El último refugio Seguir historia

nahual Israel Salazar

Benjamín Arias es un joven y desempleado ingeniero que se ve enfrentado a su nueva realidad: ha sido convertido en un hombre lobo. Ahora se verá envuelto en la investigación de una serie de asesinatos que podría poner en riesgo la operación encubierta de un grupo de licántropos quienes buscan en Chile un lugar donde vivir en paz. ¿Podrá el ingeniero sobreponerse a su primer gran desengaño? ¿Logrará Benjamín dejar sus miedos e inseguridades de lado para ayudar a sus nuevos amigos? Descubre esta historia llena de intrigas, conspiraciones y acción.


Fantasía No para niños menores de 13.

#literatura fantastica #fantasía #Chile #licántropos #hombres lobo
4
14.4mil VISITAS
En progreso - Nuevo capítulo Todos los lunes
tiempo de lectura
AA Compartir

Prólogo

   Benjamín nunca imaginó que una noche de luna llena cambiaría su monótona vida por siempre.

  

   El túnel Lo Prado era oscuro, tétrico y ominoso. El solo hecho de pasar cerca de éste, dejaba una insufrible angustia en el pecho. Con sus casi tres kilómetros de extensión, el ducto conectaba la ciudad de Santiago con Valparaíso. Se rumoreaba, desde el último verano, que una secta satánica lo había convertido en su escondite, luego de que el gobierno decidiera clausurarlo, dieciocho meses atrás, debido a una falla estructural grave. La reparación se había retrasado tanto como la burocracia lo permite, dado que ningún político estaba dispuesto a invertir los fondos necesarios para que el crédito se lo llevara el siguiente en el cargo.


   En Ciudad de los Valles vivía Benjamín Arias, quien era un joven de veinticuatro años, egresado hacía seis meses de ingeniería hidráulica; llevaba el mismo tiempo desempleado. Con sus ciento setenta centímetros de estatura, de ojos y cabello marrón, Benjamín se pasaba los días buscando trabajo, participando en decenas de entrevistas, pero sin conseguir ningún puesto. Disfrutaba andar en bicicleta junto a su amigo Agustín, con quien todos los veranos hacían la ruta Santiago-Valparaíso. Sin embargo, el último año cancelaron su viaje debido a los rumores sobre inquietantes aullidos que salían del túnel y personas de los alrededores que no nunca volvieron a ser vistas. A Benjamín le causaba pavor el mero hecho de acercarse al lugar. Agustín, por otro lado, era un aventurero nato y deseaba realizar el viaje de todas formas. Muchas eran las veces en que Agustín había intentado convencer a Benjamín de cruzar el túnel en bicicleta, «es peligroso» era la respuesta timorata de Benjamín, «eres un cobarde» le replicaba siempre su audaz compañero.


   Durante los últimos meses, se habían reportado al menos cinco desapariciones de personas: todas en las cercanías del túnel, a altas horas de la noche. Aunque nadie se atrevía a decirlo, todos sospechaban que el ominoso ducto se los había tragado, para nunca más dejarles ver la luz del sol. Sospecha que permanecía en misterio, puesto que ningún policía se atrevía a revisar el lugar. En semanas anteriores, varias personas aseguraban haber escuchado aullidos saliendo del túnel.


   En la tarde del doce de enero, durante el noticiero vespertino, se anunciaba la desaparición de Isabel Torres. La joven, vecina de Benjamín, y amor secreto de éste, había sido vista por última vez en el peaje antes del túnel, en la ruta 68, para ir a Valparaíso. La noticia afectó severamente a Benjamín, quien no podía creer lo que escuchaba.
—Esa niñita se fue a meter donde no debía. Todos saben que hay una secta satánica en ese túnel. Ella se lo buscó —dijo su padre, indolente.
—No digas cosas tan crueles, mi amor —replicó la madre—. Era tan joven, su madre debe estar destrozada.
—Pues debió haberla criado mejor, para que no anduviese haciendo estupideces.
A Benjamín se le revolvió el estómago con los comentarios de su padre. Se levantó de la mesa, molesto.
—Voy a dar una vuelta en bicicleta —dijo, mirándolo con desdén.
—No vuelvas muy tarde. Mañana tienes que levantarte temprano para ir a una entrevista laboral —le ordenó su padre, siguiéndolo con la mirada hasta que lo perdió de vista.
Ya fuera de su casa, con las emociones contenidas, Benjamín se dirigió a la casa de Agustín.


   La tarde era fresca, con una suave brisa, de esas que encuentran deleite jugueteando con el cabello de las personas. El sol comenzaba a ocultarse y con él se marchaban los últimos fulgores del día. Benjamín golpeó la puerta. Salió Agustín a recibirlo.
—Necesito tu ayuda —dijo el angustiado Benjamín.
—No me digas que es por lo de Isabel —respondió Agustín. Aunque Benjamín no se lo había confesado, su perceptivo amigo había deducido el panorama por sus propios medios.
—Eso mismo. No vaya a ser cosa que Isabel se haya accidentado y necesite ayuda.
Aunque Agustín no compartía el desinteres de Benjamín por ayudar a Isabel, era una oportunidad perfecta para hacer la ruta Santiago-Valparaíso, después de las reiteradas negativas de Benjamín.
—Te acompaño. Pero si no está en el túnel, seguiremos la ruta hasta Valparaíso, ¿De acuerdo?
Benjamín accedió a la propuesta de su amigo. Quedaron de acuerdo en ir a buscar linternas, para la expedición nocturna, y se encontrarían afuera del túnel a las diez de la noche.


