nknkiwi KIWI

Su voz se escucha por toda la mansión. Es dulce, dura y muy expresiva, narra cada acontecimiento del pasado como si fuera del presente. Recuenta la historia cada vez que puede, casi todo el tiempo, enumerando sus temores y sus odios, aprovechando que su capacidad de hablar regresó. Sus palabras rebotan contra las paredes, incluso en las primaveras y en los otoños, donde ninguno de ellos volvió a conciliar el sueño desde su muerte.


Cuento Todo público.

#cuento #brujas #corto #la #voz #kiwi #LaVoz #inkspiradoschallenge #Inkspiradoschanllenge
Cuento corto
0
24 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

LA VOZ


La dulce voz narra cada acontecimiento del pasado como si fuera del presente, pero los perturba, a ellos: su dueña debería estar muerta y muda.




****



Enfrente de la casa había un lago que, pese a que los inviernos eran fuertes gracias a su nieve, no se congelaba nunca. Puede que las rejas negras se volvieran blancas, los caminos de piedra no se vieran y las flores que acompañaban el sol de verano se marchitaran por completo: aún así, el terco laguito no enfriaba sus aguas ni se hacía una pista de hielo. Lo odiaba y el frío de las ventanas era víctima de mis absurdos dibujos. Los cielos se oscurecían y las únicas luces que salían durante las heladas noches eran las lámparas de aceite que mi hermano colocaba alrededor de la vieja mansión de nuestro bisabuelo. Mamá bendecía el lugar encantado, predicando canciones con la guitarra de papá. Nosotros, sus dos cansones hijos, nos burlábamos de su miedo a los espíritus.


Durante el día, nos manteníamos en casa. Vivíamos en un bosque alejado del mundo exterior, ajeno a todos los problemas sociales. En realidad, tan solo había visto un par de humanos a parte de mi familia: mi abuelo y mi abuela. Ellos estaban colgados en diferentes partes de la mansión; uno en la cocina y la otra en la pared que daba la espalda al lago. La desconocida mujer era joven sobre el lienzo, paralizada en una incómoda pose que me hacía pensar que ella jamás podría descansar en paz y que la muerte la había alcanzado demasiado rápido como para no haber logrado conocerla cara a cara, de labio rojo a labio rojo, de cabello rubio a cabello castaño. Por otro lado, mi abuelo permanecía al lado de la estufa de leña, como esperando a que lo quemaran. No tenía rostro, se lo habían rasgado con un cuchillo durante los años de envidia. Tan solo se podían apreciar las insignias militares y el traje negro perfectamente aplanchado. A diferencia de su esposa, él había sido atrapado en unos tiempos en que la vejez se lo estaba devorando.


Mi hermano era un chico que daba los peores consejos, que no me caía bien y que prefería coser bufandas amarillas y cocer patatas negras con mi madre. Los dos se parecían mucho, desde los ojos oscuros como la noche hasta la forma triangular del dedo meñique del pie izquierdo; su cabello era como el de mi abuela, tan rubio que mi padre a veces confundía un pelo con una hebra de oro perdida. “¡Es el tesoro del que les he hablado!”, arrancaba a correr por toda la mansión, en busca de más riquezas. No paraba hasta que le decía, con señas, que era una joya perteneciente a la cabeza de su esposa o de su hijo. “En hora buena, mi niña. Nos volvemos ricos sin darnos cuenta”, me contestó una vez, callando las burlas del otro hombre de la casa y haciendo sonrojar a nuestra madre. Ellos dos se ponían de tórtolos mientras que yo me dedicaba a vigilar el lago que se negaba a congelar en los inviernos y que invitaba a vivir a las arañas en los veranos. Los otoños y las primaveras pasaban por olvidados: nosotros dormíamos durante esas épocas.

En las navidades, mientras yo no pegaba el ojo durante todo el mes porque ansiaba que el lago obedeciera la lógica del invierno, mi familia rezaba más de un Padre Hechicero, más de cuatro Liturgia de Lobo Salve y más de diez Vade Retro. El sol salía y mi madre levantaba a toda la casa con su olla y su cuchara de oro que se estrellaban fuertemente, luego nos obligaba a recitar cada una de las oraciones a la perfección; lo mismo pasaba cuando la luna, siempre regordeta, se asomaba para recibir más comida. Yo me quejé una vez. Tenía unos seis años, quería revolución y adrenalina, como si hubiese estado viviendo los principios de la adolescencia. Mi padre me pegó una cachetada que me dejó una cicatriz eterna y me echó de la casa sin abrigo. “Llama a las brujas, pues”, me gritó en el momento en que yo creía haber logrado algo.


