Jubilación Seguir historia

lapis Luis Ponce

Un jubilado que se vuelve insoportable en su propia casa. La historia de muchos que se fueron sin poder contarla.


Crimen Todo público. © Propio

#Una manera piadosa de asesinar
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JUBILACIÓN

Basado en un Cuento de Marco Denevi.

ALFREDO

Después de cerrar meticulosamente la puerta de su casa, Alfredo Terneus se encamina a su trabajo. Son las siete de la mañana de un día de octubre en Quito. Frota sus manos para entrar en calor pues el frío le llega hasta los huesos. Los brillantes rayos de sol perforan las hojas de los árboles del parterre y van a estrellarse contra las piedras grises de la acera húmeda. Una fina emanación de vapor surge de las pequeñas concavidades que han logrado llenarse con el rocío matinal.

—Buenos días señor Terneus. ¿Cómo ha amanecido?— es el saludo del vendedor del periódico mientras le extiende un ejemplar del diario “El Comercio”.

—Bien Lozada, ¿y vos?

—Aquí, ya ve, como todos los días. Como cuando usted era pobre.

—Vos y tus dichos, cuidarás la salud. Con estos fríos cualquier rato nos enfermamos.

—Usted también. Que tenga un buen día.

Conforme avanza su diario recorrido, el clima se va templando y el dolor de las orejas desaparece. ¿Quién creería que todavía a esta hora el frío muerde? Nubes de apresurados y blancos mandiles, todavía dormidos, tapados hasta las orejas, circulan por las aceras con la premura de la hora de ingreso a las escuelas.

La caminata matutina entre su casa y el Instituto de Seguridad Social le toma a Alfredo unos cuarenta minutos. Es una rutina a la que ha estado sometido durante los últimos cuarenta años.

Durante ese tiempo han cambiado muchas cosas: la apariencia de las calles que han pasado de un empedrado tortuoso y pueblerino a la carpeta asfáltica que se extiende lisa como un espejo gris. Las antiguas casas de hermosos jardines han desaparecido para dar paso a grandes y fríos edificios. Y la gente: de jovial y atenta en otros tiempos en que se conocían por costumbre, a los desconocidos apresurados que tienen su atención puesta en sus celulares mientras caminan como zombis a sus respectivas responsabilidades.

Alfredo sabe que está un día más cerca del retiro y la desesperanza. Lo van a jubilar a la fuerza. Se ha ofrecido para trabajar sin sueldo, sólo para poder venir todos los días a la oficina. Pero le han replicado que eso es imposible, que es ilegal y que en este país, nadie puede estar fuera de la ley. ¿?

Llega noviembre. En este mes cumple sesenta y cinco años.

¡Cómo vuela el tiempo! El otro día no más estaba saliendo del colegio. Fue hermosa la juventud. Eran dueños del mundo. Sin miedo a la vida, peor a la muerte. Repletos de ideales, de proyectos, de sueños, de sacrificarse por el país, por el bien de los demás.

Pero ese tiempo se fue volando, dejando gratos recuerdos de eternas amistades y primeros amores. Y el respeto imborrable hacia grandes maestros.

Y vino la universidad, la época del aprendizaje de la vida, del ímpetu juvenil, de las decepciones. De sufrir en carne propia los desengaños amorosos.

De enterarse que los ideales políticos se venden al mejor postor en los pasillos del Congreso. Que decencia y política eran conceptos contradictorios y que el país era de los pillos. El mundo era de los pillos.

Época de comprender que la historia del país no era la que se escribía en los libros, sino la que se peleaba en las calles, en los mercados, en los sindicatos, en las aulas y en las calles.

Época de entender que era más importante un título, un hogar y un trabajo, que los sueños y los ideales.

Así llegó a graduarse de licenciado en Administración de Empresas. Un tío le consiguió un trabajo en el Instituto de Seguridad Social, salió de la casa paterna y se casó con Eugenia Pallares, amiga de la infancia.

Han pasado cuarenta años del mismo recorrido diario, de una vida gris, obscura y aburrida.

Cuarenta años de trabajo, cuarenta años de matrimonio, cuarenta años de rutina.

El ingreso a la tercera edad y al número que marcaría su jubilación fue celebrado con un desgano conformista.

Un pastel comprado en el mismo sitio que los cuarenta pasteles anteriores. La visita de sus dos hijos, sus nueras y sus nietos y un par de pantuflas, regalo de Eugenia: “para andar en casa cuando te jubiles”.

