aylenzunino Aylen Zunino

Yo soy la oscuridad que te asecha, el temor cotidiano, los traumas reprimidos, el odio censurado. Tus heridas abiertas y la sal que les vierto.


Cuento Todo público.
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Satus

El silencio me atormentaba. Si alguien me hubiera dicho que el silencio sería mil veces más ruidoso que el ruido mismo probablemente le hubiera dicho que estaba loco. Hubiera sido incapaz de imaginármelo. Creo que ese fue el principal problema, mi falta de imaginación. Todo se veía extrañamente normal a la escasa luz de mi vela, fui incapaz de imaginar el tipo de cosas retorcidas que se escondían a la sombra, el tipo de monstruo que estaba gestándose dentro de esta casa. Una casa que actualmente se cae a pedazos.

Casi extrañaba los gritos agónicos provenientes del ático. Definitivamente extrañaba los gemidos del sótano. Incluso echaba de menos los pasos de la criatura que había devorado a cada uno de los habitantes de esta casa infernal. Solo quedaba yo y aquella encarnación del demonio que me acecha inmóvil desde las sombras porque sabe que no tengo a donde ir.

Sin embargo, ¿tengo miedo? Estoy sentada en el suelo, junto a la luz de mi última vela agonizante, a la espera de que un monstruo me devore en la más impenetrable oscuridad. No habrá nadie que me recuerde, y ya no quedará nadie aquí dentro que recuerde a sus habitantes como alguna vez fueron. Me lo pregunto una vez más: ¿tengo miedo? ¿Cuál es la diferencia entre el miedo y la resignación? Porque ya no lo recuerdo.

Me asustaba el ático. Estaba segura de que cosas horribles le sucedían a quienes entraban allí. Era el tipo de lugar que evitaba en mis paseos diarios. O ese primer encuentro con el caballero blanco en el que mi cuerpo me incitaba a salir corriendo, a gritar, a sobrevivir. Ahora me sentaba a contemplar la vela, pensando en las cosas que pude haber hecho diferentes para salvar siquiera a alguno de los habitantes. No arañaba las puertas, no corría por los pasillos en busca de una salida, ni siquiera me mortificaba la criatura en las sombras, a pesar de saber que puede abrir a una persona a la mitad con sus garras.

Llevaba tiempo esperando aquel momento. Prendía velas en honor al caballero blanco, quien estaba en este lugar desde antes que yo llegara y peleó por él con más fuerzas de las que disponía. En algún momento, hacía ya mucho tiempo, fuimos amigos y le prometí no darme por vencida.

Nos cargamos al hombro la tarea de descubrir por qué no podíamos salir de aquella casa. Por qué estábamos condenados a vivir entre sus pasillos y habitaciones, sus sombras y monstruos.

- Nadie sabe cómo llegó aquí – me dijo – no recuerdan cuáles son sus nombres, no saben cómo lucen y con el tiempo olvidan incluso que existen. Es esta oscuridad, te enloquece, te consume hasta que no eres capaz de recordar quien eres.

Entonces yo hice la pregunta obvia. ¿Por qué no salían de este lugar? Él respondió que no había algo como una salida, que había ventanas, pero estaban amuradas desde fuera. También me confesó jamás haber visto la luz hasta que me encontró con mi inestable vela, vagando por los pasillos de aquel aterrador lugar.

- Debe haber alguien que haya visto lo que hay afuera – señalé

Luego de pensarlo durante lo que pareció una eternidad, dijo recordar a alguien que quizá pudiera saber que hay fuera de la casa. Nos movimos con sigilo hasta el rincón más olvidado de la casa. A medida que mi vela iluminaba los pasillos las criaturas que vagaban por ellos se ocultaban rápidamente de nuevo en las sombras. Mi luz los asustaba tanto como ellos a mí.

El pasillo en sí parecía sacado de una caricatura. Había puertas altas que ocupaban parte del techo y otras pequeñas por las que solo cabría un ratón. Unas estrechas y otras terriblemente anchas. Los colores estridentes y los personajes hilarantes y poco humanizados que nos rodeaban, que se apartaban de la luz, estaban desparramados por doquier. Caminaban por las paredes, desaparecían, se encogían. Algunos se veían tan absortos en contemplar la pared que apenas notaban que íbamos pasando.

La puerta frente a la que nos detuvimos estaba pintada de color rosa con pequeñas flores blancas por doquier y era la única normal. Tenía el tamaño apropiado sin un marco exagerado, y el color rosa estaba lejos de ser estridente.

- ¿Hay niños viviendo aquí? - pregunté.

Él se limitó a negar con la cabeza y dar un paso atrás, sugiriendo que no me acompañaría. Cuando le pregunté por qué, dijo que no se sentía preparado para encontrarse con la persona que vivía en esa habitación.

Abrí la puerta y me introduje dentro, aguardando lo peor pero esperando lo mejor. No había nada dentro de la habitación, a excepción de una cama y un bulto extraño dentro de ella que no se dejaba ver.

- ¿Quién es? - preguntó una voz enferma.

- Yo…

- Con que has vuelto.

