gnmultidimensiones Gastón Medina

Una misteriosa puerta, escondida en la histórica capilla Santa Cecilia en Mar Del Plata, guía a Germán y a Joel a través de los enigmáticos y laberinticos túneles ocultos de la ciudad, hacia el año 1927, una vez más. Esta vez, deberán volver al Asilo Unzué como ellos mismos, durante los acontecimientos de Iván y Alejandro, para resolver un romance prohibido, luchando contra sus propios traumas y sobre todo para encontrar a la joven novicia, que será parte de la tragedia, que da origen a la leyenda mas oscura del orfanato. Capítulos en total: (25 caps.) Comienzo: 2-Ene-2022 Finaliza: 26-Jun-2022 Precuelas: INFANCIAS DE ORFANATO - Un Regreso A La Libertad (Libro) Orden Cronológico: 25 (1927). 60 (2013).


Suspenso/Misterio No para niños menores de 13.

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1- Dolor De Un Recuerdo Silencioso

Jueves, 10 de febrero de 1927


―Señor, he pecado... ―suena la voz serena de una jovencita, en un oscuro confesionario.

―Continúa, hija mía... ―responde la voz del sacerdote, del otro lado.

―Mi padre nunca me quiso... desde pequeña me gustaba jugar con objetos afilados, sentía placer al ver mi propia sangre, brotar de mi dedo. Mi padre no lo toleraba, fue así como un día me abofeteo y mi madre, en un vano intento por defenderse, forcejeo con el hasta que un simple empujón, acabo con su vida, al rodar por las escaleras...

El sacerdote, desde el otro lado, se acomoda la túnica y su respiración se torna más nerviosa y entrecortada.

―Con―continúa, hija mía ―titubea.

―Mi padre nunca me quiso ―repite― yo pensaba que él, era un hombre respetable, pero me di cuenta de que era tan solo un trozo de estiércol, vestido con un traje elegante... Lo único bueno que hizo por mí, fue entregarme a este orfanato... donde fui feliz, hasta aquel día...

El sacerdote, observa por los pequeños orificios del confesionario, lo único que logra ver, es la vestimenta blanca que suelen vestir las hermanas. Nervioso, traga grueso y teme por el final de aquella confesión.

―Aquel día, la mano de ese puerco, que nos llevaba a estudiar con otras novicias a la Capilla Santa Cecilia, se atrevió a tocarme... se atrevió a mancillar mi cuerpo, se atrevió a poner una vida en mi vientre, sin que yo lo desease... Mi buena amiga, la hermana Carmen, fue la única en enterarse y salvarme de este suplicio... Me liberó de ese indeseado bebé, fruto de violación y lo enterró bien lejos, dentro de una sucia lata.

El sacerdote teme por su vida, está a punto de irse del confesionario, cuando la joven concluye.

―Señor, he pecado... un señor con las manos manchadas de sangre, entró al asilo, nos asistió a mí y a la hermana Carmen y se encargó de aquel sacerdote necio, que no supo ver mi situación... espero que usted, no sea necio y me perdone por esta ofensa...

―Lo que usted hizo... ―responde, poniéndose de pie rápidamente― ¡es imperdonable!... nunca vi a una mujer tan pecadora, vistiendo ese uniforme tan puro... esto debe ser informado a la madre superiora.

Sale del confesionario y es atrapado por Emilio, el hombre de saco y peinado hacia atrás, con sombrero.

―¿Qué se piensa? ¿Que no lo vi cuando me hacía cargo de su compañero?

―No, no me haga nada, señor, por favor, tenga piedad.

La hermana sale del confesionario, con suma delicadeza, acomoda su uniforme completamente blanco y camina lentamente hacia él.

―Esos hombres, que se atrevieron a ponerme un dedo encima, no tuvieron piedad alguna conmigo... ―dice a sus espaldas― ni siquiera aquel sacerdote necio, que descansa en paz… como usted.


Amordaza al hombre con un trapo y este intenta gritar sin resultados, Emilio, acomoda su cabello y se lo lleva a arrastras. Los ojos llorosos del religioso miran la figura casi fantasmal, en medio de la oscura capilla del Asilo Unzué, la jovencita de cabello rubio y ojos verdes, es nada más ni nada menos, que la hermana Miriam. Un rostro que a simple vista, se muestra angelical, pero que esconde un lado siniestro y oscuro.


Cierra las puertas principales de madera y camina hacia el pulpito, donde la espera la hermana Carmen, quien se muestra con el mismo uniforme blanco, cabello rojizo y una sonrisa macabra que daría terror a cualquier niño o niña que estuviese cerca.