   La noche era clara, la luz de la luna llena alumbraba el valle a los pies del cerro donde se emplazaba el túnel Lo Prado. Claridad que era absorbida por el imponente camino subterráneo. La oscuridad era tan densa que parecía palpable, y no permitía mirar hacia más de un par de metros hacia delante.
Los dos amigos se encontraron en el lugar a la hora pactada.
—Parece que te vas de campamento —dijo Agustín en un tono jocoso, al ver que Benjamín, además de la linterna, había traído botellas de agua, galletas, una manta, un botiquín, e incluso dos varas de metal.
—No bromees, hombre. Tenemos que estar preparados por si la pobre Isabel necesita ayuda urgente. La vara es por si los rumores de la secta son ciertas.
Los dos jóvenes se bajaron de las bicicletas y caminaron hacia su destino.


   Se aventuraron al interior del tétrico agujero, no sin antes persignarse y encomendarse a Dios. Las linternas les permitían ver un par de metros hacia delante. De súbito, un claro aullido los dejó paralizados; tenía más de humano que de animal.
—¿Oíste eso, Agustín? —dijo Benjamín, con voz trémula.
—Fuerte y claro. ¿No serán esos satanistas de los que todos hablan en la villa?
Benjamín sacó las dos varas de metal de su mochila.
—Toma —dijo, pasándole uno a su amigo—. Para defendernos.
—Mejor nos vamos, Benjamín. Si Isabel tomó esta ruta, no deber quedar mucho de ella.
—Si quieres te devuelves, yo no me iré hasta saber que ella no está aquí —replicó Benjamín, con decisión.
¡Que inusitado valor otorga un corazón enamorado!
Agustín hizo el ademán de irse, para disuadir a su ahora valiente amigo. Al ver que éste no le siguió, se devolvió y siguieron avanzando juntos.
—Última vez que te acompaño en un rescate, don enamorado —dijo con resignación.

Los valientes amigos caminaron casi un kilómetro sin mayores sobresaltos. Las paredes mohosas daban testimonio de meses de abandono. Volvieron a escuchar los aullidos un par de veces, pero continuaron su empresa de todas formas. A medida que se adentraban en el túnel, el aire se enrarecía más y más. Un olor a animal invadía el lugar.
—¿Qué será ese olor? —susurró Agustín, como intentando que nadie excepto Benjamín escuchara.
—No sé. Es como el de un perro mojado, solo que más intenso.
Al terminar la frase, un aullido más claro y cercano que los anteriores los dejó petrificados; lo que sea que fuese esa cosa, se encontraba peligrosamente cerca. Apuntaron hacia el frente con sus linternas, intentando atravesar la espesa negrura del lugar. Dieron algunos pasos y observaron en el piso una bicicleta color violeta: la de Isabel. Junto al vehículo un charco de sangre. Los muchachos no pudieron evitar soltar un grito ahogado ante la brutalidad de la escena. Benjamín, despojado de su anterior valentía, echó a correr de vuelta hacia su casa, dejando atrás la linterna y su bicicleta. «Espérame, maldito», se oyó decir a Agustín. Benjamín estaba demasiado asustado como para responder. Solo atinó a acelerar el paso. De pronto, se escuchó a lo lejos el sonido de las pisadas de algo grande y pesado, pero veloz. Un gruñido gutural ensordeció a Benjamín. Se oyó un grito ahogado de Agustín. Silencio total.
Aunque Benjamín no podía ver nada, podía sentir en el aire la respiración de la bestia. Estaba horrorizado, con los pelos del cuerpo erizados como agujas. Tropezó con unos escombros. La cosa se acercaba lento pero a paso firme. Benjamín empuñó la vara de metal y, en un momento de lucidez, decidió dejar de correr y esperar a la bestia oculto entre los escombros, y cuando ésta pasara cerca, asestarle un golpe letal. Al percatarse de que Benjamín había dejado de correr, la cosa apresuró la marcha. Cuando estuvo suficientemente cerca de Benjamín, éste apretó fuerte sus manos contra la vara y, con toda la fuerza que le es posible invocar a un hombre, le asestó un golpe seco en la cabeza. El animal tambaleó y calló de bruces al suelo. El astuto joven aprovechó la oportunidad para escapar.

