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He encontrado un lugar que augura soledad, mas lo he confundido con un refugio y ahora me resulta imposible escapar. Ecos resuenan y sé que son mis gritos, mis pensamientos no callan, pero mi voz anhela apagarse. Es este sentimiento que transforma mi mundo con un simple toque, me hace sentir solo y desesperado, sé que mi corazón no puede retener más y aun así lo fuerzo a soportar. Me advirtieron no viajar aquellas austeras tierras pues allí la cordura se pierde con facilidad, ahora esta destrozada mente me obliga a avanzar sin mirar atrás.


Horror Literatura de monstruos Sólo para mayores de 18.

#terror #miedo #295
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Silencio en la Penumbra

Las amonestaciones de mi padre nunca fueron precisas, imposible fue advertirme de aquello que en estas tierras se esconde. Al describir mis sueños él contestaría con pesadillas. Al hablar sobre los ángeles que en estos me hacían compañía, el me diría que de los demonios me alejara. Y así cada noche las pinturas se distorsionaron, de sus rojos labios surgieron colmillos, de sus alas las plumas cayeron, pronto tras el velo las llamas nacieron, transmutando hermosos seres en las brujas a las que aprendí a temer.


Sin mírame me consolaba, al abrazarme me dio la bienvenida a la realidad, antes de alejarme tuve que prometer que no volvería a soñar. Sin embargo; fue él quien me obligó a cruzar el umbral una vez más. Me adentré pensando que nadie me seguiría, pero incluso la soledad tiene compañía.


Bermellón es su capa arrastrándose por la habitación, dorada la armadura que bajo la luz del candelabro resplandece, confusas las palabras que de él emanan. Prominentes plumas adornan su yelmo, porta ostentosas hombreras que acuñan la forma del ponderoso cóndor con sus alas extendidas a sus espaldas, denotando el bronce en sus garras y cresta mientras se aleja.


Soledad en la punta de la torre, angustia en el interior de las vasijas que aglomeras esperan el retorno. Una vez cerrada la puerta sé que se ha ido, desconozco las noches que he esperado su regreso pues apenas me dispongo a descansar alguien más irrumpe. Pronto con una carta y una insignia a mí se acerca, posa en mis manos la ensangrentada medalla, en mi palma yace el símbolo y por mi hombro vagan sus descarnados dedos. Le ignoro acariciando el irregular relieve manchando con su roja tinta mis manos, reprimiendo con sus recuerdos mi anhelo. No presto atención a su presencia hasta que percibo su toque en mi cuello, el sueño concibo cuando él mis ojos cierra.


Aún recuerdo su voz, pero no un adiós. Todavía extraño su risa, aunque mi mente solo vague en los lamentos. Abrumado por sus memorias desisto de la despedida, aunque sé que una vez llegue la noche su cara habrá desaparecido, en mis sueños a ciegas le seguiré.


—Es momento de partir—desconozco el tiempo que ha pasado, no discierno el día de la noche, solo miro mis temblorosas manos mientras escucho sus plegarias.


Frente a mí se pasea la sombra de un desconocido, quien desea brindar lastima a un corazón incapaz de conmoverse. Finge humanidad y tras su coraza no hay más que penumbra, pretende comprensión y en sus ojos solo encuentro miseria.


—¿Me llevarás a casa? —su mirada se pierde entre la oscuridad, la ornamentaría que viste es de plata, recubierta de finas esquirlas, pero al igual que el humo su figura se vierte a través de las hendiduras del metal, siendo esa coraza lo único que lo mantiene unido.


—Estas en casa— Observo los muros, con mis pies hago crujir la madera, mi palma se desliza por las sábanas. Ajeno a la realidad siento las punzadas, entonces aquel ente se cierne e intenta levantarme. Este no es mi hogar, las pinturas en las paredes no son las mismas, la ventana solo me muestra oscuridad, rezo por el alba, Incluso el reflejo en el espejo se ha distorsionado.

—Entonces dime guardián de ánimas ¿Por qué no se siente más así? —no responde y no necesito que lo haga.


