leni Marlene Poblet

La maravillosa visión de un Grinch sobre las fiestas de Navidad


Cuento Todo público.

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Navidades en familia

La Navidad es una época del año bastante deprimente. Bien es cierto que se intenta alegrar el hecho de que oscurece antes de tiempo colgando luces por todas partes pero con lo cara que está la luz tal vez deberíamos darle una vuelta a esto. Además, a pesar de que las películas navideñas solo saben hablar del amor, de la familia y de ser sincero y bueno durante las fiestas (no veo porqué no el resto del año) la gente se vuelve totalmente gilipollas. Si alguna vez tienes la suficiente valentía o la sencilla estupidez del idiota que se olvida de comprar regalos y te adentras a una tienda durante las fiestas descubrirás que eso es la guerra. Todo el mundo quiere llevarse las mejores cosas (todas con un precio exagerado), las colas se hacen interminables y tienes que salir de allí a codazos porque, el espíritu navideño, por lo visto, no va de la mano con el capitalismo.

No podemos olvidar tampoco las cenas y comidas donde aunque vayáis a comer los mismos miembros de la familia de siempre se hace un despliegue insano de comida que acabará en la basura porque, a menos que se haya entrenado todo el año para comer tu peso en sopas, turrones etc, es imposible acabarse todo lo que se pone en la mesa. Esto, sin embargo, es la opción buena, porque si acudimos a las cenas familiares de toda la vida donde se reúnen los dos lados de la familia, estamos perdidos. Sí, ha llegado el momento del clásico navideño: los comensales más célebres de una cena de Navidad.

En primer lugar, tenemos a la abuela que no puede beber pero, como siempre se hacen concesiones en Navidad, al final acaba con una turca tontísima por culpa del champán que no hay quién la aguante con su frase mítica (y me pongo en pie para decir esto): de este año no paso. Pero al menos te ríes con ella cuando suelta chistes picantones.

Luego, el cuñado de turno que… Bueno, es cuñado así que no hace falta adentrarse mucho en el tema.

En tercer lugar tenemos a la matriarca. Sí, señoras y señores. La Madre. La persona que reúne a toda la familia como si se fuera a acabar el mundo, se curra una comida espectacular y se estresa mucho porque quiere que todo salga perfecto y se acaba pillando un pedete de vino bien merecido.

Aparece en escena el padre, aquel ser que da su apoyo emocional mientras la mujer lo hace todo porque todavía no ha sido capaz de cambiar de siglo en su mente.

También tenemos al hermano o hermana (si no has tenido la mala suerte de ser hijo único) que, o bien desde la otra punta de la mesa o bien sentado/a a tu lado te echa miradas o te escribe Whatsapps para pensar en un plan para poder huir. Os podéis llevar todo lo mal que se pueda que como bien se sabe, en una situación así, se deben unir fuerzas para lograr el objetivo: la escapatoria.

Por último están los primos, con los que te ríes a menos que estén casados y tengan hijos porque entonces todo lo que se te ocurre es echar a correr a esconderte en la cocina para que no te encasqueten al niño.

¡Y todo esto son solo dos días!

Porque sí, amigos, todavía nos queda fin de año. Aquel mágico día del año que esperas con ansias desde que se acaba el verano porque es la única noche en la que puedes acabar bebiendo hasta el agua de los jarrones que no pasará nada porque se tiene la excusa de que es fin de año.

Salir en fin de año es difícil de explicar. Se mezcla la emoción de ver a tus amigos y quejarte de la familia con el hecho de que todo el mundo ha tenido la misma idea absurda de salir a pasar frío.

En fin de año se crea una expectativa que ningún, absolutamente, ningún año se va a cumplir. Se hacen planes dos meses antes que poco a poco se van al garete y, sobra decirlo, acabas donde todos los años muriéndote del asco y te preguntas si bebes para celebrar algo o simplemente para olvidar que estás en el mismo sitio que el año anterior. Aunque al menos lo habéis intentado porque todo empieza en noviembre cuando te estresas, tus amigos se estresan y al final todo el mundo acaba tan harto de pensar en algo diferente que hace que os acabáis consolando los unos a los otros con la frase: Lo importante no es el sitio, es la compañía. Y siento tener que decirlo yo, pero eso es mentira. No es lo mismo estar una casa alquilada con solo tus amigos bebiendo y bailando que estar en la misma discoteca o bar de siempre intentando respirar porque parecéis sardinas en lata. No es lo mismo saber que en cualquier momento te puedes ir a dormir la papa porque no puedes con tu alma, que tener que esperar a las seis de la mañana a que pase el tren. No es lo mismo estar rodeado de tus amigos idiotas que de decenas de idiotas que no conoces de nada. Y, por supuesto, no es lo mismo poder bailar tranquilamente en un sitio seguro a estar apartando babosos cachondos que se creen que como es fin de año, el mundo se va acabar y viven en la fantasía de que quieres echar un polvo.

Sin embargo, hay una cosa buena en fin de año y es el día siguiente. Levantarte con toda la resaca prometiéndote que el próximo fin de año no volverás a beber tanto (aunque, seamos sinceros, nadie cumple ese propósito de mierda, son muchos días) y abrir la nevera para encontrarte todas las sobras de comida y empezar a hacer mezclas dignas de un concurso de cocina. Saltar sin ton ni son de los canelones de carne a los turrones de chocolate y ver que te has quedado con hambre y tomar un poco de caldo que acompañarás felizmente con algo de pastel o neulas y así hasta que tienes que pasar el resto del día en el baño pero con una buena excusa para no salir.

Luego, tenemos el maravilloso día de reyes que, si eres un niño, es el mejor día del año. Te caen regalos por todos los lados, sientes esa emoción de romper el papel para descubrir juguetes nuevos (con los que no podrás jugar hasta el fin de semana porque tienes clase al día siguiente), comer más chocolates que nunca y es todo pura felicidad. Bueno, si eres adulto, el día de reyes ya no puedes más ni con tu familia ni contigo mismo. Se destapa el corcho de las verdades y ya no eres capaz de callarte nada durante la comida. Sueltas a chorro lo machista y racista que es el cuñado, le dices a tu madre que no puedes seguir comiendo y ella se enfada, le explicas a tu padre la taja que pillaste y te mira con esa cara de: podría haber hecho las cosas mejor contigo. Sigues bebiendo y eso que solo han pasado cinco días desde fin de año pero la resaca no se ve tan clara cuando estás sobrio. Hacéis la gilipollez del roscón y, si eres joven, intentas escaquearte de pagar si te toca la fava. Y, como olvidar los regalos. Te caen unos calcetines o algo de ropa de abrigo y, repito, si eres joven, te dan una botella de alcohol que no sobrevivirá a la tarde porque tu hermano o hermana te insistirá para que la abras para poder soportar el resto del día y tú, por compasión porque sabes por lo que está pasando, cederás.

Y esas han sido unas navidades tranquilitas hasta el año que viene que, como con la resaca, de un año al otro te olvidas de todo y esperas con emoción a las vacaciones de Navidad ya sea por ver a la familia o para engañarte a ti mismo pensando que esos días de fiesta podrás descansar del trabajo y de todo.


¡Felices fiestas de mierda!

28 de Diciembre de 2021 a las 16:06 0 Reporte Insertar Seguir historia
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