diana-guiland1602362788 Diana Guiland

En el reino de Cremona yacen criaturas más allá del ser humano y Nerv, una Danuf se enfrentará con una de estas.


Cuento No para niños menores de 13.

#381
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Criaturas de primavera

1


Las aguas en calma del río Terán reflejaban el brillo de las estrellas de Samona, con unas grandes y viejas casas flotantes se hallaban en reposo en este, amarradas a un improvisado puerto de madera. Cada una era capaz de albergar a una familia de Gitanos de Agua, gente de mar y sin raíces que daban una mano a amiga a cualquiera que lo solicitara, siempre y cuando estos respetasen su estilo de vida. Este era el caso de Nerv y Xavier, huéspedes casi permanentes y bastante peculiares en muchos sentidos, pero respetuosos.


Ambos se hallaban observando en silencio el cielo nocturno. Xavier tenía un cobertor envolviéndole el cuerpo, en cambio, Nerv tenía puesto solamente un delgado camisón de seda blanca que se movía con el viento.


El hombre miró de reojo a su compañera y apretó sus labios. Formulaba y reformulaba la mejor pregunta que emplearía sin sonar como un insensible para romper el silencio entre ambos y con el gran elefante en esa habitación.


Nerv era una mujer joven de piel canela, alta, delgada, con un lacio cabello oscuro que le llegaba por debajo de su espalda y unos inusuales grandes ojos dorados. Xavier era lo opuesto, estaba en sus cuarenta, de cuerpo endomorfo, pelirrojo, pecoso y de ojos café pequeños.


Pero al final, se descantó la opción más directa y sencilla, porque no podían seguir postergando esa conversación.


―¿Qué vas hacer a partir de ahora? El suministro se ha vuelto muy escaso y tú…


―Han vuelto a asesinar a un Danuf ―lo interrumpió Nerv con una expresión impasible y con sus ojos dorados bien abiertos―, con el mismo modo y con la misma marca circular tallada en una gran superficie― hace una pausa y lo mira a la cara―. Es el tercero y apenas vamos a mitad de semana.


Xavier suspiró consternado y se rascó la cabeza. Era evidente que estaba esquivando el tema. Él sabía que Nerv entraba en el target de víctimas de ese misterioso vengador con grandes ínfulas, pero no creía que ella podría correr ningún peligro. Desde que llegaron con los gitanos habían mantenido un perfil bajo y mundano, tratando en lo sumo posible de asemejarse a una sombra silenciosa para el resto de la sociedad. Además, creía a pies juntillas que ella no podría ser cazada por ese sujeto ni tampoco ser asesinada. Él mismo había presenciado como a ella la decapitaban, la quemaban viva, la descuartizaban o le arrancaban el corazón de su pecho y aún seguía respirando como si nada de eso hubiese pasado. Su factor curativo era el mejor que había visto de cualquier ser vivo en la tierra, incluso de otros Danuf como Nerv.


―¿Por qué estamos hablando de esto otra vez? ―le inquirió con hastío.


Si se había molestado o no por su pregunta era un misterio para cualquiera, esto por el rostro vacío de la muchacha.


―Porque se ha vuelto constante, los Danuf se han vuelto más agresivos y eso…


―… ¿desde que el suministro del suero de Faura B-12 se ha vuelto tan escaso como el oro del reino?


Los que eran como Nerv no eran humanos, a pesar de se veían como uno en el exterior. Ellos eran el resultado de intentar replicar a una vieja especie humana extinguida por una razón desconocida hacía milenios atrás. Pero solo se habían quedado como un intento, siendo los Danuf o los «Dioses Desechados» el resultado. Humanoides perturbados, con una serie de habilidades que los hacía físicamente superiores a las personas y una gran agresividad, que los ocasionaba saltar con una furia homicida ante la más mínima provocación. A no ser que ingirieran de forma regular una dosis pura de Faura B-12, un suero creada por alguno de los científicos que los había creado como un intento de sopesar ese desperfecto genético.


Nerv desvió su mirada, encontrando de repente muy interesante las aguas del Terán.


―Sabes perfectamente que puedo sobrevivir más tiempo sin el suero que los demás ―comenzó a buscar algo en uno de los bolsillos de la chamarra y le mostró un pequeño pastillero ovalado color amarillo―. Sin olvidar que todavía me quedan cinco dosis.


―Dosis de un 75% de pureza ―le recalca este― eso no es sano para ti o cualquiera…


―Me voy a dormir, Xavier, hablamos por la mañana ―lo corta Nerv, poniendo fin a la conversación.


El pelirrojo la vio retirarse caminando sin vacilar ni hacer el más mínimo ruido hacía la cabina para dirigirse a su pequeño camastro prestado. Pronto Xavier se encontró solo con su frustración y como era costumbre desde que había conocido a esa Danuf, se preguntó si había tomado la decisión correcta al elegir una vida con aquella criatura.


2


La mañana llegó en el río Terán y los huéspedes de la Gitana de Agua, Andrada, fueron despertados por el tronar de la cuchara con la olla oxidada de la mujer canosa de mediana edad.