La sábana se deslizó por el cuerpo y lo que mi luz alcanzaba a revelar me asqueó por completo. Aquella criatura parecía una niña con el rostro de una anciana. Le faltaban un brazo, una pierna y un poco del estómago.

- ¿Que se supone que eres? - inquirí. - Y… ¿he vuelto? No sé ni siquiera donde estoy.

Ella rió de forma tan desenfrenada que acabó en una tos insoportable.

- Tu vienes y vas, de aquí para allá - respondió en tono cantarín - A veces lo sabes, otras lo ignoras. Duermes y despiertas, sueñas y nunca lo recuerdas.

- Entonces… esto es un sueño.

- Por supuesto bobita. Sin embargo, no es tu sueño. Es de ella.

- ¿Quién es ella?

- Estas de pie sobre ella, has caminado por sus pasillos. Ella nos crea y luego nos olvida. Yo solía vivir en la sala, rodeada de mil amigos, pero un día… un día… yo… no lo recuerdo… yo, estaba allí, luego sentí miedo y todo se envenenó, tuve que amurar las ventas para… para ¿qué?

- Si tu amuraste las ventanas entonces sabes que hay fuera, ¿No es así?

No respondió, permaneció en silencio con la mirada perdida para luego volver a fijarse en mí.

- Oh, yo te recuerdo, de un tiempo muy lejano. Tenía todo mi cuerpo entonces, jugaba en la sala y tu… tu eras mucho más que esa patética vela que cargas en tus débiles manos.

Por un momento creí que un recuerdo se abriría paso en mi mente, que algo verdaderamente significativo estaba escondido en algún recóndito lugar en mi memoria y nos ayudaría a escapar de ese espantoso lugar. Ya sabemos que no sucedió, no recordé nada entonces ni lo hice en el tiempo posterior a esa conversación. Lo que fuera que estuviera sepultado en mi mente, sí es que lo había, estaba muy lejos de mi alcance.

- ¿Por qué nos encerraste aquí dentro? - insistí - ¿Qué había allí a fuera como para que consideraras que este sitio de pesadilla lleno de monstruos era mucho más seguro que el exterior?

- No hay monstruos aquí dentro, bobita. Solo hay deformaciones y distorsiones de la realidad, de lo que alguna vez fueron cuando la casa los creó. Los monstruos están afuera, todos estamos más seguros aquí dentro.

- No lo creo. - disentí.

De repente ella rompió en llanto.

- ¿Qué me está pasando? - murmuró - ¿Dónde...? ¿Dónde está... mi cuerpo? - una vez más posó su mirada en mí, solo que esta vez con absoluto terror - ¡Sal de aquí! - exclamó, intentando bajarse de la cama - ¡Aleja eso de mi! ¡Sacalo de mi maldita habitación! ¡Tu y tu maldita luz nos han condenado a permanecer aquí para siempre! ¡Mentirosa!

Retrocedí hasta salir de la habitación. Quizá no pudiera recordar quien soy, pero jamás olvidé el rostro de aquella criatura extraña contraído por la ira, el miedo, la desesperación y la tristeza. Era sin duda de las cosas más horribles que me había tocado presenciar.

La puerta se cerró con un estruendo y cada ser a nuestro alrededor se quedó estático.

- Deberíamos salir de aquí - sugirió el caballero blanco.

Yo asentí.

Una vez que estuvimos lejos de aquella sección de la casa le pregunté a mi extraño acompañante quien era la simpática criatura que al parecer me odiaba.

- Es una niña, o al menos lo era. Tenía nueve años cuando la demencia comenzó a afectarle, se convenció a sí misma de que la casa era omnipotente y tenía vida. Yo debía protegerla, ser su espada. Ese era mi propósito, yo, el caballero blanco, había sido creado por esa dulce niña para salvarla de los peligros que la rodeaban. Fracasé terriblemente. Nadie me dijo que algún día tendría que salvarla de sí misma y no poseería el valor suficiente como para hacerlo. Tiempo después se recluyó a sí misma en ese horrible lugar, lo llenó de cosas que la divirtieran mientras la casa la olvidaba, pero esos seres se contaminaron de oscuridad y acabaron por enloquecerla a tal punto que se encerró en esa habitación y no quiso volver a salir.

- No creo que pueda, ni aunque quisiera.

Le expliqué lo que había visto y las cosas que había dicho con la esperanza de que hubiera algo en su memoria que nos ayudara a comprender un poco mejor la situación. Tenía la esperanza de que él, al ser creado por la niña, pudiera tener acceso a algún tipo de información relevante que fuera útil.

No obstante, en cuanto lo miré a los ojos supe que eso no sucedería. Él llevaba en la oscuridad casi tanto tiempo como la niña, peleaba contra ella, pero de alguna manera había conseguido afectarlo borrando gran parte de su memoria. Lo único que quedaba a flote era esa resistencia en su contra, el deseo de proteger, el impulso de sobrevivir, pero todo lo demás había muerto.

23 de Noviembre de 2021 a las 08:40 0 Reporte Insertar Seguir historia
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