Tomo la mano de un extraño, quien ofreciéndome su frio toque me arrastra por las escaleras. Torcidos son los peldaños en los que mis pies tropiezan, endeble el fuego de las velas que a nuestro paso se apagan, lívida mi mente que no deja de girar mientras a las afueras su soneto resuena. Traen violines y guitarras, arpas, cítolas; ya escucho su fúnebre sinfonía.


Austeros acordes acompañan mi demencia, cada nota es un escalón, cada cuerda una voz. Ante mi aparecen cien sombras y cien inquietudes, con pálidas máscaras y finos guantes despojan a los muros de su rostro, retiran las pinturas y los retratos, ocultan los murales. Vacías yacen las paredes y atestadas mis memorias.


Al descender por la retorcida escalinata los veo husmear, sin culpa vierten la tinta sobre el delicado papiro, hurgan en los cofres, destrozan su habitación, ardiendo se halla la seda de las cortinas. Suplico mientras los lirios son consumidos por las llamas hasta que solo quedan cenizas cayendo cual lluvia.


Cuento siete escalones, de mi arrebatan los libros mancillando con su puño su letra. Cuento once más, los escucho murmurar arrancando las páginas sin remordimiento, relatan falacias en mi mente. Veintisiete escalones, de un lado a otro su esencia de mí alejan, de un modo u otro se va. A mi izquierda afilan sus espadas, infame la manera en la que sonríen cuando por mi lado caminan. Descarados empuñan las dagas, a mi diestra falsos cuadros colocan, al frente distorsionados rostros trazan.


Aquella canción no ha terminado, su tono se alza y las escaleras siguen girando ¿O es acaso mi atrofiada vista la que me engaña? En el centro de todo un oscuro pozo ha surgido, emanando de este incesantes gritos usurpando su coro. Hábiles los dedos que palpan las cuerdas del arpa, aunque su agudeza enloquece a mi corazón, continúo descendiendo por la escalera con este mi flagelo.


No sé si esta letanía proviene de las pinturas en los muros, sus labios parecen moverse mas engañarme quieren, ese hombre que han plasmado en los lienzos es un completo extraño sobre su cuerpo. Su semblante ha cambiado, sus ojos no son los mismos, en los retratos no hay rastro de sangre, han confundido los cuadros con espejos. He divisado a un desconocido e incauto su mano tomo, al cruzar las puertas un equívoco acorde final nos recibe. Y con el viento soplando y la tormenta asechando a su marcha he de unirme, recibiendo lastima de maltrechos rostros, aprensivo escapa el consuelo de temblorosos labios.


Al frente mi padre nos guía a la decadencia, su corcel es de cobre y acero, nacido del mismo fuego de su forja, el escudo que este día porta es de lirios y rosas, su arma es la senda por la que aquel incorpóreo ente nos lidera, su discurso se convierte en el silencio, su bravía en mis sollozos. Su féretro sigo esperando alcanzarle, trato de retenerlo, pero con cada paso que doy se aleja más.


Al adentrarme en el cementerio, recibo sus condolecías, pero nada cambia. Recibo su lastima, pero el dolor no desiste, imploro misericordia no obstante sus pensamientos no abandonan mi mente, las evocaciones aún están allí ¿Por qué no pueden irse como él ha hecho?


Su sangre ha pintado los cielos, acompaña la ira a la brisa, su eco resuena mientras los vientos mecen la hierba. De las escarlatas copas caen las hojas que sobre las tumbas reposan, de pálidos tallos se desprenden los pétalos que sus nombres ocultan, marchitan ante la frialdad de la piedra, desisten al presenciar la muerte. El cantico de los mártires es insufrible, vierten en mi llanto sus falacias, auguran compasión en su miseria, relatan sus voces mi demencia concibiendo su cordura como mi verdad.


Cabalga mi padre sobre tumbas y destrozados ramos, dejando su huella en la humedecida tierra y su trotar el cielo se oscurece. Tras rezar y llorar aun me niego, no volveré a ver su rostro, y no anhelo verle en mis sueños. No deseo despertar sintiendo la soledad, pues condenado estoy a afrontar la realidad.