Ya solo queda esperar los trámites burocráticos para completar el retiro.

Diciembre se va volando entre celebraciones, fiestas y regalos. Los más llamativos una bata de casa de su hijo mayor y una laptop del menor: “para que te entretengas cuando te sobre tiempo”.

Nuevo mes, nuevo año. Despedidas previas de los compañeros para celebrar la jubilación, fiestas, tragos y comidas. Y otro regalo: un gran sillón reclinable con masajeador eléctrico incluido.

EUGENIA

Un rayo de sol filtrado por un resquicio de la pesada cortina del dormitorio, recorre ágilmente el piso de alfombra, se sube a la cama y se posa sobre el ojo derecho de Eugenia Pallares.

Es una fría mañana de octubre. Su esposo Alfredo ha salido al trabajo muy temprano como todos los días.

Es martes; y los martes y jueves Eugenia puede quedarse un rato más en la cama. Los lunes, miércoles y viernes, va a misa de siete en la iglesia de Santa Teresita.

Desde que sus hijos formaron sus propios hogares, los días son largos y aburridos en la casa familiar. Cuando eran chicos, era una actividad sin límite. Despertarlos, vestirlos, prepararles el desayuno y enviarles a la escuela. Y luego, cuando por fin crecieron y fueron al colegio, preocuparse de que no salgan de casa sin haber comido algo, siempre estaban apurados y de no ser por ella no se alimentaban. Era una tarea dura, pero la realizaba escudada en su amor de madre.

Fueron otros tiempos…

Más lejos aún, quedaron sus días de colegio, días de ilusiones, de la mejor amiga, el primer baile con su padre en la fiesta rosada, los primeros enamorados, los celos, las alegrías y la depresión. La fealdad de la pubertad, los granos, las primeras menstruaciones, el mal carácter. Luego la lozanía. Y la graduación.

Después la salida del colegio, la muerte de su padre a temprana edad, un año acompañando a su madre viuda. La vida doméstica obligada, escondidos sus afanes de estudio por su situación económica y por los prejuicios de la época. La peor carga era “un buen apellido sin dinero”.

Después, un trabajo aburrido de auxiliar en el despacho de un tío paterno que ejercía más la política que la abogacía, el reencuentro juvenil con Alfredo su amigo de la infancia, un noviazgo discreto sin sobresaltos y el matrimonio agradable y “decente”, pero sin la fuerza de la pasión o la aventura.

Se inicia ahí su “vida doméstica”: la casa comprada con hipoteca de la seguridad social, el primer hijo apremiado por las tías, la vida social austera no más allá de la familia y el pretexto del niño para justificar “su encierro”.

Los “tés” mensuales con las ex compañeras de colegio, los matrimonios y velorios de los parientes. Los cumpleaños y las navidades íntimas con la familia y una vez al año una semana de “vacaciones” con los niños a la hacienda de algún pariente lejano.

Cuando los niños crecieron, su vida diaria se redujo a una llamada telefónica a su madre en cuanto se quedaba sola y luego el quehacer doméstico, el arreglo de la casa y la preparación del almuerzo. Nunca tuvo una ayuda doméstica, primero por ahorrar dinero y luego porque no le agradaba tener a una mujer extraña todos los días en su casa.

Hacían la compra con Alfredo los sábados, el mercado en la mañana y el súper en la tarde. Era el único día en que sacaban un viejo auto que los hijos les habían obligado a comprar.

En las tardes, alistaba la ropa de Alfredo y de los niños y luego se dedicaba a su único secreto, algo que nadie más que ella sabía, que no se lo había contado ni a su madre, peor a su marido: le encantaba leer novelas policiales.

Cada vez que podía salir a la calle, generalmente después de regresar de misa, pasaba por un puesto de revistas que quedaba cerca de la casa y el dueño, un señor Muñoz, le tenía siempre un ejemplar de la obra de alguno de los grandes escritores del género policial. Al principio las compraba y las fue acumulando en un estante del cuarto de plancha, donde nadie entraba, pero luego el espacio se fue reduciendo y optó por alquilarlas. A Muñoz le convenía, más aún cuando Eugenia le regaló ciento catorce ejemplares muy bien conservados que tenía en su armario secreto.

De esa manera pasaron por sus manos escritores de la talla de James Elroy, Agatha Christie, Dashiel Hammet, Raymond Chandler, Walter Mosley.

