El Mundo de Dante Seguir historia

gabriel-cordova Gabo Cordova

Dante García es el hombre más viejo de su país, su edad supera el siglo y luce como un anciano robusto como roble, frente él está un periodista que en busca de una gran historia decidió entrevistarlo. La historia que contará es de un mundo donde los límites son derivados al infinito en representaciones fuera de la humanidad misma, solo pocas personas son capaces de andar en la fina línea de lo real e ilusorio integrando la esencia de sus seres en el teatro que llaman realidad donde actúan peculiares personajes.


Suspenso/Misterio Todo público.

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Primer Capítulo: El Regreso del Hijo Pródigo

La noche dócil, vigilada por una feroz luna llena resplandeciente, las calles angostas y oscuras forman un corredor largo, hasta que la vista alcanzaba el puerto y se perdía en la neblina hambrienta.

El invierno en la Costa es lo más refrescante del año, pero sus inoportunas inundaciones, lluvias de paso y malas calles lo hacía el pantano más elegante del mundo.

Los días eran largos, el sol se escondía por intervalos y le cedía el puesto astral a las nubes negras que descargaban toda su ira y tristeza en la tierra hambrienta de lamentaciones.

En el sur de la ciudad, se encontraba Sausing, el barrio más acaudalo y donde residían empresarios, políticos y extranjeros.

La casa más vulgar de todas era la primera villa, por sus pinturas tan vivas como unos Papagayos, todos asumían que allí se daban fiesta o usaba para un burdel, sólo un hombre vivía en aquella vivienda de colores vomitivos.

Su dueño, Dante de la Cruz era alguien de treinta años, ex-militar y comerciante que sólo se daba el placer de vivir en la ciudad costera por sus noches de bohemia en los Cerros.

Hace diez años la Guerra del fin del Siglo terminó, llevándose consigo muertos, dolor, el partido liberal de la nación y destruyendo completamente a la nación enemiga.

El ganador fue elegido por ser quien menor cantidad de muertos tuvo, mientras que el perdedor tuvo que someterse a múltiples humillaciones y las diversas guerras civiles que estallaron facilitaron la entrada de una potencia extranjera que diezmo sus campos y terrenos ha solo cenizas.

En aquella querella tan grande que hizo resonar el Pacifico, sacudió los Andes y alimento al viento de sangre ;Dante era un oficial militar por su herencia familiar, como hijo de un gran hacendado en la Sierra y representante de los intereses patriotas de todo un pueblo, se dejó llevar por el calor de la sangre y desfilo hacia la guerra, volviendo asqueado de la violencia, la política y la ambición, decidió vivir en la costa, mientras sus negocios fluían en su debido tiempo.

Sus visitas eran siempre amigos, clientes y damas ocasionales con las cuales no entablaba mayor conversación que un par de noches, gozaba de amistades repentinas.

Su puerta retumbaba y al grito de su gato que dormía pegado a la puerta se levantó de su hamaca en el patio para atender aquella visita tan intensa.

Abrió los cerrojos con recelo y sólo dejó un fino espacio entre el marco y la puerta para ver quien lo buscaba con tanta insistencia.

La sorpresa era grande, como su casa era pintoresca, un hombre en su mediana edad, con bigote de brocha, bajito y lentes lo veía con una sonrisa nostálgica;Vinicio el administrador y pseudomayordomo de la familia estaba en su puerta después de muchos años (se adjudicó el solo aquel título por fastidio de ser llamado criado o empleado).

—Hace más de una quincena de carnavales que no te veía Dante.

—Lo mismo digo. — Sonrió mientras abrió la puerta con tal fuerza como lo hace un cura cuando llega la navidad.

Lo invitó a pasar y le sirvió un vaso de jugo de mango, junto a unos chifles con queso.

—¿Qué asuntos te traen aquí?

—Vine a buscarte para arreglar los asuntos sobre tu herencia.

El carisma de Dante se tornó en seriedad y sus gestos mostraban fastidio al hecho de aproximarse al tema tratado.

—No tengo ni la más mínima gracia de ir allí—su voz era fuerte.

—Es tu casa, tu tierra y debes reclamar tu condición como heredero antes que esos ridículos diputados expropien las tierras de tus padres para sí mismos.

