oscarmjordan Oscar M. Jordan

El tiempo no es amigo de cualquiera, parece que lo elegimos así, sin embargo, es él el que decide a quién confesarle sus más íntimos secretos.


Cuento Todo público. © Oscar M. Jordan

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Cuento corto
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CUANDO EL RELOJ SE DETIENE

La magia, como la música, posee un lugar especial en el corazón de todos aquellos quienes han decidido creer, la voluntad humana encuentra un bloque de confort digno en ella, la misma que la abraza, guía y consuela. Las convicciones por creer difieren entre personas, cada una de ellas resulta ser un universo completo regido por sus propias leyes, atinar a una generalización fidedignamente completa sería una falacia detectable a kilómetros de distancia, sin embargo, Miguel aun no comprendía por completo esa especial parte de su ser; creer confería un sinnúmero de posibilidades y atinar a cuál dirigirse era agobiante. La noche en la que llegó al viejo, pero muy bello pueblo, notó el enorme cambio de ambiente al cual estaba acostumbrado, la ciudad era cómoda, pero conflictiva.

Entre focos de colores, música y mucha actividad, la feria se daba lugar en la zona centro del pueblo, las risas de unos cuantos niños eran capaces de escucharse a cuadras de distancia. Cargando su enorme maleta procuró no herir las llantas, que sabía, podían ayudarle en otro momento, el piso deforme por enormes rocas esparcidas por el espacio lo obligaron a hacer uso de su fuerza, misma que, por cierto, no era mucha.

Al ritmo de siete ángeles españoles, el grupo encargado de dotar ánimo a la feria pausó su intervención, en el escenario subió el alcalde, un veterano regordete, trajeado con aquello que seguramente había durado mucho tiempo alojado en su guardarropa, con su prominente bigote saludó a los lugareños con una introducción política; las oportunidades se aprovechan en todas las ocasiones, cosa que aquel hombre enorme por los lados entendía casi a la perfección.

—Damas y caballeros, esta noche celebramos la conmemoración de la más importante de nuestras tradiciones, una que nos inspira unión, felicidad y diversión. Puedo escuchar a un montón de chamaquitos deseosos por que llegué la hora y, ha llegado.

El alcalde levantó sus enormes brazos, Miguel desde la distancia distinguió el brillo en su placa que lo caracterizaba, además, como uno de los mejores policías del municipio en sus mejores años de vida. El banderazo sucedió al compás de su voz gruesa y mormada.

—Declaro los juegos mecánicos inaugurados.

El pueblo entero esbozó al unísono un alarido de alegría y la velocidad de por lo menos la mitad fue digna de verse directamente, el fervor era tal que los padres se sumaban al sentimiento común, aquel que definitivamente tomaba más fuerza entre más se le contemplaba, un escalofrío recorrió la piel de Miguel, jamás en su vida había visto algo semejante.

—¿Juegos mecánicos? —se preguntó él en voz alta sin temor a ser escuchado, la música había reiniciado su espectáculo y un cúmulo de fuegos artificiales se hicieron presentes en el cielo nocturno.

Acostumbrado, desde siempre, a la vida en ciudad, Miguel no terminó de convencerse de que unos cuantos juegos rechinantes adquirieran tanta importancia. Las vacaciones obligadas se tornaban cada vez más extrañas, desde su perspectiva. La sensación que le acompañaba era la misma que estremece el cuerpo cuando se sabe no encajar en el ambiente, exactamente la misma que sacude los sentidos cuando todo el alrededor de nosotros puede ser extrañamente diferente; como Alicia en el país de sus propias maravillas.

Las chispas de colores en el firmamento no se detuvieron al cabo de algunos minutos, una ligera lluvia caía desde arriba, tan ligera que apenas podía sentirse, Miguel fue capaz de oler la deliciosa comida que adornaba cada rincón de cualquier calle por donde se parase a contemplar el espectáculo de música que nacía desde el centro del pueblo, en aquella glorieta en donde emergían las calles hacia cualquiera de los puntos cardinales. Si se le ponía más atención, las líneas de piedra se prolongaban formando una enorme estrella y en su centro un enorme reloj mecánico tan viejo como el Sol durmiente.

—¡Bienvenido! —gritó un hombre cerca de Miguel saludándolo; un perfecto extraño.

—¿Me habla a mí? —contestó confundido.

«No sabe ni quién soy», pasó por la mente de aquel que cargaba aún su gigante maleta.

—Por supuesto que sí, nadie que en estos días se vea cargando semejante mochila puede ser un lugareño. ¡Ven!

El sujetó animó a Miguel a seguirle hacia el centro de la glorieta, hizo falta sujetarle de un brazo sin fuerza para ayudarle a lidiar con el cúmulo de gente alrededor escuchando la batería golpear su bombo, a la guitarra declarar sus notas con cada cuerda, y a las trompetas reclamar su dominio a cada gran soplido. Los integrantes del grupo poseían una sincronización envidiable, una esplendorosa, si y solo si, se les veía tan de cerca, algunos espectadores bailaban sin sentido debajo de las gotas que caían de cielo y algunos otros movían el cuerpo junto a su familia.

Un estruendo hizo dar un saltó a Miguel, quien nervioso, se aferró a su equipaje.

—Tranquilo, hombre, es solo la oruga —uno de los muchos juegos que, al elevarse, producía un sonido espantoso para quien lo escuchara por primera vez.

