axel-melgarejo1625109491 Axel Melgarejo

George Tumbell, uno de los capitanes más reconocidos de toda Holanda debido a su honradez, valentía y hombría ha decidido realizar uno de los viajes más peligrosos y ansiados por el hombre desde que descubrió la navegación: embarcarse a los fríos polos que conducen al frío Ártico. Durante su preparación para el viaje, logra reclutar a doce hombres para que lo acompañen. Estando entre ellos su sobrino, Simón Tumbell, un muchacho con alma de poeta y un corazón artístico que rehuye de la violencia a quien George piensa en convertir en un hombre durante ese viaje. Sin embargo mientras se encontraba buscando a su décimo tercer hombre, una misteriosa mujer rubia con ojos verdes cuya vestimenta consiste en una camisa blanca, un pantalón marrón sujeto por unos tirantes negros, unas botas negras y una gorra café entra a una cantina donde pelea contra todos los rudos marineros a los que deja muertos o medio muertos. De ruda actitud y certera agresividad, Alice Draco accede a viajar como la decimo tercer tripulante dando inicio a la aventura. En los próximos meses George, Simón y Alice junto a otros once hombres igual de valientes tendrán que enfrentar enormes Krakens, piratas sedientos de sangre, monstruos marinos de gran poder, un temible mar donde nunca sopla el viento, el mismísimo Holandés Errante, ciudades submarinas y el frío Ártico donde una amenaza a nivel global duerme esperando su momento para despertar. El viaje del último de los Draco ha iniciado y la aventura esta a la vuelta de la esquina en el Santa Clarissa ¿Listo para abordar?


Aventura Sólo para mayores de 18.
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PARTE 1: LA SAGRADA ORDEN DEL DRAGÓN

CAPITULO 1: EL NUEVO TRIPULANTE DEL SANTA CLARISSA

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La moneda dio muchas vueltas al ser lanzada al aire y la suerte junto con el destino de su tripulación dependía de que cara saliese al caer sobre su mano. Con una sonrisa de confianza, imaginaba que fuese cual fuese el resultado de todos modos pondrían peros al asunto, al fin y al cabo los hombres mantenían sus tradiciones o supersticiones por sobre todas las cosas. No los culpaba debido a que ella también tenía sus propias ideas e incluso prefería no tener que tomar esa drástica decisión, odiaba la idea de que algún idiota la confundiera con una damisela en apuros. Al fin y al cabo una cosa era ser una doncella, pero otra muy distinta ser una damisela ¿Acaso no había un viejo dicho que señalaba como lo cortés no quitaba lo valiente? Llevando una camisa blanca con unos pantalones marrones con tirantes negros, unas botas negras junto a un saco del mismo color que los pantalones y una gorra café, aquella muchacha de cabello rubio atado y ojos azul verdoso se mantenía con su sonrisa provocativa e impasible mientras mordía aquella espiga de maíz.

La moneda cayó sobre la palma del capitán del barco, un muchacho apuesto para ella quien la veía con mucho recelo, como si fuese un padre sobreprotector antes que un feroz marinero con años de experiencia en alta mar. Alice Draco sabía que si no fuese por los hombres que se encontraban en el suelo inconscientes, moribundos o gritando que no sentían sus piernas, entonces aquel capitán le habría dicho que se largase, pero ¿Sería prudente decirle eso a la muchacha que acababa de patearle el trasero a todos los corsarios más temibles del mundo ella sola?

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UNOS MINUTOS ATRÁS

La tripulación estaba lista para la aventura, George Tumbell había logrado reunir a los diez hombres más valientes de toda Holanda para el viaje más temerario que pudiese existir: explorar el ártico.

Un evento que todos los novelistas de su época soñaban con lograr, él lo haría realidad. Había buscado por mar y tierra a hombres que no tuviesen nada que perder y mucho que ganar con esta aventura, teniendo un éxito indiscutible. Pero no todo era bueno en esta empresa. Por un lado debía de tener una tripulación de trece personas y hasta el momento solo llevaba diez. Once si se contaba a si mismo dentro de su propio barco, el Santa Clarissa, y doce si contaba a su sobrino Simón Tumbell.