Y pudo leer desde “Los treinta y nueve escalones” hasta “El Coleccionista”, incluidas todas las historias de Sherlock Holmes, Hércules Poirot, Jules Maigret y el Padre Brown.

Cuando se casaron sus hijos, se volvieron infaltables sus visitas a la iglesia para las misas de lunes, miércoles y viernes. Aparte de la del domingo a la que obligaba a asistir a Alfredo, que lo hacía más por socializar que por fe religiosa.

La relación de Eugenia con el trabajo de Alfredo no existía. Ella sabía donde trabajaba. Incluso alguna vez tuvo que pasar a verlo para solucionar algún papeleo urgente, pero nada más. Era el sitio más seguro donde podía estar su marido durante todo el día sin que ella tenga que preocuparse. Era solamente una referencia, saber quien le pagaba el sueldo a Alfredo y tener la seguridad de que a futuro disfrutarían de una jubilación que cubriría los gastos de la casa para no pasar apremios en la vejez.

Nunca se le pasó por la cabeza que esa realidad iba a cambiar algún día y que Alfredo se iba a quedar en la casa todo el día, todos los días.

Cuando lo pensó por primera vez, mejor dicho cuando asimiló el concepto de la jubilación, empezaron sus problemas.

Ella se levantaba todos los lunes, miércoles y viernes a las seis de la mañana. Y mientras Alfredo se bañaba y vestía, ella preparaba el desayuno. Luego, mientras Alfredo desayunaba ella se bañaba y se vestía y al final, él se iba para su trabajo y ella para misa de siete.

¿Cómo iba a cambiar esa rutina si Alfredo se iba a quedar en casa todos los días?

Febrero 3, a las once y veintidós minutos, su jefe le acaba de comunicar a Alfredo Terneus que su jubilación es efectiva a partir de esa fecha. Le agradecería que empiece a empacar sus pertenencias y a partir de mañana ya puede quedarse en casa.

Doce y treinta y un minutos, Alfredo Terneus sale de las oficinas del Seguro Social como todos los días, pero esta vez no se dirige a su casa para almorzar. En cambio ingresa sin brújula al parque de El Ejido y se confunde entre el público de un funambulista que hace las delicias de la concurrencia.

Su cuerpo está presente entre la masa de espectadores, pero su mente surca por caminos desconocidos, tratando de encontrar la ruta de la sabiduría. Sabía que este día iba a llegar, pero ahora no sabe qué hacer con él. Regresa mentalmente al mundo real y analiza una por una las caras de los presentes. La mayor parte son desocupados, muchos como él, viejos y jubilados. Otros desempleados y los más transeúntes entre gestiones y mandados.

Esa es la jubilación: todo el tiempo del mundo para no hacer nada. Cuántas veces cruzó por su mente la falsa idea del descanso ocioso, del tiempo libre para cualquier cosa, de la disponibilidad para ir a cualquier lado, de poder mirar el reloj en la mañana y seguir durmiendo a pierna suelta aunque sean las siete de la mañana de un martes.

Pero ahora está ante la realidad: esta no es una opción, es la única cosa que puede hacer. Ya no tiene a donde correr cuando la imagen de Eugenia sature su cerebro. Ya no tiene un refugio para los chismes domésticos o pretexto para no asistir a compromisos insoportables.

Es la realidad: es la jubilación.

Antes de gritar a todo pulmón para protestar por haber llegado a esto, prefiere avanzar hasta su casa donde Eugenia lo espera con la mesa servida y una mirada de interrogación por la hora de llegada.

LA JUBILACIÓN

Febrero 6, tercer día a partir de la jubilación. Alfredo Terneus no ha vuelto a salir de su casa desde el miércoles, no se ha afeitado y ha pasado holgazaneando, deambulando, vociferando. Enfundado en su bata de casa regalo de su hijo mayor, calzado con las pantuflas, escogidas por Eugenia y sentado de tiempo en tiempo en el reclinable que le obsequiaron sus ex compañeros de trabajo, con la laptop que le regaló su hijo menor en sus rodillas, es la viva imagen de la desesperanza.

Eugenia, reina del disimulo, ha soportado la presencia permanente de su marido todo el tiempo, lo que le ha significado tres días sin leer. Justo ahora que estaba en lo más importante de “La Llave de Cristal”.

