The Red Steam Revolution Seguir historia

HJPilgrim H.J. Pilgrim

¿Puede el amor cambiar el sentido de una guerra? ¿Puede suponer la destrucción de un bando? La Revolución Rusa está llevándose muchas vidas y ninguno de los bandos parece tener la hegemonía. Aleksey busca a su prometida Yuliya, secuestrada por el Ejército Negro, junto con Ivana, su futura cuñada. La aventura les deparará a la pareja peligros que los unirá, tal vez más de lo conveniente. ¿Será el amor lo que salve a Yuliya o la condene? H.J Pilgrim te abre las puertas de una Rusia steampunk, en su carta de presentación en la literatura juvenil, una de las ganadoras del evento NaNoWriMo 2014.


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#revolución #Rusia #adolescente #ficción #romance #amor #steampunk #juvenil
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Capítulo 1

Frío. No podía sentir otra cosa que no fuera un frío desgarrador. Abrió los ojos y se encontró con que estaba acostada sobre la nieve. Sus ropas se habían mojado por los copos que se habían derretido por su menguante calor corporal. Vestimentas raídas, gastadas por el desmedido uso y repetidos lavados, remendadas hasta que no era más que un conjunto de retazos de diferentes telas en las que se hacía imposible recordar cuál era realmente la pieza primigenia que había compuesto el vestido. Sus gruesas medias de color negro estaban rotas a la altura de sus rodillas sangrantes. Los zapatos marrones de piel vuelta, habían visto días mejores, uno estaba en su pie izquierdo y otro estaba a unos metros delante de ella.

Se incorporó y un punzante dolor de cabeza la paralizó. Se tocó en el punto en donde el occipital y el parietal se unían. Notó un fluido viscoso. Llevó sus dedos delante de sus ojos y halló sangre. Sintió que algo le apretaba la garganta. Era su bufanda agujereada de lana color gris. ¿Le habían intentado ahorcar con su propia bufanda?

Miró su huella en la nieve con la mancha de sangre en la cabeza. Era profundo el hueco que había dejado. Había nevado sobre ella durante su desvanecimiento. Trató de rememorar las últimas horas, pero no logró más que un nuevo pinchazo dentro de su cráneo.

—¡Oh, Dios! —gimió en ruso llevándose las manos a la cabeza.

Una vez desapareció, volteó lentamente la cabeza para ver dónde se encontraba. No veía nada más que árboles y pasto cubiertos de nieve. Era difícil encontrar nada que fuera parecido a un camino; no obstante, avanzó en una dirección fija al azar hasta que percibió el sonido de algún motor que se aproximaba a su posición. Corrió a toda velocidad hasta que salió a un claro con una calzada definida. El rumor fue creciendo hasta que, de una curva, apareció un gran tren a toda velocidad. Apenas fue capaz de echarse a un lado que el tren la cubrió con la estela de nieve que expulsaba la locomotora de vapor alimentada a carbón.

Siguió con la mirada como se perdía por otra curva. Decidió caminar a la vera de las vías en el mismo sentido. No tenía mejor opción. Esperaba que hubiera alguna estación no muy lejos de allí.

Recorridos un par de kilómetros, y desde una colina descubrió una ciudad de poco más de setenta mil habitantes flanqueada por un par de lagos y atravesada por un amplio río, iluminada por unos pocos rayos de sol que escapaban de unas densas nubes.

Percibió un ajetreo fuera de lo normal mientras se acercaba a las afueras. Había varios escuadrones de soldados patrullando las distintas entradas. Parecían estar buscando a alguien. Nerviosos. Muy nerviosos. Oculta tras un árbol, vio como paraban a una joven pareja y les pedían los papeles.

—Sí… sí, señor, de inmediato —balbuceó asustado el caballero mientras buscaba frenéticamente en sus bolsillos. Sudaba profusamente y cuando miró al soldado parecía querer morirse—. No… no… los encuentro señor. Me temo que los dejé en casa…

Sin mediar palabra el militar abrió fuego contra los dos con su fusil y los remató a bayonetazos.

