saravalens Sara Valens

Daniela es una mujer española que, sin saberlo ella, trabaja para un traficante de drogas con muy mala suerte. Esta es la historia de cómo Daniela se convierte en una mujer rica de la noche a la mañana cuando se decide a aprovechar un hecho fortuito que se presenta ante ella un buen día...


Crimen Todo público.
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Espíritu de Ladrona


Entré en una cafetería a tomar un café. La entrevista de trabajo que acababa de hacer no había ido demasiado bien y comenzaba a desesperarme. Tenía algunos ahorros y mientras conservara el pequeño trabajo que me había facilitado mi amiga Marisa no me moriría de hambre, pero limpiar casas ajenas no era lo mío. No había estudiado una carrera para acabar así, pero tenía que reconocer que el mercado de trabajo no era lo que fue y que me iba a costar mucho conseguir y conservar un trabajo en lo mío.

Pedí un café con leche de forma automática. Oía a lo lejos los ruidos de la cafetería y las conversaciones de los clientes, ensimismada como estaba en mis preocupaciones. La televisión lanzaba al aire su cantinela perpetua de chorradas sin sentido típicas de los programas matinales. Volví un poco a la realidad al oír la sintonía de apertura del informativo de las doce y giré la cabeza hacia la pantalla rutinariamente, preparada para tragarme mi dosis diaria de dramas cotidianos. Con una voz muy bien colocada, la periodista leyó su guion: La policía ha detenido esta mañana al traficante de drogas español Eduardo Montalvo Torrejón en su casa de la Moraleja. Se considera que Montalvo mueve aproximadamente diez toneladas de estupefacientes al año a través de las fronteras internacionales, en particular cocaína y anfetaminas. La policía estima su fortuna en unos 1 500 millones de euros…

Pero yo ya no escuchaba nada. Mis ojos fijos en la pantalla enviaban estímulos a mi cerebro en la forma de interrogantes, que mi cerebro me devolvía con nuevos interrogantes. No daba crédito a lo que veía. Las imágenes de la pantalla mostraban a dos policías sacando a un hombre esposado de un chalé e introduciéndolo en un vehículo. Unas imágenes acordes con el relato de la periodista y que tendrían sentido para la mayoría de los televidentes, pero no para mí. Yo conocía a aquel hombre y sabía que esa no era su casa y que Eduardo no era su nombre. O eso creía yo.

El tal Eduardo Montalvo era el hombre que yo conocía como Manuel, el antiguo jefe de mi amiga Marisa y dueño del piso que yo limpiaba los martes y jueves. El piso que, casualmente, se encontraba solo a un par de paradas de metro del lugar donde yo estaba en aquel instante, allí mismo, en el centro de Madrid. No era posible que fuera la misma persona y, sin embargo, allí estaba. Un primer plano al rostro del detenido confirmó que mis ojos no se equivocaban: Era él. «¿Y está siendo detenido? ¿Por tráfico de drogas? ¿En una casa en la Moraleja? ¿Qué está pasando?»

La propia Marisa siempre me decía que me distinguía por mi lucidez y mi rapidez mental, que yo era buena estratega, y aquel rompecabezas mostraría que no se equivocaba. Pagué el café y salí a caminar; necesitaba despejarme y pensar. De forma robótica comencé a caminar en dirección al piso de Manuel. Si el hombre que yo conocía como Manuel era Eduardo Montalvo y estaba detenido, ahora no se encontraría en su piso. De repente me di cuenta de que no conocía su apellido, solo su nombre, Manuel. Así era como me lo había presentado Marisa y así lo llamé durante los cuatro meses que hacía que limpiaba su casa. Repasé mentalmente todo lo que sabía de aquel hombre mientras caminaba: Me pagaba en metálico y no me quiso hacer contrato. No me dejaba tener mi propia llave del piso, yo tenía que llamar y él me abría la puerta. No quería que subiera al piso por la escalera del vecindario sino por la escalera de servicio y jamás me dejaba entrar en el dormitorio central, que yo pensaba que era el suyo propio. El piso no estaba nunca demasiado sucio y la cocina siempre estaba recogida, como si nadie la usara. El salón tenía pocos muebles y en general todo tenía aspecto de abandono, como si nadie viviera allí en realidad. La obsesión de Manuel era el polvo, por eso yo pasaba cuatro horas a la semana, dos el martes y dos el jueves, pasando el aspirador como una posesa por el suelo y las paredes. Pero ahora me preguntaba qué era lo que aspiraba yo en realidad.