Pero, por fin ha llegado el sábado y quiera o no quiera Alfredo tiene que manejar hasta el mercado. Principalmente porque Eugenia nunca aprendió a conducir.

Se ha levantado como todos los sábados a las ocho de la mañana y ha bajado a preparar el desayuno, esperanzada en que su marido se haga presente bañado, afeitado y vestido como una persona decente.

A las nueve, ha subido a buscarlo y lo ha encontrado todavía dormido y tapado hasta las orejas. Sin pensarlo dos veces ha abierto de par en par las cortinas del dormitorio haciendo el mayor ruido posible y a duras penas ha conseguido que abra un solo ojo.

—O te levantas este momento o llamo a tus hijos para que vengan a levantarte.

Parece que no le hizo mucha gracia la amenaza, pues se levantó arrastrando los pies y se metió al baño.

—¡Tienes quince minutos para estar bañado, afeitado y vestido para ir al mercado!

Nunca lo había gritado desea manera, pero es que tenía tanta rabia que no le cabía en el cuerpo.

A los quince minutos estuvo listo en la cocina y sin cruzar palabra tuvo que comerse los panqueques fríos, el café helado y el pan duro.

El domingo fue a misa como borrego apaleado, pero eludió a los conocidos y regresaron enseguida a la casa. Los hijos venían a almorzar y Eugenia tenía que cocinar.

Sin chistar tuvo que ayudar a pelar las papas y a cortar las cebollas, rogando que los chicos lleguen pronto, para librarse del suplicio de soportar a Eugenia a solas.

Terminaron el domingo como otras veces y los chicos con sus mujeres y los nietos se fueron a eso de las seis de la tarde.

Eugenia pensaba que habían avanzado un paso hacia una actitud racional referida a la jubilación, pero todo volvió a ser igual el lunes, el martes y el miércoles.

El jueves, Eugenia Pallares regresa de Santa Teresita después de asistir a misa de siete. Desde que Alfredo se jubiló va a misa todos los días. Primero para rogar que este martirio se termine y segundo, para estar el mayor tiempo posible lejos de su marido. La mañana es fría y lluviosa a pesar de estar en febrero.

Parsimoniosamente busca la llave en su cartera e ingresa a la antigua casa familiar.

Todas la buenas intenciones ofrecidas al Señor durante la ceremonia y toda la paciencia adquirida a través de los años, se desmoronan al entrar en su casa: la obscena imagen de Alfredo Terneus su marido deambulando todavía en pijamas por la cocina golpea de frente en su buen gusto.

No puede contenerse y deja salir su primer pensamiento:

—¡Alfredo voy a matarte!

El saludo le cae como balde de agua fría al despreocupado esposo que trataba de servirse una taza de café para despertar.

—No bromees Eugenia, recién me levanto y me puedes causar un infarto con tus bromas.

—¿Cuándo he bromeado?

—Nunca, es verdad.

—¿Y por qué habría de bromear ahora y en un asunto tan serio?

—No lo sé. ¿Y cómo me matarás? Empezó a reír nerviosamente Alfredo Terneus.

—Todavía no lo sé… Lo estoy pensando.

—Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida…

—Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil…

—O haciéndote rodar por las escaleras…

—Aprovechando cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata…

—O, conectando a la bañera un cable de electricidad…

Ya veremos. Lo estoy pensando.

Alfredo Terneus comprendió que su mujer no bromeaba.

Como no tenía nada que hacer, empezó a dedicar casi todo su tiempo a pensar en esa posibilidad y para no consumir el arsénico dejó de comer.

Como la idea no lo abandonaba, perdió el sueño.

No se bañaba hasta no estar completamente seguro de que en la bañera no estuviera conectado un cable eléctrico.

La tensión permanente lo hizo enfermar del sistema nervioso.

La falta de sueño y alimentación complicaron su corazón y sus riñones.

La debilidad de su sistema inmunológico terminó afectando su cerebro y padecía de visiones y sensaciones extrañas.

Tres meses después falleció.

En cuanto regresó del cementerio, dejando a su marido tres metros bajo tierra, Eugenia Pallares, que era una mujer piadosa, caminó hasta la iglesia de Santa Teresita para agradecerle a Dios el haberla librado de ser una asesina.

20 de Septiembre de 2017 a las 16:51 2 Reporte Insertar 3
Fin

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Ariel Carraro Ariel Carraro
Me gustó mucho el relato.
20 de Enero de 2018 a las 20:40

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