maribel-ramirez1643146073 Maribel Ramirez

Thomas tiene un terrible dolor cerca en la boca y la causa es lo que menos se imagina.


Cuento Todo público.

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El extraño caso de Thomas Bores

  • La noche del martes, Thomas Bores se despertó con un terrible dolor en la boca. Se acercó al espejo para examinar y buscar el lugar exacto de donde provenía aquella terrible sensación. Se palpó los dientes, el paladar duro y después de varios minutos por fin logró encontrar que el dolor provenía de una extraña protuberancia debajo de la lengua. Asustado y sin saber qué hacer, se acercó a su mujer Roberta, quien dormía cómodamente, y para no perturbarla la despertó con un suave movimiento de brazos. Roberta brincó asustada y al ver a su esposo su semblante repentinamente cambió a un rostro de fastidio combinado con odio.

–¿Qué quieres? –respondió Roberta.

–Tengo mucho dolor cerca de la lengua. ¡Me duele mucho! ¿Puedes mirar, por favor? –preguntó Thomas mientras sostenía la quijada con la mano derecha.

Roberta lo miró con el rostro cansado, seco y levantando las cejas; característica física de su mal humor, y contestó:

–¡Que idiota eres, de verdad! Ya sabes que me tengo que levantar temprano para ir a trabajar. ¡Qué imbécil eres! –y cerró los ojos con total y completa indiferencia.

Thomas no mencionó palabra alguna y aún con el terrible dolor que sentía, se quedó un largo rato en silencio, observando a su mujer dormir y asimilando las frías palabras que acababa de escuchar, mientras se preguntaba el porqué se casó con aquella extraña mujer que era su esposa y con la que ya tenía más de veinte años de matrimonio.

Roberta Vidal de Bores pertenecía a una familia acomodada y disponía de una buena educación. Thomas Bores era muy joven, sin embargo, ya había alcanzado un trabajo estable y un buen sueldo, lo que le hizo creer que el siguiente paso sería el matrimonio. Así que sin pensarlo se casó. El matrimonio desde un inicio comenzó con problemas, todo era un conflicto; la vivienda, la selección de los muebles y sobre todo la

pobre vida sexual que llevaba la pareja. De manera que Thomas comenzaba a creer que había tomado una mala decisión y cuando meditaba con seriedad en el divorcio, Roberta milagrosamente salió embarazada, lo que hizo reconsiderar su decisión. Y así pasó el tiempo, con Roberta a su lado cada vez más celosa y demandante, y con Thomas deseando salir de aquella situación, pero indeciso al no querer abandonar a su pequeño hijo Manuel en brazos de su madre, así que soportó su existencia a lado de su esposa.

Thomas siguió observando a su mujer y tras un largo suspiró, por fin, en lo más profundo de su alma reconoció lo mucho que la odiaba; el terrible sentimiento de repugnancia que le generaba. Pero sobre todo se sintió decepcionado de su propia persona por haber sido incapaz y cobarde para no decirse a sí mismo durante mucho tiempo, por culpa o por moral, que todo lo que ella representaba en su vida le molestaba; su rostro, sus malditas cejas, su cuerpo, el timbre de su voz, sus conversaciones, absolutamente todo lo que provenía de aquella mujer le repugnaba, le generaba ansiedad y mucho odio.

Suspiró de nuevo y supo que era el momento de cambiar el rumbo de su vida y comprendió que todo estaba perdido en su matrimonio, que todo había terminado. Ese momento fue la confirmación de la verdad que no se atrevía a decir: que todo en ella le resultaba horrible, que todo entre ellos había sido una enorme mentira y que nada en su relación valía la pena conservar, ya no había salvación; todo llegaba a su fin, el fin verdadero. Tal sensación explotó en su espíritu con enorme alegría que se ensombreció a los pocos segundos ya que el dolor de la boca regresaba y ahora con más intensidad. Con esfuerzo se incorporó, el mareo se apoderó de él y se sintió desmayar, tomó su chaqueta, las llaves del coche y salió de la casa para ir directamente al hospital.

El doctor, un joven recién egresado entró al consultorio con los exámenes en la mano, se sentó, se quitó los lentes y miró directamente a los ojos de Thomas.

–Señor Bores, usted tiene un Liquen oral. Es una inflamación crónica o cáncer bucal mortal y parece ya estar en estado avanzado. ¿Había tenido molestias anteriormente? –preguntó el doctor.

–¿Mortal? –preguntó Thomas, mientras sentía mareos y escalofríos por todo el cuerpo.

–Sí, así es. Tenemos que hacer más pruebas para asegurar el diagnóstico, pero sería por la mañana, aunque estoy muy seguro del cáncer bucal. Y dígame ,¿cuándo comenzó?

–El día de hoy mientras dormía y fue de manera repentina – respondió Thomas.

El doctor lo miró con severidad, se puso de nuevo los lentes y dijo:

–Es bastante grave su situación, señor Bores, esta enfermedad es muy peligrosa y muy veloz.

–Ohh... ¿Me voy a morir? –preguntó Thomas.