Tomé la Avenida de Brasil y giré por la calle Orense. Ahora lo sabía, iba al piso. Necesitaba averiguar si hablábamos de la misma persona, si “Manuel” era “Eduardo” y si era en realidad un capo de la droga. O quizás quería algo más; un arriesgado plan comenzaba a formarse en mi cabeza en algún rincón de mi mente, allá donde el raciocinio no llega y solo se encuentran las ideas irracionales y las acciones temerarias. Si Manuel-Eduardo era un capo y traficaba con drogas; si era un hombre cuya fortuna estaba valorada en 1500 millones de euros; si su casa estaba en la Moraleja y este piso era solo un piso franco, y si en aquel instante estaba detenido por la policía y puesto a disposición judicial yo era, según se mire, una pobre desgraciada que acababa de perder el único trabajo que le quedaba, o la persona más afortunada del mundo.

Apreté el paso al comprender la oportunidad que se presentaba ante mí. Aquel golpe de suerte podía cambiarme la vida si actuaba con rapidez, ahora lo sabía. Quienquiera que fuera su cómplice, si es que existían cómplices, no se presentaría en el piso sabiendo que habían detenido al capo. Con respecto a la policía, es posible que ni siquiera conocieran la existencia de ese piso. Era mi oportunidad. Espabilada por el café y espoleada por la adrenalina en mis piernas, casi corría bajando la calle Orense. Estaba cerca, unos números más abajo y habría llegado. Miraba a mi alrededor intentando evitar cruzarme con alguien conocido. Que nadie me viera en el barrio. Vigilaba además que la policía no hubiera llegado antes que yo.

Finalmente llegué al número 26 de la calle Orense. Salté a la calzada y pasé por detrás de los coches aparcados poniéndome la mano en la cara para evitar que me viera el portero del edificio. Tuve suerte, el portero estaba dentro del portal. Giré a la izquierda en la esquina y entré en un pequeño pasadizo que daba a un aparcamiento. Allí estaba la puerta de servicio. Hurgué en mi bolso sacando un pequeño monederito. De allí saqué unas llaves con las que abrí. Volé al segundo piso y abrí la puerta de servicio que daba a la parte interior de la cocina. Al abrir la puerta grité, aun suponiendo que nadie me respondería: ¡Manuel, soy Daniela! Si me había equivocado y Manuel estaba allí yo estaba en un lío puesto que no tendría manera de explicar por qué tenía las llaves. Si en el piso había alguien más, como la policía, mi presencia quedaría perfectamente explicada: «Soy la chica de la limpieza, vengo a trabajar».

A veces ni yo misma entendía por qué hacía lo que hacía y mi curiosidad siempre ha podido más que mi raciocinio. Dos semanas antes había visto unas llaves en un aplique junto a la puerta de servicio. Manuel estaba encerrado en su dormitorio como hacía casi siempre que yo estaba allí. Apenas lo veía en las dos horas que pasaba en la casa. Solo salía cuando lo llamaba antes de irme para pagarme. Aquel día, sabiendo que no me oiría, agarré las llaves, probé a abrir la puerta de servicio desde dentro y funcionó. Del llavero colgaban dos llaves, supuse que la otra era del portal de servicio, la que daba al pasadizo, como así pude comprobar después. Por qué las metí en mi bolso en lugar de volver a colgarlas en el aplique, no lo sé. Dos días después las devolví a su sitio, tras haber hecho una copia de ambas. Aparentemente, Manuel nunca supo nada. Ahora me alegraba de haber hecho aquel movimiento. Quizás fuera que pensaba entrar un día en la casa cuando supiera que Manuel no estaba para curiosear en el dormitorio y saber por qué siempre estaba allí encerrado. O quizás sea que siempre tuve espíritu de ladrona…