Esa misma noche fue cuando perdí mi voz. Era un veinticinco de diciembre y mientras mi familia dormía en sus camas, con las luces apagadas y las conciencias aliviadas, yo me dirigí al imperturbable lago, imaginando que, como no se congelaba, emanaba el suficiente calor para poder descansar debidamente. Sin embargo, mi hipótesis se quedó en falacias y mi frío, en un glacial encanto. En algún punto de la madrugada, cuando ya no podía revolcarme mucho más entre la algodonada nieve, me dispuse a hacer una caminata hasta que el sol saliera y mis padres se dispusieran a abrirme. Oriné cubitos de hielo cuando volteé; mi casa había desaparecido.


Los árboles eran delgados, como palos recién plantados en una tierra que había sido quemada, y aún así mantenían su particular forma de expresarse: doblándose por todos lados, sin saber cómo hablar ni cómo salir de sus propios enredos. Algunos tenían colgando las mismas flores viejas del invierno y estaban invadidos por unas enredaderas verde oscuro, que daban la impresión de ser el vestido de los troncos más flacos y la faja de los más gordos. Una neblina, densa y azulina, invadió el lugar en el momento en que recuperé el aliento y entendí que había mojado mis calzones. Las raíces sobresalientes de la mohosa tierra perdieron su presencia y las cadavéricas ramas construyeron figuras humanas muy largas, que parecían cargar una gigantesca cruz roja. Según yo, el rojo de la madera era sangre de los buenos, porque los malos nunca mueren primero.

Mis pies se movieron por sí solos hacia atrás, por lo que terminé mojando mis medias de lana rosada y las chanclas de felpa color azul. El laguito se comía la tierra firme, se movía como cuando se me regaba el agua del pocillo y se expandía por toda la mesa y mi hermano chillaba que sus frutas secas estaban resucitando y mi madre pedía calma mientras mi padre buscaba un trapo entre las profundidades de un cajón, que jamás me atreví a abrir. Por primera vez, sentí la sustancia del lago. En vez de ser líquida y fresca, era viscosa, espesa, pútrida como si estuviera hecha de sangre de hada o de hombres verdes, que nunca habían merecido vivir y que estaban escalando mis piernas. Corrí, espantada por la idea de ser secuestrada por groseros humanos. El bosque encantado de color cielo despejado me envolvió con sus finas mantas y con su envenenado perfume de incienso descolorido, rosas indiferentes y sangre fresca; me perdí dentro de mis propios ojos hasta que un par de puntitos glaucos me observaron.


Un lobo más grande que un perro, pero no tan pequeño como un caballo promedio hizo que me detuviera. El verduzco de su insistente mirada pareció ordenar a la neblina que se dispersara y que el veneno escondido del aire tomara su color original; un tóxico gas surgió del suelo como si fuera agua evaporándose durante el verano. Su pelaje era tan marrón que me recordó las súplicas de salvación de mi madre en los días de tormenta: “ ¡Santos de los pisos externos! liberen esta morada de las lágrimas provenientes de los vergeles y los avernos. ¡Liberen, bajo su luz y oscuridad, cada rastro de los plañidos de las inocentes furcias! ¡Santos!”


Mi recuerdo acabó cuando mi piel sintió millones de hormigas rojas subir por mi cuerpo. Se desplazaban rápida y ferozmente, intentando arrancar mi piel. Abrí la boca para gritar, pero escupí cucarachas, que volaron hacia donde se encontraba el pasible lobo marrón. Se chocaron entre ellas hasta unirse y crear unos cuervos negros de ojos prietos y pico amarillo desteñido. Ellos se elevaron al cielo y cantaron mientras yo palidecía y lloraba más hormigas, soportando el dolor de mis oídos. Sentía que se iban a estallar en cualquier momento, que me quedaría sorda hasta el final de mis tiempos y que jamás volvería a escuchar la lluvia del verano ni las narraciones de mis padres sobre su mentiroso pasado. No deseaba perder la esperanza de seguir oyendo, consideraba que la música era el mejor regalo del universo y, por eso, llevé las palmas de mis manos a mis orejas y presioné para que ni siquiera el ruido de las hormigas devorando mi cuerpo se percatara.


Ellas arrancaron mis uñas y vomité más cucarachas. El lobo, que ya me parecía áspero de carácter, me contemplaba como si fuera su reflejo sobre agua diáfana.

Los cuervos se callaron de repente y cayeron en picada, como el granizo. El estruendo del aterrizaje se simuló al mismo tiempo en que escupía sangre y las hormigas se iban hacia mi espalda y formaban un círculo. Miré al lobo que cambió su atención a las plumas negras de los pájaros que se sobreponían, una encima de la otra, como se ponen los bloques de un hogar. Poco a poco, se dibujó la toga hirsuta de un monje y las telas sucias de una ama de casa. Olía a excremento, tierra y carne de marrano quemado. El ser que aparecía era muchísimo más grande que el lobo, que se ponía en pose de estiramiento para hacer la reverencia. Al cabo de unos segundos, se transformó en una larga e imponente espada de hueso. El mango de esta era redondo y su punta, donde el filo no parecía peligroso, cargaba la calavera de un demonio, que era diminuta al lado de esas mastodónticas criaturas. Las manos que desenterraron el arma del suelo eran unos guantes de marfil con diseño de escamas.


