¡Vaya mañanita! Seguir historia

fran-laviada Fran Laviada

Hay días en los que uno se levanta y si supiera de verdad lo que le va a suceder a lo largo de la jornada, seguro que se quedaría en la cama. http://www.franlaviada.com


Humor Todo público. © Francisco Álvarez Arias

#¡Vaya mañanita!
Cuento corto
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Uno nunca sabe lo que le espera cuando se levanta.

Son pocas las noches en las que soy capaz de dormir más de seis horas seguidas. Y es que a partir de ciertas edades (cuando más o menos ya coqueteas con el medio siglo de existencia), cuesta mucho más trabajo mantener los ojos cerrados, y mucho menos, el tiempo que lo hacías cuando eras adolescente, pero es lo que hay. Bueno, sigo con lo que quiero contar. Una mañana rara, lo digo porque precisamente en esa ocasión había logrado estar cerca de siete horas acurrucado en los protectores brazos de Morfeo, ¡y además, sin pesadillas! (y sin pastillas, que tiene todavía más mérito), bendecido por unos sueños, que podría definir cuando menos, como estimulantes, y que por pudor no voy a contar, ni muchos menos entrar en detalles concretos, ¡pero fue la hostia, vaya escenas! Tenía la sensación de estar metido en el rodaje de una película erótica (dicho con suavidad) dirigida por Tinto Brass, y yo era el protagonista, ¡qué pena que el sueño terminó!, espero poder volver a retomarlo en breve, y que la “peli”, que se rueda en el plató de mi cama, tenga tantas partes como la saga de Rocky.

Siguiendo con la historia, había empezado el día lleno de entusiasmo, pues las horas dormidas, habían aumentado de manera considerable, la cantidad de mi combustible vital, lo que dio como resultado, que mis depósitos energéticos estuviesen llenos de positividad (ya se encargarían los acontecimientos del día, en hacerlos bajar).

Aunque siempre estuve absolutamente convencido, de que el día, no es como empieza, lo importante es lo que viene a continuación cuando pones un pie en la calle, como así fue en esta historia que estoy contando.

Salgo de casa, y ni miro para el ascensor, y es que, para bajar las escaleras no me hace falta (y muchas veces para subirlas tampoco, una estupenda terapia, que recomiendo a todo el mundo, en especial a los que tienen exceso de “lorzas”), llego al portal y cuando me dispongo a salir a la calle, me encuentro con Doña Bulldog (la llamo así, porque tiene cara de perro rabioso), que siempre me mira con cara de asco y qué jamás se ha dignado a devolverme los ¡buenos días! (o ¡buenas tardes!, según la hora del día, en la que por desgracia se planta delante de mí, como si fuese una aparición fantasmagórica) cuando me cruzo con ella. Durante bastante tiempo, he estado poseído por una estúpida ingenuidad, llegando incluso a pensar que la señora, dada su edad (andará cerca de los setenta), se había quedado sorda, pero, simplemente es una “maleducada”, así que durante un tiempo, dejé a un lado mis buenos modales, y pasé de ella como de la mierda, cada vez que su “careto perruno”, se atravesaba en mi camino, ya que lo que se merece una persona sin educación, es que no seas educado con ella, aunque en este caso, lo único que hice fue ignorarla. Sin embargo como ya dije antes, que había comenzado el día pletórico y el “buen rollo”, me salía hasta por las orejas, se me ocurrió decirle:

¡Buenos días, Doña Recareda!, añadí el nombre (que por cierto, le encajaba con la cara), para tratar de mostrarme más amable si cabe, y otra vez la “vieja de los cojones”, que no me responde, me mira con su cara de asco de siempre, y pasa de largo, sin hacerme “ni puto caso”. ¡Seré gilipollas!, pero si la gente “maleducada”, no cambia, se muere así, sin utilizar la educación, algo que les resulta inútil, vamos, un auténtico desperdicio, algo parecido a esos aeropuertos construidos en España en los últimos años, que jamás verán aterrizar un avión en su pista, y que serán utilizados para cualquier cosa (carreras ilegales de coches, patinaje sobre ruedas o para correr sin tropezar con nadie, o incluso para instalar un mercadillo con todo tipo de artículos, sitio desde luego, hay de sobra), excepto para prestar servicio a una compañía aérea y a sus pasajeros, que era para lo que en teoría fueron construidos, nada que nos pueda sorprender, porque ya sabemos que “España es diferente”, ¡y para qué hablar!, de autopistas, pabellones de deportes y edificios multiservicios, entre otros espantos, ¡vamos, para cagarse!, lo que ya no sabemos, es si de risa o de espanto, lo único claro, es que con todos estos despropósitos “arquitectónicos”, siempre salen ganando los mismos de siempre, y muchos de ellos, coinciden en Panamá (¡cómo no!), país, al que no van precisamente de vacaciones, aunque ya que están allí, se supone que aprovecharán para hacer turismo con los pingües beneficios obtenidos con las inútiles (excepto para sus bolsillos, que luego ya se encargarán de blanquear con el mejor de los detergentes) construcciones faraónicas.

