Cuento corto
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Primera Costura

Oh dios mío. Dios de Isaac y de Abraham. De pablo y de Jonás. Dios que separó las sábanas rojas para que el pueblo hereje huyera de las ataduras de Egipto.

¿Por qué me haces esto?

¿Por qué me castigas con este letargo de oscuridad y dolor que me persiguen desde hace eones?

Desde aquí maldigo a aquel fruto del Edén que me regalaste a mí, a aquella criatura que jamás ha lastimado. Me mentiste a los ojos diciendo que era un fruto maduro y con sabor indescriptible, cuando en realidad solo era podredumbre envuelta en heces de falsa esperanza.

Ambos me mintieron a la cara y se mofaron de aquella marioneta ilusa y sin conocimiento de las artes de la traición y el despecho.

Aborrezco las noches que me siguen atormentando desde aquel día en que la miré a los ojos en aquel túnel oscuro. Avanzando por las vías, alejándonos de aquel campus universitario lleno de ingratitud. Aún recuerdo como su reflejo enmarcado sobre el cristal me mostró la luz de esperanza que añoraba desde hace década. Todo para que al final aquellas noches de felicidad y añoranza se fueran revistiendo de lágrimas y maldiciones que emergían de debajo de las sábanas que nunca llegaron a impregnarse de tu aroma a mujer.

Y ahora, entre ese lienzo bermellón de seda, no hago más que consolar mi pene con tu voz envolviendo mi mano mientras imagino aquel cuerpo desconocido que solo he poseído en pesadillas hasta que el semen supure, manchando mi alegría.

Y todo eso, al mismo tiempo que tú dibujas oleos con tu vagina salivante mientras otro individuo te otorga el placer que yo juré brindarte.

Puedo escuchar como gritas su nombre entre gemidos de dolor y sudor de magma que caen en mi frente mientras observo impotente aquella sinfonía vehemente que es creada como una burla injusta hacia mí.

Los recuerdos helicoidales no hacen más que desestabilizar las raíces que dan vida a los frutos de mi corazón que no para de llorar y gritar de odio contra aquella maldita alma desgraciada con olor a caoba que me prometió estar a mi lado mientras avanzábamos por la senda del conocimiento y del amor.

Aquella reverberación que me sigue atosigando en los rincones más recónditos de mi inestable felicidad.

Como pude ser tan estúpido por haber creído todo aquello que me dijo aquella falsa mujer que ahora solo continua con vida en mi mente porque soy incapaz de eliminar aquello que me sigue dando la poca vida que desgraciadamente tengo que seguir viviendo.

Como quisiera penetrar tu garganta en repetidas ocasiones hasta eyacular en ella para que así mueras atragantada con los recuerdos ingratos que dejaste en este pobre océano de rencor y lamento.

Lo único que me queda por hacer es mirar el esfínter de mi Remington 870 mientras encuentro el valor suficiente para gritar la decimosexta consonante que lidera tu repulsivo y asqueroso nombre para poder plasmarlo en las paredes blancas de mi habitación con la sangre y los huesos de mi cerebro. Y así, al final, poder seguir sufriendo por la eternidad donde sea que mi dios me olvidé por haber cometido ultraje contra su propiedad, solo por haber añorado aquello que se esconde entre tu entrepierna y que ahora solo pertenece al miserable remplazo que sea que tenga para ti.

21 de Enero de 2022 a las 17:07 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Conoce al autor

Miguel Ruiz Soy un chico de 23 años con la meta de escribir una historia que impresione a cualquiera que la lea. No soy escritor ni filosofo profesional, solo escribo por pasión y hobby. Si te gusta lo que escribo házmelo saber.

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