―Ya está hecho, hermana Carmen ―dice con serenidad y frialdad.

―Nos tomamos unos días, desde que sucedió eso... pero es que Emilio, necesitaba entregarle un "mensaje" al chofer que te atacó.

―Gracias, Carmen ―hace una leve reverencia.

―Quiero que estés conmigo, de ahora en más... ¿Si?

―Sí, Carmen... ―responde con calma.

―Acompañame, vamos a recorrer el recinto, la noche es joven...

Ambas con una vela en un plato, caminan juntas por un pasillo, iluminado de forma tenue, por la misma luna, a través de los enormes ventanales, con forma de rectángulo.


Viernes, 3 de mayo de 2013


Un joven de campera negra ajustada a su cuerpo y pantalones de jean, con casco bien ajustado, avanza en su moto azul y negra, a través de la extensa avenida Félix U. Camet, esa fría mañana de otoño. Rebasa a los vehículos a más de ochenta kilómetros por hora, con mucha seguridad y dobla en la calle Estrada. Continúa por casi seis cuadras, hasta detenerse en una avenida, donde finalmente se quita el casco y acomoda su cabello largo hasta los hombros.

―¡Joel! ―le grita su amigo, desde la panadería de la esquina.

Se muestra con sus característicos jeans holgados, campera gruesa, abrigada color gris, mochila negra en su espalda y el cabello corto, como si fuese un militar. Se saludan con choque de palmas y un puño, para luego subirse sin decir más.

―Perdón por tardar tanto, Germán... tuve que ir a buscar las llaves de la casa de mis viejos, en el trabajo de mi mamá.

―No hay problema ―se ríe― Tranquilo...

―¿Vamos a la “facu”?

―Sí, dale, estamos llegando tarde.


Joel gira en la moto por la calle y vuelve a salir por donde vino, ni bien llegan a la costa comienza a acelerar, como si tuviese el camino libre de tráfico. Germán a pesar de no llevar casco, disfruta el viaje sintiendo adrenalina y aprecia el mar, la ciudad pintoresca a lo lejos, digna de una postal. Rodean la rotonda de la Avenida Constitución, donde hay una gran fuente y un emblemático monumento a la mujer.


Continúa por la avenida y allí la ven, por poco parte a la mitad el cruce, con su imponente presencia, el Instituto Saturnino Unzué, un asilo con capilla de dos pisos, donde destaca su cúpula central y su amplio territorio de dos cuadras, repleto de cuartos abandonados y otros no, que esperan ser remodelados de forma eterna y paciente.

Tanto Germán como Joel, no pueden evitar acordarse, de aquellos momentos vividos en 1927, su vida como Alejandro e Iván Giovanni, los hermanitos, hijos de Alonzo y Anna.


Antes de llegar al semáforo, el escalofríos recorre la nuca de Joel, al recordar el rostro de la hermana Carmen... aquella mujer de vestida de blanco, con un corazón negro y mirada psicópata sonriente, que daría espanto a cualquiera que este parado frente a ella, en la oscuridad de esa capilla abandonada.

La moto patina por un momento, nervioso, Joel intenta controlarla y lo consigue, frena un momento en la esquina y Germán, asustado, apoya la mano en su hombro y dice.

―¿Estás bien? che.

―Sí, si ―abre el frente del casco― me acordé de esa mujer...

―Ya entiendo... Carmen ―dice Germán, con pesar― fue alguien muy difícil de enfrentar en ese orfanato.

―Sí... Tuvimos mucha suerte de salir vivos.

―También me da un poco de cosa, acordarme de ella.

Joel vuelve a cerrar el frente de su casco y regresa al camino, sin problemas.


Una vez en la facultad, justamente "Arquitectura" es la materia que cursan, el profesor robusto de barba candado y melena hasta los hombros, acomoda sus anteojos y repasa la lista de alumnos, mientras toma un café doble.


Germán, mira por las ventanas de aquel piso, hacia la ciudad, que aún mantiene su encanto, a pesar de ser muy diferente a la clásica Mar Del Plata de la década de 1920, de la cual mantiene recuerdos vivos.

―Les tengo un trabajo práctico muy especial ―dice el profesor― tuve que mover cielo y tierra para conseguir los permisos de la municipalidad y los planos de estos establecimientos icónicos... van a hacer grupos de dos y van a elegir ―señala un papel en su mano― un lugar histórico de Mar Del Plata que vaya a mencionar, de la cual van a hacer un legajo de planos, a través de esta base.

