El billete negro Seguir historia

Valentino Valentino -

Nunca me había atrevido a escribir esta historia por dos razones: la primera, porque le parecerá inverosímil al leyente, y la segunda, quizá la más tétrica de ambas consideraciones, se debe al contrato perenne que somete a aquel que lea el mensaje contenido en el dorso del billete negro que cayó en mis manos ese día oscuro de noviembre. Decía así: «Si usted está leyendo estas palabras, le sucederá todo aquello que desee su corazón. Ríase si quiere, pero ciertamente ocurrirá».


Paranormal Todo público.

#fantasmas #casona #paranormal #terror #cuento hondureño #Valentino #billete negro
Cuento corto
1
10839 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

El billete negro



Nunca me había atrevido a escribir esta historia por dos razones: la primera, porque le parecerá inverosímil al leyente, y la segunda, quizá la más tétrica de ambas consideraciones, se debe al contrato perenne que somete a aquel que lea el mensaje contenido en el dorso del billete negro que cayó en mis manos ese día oscuro de noviembre. Decía así: «Si usted está leyendo estas palabras, le sucederá todo aquello que desee su corazón. Ríase si quiere, pero ciertamente ocurrirá».

Imposible es que niegue que, ese día, me reí, pero fue una risa recortada, cuidadosa, pensativa. Vi con recelo al sujeto que me lo dio -un cobrador de buses-, sentí deseos de reclamarle, mas mi conciencia, racional y vigilante, me detuvo. No así mi subconsciente, que empezó desde entonces a percibir las cosas de una manera distorsionada, según me decía a mí mismo para consolarme, pero creo que los ojos de los demás pasajeros parecían indicarme lo contrario.

Bajé pues del autobús, caminé por el Parque Central en busca del punto de taxis colectivos y, cerca ya del lugar, una idea fija, inmanente,seguía rebanándome el cerebro. ¿Acaso moriría? ¿Era eso a final de cuentas lo que deseaba mi corazón? ¿Por qué el negativismo, por qué no pensar en sueños de grandezas y riquezas? De pronto, haciéndome temblar del miedo, una señora con un gran tumor, morado, en el rostro se me acercó con la mano extendida:

-Un lempira, señor mío, sólo un lempira.*

(*Lempira: moneda hondureña: L.27 x €1. En el caso que nos ocupa, el "billete negro" es un lempira que presenta un color oscuro y tétrico con palabras escritas que conforman un conjuro antiguo que, como veremos a continuación, actúa no muy beneficamente sobre el receptor del mismo).

Al principio le dije que no ladeando la mano, pero luego, acordándome del billete negro, me hurgué las bolsas del pantalón. La frase misteriosa volvía a mí en un golpe de vista. «Es hora de deshacerme de esta maldición», pensé aliviado. Le extendí el billete, muy negro por la pintura empastada al desgaire, ahora sí lo percibía, vi sus líneas curvadas, la impresión delicada de cada una de sus figuras y la expresion patriótica de aquel rostro límpido, funerario -he leído que los muertos en los ataúdes lucen bellos- y luego aquellas letras escritas con mano segura, diestra y sentenciadora, que me recordaban mi destino.

La mujer enferma cogió el billete de una punta mientras yo lo retenía de la otra. Lo jaló; la contuve. Me vio extrañada, abrió su boca de pez deformada por el tumor e hizo una mímica de lo que podría ser una sonrisa. Le echó una mirada al billete, y creo que leyó lo que en su dorso había consignado.

Finalmente lo soltó alzando las manos de extravío y se alejó agitando los brazos al cielo. La seguí torturado por mi conciencia.

-¡Tenga! -le grité-. ¡Agárrelo! ¡Es suyo! ¡No lo quiero! ¡No…!

Un automóvil en medio de la calle frenó con fuerza y pude ver a la mujer volar por los aires y a mí mismo, sin que yo sepa cómo hasta el día de hoy, atravesar el auto, escapando vivo, en segundos, del accidente.

¡Fue penoso! Llegó al instante el contingente de la Cruz Roja, la policía de tránsito y se amasó enseguida un grupúsculo de mirones. Me alejé a escondidas, mucho más mortificado todavía, dando vueltas por refugiarme en mi cuarto.

Me avergüenza decir esto, pero en toda la temporada había sufrido una gran recesión económica y mis finanzas, siempre raquíticas, apenas lograban costearme el pasaje y una comida diaria. Incluso cambiaba de cuarto cada dos meses, evitando con ello el pago de alquiler. Mi salario de obrero, por desgracia, no tenía la flexibilidad de una tira de goma ¡Cuánto desee entonces ser un hombre potentado, libre del trabajo esclavizador y las enflaquecedoras jornadas nocturnas! Al menos no sufría yo solo en este mundo, me decía por las noches en una reflexión conformista, je, je… Mis ánimos se deslizaban por la fatídica curva de la depresión.

