La Pluma del Destino Seguir historia

marlon-garcia Marlon Garcia

"El destino es un pájaro de fuego que vuela alrededor del mundo. Ata nuestras vidas con lazos irrompibles, calienta nuestras frías madrugadas con el calor de un amado, forja nuestros caminos en acero, para que no podamos hacer nada más que seguirlos. Y a veces... a veces nos consume, nos incinera." Iceni de Rue, una escurridiza contrabandista de telas y especias, deberá poner en juego todas sus astutas argucias cuando su destino la cruce con una pequeña niña poseedora de una extraña habilidad, a quién deberá ayudar a escapar de las garras de los grandes señores que quieren usarla para escribirse a sí mismos como ganadores de la más grande guerra en la que se han visto inmersos los reinos.


Fantasía Todo público.

#destino #cacerías #medieval #Batallas
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Por los pelos

  Iceni despertó inmersa en un mar de pieles suaves y carnes duras. Se estiró sin abrir los ojos y enterró su mano en el cabello de uno de los muchachos que yacían con ella en el lecho, <<Quizá el de rizos dorados>>, pensó alegremente. Los golfillos de rizos dorados eran bastante caros y hermosos. Se decía que tenían la sangre de los príncipes, un verdadero lujo que no siempre podía permitirse. Se revolvió bajo las mullidas pieles y giró sobre sí misma para sentir el agradable calorcito del primer sol de la mañana en la desnudez de la espalda. Esbozó una sonrisa de satisfacción que pronto se volvió una mueca de disgusto al escuchar un ronquido que rompió el pacífico silencio que tanto agrado le había provocado hasta ese momento.

Eso era lo malo de los hombres. Después de retozar un par de minutos perdían todo el encanto. Quedaban rendidos, desprovistos de energía; secos y vacíos como las cáscaras de una nuez partida. Ella disfrutaba de dejarlos secos, de arrancarles todo lo que llevaban dentro con sencillos y cadenciosos movimientos de cadera, sentía que se alimentaba de ellos, que, como una chiquilla pegada al seno de su madre, absorbía y absorbía todo sin entregar nada a cambio, reduciéndolos a poco más que cadáveres respirantes capaces solamente de soltar flatulencias y sonoros ronquidos. Cuando terminaba perdía todo interés en ellos.

Apartó con fastidio una mano hirviente que se posó sobre su trasero y se levantó con una agilidad casi mercúrica. Miró a su alrededor hasta encontrar lo que buscaba, la jarra de vino que, al igual que los tres muchachos que se confundían entre el revoltijo de pieles, le había llegado la noche anterior como regalo de un hombre que supuestamente quería hacerle una propuesta que con toda seguridad rechazaría. Bebió un largo trago sin molestarse en usar la copa dorada que le habían dejado y comenzó a prepararse para el día que la esperaba.

Sacó varias vendas de su macuto y emprendió la ardua tarea de apretarlas firmemente contra su busto. Odiaba tener que hacerlo, era incómodo y doloroso, pero de otro modo no habría sido capaz de asegurarse el peto de la armadura ligera.

Estaba por empezar a peinar sus cabellos castaños cuando escuchó pasos que se tomaban la escalera. Presurosos, tratando de ser sigilosos y fallando estrepitosamente en su cometido. Iceni se alarmó, quedándose completamente quieta con un pie suspendido en el aire, dispuesto a llevarla hacia la ventana, su principal vía de escape en caso de necesidad.

Aguzó el oído. Innegablemente eran varias personas y subían directo hacia su habitación. Oyó el sonido de metal chocando contra piedra y supo que al menos uno llevaba grebas rematadas con punta de acero.

Cuando hubieron subido lo suficiente notó más cosas. Por sus pesadas respiraciones, resoplidos, bufidos y maldiciones azoradas supo que eran hombres, al menos tres y máximo cinco, todos adultos. No todos iban armados, pero sí algunos, y estos se movían con la experticia de combatientes veteranos.

Ella ya tenía sus armas listas y había logrado cubrir su desnudez más crítica con unos largos calzones bombachos de algodón blanco cuando llamaron a la puerta con golpes tan fuertes que le hicieron castañear los dientes. Los mozuelos despertaron y se incorporaron de golpe, con respingos idénticos que le resultaron cómicos a pesar de la situación. Iceni les hizo señas para que guardaran silencio.

- ¿Quién es? –preguntó a voz de cuello, fingiendo sorpresa y turbación mientras ideaba un plan para escabullirse si así lo necesitaba.

