Saint Raider: Genesys Seguir historia

HJPilgrim H.J. Pilgrim

Mi nombre es Sayi y tengo diecisiete años. Hoy va a ser un gran día. O al menos eso creo. O espero. O anhelo con todas mis fuerzas. Este es un mundo avanzado donde gentes como nosotros no tenemos un lugar. Máquinas inteligentes hacen las tareas de limpiar, cocinar, construir, demoler, proteger, analizar, curar… Todo lo que puede ser automatizado o son labores repetitivas o que no requieren creatividad alguna, habían sido desterrados de los dominios del hombre. ¡Maldito sean sus creadores! Nos condenaron a la gran mayoría a una vida de necesidad.


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Capítulo 1

Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia. Con su casco simbólico en que aparecía grabado el número 451 bien plantado sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Quería, por encima de todo, como en el antiguo juego, empujar a un malvavisco hacia la hoguera, en tanto que los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y el jardín de la casa; en tanto que los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y eran aventados por un aire que el incendio ennegrecía…


Aquellas palabras resuenan en mi cabeza como si las estuviera escuchando en este mismo momento. Miles de recuerdos luchan por surgir y tornar mi vida un poco más desgraciada de lo que ya lo era. ¿Es acaso posible ser más desdichada? No lo creo.

Mi nombre es Sayi y tengo diecisiete años. Hoy va a ser un gran día. O al menos eso creo. O espero. O anhelo con todas mis fuerzas.

Mi padre está por volver de trabajar en los basureros de Nuevo Madrid, mi ciudad. Este es un mundo avanzado donde gentes como nosotros no tenemos un lugar. Máquinas inteligentes hacen las tareas de limpiar, cocinar, construir, demoler, proteger, analizar, curar… Todo lo que puede ser automatizado o son labores repetitivas o que no requieren creatividad alguna, habían sido desterrados de los dominios del hombre. ¡Maldito sean sus creadores! Nos condenaron a la gran mayoría a una vida de necesidad.

Tan sólo hay unas pocas labores en las que el ser humano aún es superior a cualquier autómata: protección, diseño, deportes, escritura, actuación, baile y canción. Para lo demás, los robots se encargaban de hacerlo más barato, más rápido, sin errores y por más tiempo. Era lo que siempre los empresarios habían querido Era por lo tanto complejo que los miles de millones que no estábamos entre los elegidos pudiéramos desempeñar cualquiera de estos roles.

El hambre llamaba a las puertas de todos los países del mundo, donde cientos de miles de personas morían de inanición todos los días. Era como si cada año una ciudad como Nuevo Madrid, de diez millones de habitantes, desapareciera. Es una locura, una maldita pesadilla. Pero había gente que ganaba mucho dinero con eso, como siempre suele pasar en este tipo de desgracias.

Me levanto de la cama y dejo mi ajado libro de Fahrenheit 451 a un lado. Las hojas se deslizan sueltas de unas cubiertas cuya portada había desparecido. Al parecer era un ejemplar muy antiguo, de finales del siglo veinte que había sido propiedad de mi abuelo cuando era pequeño. Es mi único tesoro, también mi único contacto con la literatura y no porque fuera prohibido leer, sino que es muy caro.

Los libros de papel son historia. Los pocos que quedan son para los grandes coleccionistas que se pueden permitir el lujo del espacio del que la gran mayoría carecemos. Los medios digitales, permiten una lectura en cualquier lugar en cualquier momento, sin tener que cargar con nada. Simplemente haces un gesto y de los implantes en la mano se despliega una pantalla sobre la palma. Lógicamente, este es un gadget para los potentados. Yo ni siquiera sueño con soñar tenerlo. Está tan lejos…

Pero este día… Este día será definitorio para mí. Un antes y un después. Mi hundimiento o el alzamiento a una vida de privilegios. Por eso no pude dormir anoche. Estoy tan nerviosa que creo que en cualquier momento empiezo a gritar. Y no es para menos. Hoy sabré si hay algo bueno en mí tras esta fachada de miseria.