Aunque los turistas parecían ser muchos, quien verdaderamente se quedaría un tiempo allí era Miguel, dentro de su trabajo y obsesionado al borde de lo enfermo por su trabajo, fue recomendado a tomar vacaciones, unas obligadas estrictamente, y aunque al principio se negó, la idea de descansar sonaba, después de todo, a una excelente idea.

Los nervios en el rostro de Miguel se difuminaron al convencerse de que no había nada que temer, estaba en el lugar correcto en el momento correcto, uno bastante escandaloso, pero disfrutable al final del camino. El sujeto extraño que lo arropó se encargó de darle un recorrido por las inmediaciones sin salir de los límites de la celebración.

—Esto lo hacemos cada cinco años, ¿puedes creerlo?

—¿Por qué esperan tanto tiempo?, pueden hacer exactamente lo mismo todos los fines de semana si se lo proponen.

Quien se convirtió en su acompañante sonrió.

—El año del reloj solo es cada cinco años, algo así como las olimpiadas. Por cierto, qué mal educado soy, mi nombre es Sebastián, discúlpame, es que te he visto tan nervioso caminando solo que no pude evitar llamarte a explicarte qué es todo esto que ves, comprendo que las primeras veces son las más importantes, las primeras impresiones lo son.

Después del recorrido y de las exposiciones de Sebastián, Miguel quedó casi completamente maravillado, pero había un detalle que aún no comprendía. A lo largo de sus andares por los complejos más importantes del pueblo no fue capaz de ver una sola iglesia, ni un solo templo de fervor humano en el que se refugia la fe, extraño dados sus conocimientos de lo que significa ser la vida en un lugar como ese.

—¿Qué tiene de especial ese reloj? —preguntó Miguel señalando a la enorme y colosal estructura quieta y sin movilidad alguna en ninguna de sus manecillas unidas a su centro.

—Ese es nuestro reloj, hace décadas que está descompuesto, pero hemos aprendido a celebrar su esencia, lo que representa.

—¿No se les ha ocurrido arreglarlo? —Miguel se hallaba con un millón de preguntas sobre la punta de su lengua, Sebastián lo entendió, después de todo, cada uno de los turistas preguntaba exactamente lo mismo.

—Por supuesto que sí, hace algunos años dejamos de intentarlo, algo tiene ese viejo reloj que no quiere ser compuesto, ¿sabes?, han venido muchos muchachos foráneos con aires de grandeza, pero ninguno ha conseguido consumar su tarea.

La obsesión por el trabajo se encendió desde uno de los recovecos más profundos de Miguel y por un momento considero excelente la idea de retar a los eventos que le sucedían y con orgullo pronunciar: dótenme de las herramientas necesarias y ese reloj volverá a funcionar en un abrir y cerrar de ojos, pero la prudencia pudo un poco más y evitó realizar cualquier clase de comentario que involucrara su trabajo. Los sonidos de la ciudad eran opacados por la música country y las risotadas de cualquiera pasar a su lado, Sebastián poseía un ánimo particularmente especial y acogedor.

—Aquí se habla mucho de lo valioso que es nuestro tiempo aquí, en esto —hizo énfasis en señalar su torso—; nuestro cuerpo, la esencia de nuestra existencia se encuentra resguardada en nuestro cuerpo como una especie de cascarón; lo que hacemos en esta vida determina la especialidad de nuestro espíritu. Este reloj representa la sabiduría en forma de manecillas mecánicas y aunque descompuesto aún lo respetamos y lo celebramos. Cada cinco años el pueblo entero se reúne y como has podido ver, se dedica a disfrutar el tiempo que se nos ha obsequiado.

Los oídos de Miguel no terminaban de dar crédito a las palabras del lugareño, había escuchado las historias de aquellos pueblos religiosos venerantes de una deidad, pero jamás de un reloj viejo y sin funcionar, la curiosidad tocó la puerta como una visita inesperada y necesitando ver más de cerca cruzó allá en donde el baterista golpeaba los platillos con entera determinación. Poniendo una de sus manos sobre uno de los enormes tabiques que conformaban la enorme estructura sintió los golpeteos del bombo resonar a través, algo especial en sus manos se adentró a su cuerpo tan pronto como su tacto distinguió las irregularidades de la piedra.

—¿Especial, no es cierto? —le preguntó el representante de la banda local amén de un grito natural para hacerse escuchar siquiera un poco.

Abrazado por el escándalo ameno, Miguel respondió solo asintiendo con la cabeza, todo estaba transformándose en un cúmulo de detalles que no podía explicar, dentro de su psique pronunciaba que todo debía obedecer a una razón de ser, a algún motivo lógico que determinara el actuar de todos y cada uno de los acontecimientos de su vida y, aunque solía funcionar, esta ocasión no fue el caso, para bien o para mal, el destino se encargó de adentrarlo a aquel pueblo de gente especial y postrarlo frente al gran reloj, majestuoso de únicamente verlo e imponente de sentirlo.

El alcalde una vez más, tomó la palabra. El grupo musical cesó.

—Espero que todos ustedes estén teniendo una noche maravillosa, desafortunadamente estamos a punto de terminar con nuestra feria —un quejido colectivo se dejó escuchar—, pero no se preocupen, esto no quiere decir que sea el fin, un lustro más será el que pase antes de volver a hacer realidad nuestra feria. Este año puedo ver caras nuevas, muchas más que en años anteriores, la magia de nuestro pueblo es la misma que representa a todos sus habitantes —como una despedida digna el grupo musical comenzó a entonar la introducción de una nueva canción country; mamá, no dejes que tus hijos sean vaqueros—, quédense tanto como gusten, son bienvenidos a la tierra del tiempo.