Sobre la marchita hierba caminamos, no sabemos a dónde nos dirigimos, pero es el único camino así que no podemos perdernos. Al frente el ánima, detrás el rastro de incienso, al fin han callado sus canticos pues el sendero es largo y no me place seguir escuchándolos. Avanzamos más lento al encontrarnos con majestuosas columnas y sombríos mausoleos, hermosas criaturas esculpidas en lo alto, afligidos seños tallados, acomplejados semblantes observándonos cabizbajos. Tratan de representar la vida sobre los restos, la opulencia que emana de las ruinas es innegable al igual que el final que a sus pies yace, junto a los disgustados carroñeros que husmean entre las tumbas.


Cubren la piedra negras mariposas creando en nuestras mentes la ilusión de que los pilares están formados de infernal ónice. Nos detenemos al divisar su figura a lo lejos reposando en la punta de un mausoleo como la enrome silueta de un ave retorciéndose. La vista no aparto, pero a la distancia esa sombra también me vigila descarada. Sin embargo; las indefensas criaturas que se apegan a las columnas se marchan apenas llegamos, se alzan en el cielo, su aleteo provoca la brisa revelando los grabados en la piedra, y como si la última luz del día las estuviera consumiendo se pierden en el tenue firmamento. Oscureciendo por un momento la tierra y sacudiendo nuestras ropas el viento de sus alas, se alejan las carroñeros al igual que las mariposas.


Nos rodean las columnas, al centro se halla un pedestal que en absoluto es funcional, no hay palabras o consuelo suficiente, no existe un discurso al cual atender mientras él cruza aquel arco ingresando al santuario y cerrando las puertas tras su llegada. Parece derrumbarse a causa del estruendo, pero perdura su esencia bajo destrozados ventanales y rosas marchitas.


En silencio transcurre el atardecer, silente admiro el sol ocultarse, sentados alrededor del corcel aguardamos el alaba, mas nadie esperaría tanto, uno a uno se marchan sin decir una palabra me abandonan. Nada queda cuando las velas se apagan, nadie excepto la sombra que a la distancia se halla. Sin importar el frio ni la penumbra allí permanezco, no me atrevo a marcharme ¿Cuál sería la diferencia después de todo? La soledad esta aquí y en casa me espera.


El cosquilleo en mi mejilla, una mariposa camina con libertad en mi rostro mientras los pilares se vuelven a cubrir de las hermosas criaturas que en calma desean dormir, todas excepto aquella que en mi mejilla yace, entonces en mi dedo se posa. Puedo asegurar que no la he tocado, juraría que lo hago con cuidado, pero cuando mi corazón comienza a latir con prisa, la criatura se disuelve como ceniza manchando mi mejilla y al tentar las columnas todas las demás en polvo se transformaron cayendo sobre mí una gran nube que me ciega. Ni la luz de la luna atraviesa tal sombra, cubierto por completo y repleto el suelo de su esencia la veo, más allá de la bella silla de cobre, más allá de los lirios allí esa sombra me asecha.


Se alza y observo la forma de sus piernas, sus alas extendiéndose al igual que sus largos brazos. Desde aquí miro sus afiladas uñas, en esta penumbra no logro ver más, pero siento su mirada y a quien más observaría si solo permanezco. Entonces sus garras en su boca se adentran exhalando de entre sus labios un extraño humo que desata tinieblas. Espesa la bruma que envuelve al cementerio, las tumbas se desvanecen a cada respiración, las columnas ya no son visibles, solo su sombra y nada más.


Su mano sigue uniéndose en su boca y sus garras y ásperos dedos siento a través de mi garganta. Levantan mi piel sin dejar lugar a mi respiración, desgarrando mi carne, mi tembloroso cuerpo trata de resistir la sensación, entonces, en mi piel percibo su doloroso toque pasando por mi interior cual cuchillas arrebatándome el aliento. Jadeo mientras corta mi garganta, empujando sus dedos hasta que su rugosa palma toca mi lengua.