Continuando con la “señora” mencionada, es que no puede evitar ponerme de “mala hostia”, porque la vieja, me avinagrara el comienzo de un día prometedor. Muchas veces, pienso que cuando me pasan estas cosas, la culpa es mía, por no seguir el consejo de Eleanor Roosevelt, en su famosa frase que decía (más o menos interpretada a mi aire):

¡Nadie sin tu permiso puede hacer que te sientas mal con lo que te digan! (aunque en el caso que nos ocupa, sería más exacto decir, con lo que no te digan).

Traté pues, de olvidar el desafortunado encuentro con mí septuagenaria, a la vez que desagradable vecina, y me dirigí al banco, así que solo de pensar en ello, ya era motivo suficiente para que mis niveles de positividad, siguieran en descenso. Pisar cualquier tipo de entidad bancaria, me irrita tanto, que nada más traspasar la puerta, mi corazón sufre una especie de agitación tipo calambre, y el pulso comienza a acelerarse progresivamente, de una forma similar a cuando siendo más joven, iba al cine a ver una película de miedo, para ser más exacto, mejor sería decir de “terror bestial”, de esas en las que el director no se corta un pelo, para ofrecer un variado catálogo de vísceras, sangre, miembros amputados o seres demoníacos, más el añadido especial del “monstruito” de turno, con el que las productoras cinematográficas quieren sorprender a los cada vez más desmotivados espectadores, que al igual que un servidor, con el paso del tiempo, nos sentimos más atraídos, por esas películas sencillas, que cuentan cosas normales y con un presupuesto reducido, ya que es de sobra sabido, “que a menos dinero, más ingenio”, algo parecido a esos equipos de fútbol, que no tienen presupuesto para fichar jugadores extranjeros (ni nacionales), y no queda más remedio que “tirar” de la cantera, y al final los “chavales”, lo hacen mejor que las presuntas “estrellas no fichadas”, y si no que se le pregunten a algún equipo, que gracias no tener ni “un puto duro”, subió a Primera División, pero bueno, como diría el fallecido y gran escritor, a la vez que tocayo, Francisco Umbral, ¡yo he venido aquí, a hablar de mi libro (en este caso mi relato), y no a hablar de fútbol!

Como ya venía siendo habitual en los últimos tiempos, mi cuenta corriente, estaba más seca que las reservas de oro de Burundi, y necesitaba hacer un ingreso para pagar un par de recibos que estaban al caer, y para que no me fueran devueltos, tenía que meter (hubiera preferido meter otra cosa, fue lo que pensé en ese instante, cuando el regusto de mi "dulce" sueño, me volvió a la memoria) en la cuenta treinta euros, así que con mis dos humildes billetes (uno de veinte y otro de diez), me puse a la cola, mientras me armaba de paciencia, porque el típico impresentable de turno, que me tocó delante, debía de estar muy desocupado, ya que, no conforme con haber resuelto el asunto que lo había llevado al banco, y para el que se tomó su tiempo (con toda la parsimonia del mundo, sin importarle un bledo la cola que tenía detrás), encima se pasó no sé cuántos minutos, que se me hicieron interminables, charlando de fútbol (otra vez) con su colega de la caja, y digo colega, porque de la forma que se trataban, se veía de sobra que había “compadreo” entre ellos, y ninguno de los dos tuvo en cuenta, que un servidor estaba esperando (casi media hora entre “pitos y flautas”, para hacer un ingreso de mierda, ¡de treinta euros!), y siguieron dale que te pego, dándole a la lengua sin parar, que si Cristiano esto, que si Messi lo otro, que si el Madrid es el club más grande de la historia, o que si el Barça, es el mejor equipo del mundo, y además los muy cretinos, hablaban en voz alta, para que todos los que estábamos esperando pacientemente en la cola, supiésemos que ambos, eran unos entendidos en la materia, algo que no tiene nada de extraño, en un lugar como España, en el que "todo el mundo", se piensa que sabe de asuntos futbolísticos a escala de catedrático, de tal manera que de los casi 47 millones de habitantes que tiene el país, más de la mitad, se creen entrenadores, y puede que me quede corto, pero bueno, ese es otro tema, así que mejor dejarlo a un lado, siguiendo el mismo criterio aplicado con Umbral.

¡Será posible, lo hay que aguantar! ¡Ir a tomar por el culo los dos, y dejarlo para cuando os encontréis en el bar!, bueno eso fue lo que pensé, pero no dije nada, porque enseguida me disparo, y si ya, mi corazón andaba con las pulsaciones a paso ligero, no era plan, que se pusieran a ritmo de zancada.