Miguel supo hacerse de un amigo, Sebastián lo presentó con su familia y acompañándose de ella rieron hasta que la feria terminó, incluso inundado en el silencio los gestos y caras felices no terminaron, el agotamiento era tal que el sueño podía ser contagiado de persona en persona.

—Este pueblo es totalmente diferente a lo que me imaginaba, dar con él en el mapa es casi imposible.

—No me extraña —respondió la esposa de aquel que cargaba a uno de sus hijos, arrullándolos—, la gente de este lugar somos un tanto hogareñas, reservadas, pero abiertas a las oportunidades, estamos acostumbrados a la vieja escuela, tú sabes a lo que me refiero, pareciera que todos, o por lo menos, la mayor parte de los avances tecnológicos no han llegado aquí y, para serte honesta, a muy pocos les importa, estamos bien con nuestro estilo de vida.

La mujer acompañante de Sebastián esbozaba una verdad inminente, no había joven o niño alguno que sostuviera un celular en sus manos, a ningún adulto, salvo contadas excepciones, hablar al teléfono, googleando cualquier cosa que se le viniera a la cabeza, los juegos mecánicos y fuegos artificiales ganaban la batalla y la convivencia personal reinaba por doquier, las interacciones humanas parecían haberse pausado en el tiempo, pero funcionaba, los aires que se respiraban inspiraban calma, comodidad y una clase de buen augurio, sin embargo, a Miguel, aún lo inquietaba una cosa; ese reloj.

Sobre su cama de hotel, al filo de las once de la noche, Miguel yacía intentando descansar, el cuerpo se lo pedía, pero no terminaba por conciliar el sueño, su realidad se deformó lo suficiente para hacerle pensar más de la cuenta, al borde de la ansiedad, se levantó y caminó haciendo fila con su propia sombra al borde frontal de la cama. Sobre su mesa de noche se hallaba un teléfono fijo que procuró usar, el impedimento; no había a nadie a quien llamar, la razón por la que se le obligó a descansar se sostenía sobre la necesidad desbordante por consumir su propia vitalidad amén de una separación emocional que lo destruyó por completo: «la depresión es tramposa, amigo mío, te convence de hacer muchas cosas que, bajo la razón, son irracionales y además peligrosas», recordó decir a su terapeuta: «¿por qué no te tomas unas vacaciones?, te estás haciendo mucho daño buscando consumir las energías de tu cuerpo al trabajar excesivamente, comiendo prácticamente nada, entre demás cosas. Te hará bien, te lo prometo, llama en cuanto necesites algo, ¿sí?».

—Se supone que estoy aquí para descansar —se lamentó en voz alta halando un poco su cabello.

La debilidad y los estragos de los eventos desafortunados se manifestaban en su cuerpo de múltiples formas, una de ellas era la caída y el adelgazamiento del que era antes su cabello largo y grueso, tan brillante como las estrellas. En el presente solo colgaban de su cabeza unos cuantos hilos de color negro opaco, tan delgados como una pestaña. La tristeza regresó como una infortunada invitada, la felicidad que le fue transmitida amén de la enorme celebración terminó estrepitosamente cuando las lágrimas avecinaron su llegada.

Intentando con todas sus fuerzas no ceder, terminó por caer en un colapso que su corazón sintió cual terremoto, la nostalgia se transformó en añoranza. Cada cabeza es un mundo, se repetía constantemente dándole a sus emociones el peso que se merecían sin desmeritarlas, el proceso por guardarlas y tragárselas en un trago amargo, aprendió, era una respuesta condicional aprendida que impedía la correcta sanación de sus heridas emocionales; con ello en mente, tomó la decisión de ceder completamente y volver a llorarle al recuerdo de aquella mujer a la que amó como jamás a nadie; la figura de ella se transformó en un recuerdo intangible, su voz en una especie de cántico irreconocible, la seguía amando, pero ya no la recordaba con entereza, se estaba olvidando de su sonrisa, de cómo era que lucía, del sonido de su propia voz, tal detalle le hería el corazón y sus anhelos ahogados sobre la cama reclamaban que volviera.

La ligera lluvia, que bañó a los lugareños antes, se convirtió en una tormenta, los primeros relámpagos podían ser escuchados aproximarse, la luz prominente de uno de ellos espantó a Miguel, las cortinas delgadas y de color blanco de su habitación se encendieron y en una sombra colosal hicieron presentar la sombra de la enorme construcción, misteriosa. Miguel recordó a un sinfín de personas acercarse a las piedras constituyentes de tal monumento y pronunciar una serie de plegarias, sin que una se pareciera a la otra, simple y llanamente bastaba con abrir su corazón y expulsar aquella que fuera la petición deseada.

La hormiga de la tentación recorrió los adentros de Miguel y a pesar de la tormenta y su estricto sentido de la lógica y la razón, consideró real la posibilidad de agotar todas las posibilidades.

Tomó una decisión y sin abrigarse salió de su habitación pasando de largo al recepcionista que todavía estaba despierto sujetando el periódico de la mañana anterior.