El horrible sonido de su mano hiriendo mi interior, la vista de aquel brazo levantando mi piel. Sus asquerosos dedos pruebo cuando toman mis dientes abriendo así mis labios, dejando que su largo brazo se abra paso desde mi garganta hasta el exterior como si de mi último aliento se tratara. Paralizado observo su mano salir de mi boca, su putrefacta piel colgando, su corrompida palma tienta ansiosa mi piel, sus dedos rasgan mi nariz. La agrietada carne de su brazo no parece terminar, cubiertos de hendiduras y profesas cicatrices su sangre en mi interior derrama, escurriendo su sucio elixir en mis venas hasta salir por medio de mis labios.


En mis entrañas resiento las punzadas cuando algo se agita por mi estómago y que más seria si no su ruin sangre irrumpiendo en mi ser. La piel de mi cuello se tensa con cada palpitar hasta que sus largos dedos se arrastran hasta mis parpados y lo último que soy capaz de divisar son sus garras cerrando mis ojos, llenándome de impotencia hasta que la oscuridad me envuelve.


Sueño con el pasado y no deseo escapar, aferrándome a vacíos palacios soy prisionero en falsas evocaciones. Creo percibir el rocío, incluso ver el amanecer, todo es una mentira que me hace feliz. Entonces los muros caen y con fuerza mis ojos cierro. Tratando de sonreír de cualquier manera, pero las dichosas lagrimas se deslizan por mis mejillas, y alguien más las limpia.


Al principio solo escucho el viento, pero este atrae incomprensibles ecos, creo escuchar su voz, pero es su cantico lo que me impide mirar, solo escucho sus pies arrastrándose. Lloro cuando comprendo que no soy capaz de hablar, y un extraño retiene mis lágrimas. Tiemblo debido al temor de su toque, al regreso de su soledad, aterrado ante el retorno de una tristeza que era la mía.


—No puedes dejarme atrás—su áspera voz, su frio toque, no me dejaría engañar, sin importar el afecto en sus palabras soy capaz de recordar el desdeño de sus garras—Añoras una despedida ¿No es así? —pero como podría escapar, a veces creo que es parte de mí, incluso puedo imaginar sus horribles dientes, su falaz y mordaz sonrisa, sé que muerde su jodida lengua al hablar.


—Tal parece que tú no eres buena en ello—hablo por un momento pensando que era la voz en mis pensamientos. Callado oigo el crujir de sus huesos y la saliva siendo vertida de sus labios uniéndose a mis lágrimas.


—Al igual que tus vástagos—mi cabeza palpita, no quiero sentirme de esta manera, pero no desiste, sus murmures no cesan y en mi voz transmutan, su insolencia me agobia, no hay nadie más a quien prestar atención, todos han elegido irse.


—Algún día quiero decirte adiós—mis susurros le alientan, estoy cansado y su corazón late vigoroso estremeciendo el mío.


—Solo el cielo queda, pero inalcanzable es para un alma mortal como la tuya— no es la primera vez que el pensamiento atraviesa mi mente, pero podría ser la última ocasión—Conozco un camino que te guiará hasta allá.


Tentado por sus promesas acepto, seducido por la fragancia cuyo aroma me hace olvidar el dolor avanzo. Nunca descubro quien esta tras esa voz ¿Es acaso mi conciencia o mi inquietud?


Despierto con la sangre derramándose en mis labios, con la marca de sus garras en mi cuello. Sin embargo, su figura y su voz se han ido, dejando en esta tierra su bruma. Pálido mar que todo lo ha consumido se derrama por las columnas, cae de los árboles, siento su frialdad mientras sus aguas corren. Al igual que el océano rugen mientras inmensas olas se alzan arrastrándome impasibles corrientes hasta la ciudad, cubriendo el sendero, crean estas un gran rio de neblina, llevándome lejos de su sombra.


Agresivas corren las pálidas aguas, acarreando los pétalos caídos y hojas secas. No importa si me hundo, nada es visible más allá de la espesura. No trato de nadar en su contra, en cambio, en silencio me dejo llevar. Quizá mis labios la verdad desean desvelar, pero decido callar como lo hice antes y aguardo el eco de ese residente grito en mi interior como siempre lo he hecho.


