silvino Silvino Ludus

Un clan de cazadores-recolectores ha irrumpido en una villa íbera y ha secuestrado a tres mujeres. Tarku, Aris y Nere, no están dispuestos a consentirlo y van a su rescate en contra de las órdenes de la asamblea de la ciudad. Durante la persecución conocerán diferentes gentes y pueblos de Iberia cuestionándose su modo de vida.


Histórico Todo público.

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Rapto I

Se le estaba haciendo la jornada interminable. Aguardaba con impaciencia el momento en que su padre diese por finalizada las tareas de labrantía. Limpiaban una zona agreste para poder cultivarla. Habían quemado de manera controlada toda la zona y ahora tras arrancar las raíces profundas de matojos, removían la tierra mezclándolas con las cenizas y restos quemados para airearla y que fuera más fértil.

Su padre, Luxunio, decidió en compañía de otros jerarcas del pueblo que había que ampliar las zonas de cultivo, puesto que el pueblo estaba creciendo en número y estimaban que todavía crecería más cuando el gran número de niños actuales se incorporaran a la edad adulta y procrearan a su vez. Querían evitar una hambruna en un futuro cercano. Tarkunbiur no vivió ninguna, pero sus padres sí y con ella la muerte cebándose en los más débiles.

Su padre marcaba con el palo líneas rectas de caballones y él, detrás, quitaba las piedras más grandes mientras otros con palos y azadas removían la tierra. Su padre había reunido para el día de hoy un grupo de cinco hombres. No era una tarea urgente, puesto que todavía no era época de plantar. La primavera marcaría el momento, harían ofrendas a la diosa de la fertilidad, y plantarían habas y guisantes, judías y lentejas. Su padre mandaba las tareas sobre el grupo y había dispuesto que pasaran todo el día en los nuevos pastos.

Pero él tenía la mente en otro sitio, el motivo de su alegría e impaciencia se llamaba Aretaunin, su íntima amiga. Se conocían desde niños, pero ahora se frecuentaban más que nunca, con una intención más que amistosa que no escapaba a la observación de los mayores. Necesitaba verla. Sus padres eran renuentes a la estrecha afición que se tenían. Su padre era jerarca, desde su posición había sabido acumular riquezas con los excedentes de campo y el comercio con la gente del este. La familia de ella era de un estrato inferior. Eso a él no le importaba, pero sí a su madre. No hacía mucho en un discurso rebuscado pero firme, y sin hacer referencia directa a Aretaunin, le había dicho que las amistades de la infancia, no debían ser las mismas que la de edad adulta puesto que cada uno había de afrontar obligaciones de naturaleza diferente.

Habían compartido tanto tiempo de niños que de manera natural y sin transición empezaron a jugar a lo que los adultos practicaban. Ya no eran jóvenes impúberes, los juegos y risas que compartían ya no eran vistos con la misma inocencia por los miembros del pueblo. Su juego favorito había pasado a ser la imitación de la vida marital de sus padres, una relación no exenta de acercamiento físico.

Sus cuerpos y su responsabilidad ya no eran la de los niños y de ambos se esperaba una unión que renovará de nueva vida a la tribu cada uno asumiendo su rol y llenando de chillidos de críos las tardes ociosas. Pero no entre ellos.

Ni decir cabe que Tarkunbiur, no prestaba atención a esos ánimos, la buscaba siempre que podía. Ahora deseaba verla, como siempre, pero si acaso un poco más. Le pareció advertir en su despedida de la noche anterior un gesto triste que no supo descifrar, y deseaba que le contara qué era lo que le turbaba.

Terminado el trabajo, recogieron instrumentos y marcharon animadamente hacia el pueblo. Conforme se acercaron notaron que algo iba mal. Un inusitado silencio, el llanto de un niño, un grito desconsolado. Corrieron hacia la plaza y allí vieron cortado su paso por la sacerdotisa que con su vestido ceremonial reclamaba atención y calma para explicarles brevemente lo que había sucedido.

Una banda de forasteros, nómadas cazadores sin asentamiento ni hogar habían irrumpido en el pueblo y habían exigido con actitudes duras, pero sin llegar a la violencia, un grupo de mujeres para perpetuarse. Prometieron que serían tratadas bien, que nunca les faltaría refugio ni comida. Fueron momentos tensos, la banda se negó a marcharse sin ver satisfecha su petición y la sacerdotisa con el cacique negociaron un precio que sería pagado a las familias, oro, plata y cobre.

Se evitó el enfrentamiento, pero no la sustracción de tres mujeres jóvenes, casi impúberes, de las siete que pretendían los forasteros.

Entre ellas estaba Aretaunin, que marchó entre sollozos como las demás.

Y así fue como desapareció en Tarkunbiur los últimos vestigios de su inocencia.

13 de Enero de 2022 a las 07:29 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Campos íberos
Campos íberos

Alrededor de 400 A.C habían en el este y sur de la península ibérica muchos asentamientos humanos emparentados entre sí: edetanos, contestanos, turdetanos, etc. Se dedicaban a la agricultura y ganadería y tenían lazos comerciales con griegos y fenicios. Estaban fuertemente fortificados y poseían una élite guerrera de carácter mayormente defensivo, puesto que por su ubicación eran el paso natural entre el interior y la costa. El poder lo ostentaban las ciudades, y las alianzas entre ellas era la principal política. Hubo muchos enfrentamientos y guerras locales. En ese entorno se desarrolla la actual historia de Tarku, Aris, Nere y demás personajes Leer más sobre Campos íberos.