litzy_martinez2001 Vanly D'Marso

Janice y Hazel tienen una amistad toxica. Entre ellas existe una fuerza que las mantiene unidas, a pesar de que sus personalidades parecen estar diseñados para estar en conflicto constante. Fuera de ese detalle, las vidas de ambas son meramente normales. Amores platónicos, sueños frustrados, la graduación a la vuelta de la esquina, lo que parece un futuro incierto en la universidad y la inminente separación de amistades. No obstante, esta cotidianidad se ve afectada por más de un suceso extraordinario que irá desgastando la pared que las tenía resguardadas de los secretos de un pasado que comparten. De lo que es capaz un alma fragmentada ante el dolor de un recuerdo olvidado.


Ficción adolescente No para niños menores de 13.

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Preludio

Parecía que sus músculos se negaran a funcionar; que sus piernas, lo mismo que su cabeza y sus brazos, no formaban parte de su cuerpo, se movían casi por instinto, arrastrándola consigo hasta lo más recóndito de El Abismo.


Las piernas le dolían, los pies le vibraban, los pulmones le ardían. Hasta el aire que respiraba parecía estar lleno de fuego. El cansancio la obligaba a andar a un ritmo que se le antojaba miserable. Tosió con fuerza el polvo oscuro en el que se mezclaba arena y cenizas, levantado tanto por su huida como por la carrera de sus perseguidores.


No se podía permitir quedarse atrás, no ahora. No cuando estaba tan cerca de rozar con las yemas de los dedos la tierra prohibida de Rhem, no cuando estaba por alcanzar su gran objetivo.


La pérdida de sangre le preocupaba, no tenía idea de cuánto tiempo más podría seguir corriendo con las mortales heridas de su costado. Solo tenía presente lo mal que lo pagaría si se daba por vencida ahora y dejaba que el peso del cansancio la aturdiera. Ya había llegado muy lejos para echarse para atrás.


En un arranque de adrenalina, sintiendo la cercanía de las bestias pisándole los talones, sus delicadas y femeninas manos le sirvieron para trepar la aspereza de la empinada colina pedregosa. Del otro lado, solo le quedaba medio kilómetro para arribar al sitio que marcaría el inicio del fin de la injusticia que esclavizaba su pueblo. Entre el sonido incesante de su respiración poco profunda y el macabro rugido de los seres que la perseguían, distinguía el rumor de las rocas al ser reducidas a polvo bajo su paso.


El sonido fue gradualmente aumentando su potencia, llegando a ser un estruendo que resonaba en cada centímetro de ese oscuro abismo en el que ella se esforzaba por no perder el ritmo. Lograba escabullirse entre los recovecos, entre las rocas filosas, saltando para intentar salir fuera, escapando hacia una realidad distinta a la que relataban sus libros de esoterismo y en donde sus pesadillas nunca fueron capaces de penetrar.


Había estudiado fervientemente los libros que el ladrón dejó. Los libros robados que nadie leyó nunca, destinados por el azar para ser estudiados solo por ella. En ellos se hablaba de todo cuanto sabía de Rhem, que, aunque la colección se extendía a más de tres mil pergaminos, era insuficiente información para comprender la tecnología que sus habitantes dominaban. Aun así, ella estaba dispuesta a ir y cumplir su objetivo.


Una mirada por encima de su hombro le reveló como sus habilidades eran emuladas a la perfección por la avalancha de garras y dientes que amenazaban con arrastrarla en pedazos de vuelta a lo más profundo de El Abismo.


Pero tenía que intentar. Tenía que hacerlo. Sino, de nada valdría su vida. No podía rendirse ahora.


Sus pisadas se volvían ecos que golpeaban sus oídos, así como también el gruñido que vociferaban las bocas sin labios que se robaban su energía. Los sentía, estaban a un tiro de piedra a su espalda, si no aumentaba la velocidad nunca llegaría a ver a las elegidas, los brillantes ojos purpúreos se lo recordaban, muy parecidos en color a los suyos, aunque no en la intensidad del brillo.


Intentó aumentar el paso, los habitantes de El abismo no podrían seguirla hasta el sitio marcado en el mapa arrugado y manchado de sangre que se escondía en el hueco de su puño, tan pronto pasase el portal se libraría de ellos... o eso quería creer. Pero si le daban alcance antes, podría dar todo por perdido. Su raza, su pueblo, y hasta esa venganza perdida en el subconsciente de la última alquimista. Todo, todo dependía de ella.


Era consciente de que en unos instantes el único paso a Rhem se vería bloqueado, si no por sus perseguidores que la rodearían, por el término del eclipse. Lo sabía, pero aun teniéndolo presente, no se dejaría vencer sin pelear. Al fin y al cabo, no eran tan diferentes sus fuerzas a las de las bestias tras ella. Pero su piel era frágil, un zarpazo sería suficiente para dejarla fuera de combate, no olvidaba que su fuerza se escapaba por sus heridas. No pelearía esa noche, no, por lo menos, hasta que sus ojos hubiesen visto a las elegidas.