Simón siempre fue un caso aparte en toda la familia Tumbell, mientras todos los demás hombres de aquella familia se preocupaban por ser valientes, fuertes, ambiciosos y orgullosos, Simón optaba por ser tímido, frágil y sentimental. No podía decir que no fuese ambicioso porque si lo era, pero para determinado tipo de cosas que no estaban para nada relacionadas a la aventura sino a una vida simple como también tranquila. Simón no soñaba con ser un aventurero, un conquistador ni mucho menos emperador de los Austro Húngaros. Simón solo soñaba con ser un bibliotecario, un poeta o incluso un hombre de ciencia, lo intelectual era lo suyo. George le insistió a su hermana de que le permitiese llevarlo en esta aventura para que forjara el espíritu de conquista que todo Tumbell tenía en su corazón. Tras hablarle a Simón de todos los beneficios intelectuales que tendría de esta experiencia él aceptó sin siquiera dudarlo. En el fondo George sabía que las palabras: viaje en barco y el Ártico, nublarían su propio juicio y llenarían su alma con cientos de relatos que contar en sus propios poemas. Todos los intelectuales eran igual de impresionables que su propio sobrino.

Teniendo once hombres, si es que a Simón se le podía decir hombre todavía, George necesitaba un decimo tercero. Razón por la que aquel hombre de cabello negro largo, ojos azules, llevando un elegante traje azul con una camisa blanca, pantalones y chaleco claro color pastel junto a un sombrero de capitán azul con una pluma en el centro apareció en una taberna donde habían varios hombres rudos a los cuales poder contratar. Tras sentarse en una silla y pedir una cerveza, se dispuso a ver a los hombres presentes y tratar de elegir al que sería su decimo tercer tripulante. Antes de poder revisar la taberna, la puerta se abrió y una mujer de cabello rubio despeinado, tomado por una coleta, ojos azul verdoso, camisa blanca con un pantalón marrón que estaba sostenido por tirantes negros, un saco del mismo color de su pantalón, botas negras y una gorra color café, entró a la taberna mientras mordía una espiga de maíz en su boca. Algo que le pareció curioso a George debido a que tenía entendido que el maíz era una planta proveniente del continente americano. Ella se acercó a la barra dispuesta a pedir algo de beber y, como era de esperar en aquellos ámbitos, algunos hombres empezaron a molestarla. Siendo ese el punto decisivo para George en su decisión de buscar al siguiente miembro de su tripulación.

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La muchacha se sentó al lado de George y con una voz desprovista de toda fineza femenina o tono suave como también dulce pidió:

- ¡Oye, tabernero! Dame lo más fuerte que tengas, me siento más seca que la jodida arena

- Que boquita la de la señorita- se quejó el tabernero preparando su bebida mas fuerte

Los hombres que se encontraban allí la veían con asombro y agrado, no paso mucho tiempo antes de que se acercaran a ella. George buscó su fusil en su costado en caso de tener que necesitarlo, pero la muchacha lo vio de reojo y esbozando una sonrisa le dijo:

- No te preocupes Don Quijote, tengo cubierta la situación

- ¿De qué…?- protestó George al oírla hablar de forma tan confiada

Antes de continuar hablando, aquella muchacha se dio vuelta viendo a los hombres y con su dedo comenzó a contarlos de forma apresurada. Al terminar de hacerlo largó una gruesa risa y añadió:

- Son solo diez viejo, esto es pan comido para mi

- Vaya pequeña, al parecer te vez muy confiada- le contestó uno de los marineros

- O muy perdida y confundida- rió el otro acercándose un poco más a ella- quizás debas dejar que nosotros te recordemos quien eres como también tu lugar en el mundo

- ¿Por encima de ustedes?- le preguntó aquella muchacha sin siquiera molestarse en levantarse- porque creo que ese es mi lugar dentro del mundo

- ¡Cuando terminemos contigo, no tendrás ese sentido del humor otra vez preciosa!- exclamó uno de los hombres que era un marinero enorme con una larga barba oscura