Cuando una persona como yo (pobre) cumple diecisiete años, tiene la opción de presentarse ante las autoridades para ser analizada. En las comisarías te hacen una serie de estudios en los que se determina tus capacidades físicas y mentales, así como tu predisposición a ser alguien de la élite de los cuerpos de seguridad, deportistas o artistas. De ahí, te envían a una academia donde eres instruida y, finalmente, te integras en la sociedad como un profesional de futuro. Y todos tus problemas serán un mal recuerdo.

Esta es la parte bonita. Si no eres elegida, vuelves a casa en una hermosa bolsa para cadáveres. Aquella sumaria medida había sido impuesta por los comisarios por el gasto de activos incurridos en el análisis. Como todo negocio, tiene que haber rentabilidad. La pérdida de tiempo y esfuerzo se paga con la vida.

No todo el mundo es apto para ser parte de ese grupo. No es nada que no entre en la lógica. Cada uno tenemos una serie de habilidades que determinan nuestra profesión. Pero como dije antes, los benditos robots nos quitaron los trabajos que durante tanto tiempo ostentábamos como nuestros e intransferibles. Al final, nadie es indispensable.

El tiempo y el dinero que se invierte en los análisis son tan considerables que al menos se tenía que hallar un talento entre cien para obtener un mínimo de ganancias. La circunscripción que encontraba más talentos a lo largo del año recibía grandes beneficios. La que menos… bueno. No era algo agradable lo que le ocurriría al comisario y su equipo directivo. Igual, no me verás llorar por ninguno de ellos.

Así que, el mayor asesino de personas a parte del hambre y las enfermedades a mediados del siglo veintiuno era la policía por medio de los muchos castings frustrados. Vaya ironía, ¿no?

Los rumores dicen que se ideó un pre-examen para reducir los fiascos en los castings. Optimizaban su trabajo usando ciertas preguntas que disparaban las capacidades o falencias de los pobres infelices que nos presentamos. Obviamente, aquellos que no lo pasan tampoco viven para contarlo. Ir a las comisarías, es un camino de no retorno. Por lo que, tienes que estar muy seguro o muy desesperado para siquiera pasar por delante de la entrada.

Yo sé que mis talentos son más bien pocos. ¿Deportista? ¡No! Imposible. No tengo fuerza para ser futbolista, jugadora de hockey o tenista. Sinceramente, no sé quién de nosotros, puede correr más de dos minutos sin terminar en cama. ¿Cantar? Me gusta, pero no tengo la voz de las grandes estrellas que suenan por la radio. Conozco mis límites y alguna que otra vez he desafinado. Demostré mi torpeza las veces que intenté bailar (además se entrena tanto como cualquier otro deporte). Tal vez actriz… o escritora. Son mi única esperanza para escapar de aquí.

No puedo contar los sueños que he tenido a lo largo de mi vida y que he ido registrando como pude en los antiguos cuadernos de papel que mi padre encontraba de tanto en tanto. Una vez escritos, los actuaba tratando de interpretarlos de la mejor manera posible. Me falta técnica, no lo puedo negar, pero soy un diamante en bruto que sólo necesita ser pulido.

Me presento ante mi espejo sin marco, cuadrado, oxidado y con una hermosa grieta que lo cruza. Veo ante mí a una jovencita de cabellos rubios lacios enmarcando un rostro delgado y ovalado de piel blanquecina. Sus ojos grandes de color azul me contemplaban con lástima y un pequeño brillo de esperanza. Su nariz recta tiene los orificios abiertos tratando de captar el leve aroma a perfume de su madre que su padre tenía como una reliquia. Sus labios, aquellos labios que su padre no quiere mirar, porque son como los de su desaparecida esposa, el de arriba fino, el inferior más carnoso. Era delgada por el hambre, pero su cuerpo tenía alguna que otra curva interesante, en esta ocasión cubierta por un chándal de color negro, antaño ajustado, hoy un poco suelto.

Me considero una guapa adolescente. Mis vecinos me miran, me piropean y tratan de ganarse mi amistad. Aunque nada más que eso habría de ocurrir. Nadie se casaba, ni se unía. Era desesperante encontrar comida para uno como para complicarse con otra carga. Mi padre nunca me considerará como tal, pero a fin de cuentas, tiene que trabajar el doble para que haya algo de comer en la mesa de vez en cuando.

