lanabeth LANABETH

En 1965 seguiremos de cerca a los Díaz, una familia de raíces humildes y carácter austero, quienes se encuentran asentados en la zona norte de República Dominicana conocida como el Cibao. Estos se ven obligados a afrontar diversas adversidades que surgen a raíz del estallido de la Guerra de Abril en la capital. Regresos inesperados, nuevos rostros e ideologías poco ortodoxas sacuden la presunta paz que reinaba en el hogar caribeño. © Créditos a Marcone Melo Atelier por la imagen representada en la portada. © Obra registrada mediante un código en Safe Creative. No se permite copias ni adaptaciones de la misma. © Todos los derechos reservados.


Histórico No para niños menores de 13.

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I


Acacia cantaba el Himno de las Madres, que había sido compuesto en 1925 por Trina de Moya, esposa del expresidente Horacio Vásquez. No cantaba porque era el Día de las Madres en el país, más bien cantaba a todo pulmón porque necesitaba sentirse relajada. Quería demostrar que tenía coraje y valentía para deambular a altas horas de la madrugada en búsqueda de agua en el río.

Con dos cubetas cromadas en cada mano siguió cantando:


¡Quién como una madre, con su dulce canto,

nos disipa el miedo, nos calma el dolor,

con solo brindarnos…, con solo brindarnos su regazo santo,

con solo cantarnos baladas de amor!


Pero le era difícil serenarse cuando recordaba que se hallaba tan lejos de su humilde morada.

Cada vez más nerviosa, con el temor a flor de piel y el terrible presentimiento de que algo le sucedería, olvidó la estrofa siguiente del himno y ahora solo le quedaba tararear la melodía en voz baja.

El lodo bajo sus sandalias de paja —desgastadas con el paso de los años— la hizo resbalar en dos ocasiones. A ese ritmo terminaría llegando con las cubetas vacías, sin rastros de la ardua tarea que había tenido que realizar bajo la luz de la luna llena, su única acompañante durante esa silenciosa noche de primavera.

Escuchaba con claridad el zumbido de los mosquitos que batallaban por inyectarse en sus piernas como jeringas. Ella, sin ser capaz de dejar a un lado las cubetas para espantar a los indeseables bichos, los ignoraba.

Cantaban los grillos y las lechuzas cara ceniza agitaban sus alas desde lo alto de las ramas de las cabirmas.

A su costado, Acacia percibía el sosiego del río. Ansió perder el rumbo del sendero y dejarse guiar por el dulce sonido de las aguas del Yuna.

Ella no estaría tan angustiada de no ser por los cuentos que los ancianos del pueblo le habían metido en la cabeza. Cuentos, en su mayoría, sobre fantasmas que viajan al son del viento; sobre mujeres de largas cabelleras que andaban desnudas entre las higueras y guayabales, dejando huellas que no conducen hacia ningún lado; y también sobre hombres que tomaban la forma de animales y objetos inanimados. Tampoco faltaban aquellos seres que iban dando zancadas de rama en rama. Y hacía poco le habían contado una nueva historia acerca de un campesino que aparecía en la ribera del río Yuna.

Acacia sacudió la cabeza, agitando su corto cabello crespo, casi al borde del llanto. No era el momento adecuado para que su mente recordara aquellos relatos fantásticos sin que tuvieran una consecuencia directa en su imaginación.

No dejaba de mirar sobre su hombro cada cierto tiempo, asegurándose de que nadie borrara sus pasos y que ninguna sombra más densa y oscura que la noche se abalanzara sobre su cuerpo y la hiciera caer de bruces.

Atisbaba halos de luces blancas que cruzaban en silencio y se perdían entre los matorrales. Acacia parpadeó, tratando de convencerse de que todo se debía a la fatiga y las habladurías de la gente.

Sus pies se detuvieron de súbito y la respiración se le cortó al encontrar dos siluetas fornidas moviéndose con contundencia a orillas del río. De no ser por sus voces, las habría confundido con espíritus; cuchicheaban como si estuvieran discutiendo. Reconoció la figura de Martín Estrada y Darío Mejía, y no supo si contentarse o inquietarse más.

Notó que los dos hombres sostenían un bulto alargado.