- ¡La milicia de Su Ilustrísima Señoría Zimbardo Lorlei, Vizconde de Duverlín! –Respondió la amortiguada voz grave de uno de los hombres- ¡Abre la puerta, Iceni de Rue! ¡El vizconde pide por ti!

-Mierda, mierda, mierda... –susurró Iceni, mirando a su alrededor en busca de una solución a su predicamento-. Eso no podrá ser –gritó-. Me siento... Indispuesta.

Volvieron a golpear la puerta. Los golfillos se encogían de miedo, confusos, hechos una sola maraña.

-¡Abre ahora, maldita sea! –Vociferó el militar, pelándose nuevamente los nudillos contra la basta madera rojiza-. ¡El vizconde mandó a aprehenderte si te rehusabas a acompañarnos!

-Denme tan solo un minuto –suplicó Iceni -. Iré con ustedes enseguida –mintió-. ¡Tan solo necesito ponerme algo de ropa encima!

Siguiendo una idea estúpida que le asaltó la cabeza, cruzó la habitación a zancadas y se inclinó frente a las pequeñas cajas de mercancía ilegal que no llegaría a comerciar en los sórdidos callejones de la palaciega Duverlín. Les quitó las amarras a las cajas, unas sogas marrones y mohosas que los ratones habían roído. Las unió todas, con rápidos nudos que realizó con sus ágiles manos. Los guardias continuaron golpeando, cada vez más fuerte, tan fuerte que parecían querer tirar la puerta abajo. No tenía idea de lo que el vizconde podía querer de ella, pero tenía la certeza de que si se marchaba con ellos, de seguro daría con sus huesos con el patíbulo para el final del día, eso o peor, la mutilarían. Debía huir, huir de la ciudad a la que había llegado apenas el día anterior. La profesión a la que se dedicaba no era bien vista a los ojos de los "justos".

Improvisó el artilugio que la condenaría o salvaría, dejó sobre la mesa el carcaj lleno de flechas largas tomando tan solo una de ellas, la que importaba, y se lanzó hacia la ventana en el preciso instante en el que los guardias irrumpieron en la entrada. Volteó a mirarlos mientras se trepaba al alfeizar de la ventana abierta. Puso su flecha trucada en el arco recién encordado. Les sonrió levemente, los hombres se cubrieron con sus pesados escudos pensando que iba a dispararles, pero no, haría algo más irreflexivo. Miró con tristeza a los muchachos que contemplaban el cuadro con muda estupefacción, rostros tan lindos, tan desprovistos de todo rastro de inteligencia, pero tan lindos...Tomó una bocanada de aire y, sin mirar hacia abajo, de espaldas al enorme abismo que la esperaba, se precipitó.

Viento, viento. El viento helado le agita los cabellos mientras se precipita de espaldas al suelo y su frío parece congelar el tiempo. El contorno se emborrona y debe forzar los ojos para lograr apuntar. Teme que el tiempo se le agote demasiado rápido. Ha sentido la muerte antes y ahora la vuelve a sentir, acercándose peligrosamente a su espalda, junto con el suelo que parece subir hacia ella al ritmo de la espuma en una botella de champaña. Aprieta los dientes, cierra los ojos y tensa la cuerda. Escucha los aullidos de la gente que la ve lanzarse desde el quinto piso de la enorme casa de citas. Abre los ojos, tan claros ahora que se ha concentrado. Dispara y oye el silbido de la flecha cruzar los aires hacia arriba, recorriendo el camino que ella acaba de recorrer. Envía a los cielos su segunda plegaria del día y la escucha respondida al clavarse la punta de la flecha en la madera del marco de la ventana de unos cuantos pisos debajo de la suya. Sujeta la cuerda y la caída comienza a cambiar de dirección. Deja de precipitarse hacia abajo y comienza a caer hacia el frente, acercándose con celeridad al edificio de piedra del que saltó. Golpea el muro secamente, quedándose sin aire, desorientada y viendo más estrellas de las que ningún amante había logrado mostrarle en toda su vida. Aturdida, teme por su vida cuando la flecha se astilla y se parte, o se parte la cuerda, a ciencia cierta no lo sabe. Se sujeta con las uñas a la piedra de la pared y logra clavar el descalzo pie izquierdo en un pequeño resquicio. No sabe si subir o bajar, pero sabe que se ha logrado salvarse por los pelos otra vez, otra historia para la colección. 

13 de Julio de 2017 a las 22:50 0 Reporte Insertar 0
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