—¡Buenas noches, joven! —inició el recepcionista. Miguel no tenía la cabeza para conversar con nadie, era presa de la desesperación por no saber cómo lidiar con episodios desafortunados como los que lo acongojaban—, ¡Le hará daño salir así a la tormenta!, ¡Abríguese! —gritó el hombre viendo a Miguel trotar hacia la salida haciendo caso omiso a todo.

El objetivo era claro. Tan repentino como la llegada de uno de sus terribles ataques de ansiedad y tristeza, miró la glorieta principal del pueblo como un escenario sacado de ultratumba, agobiante y misterioso, sin embargo, su determinación pudo más y siendo presa de sus emociones se postró frente al enorme reloj.

Dentro de sí, sucedía un debate que lo decidiría todo; su lógica argumentaba la estupidez que era levantarse cerca ya de las 12 y, mientras se mojaba, esperar quién sabe qué cosa. Miguel cerró los ojos con fuerza y no pronunció ninguna palabra durante un buen rato, los relámpagos se acercaban aún más y las gotas de agua ya no eran gotas sino granizo.

¿Y si no lo logro?, ¿y si no puedo hacerlo?, se preguntó haciendo ganar la posibilidad de abrir su mente guiado por sus propias y verdaderas convicciones. ¿y si pierdo esta pelea?, es estúpido, yo lo sé, ¿quién se muere de amor?

En un intento por rescatar la prudencia de su ser, cayó en una de las trampas:

—Es completamente estúpido, heme aquí, hablándole a un reloj en mi primera noche de vacaciones —pronunció en voz alta—, ¿quién rayos se muere de amor?

—Te sorprenderías, muchacho —escuchó.

El susto que le provocó escuchar la respuesta a su pregunta le estremeció el cuerpo, dirigiendo su mirada a todas las calles alrededor de la construcción vieja le perturbó; no había quien consigo, las luces del hotel eran las únicas encendidas, sin embargo, más nada.

—Estoy volviéndome loco —se dijo bofeteándose con las palmas mojadas. El ardor no tardó en aparecer y una nueva respuesta tampoco.

—No estoy de acuerdo contigo, muchacho.

La voz venía de dentro.

Escondiéndose de cualquiera que pudiera verlo, Miguel abrió la puerta que abría paso al interior del gigante reloj mecánico. El polvo se hizo tan apenas entró, parecía que nadie se había tomado la molestia de limpiarlo en décadas.

—¿Quién es? —preguntó Miguel buscando el cuerpo de alguien en la oscuridad, en ese momento deseó haber llevado su celular y poder encender su linterna.

Arrebató de su rostro lo que podían sentirse ser enormes telarañas.

—¿Por qué un chico tan joven como tú se puede encontrar tan triste? —el eco inspiraba impotencia.

Un nuevo escalofrío se sintió en la piel de Miguel recorriéndole la médula espinal.

—¿Quién rayos es?, Voy a… —los intentos por atemorizar a alguien fueron en vano. Volvió a escuchar la misma pregunta.

—¿Por qué un chico tan joven como tú se puede encontrar tan triste?

Responde, le decía su conciencia con el corazón latiéndole a tope.

—No lo sé.

Miguel aún esperaba ver a alguien salir entre las sombras con una taza de café caliente, el velador quizás, o aquella persona encargada de salvaguardar al reloj durante las noches. Nada como eso.

Aquel que se comunicaba se sentía en cuya calma podía transmitirse, no había malicia, ni mucho menos voluntad por asustar o ahuyentar, todo lo contrario, en su pregunta resistía un interés similar al que Miguel sentía en su terapeuta.

Responde, se repitió de nuevo. Después de todo ¿qué mal te pueden hacer en este lugar?, el contraste necesario de la razón que le sobrevivía puso en equilibrio aquellos detalles de los que fue testigo tan apenas llegó.

—Te has acercado a mí sin querer realmente del todo e incluso así aún no te has marchado. Muchacho, ¿qué es lo que te tiene tan triste? —el eco resultaba ser verdaderamente abrazador, el grueso de la voz podía manifestarse haciendo vibrar los huesos de aquel que lo escuchase.

Con resignación, Miguel habló.

—Supongo que lo que a cualquier hombre puede destruir; un corazón roto, el mío. Los efectos de mi cansancio y por mis intentos inconscientes por destruirme a mí mismo lo más pronto posible, ¿contento?, ya lo dije.

—No podría estarlo, muchacho.

Miguel se adentraba más en la estructura y, acostumbrándose a la oscuridad se dio cuenta que no había nadie dentro, en cierto punto su marcha se detuvo, los engranajes se superponían tanto que era imposible seguir subiendo. El polvo lo hizo estornudar un par de veces más que las de costumbre.

—Me tendrás que perdonar, muchacho. El polvo que guardo ha visto a las naciones construirse y a muchas otras desvanecerse, aun no consigo deshacerme de aquella que los polacos intentaron, de muy buena fe, limpiar cuando llegaron a refugiarse dentro de mí. ¿Qué quién puede morir de amor?, amigo mío, te sorprenderías.

Sin poder creerlo completamente, Miguel agitó su cabeza frenéticamente, procurando despertar del sueño que, de alguna manera u otra, esperaba estar teniendo.

—¿Cómo lo sabes? —de su boca emergió la primera pregunta que se le vino a la cabeza, su semblante cambió al de un joven maduro al de un pequeño en su primer día de clases en el instituto; con tanto que preguntar.