Saca de una carpeta, tan solo medio plano de ejemplo, los alumnos lo ven como un reto casi imposible.

―Van a tener que tomarse la molestia... de ir hasta estos lugares que ustedes elijan y recrear el resto del plano con mediciones propias.


Germán y Joel abren los ojos y se ven la cara de asombro del otro, con total incertidumbre, nerviosos por dicho trabajo. Chocan puños en señal de que hacen equipo, hacen un gesto sonriente y afirman con la cabeza. Los demás compañeros también forman sus grupos, esperando que el profesor nombre aquellos lugares históricos.

―Primero voy a dictar, cuales son estos lugares y el primero que levante la mano se va a quedar con ese trabajo... "Torre Tanque"

―Yo, ¡yo! ―levantan la mano todos los grupos.

El profesor señala y va descartando lugares.

―"Iglesia Stella Maris"... "Hospital Asilo Marítimo"... "Catedral"... "Torreón del Monje"...

Quedando dos grupos, uno de chicas y el de Germán y Joel, el profesor dicta el anteúltimo lugar.

―Instituto Saturnino Unzué.

―¡Yo!, ¡yo! ―gritan ambos grupos, desesperados.

―¡Ustedes!

Señala el profesor a las chicas, que se abrazan emocionadas, mientras el profesor le da medio plano y el permiso de la municipalidad para entrar en establecimiento, por pedido de la facultad. Germán se frustra y Joel le da una palmada en la espalda.

―Tranquilo, man... no pasa nada.

―Ese trabajo era para nosotros, Joel...

―Sí, sí, pero que se le va a hacer.

―Bueno chicos ―dice el profesor― ustedes se quedan con el último lugar... "Capilla Santa Cecilia".

Ambos se miran un momento con incertidumbre y reciben del profesor, el medio plano y los permisos de la municipalidad... amargados por lo que tienen, solo chocan puños, en señal de que van a hacer el trabajo de todas formas.

―Tómense su tiempo, tienen todo el cuatrimestre para preparar el trabajo ―dice el profesor, volviendo a su asiento con comodidad― Ahora les comento, las consignas que tienen que hacer, así que vayan anotando el que quiera...


Mientras dicta, Germán ve el medio plano y una imagen de la fachada de aquella capilla pequeña, de color blanco, encerrada en un frente de rejas negras, con techo de tejas a dos aguas y una torre campanario.


Al atardecer, Joel maneja con Germán de acompañante, a través de la calle Córdoba, en pleno centro de la ciudad. Cruzan la peatonal San Martin, un par de calles más adelante y suben una loma pronunciada por dos cuadras más. Cerca de la esquina y teniendo una linda vista al mar, los jóvenes bajan de la moto para acercarse a la icónica capilla, Germán lee sobre su historia, mientras Joel recorre el frente de reja que los separa de las escaleras y el propio lugar religioso.

―Fue inaugurado en 1873, poco antes de la fundación de la ciudad... Carlos de Chaperouge, tomó este punto de referencia para delimitar las cuadras del resto del pueblo, en ese entonces ―dice Germán, mientras lee en el celular.

―Es impresionante ―dice Joel― mañana mismo venimos a investigar, ¿dale?

―Sí, por supuesto ―sonríe Germán.

Se saludan con sus palmas y puños, antes de salir de nuevo a los suburbios de la ciudad.



Esa noche, Germán cena junto a su madre, una señora de cabello castaño largo y atado sutilmente. Ella lo ve un momento y le pregunta con curiosidad.

―¿Y, hijo? ¿Me vas a contar algo de la facu? ¿Cómo te fue? ―sonríe.

―Bastante bien... pero...

―¿"Pero"? ¿Qué pasó?

―Teníamos el trabajo practico perfecto, hacer un legajo de planos del Unzué.

―¡Uh! ¡Te lo primeriaron! ¿No?

―Tal cual ―responde Germán, fastidiado.

Come mirando el plato de guiso de arroz un momento y continúa.

―Por suerte el que nos tocó, no es tan malo... la "Capilla Santa Cecilia"

―Ese lugar es precioso, muy antiguo...

―Sí, de lo primero que se construyó en Mar Del Plata... mañana vamos a averiguar con Joel.

―Me alegra hijo, seguro vas a hacer esos planos de taquito.

―Gracias, má ―sonríe.

Mira la hora y dice.

―Ya es muy tarde, me voy a casa.

―Dale, si querés llevarte comida para mañana, lleva eh...

―No hay problema, má, cuidate ―la saluda con un beso y se va.