¡Por fin llegó mi turno!

El cajero tenía la misma cara de perro rabioso que Doña Recareda, y era igual de “maleducado” que ella, quizá fuera su hijo, porque se parecían. No me dijo ni ¡hola!, ni me preguntó nada, y yo, para no ir otra vez de “pardillo”, igual que con la vieja, hice lo mismo, es decir, ni abrí la boca (ahora los buenos días, ya los guardo para quien se los merezca), y le pasé por la bandeja situada debajo del cristal anti-cacos, los dos billetes y un tarjeta de visita donde iban al lado de mi nombre, los datos de mi cuenta, y le dije con cierta indiferencia:

Para ingresar en cuenta.

El desagradable empleado bancario, me pregunta:

¿Hay que poner algo en “concepto”?

¡Nada!, le respondí con sequedad.

El malencarado hombre de la caja, se puso a realizar las operaciones correspondientes, y se lo tomó con bastante calma, ¡para que se iba a apurar!, si en la cola, tan solo había doce personas esperando, y seguía aumentando. Parecía que todo el mundo se había puesto de acuerdo ese día, para ir al puto banco.

¡Si esto sigue creciendo al ritmo que lo hace, llegará un momento, que va a parecer que estamos esperando para sacar las entradas de un concierto de los Rolling Stones! (Yo seguía a lo mío, pensando para calmar la “mala hostia”, que me iba aumentando).

El cajero, me vuelve a mirar, con desprecio, como si le pareciera mal, aquel paupérrimo ingreso, era como si tan ridícula cantidad, no merecía el gasto que ocasionaba el papel utilizado en el comprobante del impreso. Y con el mismo gesto y tono de voz que la vez anterior, y con un añadido extra de desidia, me vuelve a preguntar:

¿Alguna operación más?

¡Sí, imbécil, la que habría que hacerte a ti en la cara y en el cerebro! (fue lo que pensé en ese momento, pero por razones obvias y de salud emocional, volví a callarme).

¡Ninguna, le respondí!, aunque no pude resistir la tentación de añadir:

¡A ver si los billetes crecen por generación espontánea y me aumenta el saldo!

En ese instante, el desprecio que dibujaba la mirada del hirsuto empleado, aumentó considerablemente. Se ve que mi comentario, lejos de parecerle gracioso, le sentó incluso mal.

¡Si no te hace gracia, pues que te den “amargao”!, (seguí recreándome en mis pensamientos)

Me giré, y sin mirar atrás y mucho menos sin despedirme, salí pitando de aquel enfermizo lugar, mientras iba pensando (para ir compensando los malos tragos con los que el día me había recibido), que teniendo en cuenta que todavía eran las diez de la mañana, y con la estupenda temperatura con la que el verano me obsequiaba, iba a ir directo a la piscina a tomar un poco el sol y luego a nadar, un pequeño lujo que me podía permitir en las instalaciones municipales, eso y la biblioteca pública, deben de ser de las pocas cosas, que están al alcance de la mano de una gran parte de los ciudadanos de este país (uno de los pocos pequeños caprichos, que todavía nos podemos dar los de la clase “media”, pero tirando cada vez más abajo).

Seguí con el recuerdo en mi cabeza, del “tipejo” de la caja, al que todavía le quedaban cuatro horas metido en aquella especie de pecera humana, y he de reconocer, que cuando estuve ya en la calle y miré para el interior del banco, mientras veía al “besugo en su horno” (en la oficina bancaria hacía un calor horrible, y el aire acondicionado no lo tenían puesto, no sé si era porque estaba estropeado, o para ahorrar, aunque más bien, lo probable es que fuese esto último, porque teniendo en cuenta los “palos” que la justicia les está dando a las entidades bancarias en los últimos tiempos, de lo cual me alegro, y mucho, dicho sea de paso, para que devuelvan con intereses, el dinero cobrado de más a los clientes, durante años y años de abusos, me hace pensar, que estos egoístas a la vez que usureros, estarán tratando de recuperarlo de donde sea, con el aire acondicionado o incluso ahorrando en papel higiénico), volví a pensar, esta vez en voz alta (no mucho), y lancé al aire un: ¡Jodete!