—Porque soy el tiempo y lo he visto todo.

La verdad cayó sobre su propio peso al mismo tiempo que la lluvia y los relámpagos que cada vez se tornaban más violentos, la iluminación de estos posibilitaba a Miguel mirar el interior del reloj, entre polvo y piezas rotas retrocedió buscando algo donde sentarse.

—El tiempo… —deliró Miguel mirando a la nada y siendo testigo, irónicamente, de todo.

El gran impacto en el joven era evidente por donde fuera que se le mirara.

—Te ofrezco un trueque, amigo mío —pronunciaron de nuevo los cimientos viejos, pero poderosos—, ven todos los días a verme, arréglame y mientras lo haces prometo contestar muchas de tus preguntas, ¿qué te parece?, a mí me parece un buen trato.

La propuesta del reloj gigante fue aceptada por Miguel asintiendo con la cabeza, el último rayo de la noche emergió tan cerca de él que estuvo a poco de lastimarle los oídos, con él se había marchado aquella voz poderosa que le hablaba con tanta calma. Aquella noche el solamente escuchar le inspiró calma, una que, entre sus efectos tuvo el retorno de la voluntad por descansar sin preguntarse absolutamente nada, al día siguiente se preocuparía por lo que tendría qué, pero mientras tanto, únicamente deseaba descansar, su cuerpo y los golpes a su cabeza le imploraban descanso. Así lo hizo, de vuelta en el hotel aquel hombre que leía el periódico lo miró entrar perdido en sus propios pensamientos, interrumpirlo no era una opción y optó por, llanamente, dejarlo pasar sin pronunciar una sola palabra. Los pies de Miguel empapaban el piso y a cada paso dejaba un manchón de agua turbia.

La luz del Sol penetraba el cuarto donde dormía cual bebé como si la noche anterior no hubiese existido tal tormenta, los charcos de agua estancada se evaporaron hacía rato, Miguel se levantó alucinando en sueños una serie de eventos desafortunados, el último de ellos le correspondía a su ex pareja, tal y como lo sabía, el proceso de olvido estaba haciendo su trabajo y soñar a esa mujer le resultaba cada vez mucho más complejo, llegaría el punto en el que la figura de ella pasaría a ser nada más que humo.

Ven todos los días a verme, recordó Miguel con un nuevo estremecimiento en su ser; la curiosidad mató al gato de lo que él aun llamaba equivocadamente prudencia, pues no había nada que le avisara que había perdido la cabeza, poseía la capacidad de meditar y reflexionar sus conductas, lo que hacía y decía, no había lugar alguno para nada que le impidiera la movilidad de ninguna de sus extremidades, sus conocimientos no se esfumaron ni ningún chip de reinicio se presionó dentro de él. El creer era la única variable que aún no estaba del todo en su lugar.

Aprovechando las actividades de los lugareños, a escondidas, entró por la misma puerta de madera pesada, empujándola con ambas manos amén del apoyo de todo su cuerpo, aunque el rechinido fue perceptible para él, no lo fue para el resto. En un momento efímero los sonidos del ambiente se opacaron casi por completo estando dentro, desde allí solo se escuchaba murmurar a todo aquel o aquella que pasara cerca de los tabiques. Los detalles que no vio de noche, los vio de día, el polvo se levantaba a cada paso que daba al tiempo en que el óxido de los engranajes enormes podía ser distinguibles entre colores marrón, naranja y negro.

—Bien, aquí estoy —comenzó Miguel sacando de su bolsillo derecho un trapo de color rojo.

Del grifo llenó la única cubeta vieja de agua y sumergió el trapo en ella, antes de usar cualquier clase de jabón necesitaba mitigar las partículas de polvo.

—¿Cómo has amanecido, muchacho? —preguntó la voz del reloj haciendo vibrar las piezas metálicas.

—¿Quién eres? —fue turno de Miguel más dueño de sí y de la situación.

—Ya te lo dije, soy el tiempo.

Ya no había lugar alguno para la incredulidad, las circunstancias se sumaron de tal forma que, el único camino a elegir era aquel que le correspondía al creer. Las enormes piedras que conformaban al reloj notaron algo en Miguel que le estorbaba, amén de ello llegaba la hora de retirar la venda negra.

—Aunque pareciera, por momentos, lo contrario, una de las actividades que más se le dificulta al ser humano es el creer, son capaces de rezar con fervor durante toda su vida y aun así jamás creer, ¿no te parece irónico? Las mayores tragedias de la humanidad han sucedido por lo fácil que es manipular su voluntad, aún recuerdo la noche en que algunos polacos se salvaguardaron aquí dentro por meses.

Miguel terminó de empapar el trapo y con él frotó el umbral de la puerta.

—Entonces, de verdad lo has visto todo.

—Desde el comienzo, sí. Ese hombrecillo de bigote gracioso fue realmente malo. Pero aún no has respondido mi pregunta.

Miguel abrió los ojos como jamás creyó alguna vez poder abrirlos, las sorpresas parecían estar muy lejos de terminar.

—Desperté mejor que ayer, durante la noche… —se pausó—, tuve un episodio de declive.

La humedad se hacía en cada rincón y el olor característico de la tierra mojada impregno el sentido del joven quien ya se hallaba con las mangas recogidas.

—Me han dicho que nadie se ha parado aquí durante mucho tiempo, ¿eso es cierto?