Pero aquella noche, sí, aquella noche, cómo he de olvidarla… Justo cuando me hube topado con aquella mujer en la calle, iba afligido porque en la mañana me habían despedido del trabajo. No tenía un céntimo y aquel lempira que me negué a dejar partir, no por avaricia sino por necesidad propia, esa noche que lo extendía para decidirme a comprar un par de cigarros en la pulpería, tenía añadido ahora otro escrito: «…C1700, C20, A15». Más que increíble, era casi diabólico. No entendía ninguna de las anotaciones.

Luego escuché un estruendo golpear la parte superior de la puerta. Un momento después:

-¡Pero qué demonios! -gritó el casero junto a mi persiana-. ¡Abra esa puerta, hombre, y venga a limpiar esta porquería!

-¿Qué es lo que dice? -le devolví el grito.

Volteé el pomo y asomé mi cabeza por el resquicio.

-¿Qué quiere? -le pregunté molesto.

Don Salazar, airado, apretaba los ojos:

-Jamás hubiera creído que estuviera mezclado con la gente mala del pueblo. Las cosas no pasan en vano -acabó diciendo.

Quise responderle pero la objetividad de su dedo, puntiagudo y amenazante, fue implacable: al pie del marco de madera, dos alas negras y unas patas filudas, abiertas y secas, yacían como colocadas con cuidado en la acera. No había quedado rastro de visceras ni de sangre alrededor.

Enmudecí, y sin plantearle pelea, recogí en una bolsa negra los restos y los aventé a la basura. ¿Qué visos traía consigo este mensaje? ¿Ninguno? ¿Pero y lo que había visto con sus propios ojos el casero? ¿Quién podría negarlo, negárselo a él? Sé que todo esto puede sonarle a tonterías, pero puedo asegurar que sí sucedió y de que aquel que lea lo que ahora escribo no escapará de su poder. No, no es una cadena; no es un juego tampoco. ¿Cree usted en Dios? Supongo que sí, más de lo que yo creo en Él, inclusive. Pero no deseo causar pánico.

Esa noche dormí con gran apacibilidad.

¡Ah, qué fuerzas extraterrenales me envolvieron entonces! ¡Por Dios, no lo sé, no lo sé!

El casero Salazar llegó temprano a mi cuarto. Abrió la puerta sin avisarme. Venía acompañado de una mujer.

-Lo siento -dijo sin emotividad alguna-. Debe irse.

-¿Por qué? -le pregunté sorprendido.

-Esta es una casa de Dios -dijo pero sin dirigirme la vista, como hablando solo-. Váyase.

-Es obligatorio que así sea -dijo la mujer con un incensario en la mano, recitando unos Salmos.

Empaqué mis pocas cosas en un bolso deportivo. Saqué lo que me restaba de dinero. Ahora el billete tenía agregadas estas palabras: «Santa Fe». Por supuesto que me enfurecí. ¡Y venirme con estas palabras precisamente cuando mi estomago rugía de hambre y mi alma gritaba de desesperación!

Salí de la cuartería sin rumbo fijo. Tomé otro colectivo y me dejé acarrear hasta el final, es decir, hasta el punto. Era un barrio, «Cabañas» por nombre, un suburbio marginal rodeado de sembradíos de caña que antaño gozó de una fama violenta y llena de miseria.

-¿En dónde puedo encontrar una cuartería? -le pregunté al taxista.

-Por arriba, en la veinte calle, quince avenida; ahí hay algunas. Diríjase al pasaje Santa Fe.

De pronto me vi en sus calles de balastro, francamente malhumorado, tanto que transmití aquella impresión al taxista que pronto chocó contra una pulpería de esquina al tiempo en que salía corriendo del auto, gritando, horrorizado. Busqué el pasaje, las cuarterías, pero no encontré ninguno. Me senté bajo un palo de almendra.

-Buenos días -me saludó un anciano sin placas y bien corcovado que bajaba hacia los cañaverales.

-Buenas -le respondí a pesar de la estupefacción-. Señor, ¿sabe usted dónde puedo encontrar un cuarto?

-Ah sí -dijo-. En aquella casona alquilan uno.

-¿En cuál? -En esa que ve usted enfrente.

-¿Seguro?

-Sí -y, riéndose tétricamente con su boca sin dientes y ojos claros como la muerte, dijo-: Adiós.

Sin otra opción más que velar por mí mismo, me allegué a los portones de la casona. Toqué sus aldabas repetidamente. No recibí contestación. Pude advertir que éstos no tenían candado, así que empujé hacia arriba una de las aldabas y entré al patio. Esta vez toqué la puerta. Sucedió lo mismo que antes. La abrí con tiento.

