eric_morningstar Eric Morningstar

Vivimos en un mundo hecho de tierra y polvo; nuestros cadáveres se volverán uno en el desierto. Esta es una compilación de historias cuyo objetivo es afectar directamente a la pequeñez humana, a su cruda y pasajera existencia. El horror monstruoso y aquél que habita en el más allá, será el que conforme estos textos. Y Dios, casi eterno espectador, sonreirá ante nuestro sufrimiento.


Horror Literatura de monstruos No para niños menores de 13.

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Preciosos Ojos Azules

Jessica observó los ojos azules de su esposo, impedida de no hacerlo. Gustaba de verlos cuando hacían el amor. Él arriba y ella abajo; un hombre lobo y una lujuriosa dama. La comparación era certera, pues su amado estaba cargado con un físico muy bien trabajado, además de una cantidad abundante de vello corporal que la ponía bastante… cálida. No obstante eran sus ojos los que realmente la apasionaban, aquellos que nunca podría abandonar. Profundos y salvajes, pero también adorables y cariñosos; a veces, inciertos. Un cosquilleo le recorrió la espina cuando esa bestia —aunque no por eso menos encantador— la hizo llegar al orgasmo. Ni por un segundo pudo desprenderse de aquellos faros de hombría, brillantes en la oscuridad; ella misma sentía ser tan animal como él. Un gato, quizás.

Siguieron un rato más, jugueteando, dejando que sus cuerpos descansaran, fundiéndose en sudor y calor. Era una noche curiosamente acogedora, caía una llovizna fría como el infierno y el clima parecía no estar de humor. No era algo que molestara a Jessica, de hecho el sexo había sido fabuloso gracias a eso, logró que el acto fuera más íntimo. Esa situación era la mejor que podía tener en ese fin de semana. A sabiendas de que a la mañana siguiente podían levantarse cuando les diera la gana, sólo quedaba disfrutar de la soledad y la oscuridad que los abrazaba en la casa.

Una hora más tarde de su fabuloso clímax, con él durmiendo y el recuerdo de sus ojos enfriándose, el chisporroteo de la lluvia se hizo más intenso; relámpagos empezaron a iluminar la habitación y truenos se escuchaban muy a lo lejos. Pensó en lo divertido que sería despertarlo de nuevo haciendo una visita a su entrepierna. Reflexionando sobre si él preferiría seguir durmiendo el resto de la noche o si tendría energía de sobra para otras tres horas de maratón, se colocó boca arriba en la cama, observando la cúpula de cristal que componía parte del techo. A la hora de escoger cuál casa comprar, ella pensó que aquel ventanal sería mejor que una monótona lámpara, y a su criterio, no se equivocó.

Una pequeña figura caminaba en círculos por encima del vidrio. Al principio se congeló de miedo, con la sangre atorándose en su pecho, pero un segundo después se calmó al advertir que aquello se parecía mucho a un gato, en especial por la manera que tenía de moverse, muy fina, muy elegante, y un poco también por la forma de la figura, aunque no podía verla muy bien debido a la oscuridad. Era grande, eso sí.

Interesada, se quedó viéndolo un rato, entonces el círculo que aquello trazaba empezó a desdibujarse. Pudo ver el brillo blanco de sus ojos gracias a las farolas de la calle cuando la miró a ella. Aquel gato, de pelaje blanco, parecía también haberse interesado: se sentó en el cristal, observándola, desnuda como vino al mundo, y empezó a mover la cola como si fuera a saltar sobre un ratón. En dos ocasiones pasó la mirada al marido durante unos cuantos segundos, para luego devolverla a ella, como si intentara descifrar la relación que había entre ellos y por qué estaban desnudos, destapados y despatarrados como si, al contrario de todo humano que hubiera conocido, ellos fueran distintos. Pensar en eso le hizo gracia, y la hizo sentir bien.

Acostumbrada a los animales, no le molestó que uno ajeno la mirara con tanta fijeza. Simplemente volvió a ponerse de lado en la cama, retomando sus deliberaciones nocturnas. Fue con el primer relámpago que la sombra del animal se magnificó sobre toda la habitación; ella cayó en la cuenta de que el gato estaba afuera debajo de la lluvia. Despertó a su esposo, tenía miedo de que le ocurriera algo o que se enfermara, el clima se había puesto muy agresivo. ¿El hombre qué podía hacer? Si bien le molestaba que ese animal fuera lo suficientemente estúpido como para no moverse, prefería ir a buscarlo él mismo que tener que ver la mirada de ángel desamparado de su mujer. Así que ahí fue, vestido, obvio.

Ella se quedó sentada al borde de la cama, desnuda, le tenía miedo a las alturas, pero ya preparaba una compensación acorde. Esperó un buen rato, moviendo los dedos de los pies. Miró el ventanal: la tormenta empeoraba y el gato no se podía ver por ninguna parte. Era grande, enorme, raro («¿A qué gato le gusta la lluvia?») y demasiado adorable como para no rogarle a su chico que lo adoptaran. Una rama gruesa golpeó la cúpula, haciéndola vibrar; cuando ella debería haber pensado, irritada, en ese vecino idiota al que le habían pedido quién sabe cuantas veces que podara su idiota árbol, lo que hizo fue pensar que ahora sería su pareja a quien le sucediera algo malo.

Se mordió la uña del dedo pulgar e intentó buscar con la mirada su ropa por el suelo, ayudada con la luz de la luna llena. la puerta empezó a abrirse, sin embargo, y aunque fue una sorpresa, lo hizo lento, chirriando, precediendo a dos pasos sigilosos que penetraron en la oscuridad. Ella levantó la mirada y vio la figura ensombrecida de su esposo en el marco de la puerta, cargando con un bulto bajo el brazo y rematada por sus dos grandes ojos azules, brillando con fuerza. Enorme fue lo primero que pensó, y aquellos faros atravesaron sus huesos. Y como si aquella preocupación ahora zanjada fuera alguna especie de afrodisíaco, rápidamente su pecho se llenó de calor: los había visto incontables veces y aún en esas circunstancias abrió las piernas para él sin darse cuenta y se tendió en la cama.

Él se acercó a paso suave. Eran claras sus intenciones y las de ella de seguirle el juego. Dejó el bulto frente al pie de la cama y se arrastró hacia ella. Suponiendo que había hecho un buen trabajo rescatando al gato y envolviéndolo en una toalla, sólo quedaba agradecerle:

—El héroe viene por su recompensa —le animó, en tono picante y abrazándose a su cuello cuando se le vino encima.
Usualmente empezaban con un beso largo, pero cuando intentó iniciarlo, él no movió la cabeza. Lo miró a los ojos, buscando una respuesta, y el salvajismo que había en ellos le dijo que debía prepararse. Algo confusa e intimidada también, sin poder decir que eso no le gustara, bajó una mano hacia su pecho para aguantar la embestida... Sus dedos se hundieron en un pelaje áspero y mojado, abundante, sucio. Su sangre volvió a detenerse en sus arterias. Y mientras gemía el nombre de su esposo, otro relámpago iluminó la habitación.

La cabeza de su esposo, pálida y rasguñada, con los ojos desorbitados, le sonreía obscenamente de oreja a oreja, salivando sobre ella, y detrás, una enorme cola de gato blanco revolviéndose, como si aquel monstruo estuviera listo para devorarla.

8 de Noviembre de 2021 a las 21:17 0 Reporte Insertar Seguir historia
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