- Si insisten- sonrió la muchacha y antes de que alguien pudiese decir o hacer algo, ella se encontraba delante de un marinero enorme y gordo que recibió un puñetazo tan fuerte en su estomago que lo obligó a volar hacia la ventana de la taberna, rompiendo el vidrio y cayendo inconsciente en el suelo fuera del mismo establecimiento. Mirando a los demás, quienes se encontraban estupefactos por lo que habían contemplado, aquella mujer misteriosa volvió a sonreír de forma maliciosa y dijo en voz baja- comencemos

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Los hombres largaron un grito de furia y se abalanzaron sobre aquella muchacha quien, sin perder el tiempo, le dio un fuerte golpe en la barriga a uno de ellos. Aquel hombre se hizo para atrás sujetándose su estomago y largó un fuerte vomito que mancho una parte de la taberna. Tras dar unas potentes toses seguidas de jadeos aquel hombre perdió el conocimiento. Mientras ocurría todo eso la mujer, encontrándose todavía en cuclillas, le dio una patada al mentón de otro sujeto dislocando su cabeza. Aquel bravo marinero cayó al suelo muerto. El resto logró arrojarse sobre ella, pero ya no se encontraba en el suelo, mirando sorprendidos el vacio suelo de madera como si fuesen perros buscando un hueso, oyeron la voz de aquella muchacha decirles:

- ¡Oigan chicos, aquí estoy!

Los hombres se voltearon encontrándose con aquella mujer sentada sobre un barril de cerveza sosteniendo una taza en su mano derecha. Tras beber un poco, se mofó con una sonrisa maliciosa:

- ¡Cielos, esta mierda sí que es buena! Me dio mucha sed tras patearles el trasero ¿Y ustedes no tienen sed por recibir las patadas chicos?

Los hombres se levantaron e intentaron abalanzarse sobre ella lanzando un rugido inarticulado de ira.

- Déjenme compartir un poco- les contestó la muchacha lanzando la cerveza a los ojos del corsario más cercano

Aquel criminal cerró los ojos por un momento y, tras restregárselos, al abrirlos pudo ver como la mujer estaba delante suyo dándole un fuerte rodillazo. Quien estaba a su costado derecho recibió un puñetazo y el izquierdo sintió como la jarra se rompía en su rostro dejándole varias astillas de vidrio en el mismo.

Los cuatro que se encontraban detrás de aquellos hombres decidieron dejar de jugar y desenfundaron sus armas. Sin siquiera dar un grito de advertencia dispararon, pero la mujer sujetó el cuerpo del hombre, al que había golpeado en la barriga, y lo puso delante de ella. Los disparos hirieron al hombre acabando con su vida y antes de que aquellos marineros supieran que pasaba, una luz roja pasó cerca de sus cabezas. Aquellos bravos hombres se mantuvieron de pie por un minuto, con sus rostros manteniendo una expresión de anonadamiento, cuando sus cabezas desprendieron de sus cuerpos. George no daba crédito a lo que veía: la mujer tenía en sus manos una especie de sable que brillaba por medio de un aura roja. El filo de acero de aquella espada, de mango metálico, desprendía un fuego casi imperceptible. La expresión de la mujer dejó de ser alegre, en su lugar había una seriedad aterradora que se reflejaba en su rostro y sus ojos desprendían un brillo asesino. Al parecer había decidido dejar de jugar con esos sujetos. Golpeando el barril de un solo puñetazo, puso su rostro sobre el líquido mojándolo por completo y bebiendo bastante de él. De un brusco movimiento lo asentó en el suelo y sujetó al que le había dado un puñetazo para arrojar su cuerpo sobre el barril. Su cuello golpeó el borde rompiéndose de un solo impacto. Sosteniendo la espada llameante, se acercó al último de los hombres quien intentaba levantarse. Retomando su espeluznante sonrisa, la muchacha, le contestó:

- Ahora dime, ¿Cuál era mi lugar?- sin esperar respuesta, cortó en dos la cintura del hombre con un golpe limpio de su espada

El cuerpo cayó al suelo otra vez y se mantuvo en constantes espasmos que duraron unos treinta minutos en los que la sangre junto a las entrañas inundaron con su fuerte olor aquella taberna.