La noche estaba por caer y el sol peleaba por permanecer unos pocos segundos más, el atardecer era tan naranja como cascara de mandarina y las nubes acaparaban estrepitosamente el cielo como peces en un rio.

—Si lo pones de ese modo... pienso ir, pero no creo estar más de lo que resta del invierno.

—Perfecto, espero que partamos en tren después de la misa de mañana.

—De acuerdo, quédate en la habitación superior derecha y ponte cómodo, mientras estemos aquí me ocupare de hacer unos trámites.

—Espero te invada la curiosidad de ver cómo han cambiado las cosas después de tantos años.

Sonrió para evitar dar una respuesta irónica y se fue a servir un vaso de ron cienfuegos con caña manaba para sobrellevar el frío que había recrudecido a causa de la lluvia y los vientos gélidos de los cerros que bajaban con fiereza.

La ciudad era una perla vista desde los barcos que venían del Pacifico, todos los días en el puerto llegaban extranjeros que compraban pasajes de tren para viajar hacia la Sierra y conocer sus ciudades con aquella gastronomía rica en granos y tubérculos que encantaba a Dante.

El domingo al sonar las campanas dando por terminadas las misas del día, en la estación del tren comenzaba a proliferar los pasajeros de manera estrepitosa, mujeres, niños, extranjeros aventureros y más formaban parte del tumulto.

El viaje tenía tres escalas: en el centro de la Costa, el portón Andino y la Capital asentada en el centro de los valles del sur.

Al bajarse en la estación del portón Andino ubicado en el pueblo de Guayacanes tuvieron que esperar la llegada del jardinero en un carruaje que los llevaría hacia el pueblo, mientras descansaban podían ver los valles, las montañas tan blancas como nubes reposando en la tierra y llamas que paseaban a lo largo.

—¿Qué buena nueva lo trae por aquí jefe? —preguntó mientras manejaba los caballos.

—Asuntos de la herencia —sonó tajante.

—Oh entiendo, los sembríos están prósperos este año y le doy palabra que en el pueblo se alegraran de verlo.

—Deberías visitar al señor Alcalde y pasar por el cementerio brevemente —intervino Vinicio.

—Lo tengo en mente, saludar a mi padrino es lo mejor y quizás pase también por el bar del pueblo para conversar con las demás personas.

—Ojalá sea sólo conversar y no te andes llenando de vino como pavo en navidad.

—Calma tampoco es que me pienso a quedar hasta la fiesta del Inty Raymi —respondió sonriente.

—Debería al menos esperar un par de semanas y celebrar con el pueblo la fiesta de la primera cosecha.

—Como faltan una quincena quizás si la célebre, José espero el jardín luzca tan bello como lo recuerdo.

—De eso no hay duda, las orquídeas han crecido perfectamente.

La suave brisa con rastros de granizo entraba en el carruaje, podían ver en la ventana a lo lejos El Valle de la Alborada con sus casas, sembríos y terrenos vacíos.

Algunas viviendas eran pequeñas como chozas hechas de adobe y cemento, mientras otras eran grandes, de no más tres plantas con excepción del hostal que se hallaba a la entrada del pueblo, su figura imponente y sus cinco plantas parecían desafiar la aguja de la iglesia con su campana retumbante que se escuchaba gracias al eco de las montañas.

Los animales estaban en los rincones del pueblo en establos con excepción de las llamas que deambulan libremente; suelen usarse como transporte gratis de un lado a otro del pueblo y los cuyes que bien entraban a las casas sin visita y pasaban a formar parte de la familia o de la comida en otros casos.

En el centro del pueblo sobre el lado derecho del cementerio se encontraba la gran casa de la familia De la Cruz-Espinoza, un jardín bien aglomerado de orquídeas, tulipanes y rosas tomaba posesión de la vista hasta encontrar el portón de la casa, una puerta negruzca de guayacán daba la bienvenida a la gran vivienda de dos plantas que disponían de una terraza techada con vitrales simulando el atardecer de lo que un artista pensó que debió haber sido el primer atardecer en el tiempo.

La puerta fue abierta como Iglesia en semana santa, las baldosas de la casa se intercalaban con sus colores como tablero de ajedrez.

En la puerta les recibe sonriente una mujer sexagenaria con los brazos abiertos y tanta dulzura en su mirada que opacaba el jardín.