Le faltaban escasos metros para llegar al final de túnel, cuando la bestia emitió un rugido ensordecedor, cargado de furia, y acto seguido, saltó con descomunal agilidad y aterrizó en la espalda del pobre muchacho, rasgando su chaqueta de un zarpazo. Benjamín no sintió dolor, en su lugar, un calor recorría su espalda y llegaba hasta los costados: era la sangre que brotaba se sus heridas. Con la carne abierta y la bestia jadeando en su oído, el joven pensó que hacerse el muerto le podía ser útil en aquel desesperado momento, pero su cuerpo tiritaba producto de un dolor que la adrenalina le impedía experimentar. El animal lo tomó del brazo y, con asombrosa facilidad, como si de un muñeco de trapo se tratase, puso a Benjamín de espalda al suelo, y éste pudo contemplar por vez primera a la bestia. No era un miembro de alguna secta satánica como pensaban todos, ni un drogadicto, tampoco un animal que hubiera visto alguna vez. Tenía grandes manos con cinco dedos terminados en gruesas garras, el cuerpo, similar al del hombre, de pies a cabeza cubierto de pelo, de gran musculatura, de unos dos metros de estatura, y lo más importante: la cabeza era la de un lobo, de uno particularmente gigante. Su hocico emanaba un hedor asfixiante, el que parecía provenir directamente de su estómago, como de carne que ha comenzado a descomponerse antes de terminar el proceso digestivo. Lo único que se le vino a la mente a Benjamín fue una antigua película que había visto hace unos años, sobre hombres lobo. La única diferencia entre la película y lo que veía en ese momento eran los ojos: en el cine los licántropos eran vistos como seres malignos con ojos de demonio. La bestia frente a él tenía ojos humanos, con la humanidad intacta a través de su mirada.
Debido a la naturaleza de su descubrimiento, el joven presumió estar en un sueño, pero el efecto de la adrenalina comenzaba a menguar y el dolor se hacía presente, por lo que supo que no estaba en ningún sueño, ni pesadilla. La bestia arremetió por segunda vez, ahora con un zarpazo en el pecho, dejando parte de su esternón al descubierto. Benjamín comprendió que ese era su final. La bestia abrió sus fauces y se dirigió al cuello del muchacho, quien no pudo hacer más que cerrar los ojos y entregarse a su destino. Un disparo irrumpió su trance. El licántropo lanzó un aullido de dolor; fue herido en el hombro. Se alejó corriendo. Benjamín se desmayó.


   Pasados algunos días, Benjamín despertó en el hospital, desorientado. No recordaba mayores detalles de lo ocurrido en el túnel. Presionó el botón para llamar a la enfermera. Al cabo de unos minutos ésta entro a la habitación y el joven se atrevió a preguntar qué le había ocurrido. La enfermera le respondió que debía esperar al médico, quien le diría todo lo que quería saber. Veinte minutos más tarde el profesional llegó al lugar.
—No esperaba verlo despierto tan pronto, señor Arias —dijo el médico con un tono de sorpresa—. Por la gravedad de sus heridas, uno esperaría que hubiese estado en coma durante un mes, al menos.
—¿Qué tan mal estoy, doctor? —respondió Benjamín, preocupado después de los comentarios del médico.
—Sinceramente, con lo grave que se encontraba el día que llegó a la clínica, me sorprende que haya sobrevivido: fractura expuesta del esternón, cinco costillas rotas, un pulmón desgarrado, entre otras cosas. La operación duró más de ocho horas.
—¿Descubrió la policía a quien me hizo esto?
—Ni siquiera supimos como llegó aquí. Por la naturaleza de sus heridas, diría que lo atacó un oso. Pero en Chile no los hay.
Benjamín intentó recordar detalles del incidente, pero no logró evocar ningún recuerdo.
—Basta de preguntas por ahora —dijo el profesional—, voy a revisar las heridas para ver que no esté incubando una infección.
El médico comenzó a cortar las gazas, y con sumo cuidado las fue quitando, capa por capa, hasta que la herida quedó al descubierto. Los ojos del hombre se abrieron como platos.
—Esta herida —comenzó diciendo lentamente— está completamente sana. Según el informe —dijo mientras revisaba la ficha—, usted llego hace seis días. Lo operé el primer día, y solo ha tenido cinco para recuperarse.
El hombre siguió revisando el informe, intentando encontrar un error en la ficha o en el diagnóstico.
—¡Es imposible!, debe haber un error en el informe. Tal vez estuve más tiempo en coma y alguien escribió mal la fecha.
—Yo pensaría lo mismo, señor Arias. Salvo que fui yo mismo quien lo operó hace seis días. No me queda más remedio que darlo de alta.
El médico firmó el alta médica, dejó la ficha a los pies de la cama y se dirigió hacia la salida. Cuando estuvo en el umbral, se volvió hacia Benjamín, encogió los hombros y esbozó una sonrisa. «Disfrute su milagro», se le oyó decir.


22 de Junio de 2017 a las 22:12 0 Reporte Insertar 1
Leer el siguiente capítulo 1

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~

¿Estás disfrutando la lectura?

¡Hey! Todavía hay 1 otros capítulos en esta historia.
Para seguir leyendo, por favor regístrate o inicia sesión. ¡Gratis!

Ingresa con Facebook Ingresa con Twitter

o usa la forma tradicional de iniciar sesión