Envuelto en la bruma viajo hasta un sosegado y helado reino, un lugar donde todos corren con los ojos vendados, siendo este sitio poseedor de un cielo gris y retraídos pobladores. Espesa niebla se derraman por las viejos edificaciones y los retorcidos árboles, el viento brama sin pena, trayendo a mí el dulce olor del pan, cálido humo proveniente de una canasta la cual pertenece a un hombre dándome la espalda.


Las personas caminan limitándose a observar, sin emoción en sus petrificados rostros, pues sobre sus luceros vendas se han colocado. Asegurándome de ser sutil me acerco al panadero e intento hablar con él, mas no se gira, grito y nada cambia, pero una vez su hombro toco la ira surge. Mi respiración viene y se va, el agotamiento es evidente, mas sus gritos aun me persiguen. Corriendo por sucios callejones, una puerta se abre, en medio de la penumbra su chirrido escucho, al ver la fachada de la torre mi hogar rememoro.


Al adentrarme encuentro oscuridad, al tratar de escapar la puerta se desvanece entre las sombras. Viéndome condenado a su reposo por la casona vago, tropezando con un enorme candelabro que yace en medio del salón. Trozos de cristal esparcidos por el suelo, cruje la madera bajo mis pisadas, y frente a mí una vieja y deteriorada chimenea de halla, sin embargo; podridos leños le alimentan. Imposible avivar las brasas cuando el viento se adentra por medio de las grietas de estos corroídos muros.


Todo está cubierto de polvo, incluso aquello que se halla bajo las telas, mugrientos paños protegiendo deteriorados muebles. Sin más dilación me dirijo a la cocina, que intestada de alimañas y de repulsivo hedor me recibe. Se anidan las asquerosas criaturas entre la sucia vajilla, caen a montones de los muros, putrefactos los frutos dentro de las cestas, repletas de eses las aberturas del piso. No avisto a las ratas que chillan imprudentes, pero siento sus patas mientras roen los tablones bajo mi planta.


Camino hacia el comedor, basta con cruzar un arco para ver la sala intestada de telarañas que comienzan a apegarse a mi ropa, las arañas se retuercen por los techos, se adentran en las hendiduras. No pasa mucho hasta sentir a esas alimañas trepando entre mis piernas, recorren mi brazo dejando un frio rastro, se esparce en mis ojos el polvo y esos filamentos que cuelgan por todas partes se adentran hasta mi pupila. De inmediato me alejo regresando a la sala pues más allá solo penumbra diviso, ni la luna o el viento se atreverían a marchar hasta aquellos rincones.


Retrocedo y aun quitándome aquellas infelices arañas me reconforto con un inexistente fuego. Entonces el viento sopla y me hace sentir pavor, como un escalofrío en mi espalda y mientras la luna irrumpe por un instante en la habitación mi aliento me abandona, pues juraría haber visto manos bajo los velos. Apenas trato de razonar el resplandor se abre paso una vez más y conforme la luna se mueve, lo mismo hacen los moradores de este su hogar.


Sus dedos se revelan bajo los paños, y con el rugir de un tifón, las sombras en los muros se elevan. La corriente me empuja austera y las telas levanta formando así sus largos vestidos en las paredes, la brisa le da voz a sus murmures. Las sombras caminan por el comedor, en el vestidor bailan un sombrío son. Los veo deambular en la cocina, sus siluetas en el tapiz preparando magno festín, mas a su sombra se halla la miseria servida en la mesa. Alzan las copas derramando el vino, así sus voces llegan a mis oídos enalteciendo mi demencia, provocándome dudas acerca de mi tambaleante cordura.


—Por supuesto es un simple viento, es el resplandor de la noche y mi soledad atrayendo al delirio—susurro tratando de convencerme, pero sus risas se resbalan entre el revestimiento, vacío me siento, despreciado equiparable al arcón sobre el cual dos figuras reposan—No es confusión, la escena frente a mí no ha sido provocada por mi frágil razón—admito permitiendo a mi corazón liberar el miedo, un pánico incontrolable que por un instante me paraliza.