Según lo que el libro decía, esa era la noche en la que se produciría el mismo tipo de eclipse en ambos mundos. Cuando la mística "luna" y su milenario hermano Sirakan compartiesen el mismo cielo, la puerta a Rhem se mostraría.


Lo que el libro no decía, era por qué lado del cielo haría acto de presencia ese satélite plateado. Sus cálculos habían presumido que debería salir a su espalda, al sur, de manera que en el momento en el que se cruzasen en el centro de la cúpula celeste, la puerta se abriría.


Un segundo vistazo por su hombro le reveló que por entre los altos monstruos se colaba a raudales la luz blanca, lo que confirmaba sus dudas. Pronto si se efectuara el eclipse, si no llegaba a tiempo, nada importaría. Ni el secreto de su padre adoptivo, ni su hermanastro a la merced del rey, ni... las elegidas.


Su corazón, agitado de por si, se llenó de alivio cuando en el horizonte y tras salir del hueco de una pequeña cueva, se alzó ante su vista la pared de roca que delimitaba El Abismo. Jubilosa, apretó el paso y nada tardó en vislumbrar una bruma acuosa que caía de la roca de la pared norte. Humo líquido. ¿La entrada al otro mundo?


Se detuvo en seco, sus pies levantaron el polvo que resplandeció a través de la extraña luz blanca del astro de la noche que iluminaba la entrada a Rhem, como millones de luciérnagas platinadas. Se volteó lentamente, de cara al sur, por encima de las cabezas de los demonios, que en ese pequeño instante eran irrelevantes, un satélite color blanco mellaba el cielo estrellado y lentamente se superponía al tan conocido Sirakan.


Luna parecía una gota de luz, deslizándose en el firmamento. Una perla refulgente de mágica esperanza. ¿Esa era la linterna nocturna que los ojos de los hombres de Rhem veían algunas noches? ¿Esa era "luna"? ¿la tan relatada en los libros robados?


Su capucha color rubí, símbolo de los esclavos al recuerdo de Sirakan, había caído sobre su espalda en la vertiginosa carrera y ahora sus rasgos insólitos eran perfilados en carboncillo en contra de su tez marmórea. Sus orbes de amatistas bruñidas se desplazaron lentamente del satélite blanco a los seres frente a ella, espeluznantes demonios, y no tenía necesidad de voltear hacia atrás para ver que su salida había sido bloqueado por media docena más de esos seres. Su intuición no la engañaba.


El cansancio, la falta de aliento y sangre que la agobiaban le daban la clara desventaja. ¿Estaba todo perdido?


Alzó la vista, de nuevo, a ese astro desconocido que contemplaba la escena, acercándose con paciencia hacia el otro satélite rojo, aunque fragmentado, que subía por el norte en dirección contraria, de manera en que, al llegar al centro del cielo, se completara el eclipse. Para ese instante faltaban algunos minutos, y ella se estaba preguntando si llegaría a ver semejante maravilla al verse reflejada en los ojos purpúreos del demonio más cercano.


El circulo de seres impuros se iba achicando cada segundo más. No tardarían en devorarla, estás bestias se disputarían hasta el último retazo de piel y hueso que le quedase.


Regresó la mirada al astro blanco. El rostro platinado de "Luna" la calmaba, su brillo, ajeno a todo lo malo que pronto le ocurriría, la hizo sonreír. Tan distinto al satélite que siempre había conocido, tan surrealista, tan poética.


Había leído un poema en uno de los libros robados, que tomaba a Luna como una coqueta joven mujer, extasiada por las innumerables y floridas palabras que elevaban al cielo los poetas. Insomnes amantes de su luz blanca.


Ahora, las acciones de esos hombres le parecían comprensibles.


Su diestra se alzó hacia esa esfera de plata blanca, mientras el círculo de demonios se iba cerrando a su alrededor en un vaivén que se antojaba eterno, y al bajarla un rayo de luz pura fue dirigida directamente al corazón de la primera bestia que extendía sus fauces hacia ella.


La pureza del rayo cortó de tajo al demonio creando una brecha en su pecho lo suficientemente grande para que la luz blanca pudiera pasar a través de ella. La chica sonrió y su gesto se fue ampliando hasta desgranar una dentadura de afilados y mórbidos colmillos que nada tenían que envidiar a los de las bestias que la habían estado acechando.


¡Quién diría que traer un espejo a El Abismo le sería tan útil!

28 de Enero de 2022 a las 16:46 0 Reporte Insertar Seguir historia
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