La joven comenzó a rebuscar en sus bolsillos (la mayoría agujereados) por alguna identificación sin fortuna. Por no tener, no tenía siquiera un papel con el que sonarse los mocos.

—¿Quién… quién soy? —se preguntó mientras se miraba las manos enguantadas con algunos dedos desnudos.

Retrocedió y trató de buscar otro camino para entrar en la ciudad. No podía arriesgarse a que la encontraran y la asesinaran como a aquella pareja. ¿Podría ser que la estuvieran buscando a ella? O, ¿sería una simple casualidad que se encontrara sin documentos y con evidentes signos de haber sido atacada? Aunque, qué sentido tenía que lo hicieran. Por sus pintas, no era más que una campesina o, en su defecto, una pordiosera. Sus uñas parecían haber sido comidas, sentía sus manos sucias y ásperas. Se notaba mugrienta. Si se olía, el rancio olor a sudor la hacía asquear. Además, quien quiera que hubiera tratado matarla, no había hecho un buen trabajo, por fortuna.

En cualquier caso, no era la mejor idea acercarse a aquellos asesinos. En breve atardecería y con las sombras podía tratar de infiltrarse. “¿Por qué entrar aquí?”, se preguntó. “Puedo seguir las vías y buscar otro sitio a dónde ir”. Era una duda razonable. El peligro que entrañaba aproximarse a cualquier camino que la introdujera en la ciudad era muy alto. Su estómago pensó otra cosa. El rugido le hizo cuestionarse cuánto tiempo haría que no había probado bocado. “No puedo aguantar días así. Tengo que conseguir algo para comer”.

Vagó entre los árboles y escuchó pasos a pocos metros por delante de ella. Frenó. Se asustó al ver las huellas que había dejado en la nieve durante su caminar. Hasta un ciego podría seguirlas y encontrarla. Dos soldados aparecieron mientras ella se escondía tras un grueso pino y rogaba al cielo por que no la vieran.

—…si no la encontraron todavía, no lo harán nunca.

—El teniente nos cortará la cabeza a todos si no tenemos, aunque sea, una pista a medianoche.

—No entiendo como una niña ha podido escapar de Ipátiev.

—El teniente y sus hombres se confiaron en exceso por eso mismo: la apariencia de niña desvalida. Pero nada más lejos de la verdad.

—Sigo sin creerlo. Alguien debe de haberla ayudado. Aunque hubiera escapado de la celda, no es posible que saliera de la prisión sin un cómplice.

—No me gustaría estar en la piel de quien la haya ayudado…

La pareja se alejó. Mientras la joven casi no albergaba dudas de que ella era a quién buscaban. “Tengo las pintas de una persona que ha sufrido cárcel. Desde las ropas hasta mi higiene”, recapacitó. “Ahora bien, ¿qué hice?”.

Esa pregunta la intrigaba. Lo que más le preocupaba era el hecho de haber sido liberada y después dejada por muerta en la nieve. “¿Quién haría algo así?”.

—Date la vuelta, lentamente.

La voz la sobresaltó. Se le cayó el alma a los pies. La habían encontrado. Tampoco había sido muy difícil. Se giró muy despacio. Casi le llevó medio minuto completar la maniobra. Una vez frente al soldado notó unas frías lágrimas bajar por sus mejillas. No quería morir. No sabía que había hecho, pero no quería morir.

El soldado era un hombre de unos cuarenta años, barba rubia y rizada, al igual que su pelo que se vislumbraba bajo el gorro calado que le tapaba las orejas de un color marrón amarillento, a juego con la larga casaca que le tapaba las rodillas y sólo permitía ver las botas negras de cuero. La bayoneta le apuntaba al rostro. Por la posición del cerrojo dedujo que estaba cargada.

—¿Qué diablos estás haciendo aquí? —dijo mientras bajaba el arma—. ¿Entiendes lo peligroso que es? Tendrías que estar de camino a Alemania.

—¿Qui… quién eres? —preguntó ella. El soldado no parecía entrañar una amenaza cosa que la calmó un poco. Por la forma de hablar, la conocía. Más que eso. Si seguía con la teoría que ella era a quién buscaban, eso lo convertía al soldado en quien la había ayudado a escapar.