Es mi anhelo de compañía su presencia, surge en el vendaval mi locura, sus festejos son delirios y gritando los llamo, mas sus vitorear es alegre y a quién le interesa la tristeza de este sucio pagano. No callarían hasta que lo aceptara, no vendrían si yo no avanzaba, pero aún queda en mí temor, miedo a demostrar mi sentir. Mientras recibo sus burlas, no anhelo lastima, quizás al quebrantarme me harán tomarla.


–Sometido a su riguroso juicio grito sin parar al desgastado tapiz. Lloro y me lamento, su voz no hace más que acrecer. Ya que esta es mi tristeza y este mi patético lamento, entonces importancia no le darían, si en ellos no desataban este vil tormento.


Basta un estruendo para esclarecer la sombría estancia, difusas otras tres figuras concibo surgiendo debajo de las telas vistiéndolas cual velos. Retrocedo imaginando que pronto despertaría, sin embargo; mientras la luz iba y venía su infecta piel queda al descubierto. Con cada resplandor se aproximan, con amarillentos dientes sonríen, traslucida humanidad que denota la muerte resaltando así sus huesos y ampollas. En mi mente solo queda la idea de escapar, miro las puertas cerradas, desesperado por encontrar un lugar para la soledad y así tras un destello más una escalera logro divisar. Las siluetas aun rondan, su presencia me transforma en la sombra, aquella que tambaleante y presurosa asciende por los apenas visibles peldaños. Nos soy precavido, quizá me han visto, tal vez me han llamado, pero siendo controlado por un desmesurado pavor solo anhelo regresar al silencio.


Recorro la prominente escalinata sin siquiera sostenerme de la barandilla, uno a uno la oscuridad sube los escalones, me pisan los talones. Siento escalofríos, su toque helado palpa mis pies, consumiendo todo a su paso en oscuridad yace el salón, callando susurros la penumbra solo silencio deja, deleitándose de mi desesperación me permite avanzar.


He llegado arriba y nada queda bajo mi planta, silente pasillo que recorro, simple madera decorando los arcos. Finas molduras talladas, elegantes lobos labrados sobre mi cabeza, estrecho es el pasadizo y lo único que al final espera es una roída puerta.


Camino sin prisa esperando el amanecer, escuchando la lluvia caer, me sobresalta una gota que en el piso se estampa, entonces pisadas tras las mías escucho. Paseo con lentitud y al prestar atención desiguales pasos resuenan, avanzo con más prisa y un aparente eco me sigue, así que decido detenerme para escapar de mis dudas, nada, solo silencio. Salto al oír un trueno, y mis ojos abro al observar mi silueta, encadena mi muñeca a ostentosa cadena, temeroso sigo su origen, nada además de oscuridad.


Deben ser mis delirios, tal vez es el cansancio, pero nervioso estoy y no anhelo más que llegar a tocar el pomo de la puerta. Apresurado y con largas zancadas a este me aproximo, los pasos detrás mío regresan.


—No es nada, debo estar desvariando— pronuncio y calmo recorro el largo corredor, pronto las escucho otra vez, estrepitosas pisadas y sus ecos ensordeciendo mis oídos—Ha de ser el viento o la tormenta, no es nadie más que mi demencia—me detengo para recuperar el aliento, atento a cualquier sonido , mero sosiego llena mis oídos, quieto y sigiloso permanezco, entonces sus pasos se vuelven rápidos, la madera cruje, chirrían los tablones, destellan los luceros de la lluvia revelando una sombra a la cual estoy atado.


Encadenado a singular doncella, quien oculta su rostro en un harapiento capuchón y de su interior cientos de hilos se desprenden formando sus cabellos. Los eslabones me guían hasta ella, en la pared miro nuestras sombras unidas, entre la oscuridad le escucho jadear, finas hebras salen de su barbilla y en sus labios sobresalen las puntas de las agujas que los sellan. Debajo de su piel se mueven los alfileres pinchando y levantando su grisácea corteza, sus resuellos se intensifican provocando que su mandíbula no pueda quedarse en su lugar.