-¡Buenas! -grité.

Estaba vacía.

¡Claro que yo sabía a lo que me enfrentaba! ¡No soy un idiota! Como dice un científico: «Si meto a un gato y a un ratón por un mismo tubo, y luego escuchó un crujido, un chillido, por deducción sabré lo que ha ocurrido adentro sin necesidad de que lo haya visto. Los efectos sobrevienen a las causas». Creo que para saber esto no hay que ser un genio.

Pero entonces, ¿qué era en sí lo que deseaba mi corazón, si vistas las circunstancias me aventuraba a una tragedia segura, o el de usted, que lee esto, en arriesgarse a pasar por lo mismo? Para el falto de fe, nada, pero para el creyente, todo.

He allí la clave: la fe.

¿En qué? , me preguntaba.

Husmeé en cada una de las habitaciones: ninguna señal de convivencia. Sin embargo, algo resultaba sospechoso. La casa estaba limpia, muy limpia, ordenada, demasiado ordenada. Eso me indicaba que, o bien no estaban en casa en ese momento o bien la abandonaron a toda prisa, quizá huyendo de la violencia que acechaba al barrio. Puse el rostro sobre el vidrio de una ventana y pude ver a un grupo de vecinos que no cesaba de dirigir la mirada hacia la casona. Aquello me perturbó. Al ver que me asomaba en uno de los cristales, corrieron del susto.

Me sentía feliz, en casa. Sí, realmente creí haber llegado a mi destino. Todo en ella me vislumbraba. Sus viejos muebles coloniales, sus lámparas de luz amarilla, sus cuadros de mujeres en picnic bajo los árboles del bosque, sus baños y su cerámica al estilo romano, sus camas con cortinas altas a los lados, sus marcos tallados interiores, sus espejos…

Sin que lo esperara, una mujer apareció en la puerta.

«La dueña», me dije. -Hola -dijo ella.

-Discúlpeme…

Era muy hermosa, y quedé prendido desde que la vi. Alta, vestido blanco, pelo largo, negrísimo, rostro ovalado, fino, boquita dulce y ojos risueños. Parecía flotar en el aire al caminar.

-¿No me recuerda? -me dijo de sopetón, sonriendo.

-No -dije con sinceridad.

-Ya veo -dijo moviéndose con gracia.

-¿Es esta su casa?

-De mi padre.

-¿Está él aquí?

-De vez en cuando suele visitarme.

-¿Vive sola?

-Para mala fortuna mía, sí.

-¿No le molesta mi presencia? ¿Su nombre?

-De ninguna manera. ¿Mi nombre? Lesli. ¿El suyo?

-Iván.

Y se alejó pasando frente al espejo. No vi reflejo alguno. ¿Por qué me habría preguntado que si la recordaba? ¡Jamás la había visto en mi vida! Pero algo hizo recordarme lo del billete negro. Lo saqué y vi sus anotaciones; otra añadidura:

«La luz es tu destino».

Reí. Por fin las cosas empezaban a salirme bien. No debía ahora preocuparme de nada, salvo por algunos ruidos que me molestaban durante el día. Eran insoportables. A veces me parecían gritos en medio de la sala, invocaciones y hasta perjurios. Hablé de ello con Lesli.

-Para eso lo traje -me dijo- para que los espantara de aquí.

-¿Pero cómo?

-Cuando vuelva a escuchar sus gritos, siéntese, relájese y preste atención: entonces verá en su mente a los alborotadores, sus ruidos, que generan un tipo de energía, tómela y aparézcaseles.

-¿Son humanos? ¿Muertos? ¿Esas cosas existen?

-Sí, aunque no lo crea.

-¿Y qué hago entonces?

-Ahuyéntelos con su ira.

-¿No poseen ellos más fuerzas invisibles que nosotros?

-Ja, ja… Las tienen pero ellos no lo saben, ni saben cómo usarlas.

-Increíble… ¿Lo que usted me dice es verdad?

-Compruébelo usted mismo…

-¿Y Dios?

-Él es el padre de todos… No le tema, algún día lo veremos juntos…

Entonces se inflamó de amor mi corazón. Me pasé un mes tratando de escuchar los ruidos de esos seres invisibles, pero no obtuve ningún resultado. El cariño de Lesli me alentaba.

-¿Quiere que le diga algo?

-Dígame.

-La quiero.

Se puso roja.

-¿A mí?

-Sí.

-Ni siquiera me conoce.

-Eso no es cierto.

-Le digo que sí.

-Usted me preguntó una vez que si la recordaba.

Lesli se levantó de la silla y recorrió etéreamente la sala. Se vio a sí misma en el espejo. Vio su rostro, terso, suave, hermoso. Una lágrima le rodeó una mejilla. Luego sonrió.