—Espera, ¿no te acuerdas de mí? ¿Sabes quién eres? ¡Dios! Un momento, ¿es eso sangre? —se acercó a ella, pero instintivamente la joven retrocedió asustada—. No tengas miedo, por favor. Déjame mirarte.

Dubitativa, volvió la cabeza y dejó que la revisara. La tocó en la herida y ella ahogó un grito.

—Perdón, perdón. Es un feo golpe el que te dieron. ¿Por qué no está Boris contigo? Tendría que haberte alejado de aquí —no recibió respuesta—. Realmente no sabes quién eres. Maldita sea.

—Por favor, dímelo. No entiendo que está pasando, por qué me buscan o qué es lo que hice. ¿Soy una criminal?

—No. Por supuesto que no. Salgamos de aquí. Cuando estemos en una cabaña que hay a un par de kilómetros de distancia, te contaré todo.

—Al menos dime mi nombre.

—Anna, te llamamos Anna.

La noche ya era total cuando llegaron a una sólida estructura construida con madera y cemento, que habría sido imposible de hallar si no se sabía dónde estaba. El soldado abrió la cerradura y le indicó a Anna que entrara. Con los postigos cerrados, el hombre sólo se atrevió a encender una triste lámpara de aceite que apenas lograba iluminar el salón con una chimenea sucia por el hollín, un desvencijado sofá, una mesa de madera manchada por alguna sustancia oscura y una alfombra agujereada.

—Bueno, ¿puedes decirme ahora algo más que mi nombre?

—No te dije que fuera tu nombre. Dije como te llamábamos. No teníamos permiso para saber tu verdadera identidad, así que nuestros superiores nos ordenaron que nos refiriéramos a ti como Anna.

—¿Quién soy? ¿Qué hice?

—Si te digo quien eres, no habrá vuelta atrás. Ahora, te puedo llevar a cualquier pueblo perdido de Europa y serías una humilde rusa buscando una oportunidad. De otra forma…

—Por favor —suplicó Anna.

Al parecer conocer la verdad podía ser muy peligroso para ella. Pero vivir una mentira sin saber quién era, era algo a lo que no estaba dispuesta. Viviría con las consecuencias de sus acciones. Si tenía familia, amigos, un hogar quería saber de ellos. Podría seguir ese plan de vivir en algún lugar perdido del mundo siendo una emigrante rusa una vez las cartas sobre la mesa. Y, tal vez, cuando las cosas se tranquilizaran, volvería con los suyos.

—Está bien. ¿Sabes en qué año estamos y dónde?

—Rusia, pero no sabría decirte si en mil novecientos dieciocho o diecinueve.

—Concretamente en las afueras de Ekaterimburgo en el año mil novecientos diecinueve, veintiocho de enero. ¿Algo más? ¿Sabes que ha estado ocurriendo en el país durante estos últimos años? —Anna negó con la cabeza—. Hace casi dos años que estalló la Revolución rusa. El zar Nikolái II fue obligado a abdicar del trono del imperio ruso. Desde entonces hemos estado de revolución en revolución, luchando por un gobierno que se asiente en el poder. Esta zona estaba controlada por el ejército rojo de Lenin y Trotski, quienes de momento gobiernan el país. Hay mucha violencia en toda la geografía rusa. Están los zaristas por un lado, los bolcheviques por otro y los campesinos también. Es peligroso encontrarse con cualquiera de ellos.

—Gracias por la clase de historia. ¿Qué tiene que ver eso conmigo?

—Si los zaristas supieran de tu existencia eso podría suponer golpe de efecto para volver al poder. Y hay nuevos jugadores en el panorama que pueden tratar de aprovecharse de eso mismo.

—¿Por qué iba a ser yo tan importante para nadie? ¿A no ser que fuera una…?

—Exacto. Te llamábamos Anna, porque no se nos podía decir que tú eras la Gran Duquesa Anastasia Nikoláyevna Románova.

20 de Julio de 2017 a las 18:30 0 Reporte Insertar 1
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