Aquella cifra, 1500 millones de euros, bailaba en mi cabeza. No es que yo esperara encontrar esa cantidad en la casa, pero entendía que los traficantes de droga manejan mucho efectivo. Primero pasé por la cocina para ponerme unos guantes de fregar, después me encaminé al dormitorio. Allí encontraría pistas sobre quién era Manuel. Llamé a la puerta del dormitorio antes de entrar, solo por si acaso, después abrí. Allí de bruces me encontré con la prueba irrefutable de que “Manuel” era en realidad “Eduardo”. En lugar de un dormitorio normal, encontré un laboratorio de drogas. Una mesa rectangular con pilas de paquetes de una sustancia blanca envuelta en plástico, tubos, embudos, varias pesas, cucharillas, papelinas, sobrecitos, cuchillas y toda la parafernalia correspondiente. En un rincón de la habitación había una caja de cartón con billetes de cincuenta, veinte y cinco euros, enrollados en atadillos. Hice un cálculo rápido, unos dos mil euros. «No es mucho, tiene que haber más». Fui a la cocina y agarré una bolsa de rafia para meter los atadillos de billetes. Mientras hacía esto pensaba, acelerada, dónde podría encontrar más. Conocía los rincones y los muebles de la casa y nunca había visto nada sospechoso. Solo los armarios del pasillo que llevaba al dormitorio de Manuel (ahora Eduardo) podían contener algo. Era lógico porque allí Manuel tampoco quería que limpiara nunca. Abrí uno de los dos armarios del pasillo y rápidamente vi lo único que contenía: dos maletas de viaje. Una mediana, de unos sesenta centímetros de alto, y otra pequeña, de unos cuarenta y cinco. Las saqué del armario a la velocidad del rayo buscando el tirador de la cremallera de la más grande, pero tenía un candado. «¡Mierda!». Me ponía nerviosa la idea de que alguien llegara de repente. Si a Eduardo le habían permitido hacer alguna llamada era posible que hubiera enviado a alguien a la casa a deshacerse de la droga. La idea me ponía el corazón a cien por hora y me bloqueaba la respiración. «Tienes que calmarte para poder hacerlo bien». En realidad, me daba igual si las maletas portaban candados o no, me las llevaría tal y como estaban y listos. Ya buscaría la manera de abrirlas más tranquilamente en mi casa. Tocaba salir de allí.

Cerré las puertas del dormitorio y las de los armarios y me dirigí al pasillo de la entrada del servicio con las maletas y la bolsa de rafia con los dos mil euros. Saldría por la misma puerta por la que había entrado. Cerré la puerta despacio tras de mí al salir y eché la llave por fuera, para que todo quedara como lo había encontrado. Metí las llaves y los guantes de plástico en mi bolso, recordándome que tenía que deshacerme de aquello. Deslicé las maletas por las escaleras de los dos pisos que me separaban del rellano y salí por el portal del pasadizo. Enfilé mis pasos hacia la Plaza de Carlos Trías, en dirección contraria a por donde había venido para evitar al portero. Mi mente daba vueltas tan rápido y mis piernas iban tan cargadas de adrenalina que me sentí mareada. Paré a respirar, porque además tenía que pensar cómo iba a volver a casa. Estaba desorientada y al intentar ubicarme para buscar la boca de metro más cercana vi un taxi parado en la plaza. «¡¿Qué metro?! ¡No puedes seguir pensando como una pobre!» Sin pensarlo alcé la mano para llamar la atención del taxista que, muy amablemente, puso mis maletas en el maletero. Feliz, me senté en el interior del taxi, sin poder contener una sonrisa de oreja a oreja.