Papá todavía no regresó. Quería despedirme de él antes de irme. Probablemente habría sido la última vez que lo vería. Aunque tal vez es mejor así. Podría romper en llanto y arrepentirme si lo tuviera a mi lado. Averiguaría que me traigo entre manos y me frenaría.

Espero que me pueda perdonar el daño que le voy a causar. Primero fue mamá… Ahora yo. Las mujeres de mi familia no somos las mejores por lo visto. Sea como sea, nuestra vida va a cambiar. Para mejor, espero.

No sé por qué, pero desde que nací, sentí que mi nombre sería conocido por todos. Por lo que tengo que irme de casa y enfrentar mi destino en el casting. Lo mismo me equivoco y esa sensación no es más que un deseo producto de mi necesidad y de mi baja autoestima. Que el infierno me lleve si lo sé.

Me aseguró que mi nota de despedida está en uno de los cajones del mueble donde guardo las pocas mudas de ropa que tengo. Me maldecirá cuando la encuentre porque será ya muy tarde como para que él pueda hacer nada. No lo puedo culpar. Se quiere aferrar a todo lo que le queda. Y eso me hace sentirme cada vez peor. Lo voy a dejar más sólo y más desdichado que nunca. Pero no soporto esta vida más. Y tengo una pequeña posibilidad de cambiar nuestra suerte.

—No hay nada más valioso que la vida de una persona. No deberían jugar con nosotros así —afirmaba vehemente cuando escuchaba las noticias de los nuevos muertos por el casting—. Todos los seres humanos somos iguales, ¿o no?

Él no había aceptado como había cambiado todo a lo largo de aquel siglo. Ni lo hará aunque eso lo lleve a la tumba. Pero no puedo vivir de la melancolía o de una supuesta justicia divina (que a todas luces parece habernos olvidado). Cada momento es una lucha por vivir un poco más. Sinceramente, prefiero morir de un disparo que de hambre.

Tanta es la desesperación de toda la gente de mi edad, que somos muchos los que nos presentamos a los castings. La muerte es una mejor salida que el regreso al gueto en el que tenemos que luchar unos contra otros por un bocado. No sería la primera ni última vez que alguien apuñalaría a su compañero por una rata o un perro famélico que poder cocinar. Mi padre tiene razón. Nadie debería vivir así.

Miro el dorso de mi mano. Bajo un par de milímetros de piel está el chip que te injertan al nacer, donde se almacena toda la información que los burócratas consideraran importante sobre cualquier persona: patrimonio, árbol familiar, DNI, seguridad social, historial clínico, clase social, estudios, experiencia laboral y antecedentes. En mi caso, datos que me confirman como elemento desechable de aquella avanzada civilización.

También sirve como monedero. Puedo comprar lo que quiera sin usar las antiguas monedas o billetes físicos. Desafortunadamente, tengo tan pocos créditos que lo único que puedo hacer es pagarme el viaje de ida a la comisaría. La vuelta… no tengo previsto volver tal y como voy. Así que si no me convierto en fiambre de Sayi, será mi mayor triunfo.

En eso, suena la bocina del tren que me avisa que está llegando a la estación.

—¡Oh, mierda! —exclamó.

Estoy a doscientos metros y a este ritmo lo voy a perder. El tren para apenas un par de minutos para dejar y recoger pasajeros. Si no subo estoy jodida. El siguiente vendrá dentro de una hora y mi turno para el casting ya habrá expirado. No me queda otra que correr.

Hacía muchísimo tiempo que no me esforzaba de esa manera. Correr resta las pocas energías que tenemos la gente pobre. Había estado reservando estas reservas para el casting. ¡Qué ilusa!

El tren se detiene. Calculo que estoy a poco menos de cincuenta metros. Llego. ¡Puedo hacerlo! Esprinto convencida que nada me va a frenar. ¡Es mi destino llegar! ¡El nacimiento de una nueva Sayi!