Tuve miedo: sacó la espada de la tierra húmeda y me señaló con ella. La cara del ser no existía. Lo único que vi antes de huir y gritar sordamente fueron dos plumas negras que volaban hasta la copa de los árboles, donde dos cuervos aparecieron.


Los prietos pájaros me persiguieron, al igual que su escandalosa melopea. La neblina azul reapareció y las hormigas rojas parecieron enloquecer; tragaban mi piel, totalmente ajenas a mi dolor. Jadeaba con la boca abierta porque estaba dando lo mejor de mí para llegar con vida al lago, pero, cuando las oí, tuve que cerrarla. Las alas de las cucarachas me seguían el paso. Estaban sobre mi cabeza, molestando mi cabello y mis oídos descubiertos, empeorando mi constante carrera y mis esperanzas de salvarme. Ellas tan solo chocaban contra mis labios cocidos del pavor. Corrí más rápidamente hasta que mis piernas no pudieron más y me lancé al suelo. Me volví un bollito; un refugio de insectos.


El agua viscosa me cubrió como si fuera una gruesa cobija y todas las pesadillas se esfumaron.




Mi madre me despertó con un grito. Ladraba mi nombre mientras yo tiritaba del frío. Me ardía la garganta y la piel, sobre todo la de la espalda. Mi hermano me abrazó apenas me vio, empero nuestro padre lo cogió de la capucha de su chaqueta de cuero y me inspeccionó. Su mirada demostraba el terror puro, uno que nunca en mis seis años de vida había visto. “Se la comieron las hormigas”, susurró mi hermano, quien tenía diez años en ese entonces. Fue con ese comentario que mi madre me arrancó la empapada camisa azul.


— ¡La marca de los impíos! —chilló ella. Me giró con brusquedad, buscando mi mirada. Luego de dar varias inhalaciones, le habló a mi padre: — Hemos caído en sus martingalas.


—Esto es una advertencia. —Susurró este. Mi hermano los miró poco confundido, como si comprendiera parte de lo que discutían. Lo odié aún más en ese momento— Es mi culpa, nuestra niña está así por mi culpa.


—Tarde o temprano debía pasar, —lo reconfortó. Mi madre me miró de reojo— porque por algo sucedió. Ya estaba escrito.


—Eso no puede ser posible. —Contradijo. Escuchaba todo, aturdida— ¡Las brujas no pueden estar buscándola!


Como no podía hablar, ninguno se enteró de que, después de que el lago me protegiera, recé miles y miles y miles de Vade Retro sin para.

Esa misma mañana, mi familia forró mi habitación y mi baño con naftalina, ya que las polillas estaban apareciendo pese al intenso frío. También, cantaron desafinadamente Vade Retro y Padre Hechicero, en bucle. Me obligaron a tomar una copa de láudano todas las mañanas y otra de extracto de cardo de sol, que llevaba azúcar para que no devolviera la amargura y el extraño sabor de esa bebida, en las noches. En cuanto la sangre manchó mi cama, mi madre comenzó a arroparme con una mortaja cada vez que tomábamos nuestra larga siesta de otoño y de primavera. Los años se pasaron de esa manera y yo, cuando estaba despierta, me dedicaba a vigilar el laguito desde una ventana. Oraba en mi cabeza todo lo que mi padre exigía, leía todos los libros que había en la mansión y no salía a excepción de que mi hermano me acompañara. Él se había vuelto el cazador de la familia.


Durante las cenas, pensaba que los animales estaban envenenados y que él intentaba asesinarme.


Las arrugas alcanzaron a mis padres. Mi madre, en su lecho agonizante, me pidió que le hiciera un retrato. No sabía pintar, ni siquiera tenía conocimientos básicos sobre cómo agarrar un pincel. “No me importa, mi niña”, me dijo al verme preocupada. “Yo pinté el de tus abuelos. Hazme el favor de pintarme a mí y a mi esposo.” Con la idea de que mis padres eran hermanos, terminé los dos cuadros antes de que mi primogénita falleciera a causa de una grave infección que ninguno logró detener. El día de su muerte, nadie de la casa lloró. Le hicimos el sepulto en el jardín que solía visitar, al lado del camino de piedra y enfrente de la banca donde solía tejer. Silenciosamente, nos juramos que no volveríamos a esa zona de la mansión.