–No me quiero adelantar, señor Bores, pero como le comento, la enfermedad es mortal. Le voy a dar medicina y hay que esperar a mañana.

Los medicamentos son para aminorar el sufrimiento.

Thomas salió del hospital con aquel dolor sordo y desagradable que no lo abandonaba ni por un segundo y que al contrario de lo que pudiera pensarse aumentaba con el pasar de los minutos y se volvía aún más punzante. Se subió a su coche para manejar directo a casa y mientras conducía todo le pareció triste y desolado. Las calles estaban tristes, la gente que miraba por ahí, perdida en la oscuridad se veían tristes y solos, los conductores aún más desolados, y en silencio trató de entender y traducir más a fondo las palabras tan confusas que el doctor mencionó sobre su fatal enfermedad.

Al llegar a casa, tomó la medicina y sacó el celular, tecleó el nombre del padecimiento y al encontrar que la información de internet era similar a la mencionada por el doctor, con lágrimas en los ojos pidió a dios una respuesta a su terrible angustia. Se sentó en el mueble de la sala, pero era tan grande su sufrimiento, que al momento se levantó de nuevo. Así avanzó la noche, con Thomas caminando de un lado a otro de la

habitación, y con la idea de la muerte inminente en su cabeza. El diagnóstico del doctor parecía fantástico, vago y poco real, se decía, pero el dolor era tan grande que nublaba su mente y por momentos agotaba cualquier esperanza de poder sobrevivir una noche más. De nuevo tomó medicamentos y esperó a que calmaran su tortura, pero nada parecía ayudarlo.

El sufrimiento seguía en aumento, pero lo que realmente le generaba la mayor cólera era la indiferencia de su mujer, quien dormía tranquilamente con su estúpido rostro sano, regordete y sin tener la más mínima gota de empatía hacia su marido; lamentaba con todo su corazón el tiempo que había pasado a su lado.

Thomas continuó caminando de un lado a otro de la habitación, solo en la oscuridad. Se tropezó con la mesa del comedor, se hizo daño en los dedos del pie. Se enfadó consigo mismo por ser tan torpe, estaba encolerizado y en esos momentos lo que más deseaba era ser consolado y cuidado; ser abrazado y querido como a un niño pequeño. Sus fuerzas se agotaban. Se acercó al espejo y se miró la cara hinchada, abrió la boca y observó la protuberancia, primero de frente y

luego de perfil, y notó que sobresalía aún más. La masa había aumentado de tamaño y comenzaba a desgarrar la piel. “No hay error, voy a morir”, se decía y tomó asiento, sacó el celular, pero no pudo continuar. Se levantó de nuevo y fue a la cocina, se sirvió agua, pero le fue imposible tomarla. “¡Me muero! ¿Esto es la vida?”, se preguntó. “¡Sí, es mi vida; parece que se me está escapando... quizá no pase esta noche”. Y reflexiono más a fondo sobre sus decisiones; su carrera, su familia, su pobre hijo Manuel y lo que en algún momento le había interesado y todo parecía desvanecerse y comprendió que nada es lo que aparentaba. Trató de abogar por aquellos pensamientos; pero bruscamente sintió que lo defendía no valía la pena y ya nada quedó por defender.

El dolor siguió en aumento, se acercó de nuevo al espejo. En su mirada parecía no haber una sola pizca de brillo o vida, abrió la boca, la protuberancia seguía creciendo y ya abarcaba gran parte. Entonces con una mano se estiró la boca y con la otra cogió la masa. Una vez que la tuvo bien sostenida, la jaló tratando de extraerla. Lo hizo con demasiada fuerza, lo que provocó que los dientes le cortaran la mano y comenzara

a sangrar. Siguió insistiendo, se retorció hacia un lado tratando de sacar al extraño ente, se dejó caer sobre sus rodillas; abrió los ojos desmesuradamente. Sufría e intentó levantarse, pero le fue imposible; el dolor era tan grande que se estremeció, se agitó, pero decidió no detenerse. Aspiró aire, se detuvo en mitad de la aspiración, se estiró y jaló con todas sus fuerzas hasta desprender la protuberancia. La sangre comenzó a brotar por toda su boca, pero a él no le importó, y al contrario de lo esperado, sintió caer de su cuerpo un enorme peso. Se quedó tumbado en el piso, ya no tenía dolor, había desaparecido y se quedó en silencio los siguientes minutos, contemplando aquel extraño ente y fue ahí que notó algo extraño en el pedazo de masa que sostenía entre sus manos, lo limpió con su camisa y al verlo más de cerca se quedó frío, sintiendo los latidos de su corazón acelerarse al ver el enorme parecido que la masa tenía con su mujer Roberta; el cuerpo, el rostro, y sobre todo las cejas tan marcadas en su esposa estaban visibles, presentes en el objeto que sostenía. Thomas comenzó a llorar, lloró como un niño, lloró por su cobardía, por sentirse tan solo y por la crueldad del mundo. Luego comenzó a reír.

26 de Enero de 2022 a las 05:07 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Continuará…

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