—Lo es, muchacho.

—¿Por qué? —Miguel frunció el ceño.

—Bueno, porque tú te lo has tomado muy bien —contestó el reloj goteando por dentro, el agua había alcanzado su mediana altura cuando el joven la arrojó hacia las piezas oxidadas más grandes—, como dije, la tarea de creer es rara, es decir, toda la gente de este lugar es capaz de celebrarme, pero si me pronuncio ante ellos, pasaré de ser un bonito recuerdo a alguna clase de obra del diablo; créeme, amigo mío, más sabe el diablo por viejo que por diablo.

—¡Qué ironía! —exclamó Miguel olvidándose por completo de la mayoría de las leyes que regían su estilo de vida, cosa que habilitaba la posibilidad de entablar la conversación más extraña y, al mismo tiempo, enriquecedora de su vida—, no estoy convencido, justo ahora, de muchas cosas, pero sí de algo; allá afuera te quieren como si no hubiera un mañana.

—Pero no me quieren a mí, muchacho, sino lo que represento. El tiempo de todos, incluido el tuyo, es tan solo prestado, no hay garantía alguna de que vivas eternamente, la hora llegará y el destino se encargará de hacerse valer por sí mismo; una noche, quizá una madrugada sea tu última con vida. La incertidumbre hace al tiempo más valioso y esta gente lo ha comprendido muy bien.

El reloj parlante se adentraba en la conciencia de Miguel haciéndolo pensar mientras más se encargaba de mantener limpio el lugar.

El primer día transcurrió con velocidad, aunque afuera habían pasado largas horas, Miguel las sintió apenas como algunos minutos, la gigantesca estructura conversó con él en todo momento mientras algunos de los lugareños se preguntaban: ¿qué rayos está sucediendo allá adentro?

Para cuando Miguel salió, lo hizo con su ropa empapada y sucia, aquello que había limpiado se impregnó en su ropa, como una clase de emperador convocó al alcalde, a su gabinete y a todo aquel que deseara conocer los sucesos próximos que, en sus manos, fueron encomendados.

—He tomado la decisión de restaurar este reloj —gritó Miguel convencido totalmente de ello—, puedo hacerlo y voy a lograrlo.

La incredulidad del propio alcalde llamó a los hechos diciendo.

—No me mal entiendas, jovencito, pero lo hemos intentado antes, es casi imposible.

—Fue imposible porque ninguno de ustedes es yo; he dicho que puedo arreglarlo.

La mayoría yacía entusiasmada, mientras que el resto desconfiaba de las capacidades de un nuevo ser que se declaraba el restaurador de lo que ya era su monumento principal.

—Dótenme de las herramientas necesarias y este reloj volverá a funcionar en un abrir y cerrar de ojos.

Y así se hizo, uno de los ancianos del lugar acudió a su viejo pero conservado taller y de él sacó un enorme saco pesado con las herramientas que necesitaría Miguel en su ardua labor. Al tiempo en que el alcalde hablaba en voz medianamente alta, el anciano postró el costal empolvado delante de los pies del chico y del hombre voluminoso.

—No tengo nada que perder y ustedes tampoco —repuso Miguel convenciendo a la población de que si lo lograba tendrían un reloj enteramente funcional y mil veces más bello del que ahora se notaba. Y, por otro lado, si no lo lograba, no habría cambio alguno que los perjudicara, tendrían en su poder la misma estructura colosal que al principio.

—Me has metido en un lío enorme —habló Miguel habiendo pasado algunos días desde que, por convicción, decidió convocar a medio pueblo.

—Yo no he hecho nada, no me culpes —respondió el reloj.

Los días transcurrieron con relativa calma dentro, Miguel hablaba con quien ya no cabía duda alguna que era el propio reloj. Desde afuera, las cosas no eran diferentes, los lugareños no escuchaban nada que les hiciera sospechar de tan mágica circunstancia, sin embargo, la incredulidad se respiraba en el ambiente en la forma de desconfianza de que el joven extraño pudiera realizar tan titánica labor.

Los rumores se esparcían con una velocidad por demás genuina, el alcalde, ocupado en sus tareas, apenas tenía tiempo de resolver su duda, en su lugar, esperaría a que el tiempo diera su última palabra.

—¿Puedes echarme la mano de alguna forma?

El reloj escupió polvo desde sus rincones más profundos, allá en donde los trapos no alcanzaban y el agua apenas tocaba.

—Es todo lo que puedo hacer, muchacho.

Miguel giró los ojos y en un arranque de sinceridad recordó las palabras hirientes de su anterior pareja, el motivo detonante de sus emociones turbias.

—Si me pagarán cada vez que escucho algo parecido.

—Es hora de que me cuentes de ello.

—No hay mucho que contar, me enamoré de una mujer con quien viví los mejores días de mi vida y cuando se fue, se llevó todo consigo, mi corazón entre tantas cosas más. No sé cómo llegamos a hacernos demasiado daño, el amor parecía ser suficiente, pero evidentemente eso no fue así, los conflictos nos sobrepasaron y las circunstancias poco o nada nos ayudaron. Uno tiene, a veces, que dejar ir lo que tanto desea por paz, pero, aunque ella encontró la suya, yo me he quedado truncado.

—Es un proceso triste, ¿dirías que lo haces bien? —la voz gruesa jamás dejó de provocar confort en Miguel.