El tema no se mencionó nunca más. El cuadro de mi abuela fue quemado y el de mi madre lo reemplazó. Comprendí por qué no conocía a más integrantes del mundo humano. Mi padre no dio explicaciones, por lo que sospeché aún más y llegué a dudar sobre la confianza que había en la familia. Investigué cómo pude, pero nada funcionó, los datos habían sido borrados por los años. Rendida y exhausta de estar encerrada en mi frustración, aproveché el verano para tomar aire fresco. Un día, acompañé a mi hermano o, más bien, salí a ver cómo mataba conejos con un revólver de nuestro bisabuelo, que conocía el uso y el abuso. Caminamos entre la hiedra seca y las ramas partidas. En los claros de luz, pedía un descanso causado por mi sedentarismo.


—Deberías salir más seguido— me dijo mi hermano. Tomaba agua de una cantimplora—, conmigo. Yo no tengo problema si mi hermosa hermanita me acompaña durante mis días de caza.


Hice mala cara. Esas palabras me indicaban que él, mi familia me ocultaba lo que yo ya sabía.


— ¿Por qué odias tanto que te diga de esa manera? —cuestionó— Nos vamos acostumbrando. Ya sabes, yo te quiero y mucho. Cuando estemos solos, nos ofreceremos cariño para olvidar la ausencia de… —Soltó una carcajada y me estremecí: yo no lo amaba— ¡Debes aprender a hacer algo, hermanita! ¡Yo no puedo hacer todo!


Quise preguntar si debíamos tener hijos, si debíamos casarnos bajo el techo donde las otras generaciones también se habían casado. También quise saber si el amor era así de funesto.


Luego de eso, recorrimos el bosque y, muchas horas después, volvimos a casa con más de tres conejos blancos y dos negros. Mientras que ellos bebían agua con hierbas, yo le daba sorbitos de disgusto a mi brebaje. Quise preguntar qué pasaría con mi hermano y yo cuando mi padre no estuviera más a nuestro lado, pero mi falta de voz no me lo permitió. A veces, pensaba que necesitaba volver a aquel aterrador lugar para poder recuperar mi voz; sin embargo, el temor y los endiablados recuerdos me hacían cambiar de opinión.


A pesar de eso, fui al lago cuando mi hermano me regaló una fea bufanda color amarilla.

Para mi sorpresa, la mansión no desapareció ni el lago me pareció una necrópolis líquida y llena de viejos verdes. Me senté en la orilla, refrescando mis pies con el agua que nunca se había congelado. La luna alcanzaba su nadir. Esperé con paciencia hasta que el firmamento se tiñó de amarillo. Comencé a moverme con incomodidad, para ver si algo pasaba, para llamar la atención de algún hada. El tiempo transcurrió. El sol ya había salido cuando una monstruosa mano me agarró del tobillo. Su negrura era a causa de las algas que la rodeaban, al igual que sus uñas llenas de tierra y su piel caída. Me recordó a mi estado después de la innombrable noche que me provocaba pesadillas.


Mi hermano me llamó a gritos, espantado por mi ausencia. La mano me jaló hacia el vacío del lago. Había cerrado los ojos del susto, pero los abrí al sentir unos dedos deslizándose por mi rostro. Habría jurado que era una sirena si hubiera creído que ellas existían. Sin embargo, mi instinto sabía que la hermosa y vieja mujer que tenía enfrente era una bruja. Su cabello tuvo que haber sido rubio porque estaba desteñido entre las burbujas de mi respiración. Bajo el agua, el mundo era otro que el humano jamás alcanzaría a apreciar y, con más pensamientos extraños, me di cuenta que la anciana me estaba arrastrando hacia el fondo. Luego, caímos en un abismo que nos llevó al paraíso. Por el camino, hablé sobre toda clase de dudas existenciales que tenía, siendo escuchada después de años de señas, de silencios obligados y de desconciertos incómodos: mi voz revivió. Y la bruja me preguntó qué quería hacer, qué era lo que deseaba hacer, cuál era el sueño que nunca quería abandonar.


—Hablar para siempre —dije—. Quiero ser la voz, no quiero ser callada de nuevo. Deseo ser la voz, mi voz para siempre. Deseo que nadie me calle y que yo pueda ser mi voz para siempre.








****







25 de Noviembre de 2021 a las 03:42 0 Reporte Insertar Seguir historia
1
Fin

Conoce al autor

KIWI Me he perdido y no sé dónde. Me dicen Kiwi; siempre por mi verdadero nombre. Escribo sobre todo cuentos, porque la cabeza no me da para más. El perfeccionismo me describe y la contradicción me desvalora. Bienvenidos a este conticinio. Disfruten el silencio del exterior y el ruido de sus cabezas.

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~