Joel regresa al barrio Beltrán, ubicado en margen izquierdo del extenso espacio verde, Parque Camet. Ya son casi las doce de la noche y conduce con mucha tranquilidad, las ruedas pasan sobre las calles de granza, salpicando piedra por doquier.

No deja de pensar en aquel jovencito, el trato que recibió en aquella capilla, el primer encuentro con la hermana Carmen, siente el dolor de aquella regla larga, golpeando las articulaciones de sus piernas de niño. El momento en que cae arrodillado mientras ella les susurraba.

―Ahora van a pagar, por cada pecado cometido...


Reacciona y se detiene justo antes de chocar contra el portón de reja de la casa. Se quita el casco, repasa con nerviosismo, su mano en su rostro. Se muestra preocupado por su salud mental, pero aun así intenta olvidar lo que sucedió y abre la puerta de la reja para meter la moto.


Una vez en su habitación, deja las llaves colgadas y se acuesta en su cama de dos plazas, intentando descansar esa mente agobiada por esos recuerdos silenciosos, que no pueden ser contados.


Germán se duerme mientras regresa en el colectivo, rumbo a su departamento en el centro, sobre la avenida Luro. Al caer sus parpados pesados, tiene un sangriento recuerdo, se trata de su vida pasada, Iván, al momento de estar encadenado en aquel muro de piedra, en el subsuelo del orfanato.

El filo del cuchillo se desliza por su brazo y Germán lo siente tan real, como si en verdad lo estuviesen lastimando en aquel colectivo, se frota el brazo mientras continúa esa pesadilla.


Esta vez se muestra como Iván de nuevo, en esa casa pequeña, ubicada al fondo del orfanato, esos labios sonríen y pronuncian unas palabras que le da un fuerte escalofríos.

―Los hermanos Giovanni, por fin deciden venir a morir...


De pronto siente en carne propia una puñalada por la espalda, que lo despierta a la fuerza, se estremece y se toma la misma zona debajo de su hombro derecho. La gente del colectivo lo mira con preocupación, uno que viaja parado lo mira y le pregunta.

―¿Estás bien? campeón...

―Sí, sí, estoy bien ―respira nervioso.

Llega a su pequeño mono ambiente, en un cuarto piso y no piensa ni un minuto más en acostarse en su cama de plaza y media, muy cansado y estresado intenta cerrar los ojos nuevamente, cuando de pronto suena el celular.

―Hola.

―Hola, man.

―Me estaba durmiendo, que justo ―se ríe.

―Sí, soy re inoportuno ―ríe también y continúa― Te tengo que contar algo... mi cabeza no está bien, sigo pensando en lo que pasó el año pasado, pero ahora...

―Nunca te sacaste de la cabeza lo que pasó, los dos estamos un poco tocados por la vida que tuvimos.

―Pero ahora... es como si se sintieran más vivos, ¿no te parece?

―Hace poco, soñé con esa apuñalada que tuve en la espalda, es como si el dolor de esas heridas, me persiguieran.

―Conmigo es un poco diferente, me jode el daño físico que tuve, pero siento más daño, en las palabras de esa enferma mental...

―Joel, vos habías dicho, que la llave te había hablado, ¿no?

El piensa un poco, queriendo evadir el tema y responde con temor.

―Sí...

―Tenés que preguntarle... tiene que haber una forma de desconectar esos recuerdos, porque son cosas que le pasaron a nuestras vidas pasadas... tienen que eliminarse.

―No creo que sea una buena idea, desenterrar el cofre... ya terminamos con eso y lo único que hay que hacer, es olvidarlo.

―¿Y si los recuerdos se quedan con nosotros? escondidos para siempre.

―Es así man... ―dice Joel― porque al fin y al cabo le pasó a nuestra memoria... no a la de Alejandro e Iván.

―Es una sugerencia, Joel... hace lo que creas mejor, total, vos sos el más cercano a la llave.


Al cortar la llamada, el joven de cabello largo se rasca la barba y piensa, debate consigo mismo, que debe hacer y no ve otra opción posible.

―Si hay una manera de eliminar los recuerdos, espero que esa llave tenga la respuesta...


Entierra la pala en el fondo del patio de su casa, bajo una leve llovizna que lo empapa por completo, se arrodilla y escava la tierra sobrante, antes de sacar el cofre de lata, lo abre con la llave del mismo y ahí lo ve, con temor, con los latidos del corazón a mil por hora.

―Necesito que vuelvas a hablar conmigo ―dice, en voz baja.

2 de Enero de 2022 a las 03:13 0 Reporte Insertar Seguir historia
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