—No lo sé, creo que no. Tengo pensamientos que me hacen daño y conductas que lo empeoran todo, por ellas estoy aquí, débil y medio muerto arreglando un reloj que fue construido décadas antes de que yo existiera.

Miguel intentaba mantener el sentido del humor con ciertas pizcas de ironía, después de todo, había pasado por meses en los que, en su rostro, no se dibujaba una ligera sonrisa siquiera, el valor de poder tener un poco más de actividad le provocó un sentido de responsabilidad, uno que, en su trabajo, ya no sentía, la chispa de los motivos se asomó en cuanto Miguel manifestó tal efecto en cómo dedicaba tiempo y esfuerzo por desenroscar los tornillos secos y oxidados de la primera mitad de la construcción.

—Después de algunos años las rutinas se tornaron aburridas y la desconfianza habló por sí sola, me comporté como un niño pequeño queriendo atención y la gota que derramó el vaso le colmó la paciencia, la de ambos para decir verdad, y bien, lo inevitable e impostergable sucedió cuando nuestra relación terminó. Sin aceptarlo busqué la manera de remediar el daño, pero no sé por qué maldita sea no lo logré, si tan solo lo hubiera intentado más.

—Muchacho, si yo, por alguna razón, me derrumbara, ¿creerías posible reconstruirme solo con los escombros en el piso?

—Por supuesto que no, dime que no piensas en…

Miguel tardó un momento en capturar la analogía que el inmenso reloj le confiaba.

—Para la reconstrucción, amigo mío, necesitamos de herramientas y material que nos auxilien, para hacer lo que haces hoy, necesitas de útiles con qué trabajar, tu situación emocional es exactamente la misma en esencia, con la diferencia de que las mismas herramientas no se obtienen con solo pedirlas, a veces, se pierden en el abismo de las eventualidades. Tú las perdiste y no había manera de reconstruir algo que yacía destruido desde tiempo atrás. Las cosas suceden como tienen qué, tan inevitables como la propia muerte. El final puede transformarse en el comienzo de algo bueno y nuevo.

—¿Y si no lo logro?, ¿y si mi destino es perder esta batalla? —Miguel raspaba los engranajes con una solución que removió la oxidación y limpió el metal casi hasta dejarlo reluciente.

—Entonces tu sufrimiento y tu luto no habrán tenido ningún sentido. Amigo mío, las personas se marchan, ninguna de ellas es eterna, difieren en la forma en la que se van, pero todas poseen la misma tendencia. Algunas mueren, otras se marchan sin decir adiós y las más valientes toman las riendas de lo que significa despedirse y lo hacen. El cambio a la humanidad le aterra, sin embargo, viven en un universo en el que el cambio es una ley intrínseca, si tan solo lo comprendieran vivirían como la gente de este pueblo; sin nada más preocupante que disfrutar y explotar su tiempo restante.

El reloj halló el momento oportuno para tocar la fibra más débil e inestable de Miguel.

—Matarte lentamente, muchacho, ¿realmente te ayudaría? —hubo silencio— ¿o evadiría tus responsabilidades?

Los bloques de piedra levantados interpretaron a la perfección el gesto de Miguel y su abrupta pausa aún sosteniendo en el aire un martillo.

—Aquella mujer no te arrebató el corazón, sigues, de alguna forma sintiendo, eso solo puede significar una cosa, el responsable eres y seguirás siendo tú. Cuando se siente amor y cariño es sumamente fácil postrarlo frente alguien más, en cambio cuando lo único que sentimos es dolor y pena el ceder se vuelve complicado. El ser en esencia busca responsabilizar a otras personas, a la vida, al universo, ¡al propio tiempo!, ignorando que la vida así funciona y así funcionará siempre para todos, ¿por qué no aprovechar el tiempo en alguna otra cosa que deje huella? Si alguna vez te pensaste el saco de juegos de alguna entidad, permíteme, amigo mío, decirte qué tan equivocado estás.

»Allá afuera, en este mismo pueblo hay quienes han perdido a su madre, a un padre, a un hermano menor, por enfermedad, por desgracia, por accidentes y tan rápido como un parpadeo tuyo. Allá afuera se hallan quienes vieron morir a un hijo, a un gran amor. Saberse despedir y honrar el tiempo, no es sencillo, pero sí es lo mejor. Si puede comprenderse esto la pregunta ya no es si podrás o no salir del abismo sino ¿qué tan dispuesto estas de nadar hacia la superficie?

—¿Alguna vez tú has perdido a alguien que te interesa mucho? —preguntó Miguel con sinceridad.

—Por supuesto y miles de veces, millones y no bromeo, solo tengo que esperar lo suficiente para perderte a ti, un poco menos en perder a la pequeñita que vino la noche de ayer pidiéndome más tiempo qué compartir con su madre antes de que la leucemia la consuma, un poco más en perder al hombre del bigote gracias a una aparatosa caída. Pero mi naturaleza no es protegerlos a todos y mucho menos salvarlos de su hora, mi trabajo es y será siempre dotarlos del tiempo que les toca pues yo fui el pasado, soy el presente y me convertiré en su futuro, hasta que este y billones de soles colapsen en un mismo instante.

Miguel sintió las palabras del reloj como un valde de agua helada caerle sobre su humanidad.