-¿Por qué llora? -le pregunté.

-La primera vez que lo vi -dijo ella-, estaba usted tan guapo y rebosante de vida, que no me imaginé que podría estar a su lado algún día.

-¿Y dónde fue que me vio?

-¿En serio no se acuerda?

-No, no, de verdad; no me acuerdo.

-¿Se acuerda del billete negro?

-¿El billete negro?

-Sí.

-Cómo sabe sobre su existencia… Yo… Estoy desorientado.

-Vi lo que estaba escrito en él…

Su rostro se ensombreció, como abatida de haber sido descubierta. Surgieron gritos invasores, pero esta vez afuera de la casa.

-¡Por Dios! -exclamé ante un panorama que me aterrorizó-. Es una turba, una turba que se acerca con leños en fuego…

Los vecinos se aprestaban a quemar la casa.

-¡Que no quede nada! -gritaban-. Ya estamos hartos de los malos espíritus.

Rompieron los portones, abrieron las puertas y comenzaron a incendiarlo todo. Llevé a Lesli al patio, en tanto que yo volví a la casa, envuelta en un fogón. Cogí las sillas y las aventé contra los hombres y mujeres que se habían ensañado contra nosotros.

-Pagarán caro -gritaba hendido por la cólera.

Derribé los estantes, quebré columnas de concreto y derribé algunas paredes.

Entró luego un hombre con una Biblia en la mano que clamaba:


Me rodearon ligaduras de muerte,

me encontraron las angustias del Seol;

angustia y dolor había yo hallado,

entonces invoqué el nombre de Jehová, diciendo:

Oh Jehová, libra ahora mi alma.


En medio de las llamas, se me apareció de pronto Lesli, radiante:

-El billete negro -me dijo.

-¿Qué con él?

-Yo era la mujer con el tumor en la cara.

Su faz adquirió el perfil que yo había visto no hace mucho en la calle del Centro.

-¡Qué es esto! -grité; la confusión que me abrigó hizo que cayera hincado en el piso-. ¡Qué ocurre! ¿Acaso estoy maldito? Yo mismo te vi cuando morías. Vos no sos Lesli, no lo sos; Lesli, vos no tenés nada que ver con este monstruo, nada, nada. Vivís, Lesli, ¡vivís! ¿Por qué me hacés esto?

-¿No lo has entendido todavía, Iván? -dijo abrumada recuperando su forma original-. Vos también estás muerto.

Entonces lo entendí, comprendí cada una de las anotaciones impresas en el billete negro. Había encontrado mi respuesta a los deseos de mi corazón, después de haber vivido aquella vida miserable. Era feliz.

-La luz -dijo Lesli señalándola-; vela ahí. Vámonos. Ya es hora, Iván.


Angustia y dolor había yo hallado,

entonces invoqué el nombre de Jehová, diciendo:

Oh Jehová, libra ahora mi alma. . .


La tomé de la mano, solté el billete negro, lo dejé que se quemara en aquel fuego ardiente para que su conjuro no volviera más, y entonces me encontré, como todos lo harán algún día, con mi verdadero destino.

13 de Octubre de 2017 a las 21:46 4 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Valentino - Mis historias hablan sobre mí

Comenta algo

Publica!
Jhonny Ventiades Guillén Jhonny Ventiades Guillén
Una historia muy interesante, te atrapa desde el inicio, aunque se va haciendo un poco confusa segun se va avanzando en la trama. La esensia de la historia es muy buena. !Felicidades!
19 de Diciembre de 2017 a las 09:59
Valentino - Valentino -
Sr. Snob Molino. Gracias por tu comentario. Efectivamente, utilicé la técnica de Rulfo para crear el relato. Saludos.
13 de Octubre de 2017 a las 20:32

  • Valentino - Valentino -
    Ivan murió juntamente con Lesli en el accidente de tránsito. 13 de Octubre de 2017 a las 20:32
Sr Snob Molinos Sr Snob Molinos
suelo encontrarme mucho por ahí con relatos de títulos y sinopsis pretenciosas que prometen una gran historia y resulta siendo todo puro humo. Afortunadamente este no es el caso, sabes sumergir al lector en tus relatos, lo empecé a leer y quise saber como terminaba la historia. Me gustó mucho todo, y el final me pareció increíble, la verdad si me esperaba que Lesli fuera la mujer del tumor, pero lo que no me esperaba para nada es que Iván también estuviera muerto. Lo único que no me encaja es el principio con el final ¿Como es que Iván pudo contar su historia si estaba muerto? ¿la escribió desde el mas allá? Bueno supongo que es algo así como Pedro Páramo. De todos modos muy buena tu historia y tu manera de escribir, cuando tenga tiempo leo las demás.
13 de Octubre de 2017 a las 19:36
~