«No, eso no era un bulto», pensó Acacia. Aquello tenía la forma de una persona. Horrorizada, condujo la zurda hacia sus labios trémulos para ahorrarse cualquier lamento que delatara su presencia en la escena del crimen. Observó los pies descalzos del difunto, las manos echadas al aire, sin fuerzas, y la cabeza desnucada en dirección de la cintura de Martín, señalando, quizás, al posible ejecutor del agravio. Por su lánguida figura y el pelo ensortijado, Acacia identificó el cuerpo de Isaac, un novicio que se había instalado hace unos meses en el pueblo y que moraba en la misma calle donde se erguía la iglesia.

«Si no me muevo, quizá no se den cuenta de que estoy aquí», pensó sin considerar lo absurdo que sería tomar una decisión así solo por no volver sobre sus pasos y tomar otra vía para llegar al bohío donde habitaba. Como dominicana al fin, prefería el camino fácil y cómodo al que se había acostumbrado a andar desde pequeña.

Sin embargo, la suerte de Acacia era tan poca que Darío, incómodo por una presencia ajena a la de su amigo y el difunto, decidió levantar la cabeza, y la encontró allí con las piernas descompuestas por los nervios y una expresión cargada de espanto. Las cubetas no tardaron en desplomarse sobre la tierra, alertando a Martín que alguien más les hacía compañía.

—Ay, no… —murmuró el susodicho, y para liberar sus manos colocó con sumo cuidado las piernas de Isaac sobre la grama. Se acarició la sien, imaginando qué haría a continuación para librarse del nuevo estorbo.

Acacia se olvidó del campesino a orillas del Yuna, de las ciguapas, de los galipotes, de las cubetas y hasta de su apellido, y echó a correr por su vida. No tardó en ser rodeada por los fuertes brazos de Darío que la alcanzó en pocas zancadas. Él la arrastró de vuelta y la arrojó a los pies de Martín.

—¿Qué haremos con ella? —le preguntó Darío a su amigo y una sonrisa ladina se dibujó en sus labios.

Acacia, advirtiendo que su vida dependía de un milagro, se colocó de rodillas; y uniendo sus manos en palmas, comenzó a sollozar y realizar aspavientos clamando piedad y consideración por la Virgen María, por el niño Jesús y la Santa Trinidad. La severa mirada de Martín la atemorizaba más que cualquier ser de ultratumba. Bien se lo dijo su madre una vez, que era mejor enfrentar demonios y no a un hombre de sangre caliente.

—Buena pregunta… Si fuese otra mujer, no habría problema. Pero se trata de una de las perras más habladoras, boconas, chismosas y chillonas del pueblo... Después de mi hermana, claro.

—Hay que mataila. Seguro que vio todo —comentó Darío.

Acacia negó al instante con la cabeza.

—¿Ver, yo? ¡Qué vaina dicen utede! Ni sé qué pasa. Yo no sé nada, no, no.

—Acacia tiene un enamorado —soltó Martín de repente.

—Sí, el tipo ese… ¿Cómo es que se llama? ¡Diañe!, ¡se me fue el nombre!

—El que brega con números… Sí, ese mismo. —Martín sonrió—. Supongamos que ese tipo, en un arrebato de celos, por encontrar a Acacia con Isaac, los asesinó a ambos. Dímelo, ¿qué te parece? —le preguntó a Darío, desviando la cabeza en su dirección—. Todo un romance trágico como esas películas de los gringos que llegaste a ver en Olimpia.

Darío aplaudió como foca y el llanto de Acacia aumentó, elevándose por encima del sonido de la corriente del río y los grillos.

—Martín, Martín, por favor, se lo suplico. Yo no voy a decir nada. Mire, se lo juro, se lo juro por Dios. Es más, se lo juro por mi madrecita que Dios la tenga en su reino. —Acacia envolvió las rodillas de Martín y se golpeó el pecho reiteradas veces.

—Seguro que tu madre se alegrará de verte de nuevo. Le envías saludos de mi parte.

26 de Marzo de 2022 a las 14:42 2 Reporte Insertar Seguir historia
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FF Fidelca Feliz
🌟🌟🌟 Final completamente inesperado, que sorpresa!
May 19, 2022, 00:12
Alba Lluberes Alba Lluberes
Me encantaron los detalles, una intro muy envolvente! Espero poder seguir leyendo más!
April 02, 2022, 00:32
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