Sentándose al lado de George, tomó su jarra de cerveza y le contestó:

- Me dijeron que estabas buscando un decimo tercer tripulante, por eso vine a verlo capitán Tumbell- mirándolo de reojo apenas moviendo su cabeza y manteniendo esa maliciosa como también terrible sonrisa asesina, añadió- me gustaría participar de su pequeña aventura, si no es mucha molestia claro

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No podía terminar de comprender que era lo que más lo había impactado de aquella mujer: su aspecto, su increíble habilidad en el combate, su misterioso poder o el hecho de que le había pedido que lo acompañara en su aventura hacia el ártico. Posiblemente todo en ella le había parecido increíble, todo le había parecido soberbio, pero las dudas junto al miedo nublaron su entendimiento. Sabía que tenía a la decimo tercer tripulante que necesitaba para su misión en el ártico, sin embargo la sola idea de llevar una mujer junto a los tripulantes varoniles que él había escogido podría generar cierto tipo de problemas inesperados en su empresa náutica aunque también debía de ser un idiota si llegaba a rechazar la oportunidad de tener a alguien tan hábil y poderoso en su tripulación, por ello tuvo una sola idea:

- ¿Tienes una moneda contigo?- le preguntó George con una sonrisa nerviosa, la mujer se puso la mano en el bolsillo y sacó una hermosa, como también reluciente, moneda de plata

- Recién acuñada- le contestó la muchacha manteniendo aquella sonrisa de confianza

- Entonces te diré lo que haremos- le propuso George esperando internamente que su voz no se rompiera por los nervios al decirle lo que tenía en mente- escucha, eres una gran peleadora. Nunca antes había visto a nadie hacer algo como lo que has hecho hoy en la taberna

- Qué pena- rió la muchacha bebiendo un poco de cerveza de la jarra de uno de los hombres que venció

- Y estoy más que seguro de que en mi pequeña aventura podrías sernos de gran ayuda- continuó George tratando de dar a entender su punto

- Pero…- le contestó la muchacha impacientándose un poco

- Eres una chica y toda mi tripulación son hombres- le confesó George tratando de mantener su postura con todas sus fuerzas- estoy seguro de que debes de saber que los marineros suelen ser un poco…

- Bastante- señaló aquella guerrera con un tono seco

- Supersticiosos. Si dejo que una mujer los acompañe entonces creerán que nos hundiremos, moriremos o que los dioses a los que ellos adoran nos maldecirán. Por no decir que algunos trataran de pasarse de listos contigo y necesito a esos hombres con vida

- Vaya, que encrucijada tenemos aquí capitán- sonrió la muchacha al ver lo que George estaba tratando de decirle- por un lado me necesita y por el otro preferiría que ni siquiera me acercara a su navío ¿Qué piensa hacer para resolver este dilema?

- Por esa razón he decidido dejar esto al azar: usted lanzara la moneda y la cara que caiga en la mesa será la que decida nuestro destino ¿Le parece bien la idea?- finalizó George logrando dar su punto

- Elijo cara- le contestó la muchacha lanzando la moneda al aire

La moneda dio varias vueltas volando hacia el techo, cayendo con rapidez a donde estaba la palma de la mano de George, este cerró su puño y puso la moneda sobre el dorso de su mano izquierda. Con rapidez sacó la mano revelando quien había ganado: la cara se erguía triunfal sobre sus ojos.

Suspirando de pesar y alivio a la vez, George le devolvió la moneda a la muchacha diciendo:

- Supongo que ya tengo a mi decimo tercer miembro del barco, veré cómo hacer para ocultar tu genero y evitar problemas innecesarios, aun así eres bienvenida- ofreciéndole su mano en señal de saludo, se presentó- me llamo George Tumbell, capitán del barco Santa Clarissa ¿Y usted es?

Aceptando su saludo y apretando la mano con todas sus fuerzas, la muchacha se presentó:

- Alison Draco, pero mis amigos me llaman Alice- agrandando su ya ancha sonrisa añadió- espero que seamos amigos George

11 de Febrero de 2022 a las 17:50 0 Reporte Insertar Seguir historia
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