Al cabo de las semanas que juntas se convirtieron en un mes, Miguel juraba que el reloj había aprovechado sus dotes para hacerle la tarea eterna, sin embargo, no había manera de que eso sucediera. Los engranajes fueron perfectamente limpiados pulidos y estimulados con un valde de grasa que los hiciera girar en perfecta sincronía. El polvo de dentro dejó de existir y la pintura de color ocre se esparció por los adentros del monumento, así como por fuera.

Miguel se encargó también de la limpieza de los doce números incrustados en la parte frontal y las manecillas brillaban tan apenas las tocaba la luz del Sol y de la Luna.

—Amigo mío, ¿puedo preguntarte algo?

Miguel cambió su semblante al borde de los días en los que tenía el gusto de conversar con la gigante entidad, su ánimo se notaba diferente, mejor y en vísperas de reconciliarse con su propia esencia, el llanto sobrevivía, sin embargo, llorar jamás estará de más, el llanto es el mejor liberador del alma, solía escuchar mientras reparaba las tuercas.

—Por supuesto que sí.

—¿Crees en la magia?, ¿puedes decir convencido de que en serio crees en ella?

Miguel hizo una ligera mueca que el reloj por supuesto ya esperaba.

—Pues acabas de hacerla realidad.

Miguel había terminado. A su espalda se hallaba el pueblo entero contemplando la gran hazaña que realizó en tiempo récord usando sus conocimientos de ingeniería y algunos más que el propio reloj se encargó de enseñarle mientras cargaba las grandes piezas de metal de un lugar a otro, como el único trabajador en una obra gigantesca. El sudor de su frente rindió frutos cuando escuchó las ovaciones de los lugareños, las porras y los halagos en forma de gritos estridentes, llenos de emoción convocaron al grupo musical local e improvisaron un pequeño escenario al filo de las ocho de la noche del último fin de semana de noviembre. Una versión más animada de siete ángeles españoles resonó hacia el firmamento alcanzando los sentidos de Miguel.

—Si has podido reconstruirme, estoy seguro de que lo harás contigo también.

La habilidad de Miguel para lo que fuera que se dedicara siempre impresionó a la gente que lo rodeaba, su versatilidad e ingenio dirigió sus buenas labores desde el comienzo de su vida estudiantil, los libros migraron a documentos cuando se adentró en su primer trabajo y desde allí su acenso fue inminente. Sus vacaciones pasaron por una transición necesaria en donde el descanso lo halló trabajando, en su perspectiva, en sus emociones y cómo reaccionaba amén de estas, el reloj gigante y parlante no hizo más que retirar la enorme capa negra y opaca que le cubría los sentidos.

—Las eventualidades desafortunadas, amigo mío, seguirán ocurriendo, no solo a ti, al mundo entero, pero son parte del viaje —el bombo de la batería recobraba fuerza así como el par de violines y trompetas relucir hacia arriba entonando una animosa melodía—, serán parte de tu tiempo obsequiado en este lugar y a donde sea que quieras ir, que ellas no sean las que dirijan y decidan el rumbo de tu vida; las personas se van, se retiran de nuestro juego, pero entendiendo esto, sabrás y aprenderás cómo valorarlas más.

—Gracias —respondió Miguel con un nudo en la garganta—, ¿volveré a saber de ti?

—Yo soy el que tiene que agradecerte, amigo mío. Donde sea que haya un reloj, allí estaré.

¿Quién detendrá la lluvia?, se escuchaba en las manos y voces del grupo musical, en una versión acústica y épica. Miguel bajó del arnés que el mismo se ató al torso para alcanzar la última punta del reloj, la pintura de color ocre adornó la nueva apariencia del monumento dotándolo de vitalidad, de un reinicio bien merecido que tocó el corazón a todos y a cada uno de los habitantes. La conciencia de Miguel sabía lo que había ocurrido y su semblante se encargaría después y con calma de digerirlo con la naturalidad oportuna.

Los deberes lo llamaban y era hora de regresar a casa.

—¿Tan rápido, hombre?, ¿te vas? —preguntó Sebastián teniendo a su espalda a su familia, Miguel se hallaba cargando de vuelta su enorme mochila de equipaje aferrándosela al pecho.

—El deber llama, amigo. Este pueblo es maravilloso, no sé por qué nadie allá afuera habla de él.

—Bueno, es el pueblo de los misterios —guiñó el ojo—, ¿qué harás ahora?

—Valorar mi tiempo, amigo mío, a valorar mi tiempo…

Miguel retomó su marcha de vuelta a su hogar no sin antes echar un vistazo a la emoción colectiva que se hacía en el rostro de todos quienes podían ver la nueva versión del reloj mecánico, la música nunca cesó y el joven, que aún estaba agobiado por los eventos en su vida, caminó hacia la salida recordando las palabras mágicas y reales de su nuevo amigo, con quien terminó por reconciliarse cuando el último brochazo de pintura cubrió los estragos de los años en la última roca suspendida en la punta más alta.

Tenía mucho qué hacer, mucho en qué pensar e incluso más que reconsiderar, flagelarse y castigarse ya no era una opción y en lugar de ello retomaría la dirección correcta de su vida.

—No volveré a ver mi reloj de la misma forma —bromeó a solas con nostalgia.

—Ni yo volveré a verte igual, muchacho.

26 de Octubre de 2021 a las 01:38 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Oscar M. Jordan Autor de #MientrasEstésConmigo, #LaPrimera, y "ElJuguetero" 📚 Estudiante Fan de la música country🎶

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