—Bienvenido a tu casa y espero disfrutes pasar aquí como en la niñez.

—Muchas gracias Doña Nelly —dijo Dante abrazando a la mujer, mientras esta le miraba llena de felicidad.

—Han pasado diez años desde que te marchaste y aun no puedo creer que hayas vuelto ya tan hombre, luces como tu padre.

—Hace años que alguien no me decía eso. —Sonrió torpemente.

—Obvio, si has vivido al margen de tus raíces como fruta que se cambia de árbol—le miró con ojos de regaño.

—Sí, pero ya que Vinicio fue a verme y los asuntos me traen aquí pienso quedarme unas dos semanas y pasear un poco.

—Eso espero, tengo preparado tu plato favorito y hazme el favor de no andar tomando tanto—gruñó—. Esa costumbre fea de tomar a cualquier hora de tu padre la sigues teniendo supongo.

—Ya la he dejado tan de lejos como la Costa esta de nosotros.

—Eso espero, sin más lloriqueos entremos y ven directo al comedor que te espera un exquisito Llapingacho.

El interior de la casa era elegante y sobrio, las paredes revestían cuadros de paisajes diversos, brindaba una visión de galería de arte.

Al fondo de la sala nacían las escaleras, estas se bifurcaban para distribuir a los corredores superiores de la casa, el comedor era una habitación en el costado derecho, solo se encontraba la empleada, la mayor fue quien lo recibió con tanto afecto; mientras la menor era una muchacha de no más de sus veinticinco años.

Un gran cuadro reposaba sobre la pared adyacente a la cabecera de la mesa, un hombre alto estrechando manos con otro de estatura mediana y de escaso cabello se podían ver, ambos estaban elegantemente vestidos y sonrientes.

—Me encanta esa foto de tu padre con el Alcalde —dijo Vinicio.

—Lo mismo digo, creo que existe otra en el despacho de la Alcaldía. —Sonrió Dante tomando asiento.

Le fue servida la comida, disfruto de jugo de tomate de árbol, yapingacho y de postre una barra de membrillo.

Vinicio comió a su lado mientras le comentaba el aumento de la peligrosidad en el pueblo, los malos climas y las buenas cosechas.

La casa ostentaba la fama de pertenecer a una familia que hace décadas fueron dueños del pueblo, no está más que decir que todo formaba grandes hectáreas de una sola haciendo: La Clementina.

Durante años se debatió sobre la abolición de la esclavitud en los indígenas y muchos conflictos se formaron, masacres y peleas entre bandos.

La gran mayoría de Terratenientes en la Sierra rechazaban el hecho de abolirla, la esclavitud les permitía no necesitar de mano de obra alguna que pagar y los abusos no eran pronunciados, pero con la subida de un nuevo Presidente que cambio con fuerza imponente la ley, los esclavos gozaron de derechos y libertad.

La familia De la Cruz, antes de estos hechos había cedido la mitad de sus tierras, animales y cultivos a los esclavos, decidieron tomar la elección propia de pagar por la mano de obra.

Todos los esclavos y más personas que recorrieron la haciendo decidieron juntarse y formar un pueblo.

Pasaron años para que este fue reconocido como el primer hito en contra de la esclavitud, ya una década antes de ser abolida el pueblo existía y muchos antiguos esclavos e indígenas reprimidos buscaron refugio aquí.

El Valle de la Alborada fue creado entre hombres trabajadores y conocedores de la naturaleza, se dedicaron al consumo y la mejora del mismo pueblo.

Cada década escogían un alcalde que debía ejercer sus funciones por el bien del pueblo y buscaba consejo en las personas más ancianas del pueblo por su experiencia.

Todavía se festejan las grandes ocasiones de los antiguos indígenas en agradecimiento hacia la naturaleza.

No existían más de cincuenta viviendas, también se encontraba un hostal, un consultorio médico, la iglesia de San Corintios, un bar infaltable, pues en algún lugar se debían desquitar del frio con aguardiente, el cementerio que pocas veces recibía visitas con excepción a los primeros días de noviembre, el gran mercado de los Shyris, la Alcaldía y la casa de la familia De la Cruz que era la edificación más grande y elegante en todo el valle.

3 de Octubre de 2017 a las 15:14 0 Reporte Insertar 0
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