Paso el lector que descuenta el crédito correspondiente al viaje, esquivo un mar de gente deprimida que trataba de dejar la estación y cuando estaban a punto de cerrarse las puertas, salto y caigo en el suelo sucio y metálico del tren. ¡Lo logre! Una repentina presión en el pie izquierdo me avisa que no había sido lo suficientemente rápida para evitar que las puertas se cerraran sobre mí. Tiro fuerte de él, temiendo romper sus mis maltrechas zapatillas. Gastando otra vez energías lo libero sin daños considerables. Si hubiera salido antes, nada de esto me habría pasado. ¡Bien ahí, Sayi! Te saboteas tú sola.

—¡Enhorabuena, jovencita! —exclama un hombre vestido de policía mientras me aplaude. ¿Qué le pasa a este?—. Creo que jamás vi a nadie entrar en el tren así (y eso que llevo muchos años de servicio). ¿Vas al casting?

No había muchas dudas. ¿Por qué una chica como yo iba a ir a la ciudad si no? ¿Para comprar? ¿Ir a trabajar? ¿Pasear? Los pobres no salimos de nuestra zona. Deambular por alguna otra zona puede llevarte a de cabeza a una ejecución. En la República de mediados de siglo no había cárceles.

—Sí. Hace dos semanas que cumplí diecisiete —respondo con timidez. Nunca sabes cómo puede reaccionar un agente de policía—. Es la oportunidad de mi vida.

El hombre me miró con rostro entristecido. Era deprimente ver que la esperanza de una adolescente estuviera puesta en un proceso que, con total seguridad, le costara su vida. ¡Este es nuestro mundo, amigos! Donde el mero hecho de vivir es un lujo.

—¿Cuantas manzanas cubriste?

—Dos. El tren estaba a punto de llegar.

—Hum. Doscientos metros en muy poco tiempo. ¿Quieres ser deportista?

—Es lo último a lo que aspiro. Estoy más interesada en actuar… o el modelaje…

—Sí, eres muy guapa, pero hay muchas mejores que tú —su respuesta me deja helada. ¡Gracias por la confianza!—. Disculpa por ser tan franco, querida. Pero tengo que ser justo contigo.

—Pe… pero… el talento…

—Hace mucho tiempo que cubro esta ruta y casi te puedo decir qué clase de gente pasará el casting y quién no. Muchas jóvenes hermosas suben con grandes sueños de gloria por día. Tienes que pasar el análisis y las pruebas. No todas lo hacen. El noventa por ciento del éxito se basa en el aspecto físico y el otro diez por ciento en la capacidad interpretativa. Todas tienen el primero, pero no el último. Lo veo cuando practican sus textos, fingen alegría o tristeza. Ilusión o desesperación. Y ese es el problema: fingen. No hay sentimientos. El público necesita realidad. Las que no terminan muertas… Bueno, no quiero decirte qué les pasa.

—¿Puede haber algo peor que morir? —pregunto inocentemente.

—Hay cosas mucho peores que la muerte, como la esclavitud. Hombres y mujeres compran a las perdedoras por un precio de saldo para disfrutar de ellas. Su belleza es su maldición. Así que no te tomes mi comentario como una falta respeto, si no como un consejo que puede salvar tu vida o tu integridad física al menos.

—¡No puedo presentarme como deportista! No… no estoy preparada… —exclamo asustada. Correr dos manzanas es una cosa y competir es otra. No hay otra cosa en la que me sienta capacitada. ¡Esto no puede estar pasándome!

—No estoy tan seguro —el guardia calla y se queda unos segundos pensando. Hace el intento de hablar, pero se frena. ¿Qué diablos le pasa? Finalmente se decide y me susurra al oído—. Hay otra alternativa. Sólo los elegidos la conocen. Y ya hay uno… Pero… es tu única opción.

La verdad todo este tipo de situaciones me ponen de los nervios. No sé si me está ayudando o quiere que me maten. ¿Acaso no ve que tenga futuro como para ser una gran actriz? ¿Quién es él para dudar de mí? Ni siquiera me conoce. No entiendo cómo me puede despreciar así.

—¿Qué otra opción? —pregunto recelando.

—Ser una saqueadora.

24 de Mayo de 2017 a las 13:05 0 Reporte Insertar 1
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