manera automática pasaba todos estos temas a la policía nacional de Arrecife.

19 de Abril de 2022 a las 17:19 0 Reporte Insertar Seguir historia
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