Chasquean sus dientes, resopla vertiendo en mí su pútrido aliento, quizá son mis piernas las que tiemblan y mi entorpecida respiración la que me condena. Débil se balancea, a pesar de ello, sus pisadas quebrantan los cielos ocasionando relámpagos cuyos destellos encienden poco a poco sus ojos y delatan sus asquerosas manos. Con lentitud avanza, pero apenas retrocedo con vigor embiste, acercándose con largas zancadas, se desvanece en la oscuridad y retorna al unísono del vendaval. Al fin alanzo el pomo, abro la puerta y tan pronto la cruzo pongo el cerrojo, cayendo al suelo cuando aquel malicioso ser choca con la madera.


—De cualquier forma, entraré—la escucho decir afuera del dormitorio, con un tono risueño, pero áspero.


Frágil luce la cama en medio del cuarto, mas asustado sobre esta me tiendo. Polvorientas son las sábanas en las que me hundo, mirando por debajo de la puerta su sombra, acoplándose a la tormenta su voz. Todavía empuja y la ventana tras de mí no es suficiente para dispersar la penumbra.

—He rezado por sosiego, cierto es que tú no auguras tal paz. Entonces dígame, señora mía ¿Cuál es el motivo de su visita? —por un instante me alegro pues no hay nadie llamando a la puerta, pero un golpe pone fin a mi dicha.


—Soy yo lo único que vendrá, sin importar cuanto clames o llores nadie más acudirá. Me has convocado y, de cualquier forma, entraré—es terca y desafiante, nada que necesite en estos momentos, es locura para mis delirios, frio intensificado el desamparo.


—Nunca invitaría a nadie a esta mi agonía, jamás alguien se adentraría en este mi pesar. Así que puede marcharse, pues no anhelo confundir el consuelo con falacias otra vez—ruego para que parta y me deje en paz mientras mi corazón resuena sin cesar.


—Entonces permíteme entrar ya que hasta aquí he llegado. Escúchame, sé que esta vez podemos terminarlo—no respondo y eso la enfurece, caen las astillas ante su ímpetu, me escondo bajo las telas creyendo que eso me protegerá de su furor—¡Atiende mis amonestaciones ya que has decido callar! Oculta la llave o juega con las cerraduras, sé que esperas a que alguien llegue, pero aquí afuera no hay nadie más, así que sigue sujetando el cerrojo e intenta gritar con fuerza pues, de cualquier forma, entraré— dice de nueva cuenta, y me hace querer llorar, no habría mayor alivio para mí que el de sus pisadas alejándose de la puerta.


—Añoro la soledad a la que me he acostumbrado, ese silencio que me calma, esta helada habitación que me abriga— mis ojos han comenzado a cerrarse, pero esta insistente entidad no me daría tal sosiego, tan inquietante como las dudas en mi cabeza me mantiene en vela.


—Eres tú quien me ha invitado a su morada, pues tu inquietud me llama y tu desesperación me incita—no calla ni se marcha. Nadie fue tan insistente, solo ella, esa sensación que siempre viene cuando nadie a mi habitación entra, sin importar cuan fuertes sean mis gritos— Podría repetirlo toda la noche, pero he de advertirte una vez más, de cualquier forma, entraré.


—Y ahora soy yo quien cierra la puerta—cansado me encuentro, deseo dormir, añoro el lejano sueño y la apenas palpable realidad ante mis luceros—Si así lo deseas irrumpe de una vez, este no es mi hogar, así que tal vez encuentres una mejor forma de entrar— he lidiado con las voces en mi cabeza por tanto tiempo que ya no reconozco la mía.


Estoy harto de su terquedad, estoy asustado por su preocupación, nadie había venido a mi puerta con tal insistencia o interés, pero no abriré aquí no hay cabida para su compasión, no creeré en la piedad. El caos tras el cristal, la ventana solo me muestra un diluvio eterno, me rindo al sueño demasiado agotado para seguir, ignorando el dolor en mi brazo mientras la mujer tira de la cadena que ha quedado tendida bajo el marco de la puerta.

27 de Octubre de 2021 a las 00:04 0 Reporte Insertar Seguir historia
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