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Lo que se cuenta en esta historia está basado desgraciadamente en hechos reales, ya que fueron acontecimientos trágicos y espeluznantes que desgraciadamente sucedieron de verdad, aunque lamentablemente, todavía existan impresentables que pretenden negarlo. El personaje protagonista no existió con el nombre que aparece en la historia, pero está inspirado en criminales que si existieron, verdugos asesinos porque no pueden ser considerados como personas, un calificativo imposible, pues de humanos no tenían absolutamente nada, y sería mucho más apropiado otorgarles la consideración de bestias, que camparon a sus anchas y en la impunidad total, en uno de los períodos más negros que la historia de la humanidad recuerda, y en el que transcurrió la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). http://www.franlaviada.com



Histórico Sólo para mayores de 18. © Francisco Álvarez Arias.

#Apariencias. El demonio disfrazado.
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El demonio disfrazado.

Era alto, rubio, de buena presencia y con cara de no haber roto un plato en su vida. Esposo ejemplar (de la bella Eva) y cariñoso padre de una deliciosa parejita (niño y niña, los encantadores Franz y Erika).

   Hans Müller, era un hombre querido y respetado por sus vecinos, siempre dispuesto a echar una mano a cualquiera que necesitase su ayuda. De modales exquisitos, fruto de una esmerada educación. Persona culta y muy preparada. Universitario sobresaliente, como así lo atestiguaban, sus excelentes calificaciones. Destacado deportista en su juventud, como no podía ser de otra forma, pues las innegables cualidades físicas de la raza aria, lo llevaron a ser un triunfador en el mundo del deporte, ya que todo se le daba bien, la esgrima, esquiar, montar a caballo, la escalada, el fútbol, el tenis e incluso la natación, para ser el modelo perfecto de superatleta germano.

    El excepcional ciudadano Hans, era pues, todo un ejemplo para la sociedad, el modelo de hijo, que sin duda alguna, todos los (buenos) padres alemanes, querían tener.

    Trabajador obsesivo, además de infatigable, disciplinado y metódico, con una vida entregada a la causa (primero, y a la familia después) desde su despacho de la Gestapo en Berlín. El mayor Müller, se dedicaba única y exclusivamente a cazar judíos, era la alta misión que su idolatrado Fhürer y su querido Tercer Reich le habían encomendado, y él, sin duda alguna, cumplía al pie de la letra con su labor, además de sentirse orgulloso de la gran confianza que sus superiores habían depositado en su persona, y por supuesto, que bajo ningún concepto iba a defraudarles. Su lealtad al Partido Nacional Socialista y a su amado líder, estaba incluso, por encima de su propia vida.

    Por eso, lo de echar una mano (al cuello), fue lo que hizo con tantos miles de judíos, tratados como si fuesen ganado, y que eran metidos a empujones en aquellos vagones de carga, en los que apenas entraba el aire, para que el tortuoso desplazamiento, fuera todavía más inhumano, como si lo que les esperaba a las víctimas en su destino final, del campo de exterminio, no fuese ya, suficiente castigo. Aunque los más afortunados, tenían la suerte de morir asfixiados antes de llegar al matadero.

   Hans Müller, con la tranquilidad que otorga a un fiel y disciplinado servidor de la Patria, la satisfacción del deber cumplido, sonreía con la maldad reflejada en su rostro, y una vez más, haciendo gala de su exquisita educación, pronunciaba siempre las mismas palabras de despedida:

   ¡Guten morgen und gute reise! (¡Buenos días y buen viaje!), cuando cada mañana, y día tras día, se trasladaba a la estación, para ver como iniciaba su marcha la locomotora del tren de la muerte, con su carga de vidas sentenciadas, y con pasaporte al horror, que ponía rumbo a un infierno terrenal, en forma de cámara de gas, que iba a devorar de la forma más cruel, que nunca la humanidad habría podido imaginar, a aquellos pobres desgraciados cuyos cadáveres, una vez gaseados, alimentaban de manera incansable, los hornos crematorios, que los Nazis utilizaban para reducir a cenizas, millones de cuerpos, tratando de destruir las pruebas de sus espantosas atrocidades.

    El Mayor Hans Müller, como tantos otros asesinos nazis, huyó al final de la guerra, cuando su amada patria Alemania, fue derrotada en 1945, y en Sudamérica, encontró refugio viviendo junto a su familia en diversos países gobernados por crueles dictaduras militares, que dieron cobijo a aquellos hijos de perra portadores de la esvástica, que seguían celebrando cada año en sus reuniones nostálgicas, los gloriosos años del terrible y devastador Imperio Nazi, brindando con el ya conocido y repugnante ¡Heil Hitler!, para recordar a su añorado Fhürer.

    Sin embargo como afortunadamente, la Historia tiene memoria, al final cada cual recibe lo que se merece, así que, cuando el cadáver mutilado del Señor Müller (Herr Müller, para sus empleados), conocido empresario alemán afincado en tierra argentina, concretamente, en la ciudad de Buenos Aires, apareció en un descampado a las afueras de la ciudad, nadie se sorprendió, y tampoco nadie hizo preguntas.

    Detrás de una historia larga, se esconden otras más pequeñas. Detrás de un asesino, están las huellas de los cadáveres dejados a lo largo del camino. Detrás de un personaje presuntamente principal, hay otros personajes secundarios, que al final son más importantes. Detrás de un asesino, está la memoria individual y colectiva, para que no se olviden sus crímenes. Detrás de un victimario están sus víctimas, que reclaman venganza con todo el derecho.

   ¡Y detrás de una cara amable y sonriente, puede que se esconda el demonio!

   ¿Quién mató a Hans Müller?

   ¡Quizá se sepa algún día o nunca!


1 de Junio de 2017 a las 20:18 0 Comentarios Reporte Insertar 0
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