Vivía en un piso compartido con otras dos chicas, pero a esas horas estaban trabajando las dos. Paula, teleoperadora en una empresa de telefonía, y Ana, dependienta en una tienda de ropa, ambas formando parte del precariado. Me encerré en mi dormitorio y puse las dos maletas sobre la cama. Por suerte, pensé, eran maletas de tela y sería más fácil abrirlas. Pero no. Me peleé con la cremallera de la maleta más grande durante casi dos horas. Dos horas de angustia en las que mi mente llegó a concebir todo tipo de carambolas. «¿Qué pasa si no hay dinero, sino droga? ¿Cómo te vas a deshacer de eso? ¿Y si es solo ropa? Por lo menos me quedan los dos mil euros en billetitos, que me ayudarán hasta que encuentre un trabajo nuevo». Armada con unas tijeras, un destornillador, una cuchilla y toda mi fuerza, conseguí abrir un orificio suficientemente grande en la maleta. Y ahí estaba, la visión del tesoro material que me arreglaría la vida para siempre. ¿Estaba llorando o riéndome? No lo sabía bien. Me dejé caer en el suelo permitiendo que mi cuerpo soltara toda la angustia y el estrés acumulado en las últimas cuatro horas. Lloré, temblé y me reí a carcajadas yo sola en mi habitación. «¡Acabo de cometer el robo perfecto! En el lugar adecuado, en el momento correcto con la información apropiada. Además de mí, solo hay otra persona que sabe de la existencia de ese dinero, y está detenido y va a pasar mucho tiempo en la cárcel. Y aunque no fuera así, ese hombre ni siquiera sabe dónde vivo yo, o siquiera mi apellido. ¡Ya puedes buscarme!», pensaba yo riendo a carcajadas. La fortuna me había sonreído y yo le devolvía la sonrisa.

Una vez que hube descargado toda la adrenalina, me levanté y comencé a vaciar la maleta grande, agujereada. Aquella maleta ya no me servía, tendría que usar una de las mías, pero qué me importaba ya. Tenía que espabilarme, porque a pesar de todo era peligroso para mí quedarme allí. Había que evaporarse.

Otras dos horas después estaba lista para salir a buscar mi nueva vida lejos de allí, pero antes, algo importante. En dos sobres había metido 20 000 euros en billetes de quinientos. Los deslicé por debajo de las puertas de los dormitorios de Paula y de Ana. No les arreglaría la vida, pero seguro que les ayudaría mucho. Me prometí a mí misma seguir en contacto con ellas y ayudarlas todo lo que pudiera. Me emocioné al pensarlo y me di cuenta de que iba a poder ayudar a mucha gente. ¿Por qué no un buen donativo a alguna asociación de ayuda a drogodependientes? Que el dinero de la droga sirva para salvar a aquellos a los que destruyó…




Eduardo Monsalvo le había dado claras instrucciones a su abogado. Debía ponerse en contacto con uno de sus soldados para que fuera a su piso de la calle Orense. Le preocupaba que la policía entrara allí. Además de las claras evidencias incriminatorias que encontrarían, no quería que la mercancía fuera destruida. Le preocupaban también las dos maletas repletas de billetes que tenía preparadas para comprar una nueva remesa. Pero cuando su abogado le informó de la desaparición de las dos maletas, Eduardo se puso en guardia. Lo primero que pensó fue que algún policía había entrado al piso sin informar a sus superiores. «Esos putos vendidos…» Pero después, una intuición súbita cruzó su mente como un rayo. Entrecerró los ojos y masculló algo entre dientes; algo que solo él pudo comprender: «Daniela…»

25 de Enero de 2022 a las 18:18 0 Reporte Insertar Seguir historia
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