Pero la “mañanita de los cojones”, no había terminado aún. Me acordé, que necesitaba unas pilas para el ratón del ordenador, así que antes de ir a la piscina, me pillaba cerca una tienda de los “chinos”, y allí me dirigí. Las compré alcalinas y de marca conocida, porque las baratas, que las deben de fabricar en China (como tantas cosas, que son una auténtica porquería, de la que no podemos quejarnos, porque ya sabemos lo que hay, y seguimos entrando en los “Todo a un Euro”), se gastan más rápido que las suelas de unos zapatos de veinte euros (digo lo mismo que antes, la culpa la tenemos nosotros por comprar zapatos baratos, ¿con ese precio, que quieres que la suela sea de acero?). Total, que cojo las pilas del expositor, y voy a la caja a pagarlas, de cajera estaba una “chinita”, de cara risueña (nada que ver con Doña Recareda, ni con el cajero “abesugado”), y le pregunto el precio:

¡Un “eulo” y ochenta céntimos!, me responde con toda amabilidad, manteniendo una permanente sonrisa “amalilla” (es decir oriental).

Miro en el bolsillo de los vaqueros a ver que llevo, y saco el único billete que me quedaba, uno de cinco euros (era el hijo huérfano de los que dejé en el banco), pero como también tenía bastante “calderilla”, le di los ochenta céntimos sueltos (una moneda de 50, una de 10, dos de 5 y el resto hasta completar, en monedas de 1 y 2 céntimos), más que nada por aligerar peso, ya que no hay nada más molesto, que llevar los bolsos llenos de monedas de casi nulo valor, que la mayoría de las veces ocupa espacio de forma absurda (incluso cuando llevas demasiadas, si el bolsillo es grande, acaban golpeándote los huevos, en el caso de que estos sean talla XL, igual que los bolsillos), aunque en el caso de la compra de las pilas, la vuelta, eran cuatro euros, que era lo que buscaba y así aprovechaba para deshacerme del exceso de cobre, pero, ¡ay amigo!, cuando “Flor de Loto”, es que yo, la llamaba así, porque había confianza, ya que era cliente habitual del establecimiento, ¡sí ya sé!, y repito, que no tengo derecho a quejarme de la calidad de los productos Made In China. A la muchacha, la conocía por ese nombre, más que nada, para simplificar, porque un día cuando le pregunté cómo se llamaba, no entendí nada, ya que me dijo algo que sonaba, así lo entendí yo, parecido a “Mula”.

¿Cómo narices, se va a llamar Mula?, vale, que está más bien “rellenita”, sí, pero de ahí a llamarse como si fuera un cruce entre yegua y burro, no puede ser.

Yo más que nada, por ser agradable (o porqué a veces me olvido que ya no tengo edad, para tontear con jovencitas, lo reconozco), le dije que si podía escribirme el nombre en un papel, y esto fue lo que puso: 花木蘭

Luego, cuando llegué a casa, entré en Internet y fui al traductor de Google, copie y pegué el texto, y lo que me apareció fue “Mulán”.

¡Claro, hombre, ya me parecía a mí que Mula no podía ser!

Según parece el nombre significa “Magnolia”, pero como el asunto iba de flores, y yo ya me había acostumbrado a “Flor de Loto”, con ese nombre se quedó.

Así que siguiendo con lo que estaba contando, cuando la “chinita”, vio las “enanas monedas cobrizas”, que le puse encima del mostrador junto al billete, cambió completamente su cara amable, y su sonrisa habitual, se transformó en un gesto de desagrado, como si le pareciera mal que quisiera utilizar aquellas monedas para completar el pago de mi compra.

¿Qué pasa que las monedas de 1 y 2 céntimos no son de curso legal?

¡Amiga, qué estamos en España y hay que adaptarse al país y no al revés!

¿Será que en China, solo se utilizan los céntimos para jugar a la “rana” o qué?

Al igual que me ocurrió en el banco, todo esto lo pensé, no lo dije, por aquello de no “dispararme” y tal…

Al final otra “mala cara” para completar la mañana. “Flor de Loto”, tan agradable siempre, se transformó como por arte de magia, en “Flor de Cactus”, y también en una persona “maleducada”, ni me dio las gracias como hacía siempre que iba a comprar algo, ni me respondió cuando le dije ¡hasta luego!.

¿Pero a quién maté yo, si tan solo pretendo ser educado?

Menos mal, que el sol en la cómoda tumbona, y el refrescante baño en la enorme piscina nadando con toda libertad (pues a esa hora, sobre las doce del mediodía y un martes, no festivo, es decir con la gente “currando”, bueno, los que tienen trabajo), me compensó de las dosis extra de negatividad que la mala educación del prójimo me había generado.

Después de tanto sol y tanta natación, llegué cansado al final de la jornada, y la aparición de la noche, esperaba volver a dormir el mismo número de horas que el día anterior, y continuar mis escenas de rodaje en la película de Míster Brass… Por desgracia, las pesadillas volvieron en forma de “trío de caras de asco”, es decir la vieja, el cajero y la china, ¡menudo agobio!


8 de Junio de 2017 a las 16:14 0 Comentarios Reporte Insertar 0
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