―¡Abran esos ojos, queridos! ¡En esta casa hasta los payos colaboran con el aseo! ―la voz cantarina de la jefa de la familia se propagó por toda la vivienda, despertando hasta el más mínimo insecto o alimaña de la casa flotante.


Nerv había estado dormida con placidez sobre un duro colchón en una esquina del cuarto oscuro de las dos hijas en edad casadera de la señora Andrada, Jovanka y Legandra. Xavier dormía con el único hijo varón, Kiva, el hermano del medio, en un cuarto muy reducido donde la humedad parecía estar encaprichada por habitar y apenas había podido dormir por no tener las medicinas para su insomnio. La cara de este al levantarse denostó un odio absoluto a toda la humanidad, pero aun así se incorporó sin objeciones.


Con diligencia, tanto los hijos como los huéspedes se alistaron y se asearon para comenzar con sus tareas hogareñas.


Los Gitanos de Agua eran una combinación de roles tradicionales con lo moderno. Las chicas debían de barrer, trapear y limpiar las superficies de toda la casa, mientras que los hombres se estaban encargando de preparar el desayuno. Nerv hacía sus labores sin ningún problema, consideraba que era lo menos que podía hacer por ellos, quienes siempre tenían un par de camas listas cuando la necesitaban y un plato caliente hecho con todo el amor del mundo. No importaba si ella, como era lo más habitual, o Xavier, viajara por varios meses sin enviar la más mínima señal de regresar al reino de Samona. Ellos siempre aguardaban sin recriminaciones. Incluso habían viajado con los rom en la temporada del invierno hacia tierras más cálidas.


Una vez terminadas sus tareas las chicas fueron a cubierta, donde los hombres ya habían armado la mesa y servido un pan tostado con mermelada de mango, huevos duros, tocino frito y una jarra de jugo de naranja recién exprimido.


En todo lo que duró el desayuno animado de risas y bromas oscuras entre Legandra y Jovanka, Xavier veía a Nerv cada que esta daba un mordisco al pan o a los huevos. Esperaba que se los tragara y los retuviera en ese extraño estómago que bien podía indicar que necesitaba de alimentos o bien un poco de sangre fresca. Una de las cosas peculiares que no compartía con los demás Danuf para gran alivio del resto de la humanidad.


―¿Se han enterado de los payos muertos que no tenían ni una gota de sangre? ―comentó con cierta malicia Jovanka, la mayor de las hermanas.


―¿Los que son encontrados con dos pinchazos en sus cuellos? ―intervino Legandra, con una gran curiosidad reflejada en su rostro.


―¡Oigan! ¡No hablen de eso tan por la mañana o nos dará mala suerte a todos! ―las reprendió, con severidad, Kiva.


Nerv y Xavier cruzaron miradas inquisitivas. Ninguno de ellos había escuchado nada de aquello. Por lo general no se tomaban tan a la ligera cualquier cosa fuera de lo común que sucedía en los lugares donde estaban, en especial cuando se trataba de Samona. Debían de investigar eso, un Danuf desequilibrado representaba un peligro para los pocos que trataban de tener una vida normal, pues tenían sobre sus cabezas a un vengador empeñado en acabar con ellos ante la más minina provocación. ¿Qué importaba si la fuente de esa información se trataba de las hijas fantasiosas de la matriarca de esa casa?


La familia gitana tomó un poco de sal del bote de la mesa y lo lanzaron por encima de su hombro izquierdo. El par de amigos lo imitaron con segundos de retraso solo para no desentonar.


Mientras comían, Nerv sintió adolorida la boca y tuvo el repentino antojo de estar comiendo un jugoso filete bañado en sangre fresca. Se sacudió esa sensación y no la volvió a sentir por lo que duró el desayuno.


Una vez alimentados, Andrada mandó a sus huéspedes a la ciudad para que compraran suministros, dándoles una gran lista de productos y parte de los ahorros de la familia. Ellos ya tenían una gran relación de confianza y solían encomendarles esas cosas.


Los chicos partieron tan pronto terminaron de cepillarse y emperifollarse un poco hacia la ciudad de Lisea, donde la época antigua y la modernidad podían convivir en completa armonía sin perturbarse mutuamente. Todavía en sus milenarias calles se encontraban edificios de piedra de la Edad Media, de la Renacentista y del Barroco, junto con modernos edificios acristalados y con geométricas. Parte del suelo de las avenidas continuaba con las mismas losas con las que los primeros habitantes la habían pavimentado. Un lugar perfecto para personas amantes del arte clásico y del actual. Además de contar con muchas floristerías ambulantes y arreglos florares para toda ocasión, hechos con una técnica única en el mundo.


Nerv caminaba con una expresión desinteresada a todo lo que le rodeaba. Estaba vestida con un atuendo deportivo ajustado negro y se había hecho una trenza francesa, no le molestaba el clima un tanto caluroso. Xavier tenía ropa holgada blanca y ya estaba sudando, no le agradaba el calor y envidiaba la capacidad de la chica de ojos dorados de permanecer siempre fresca en todo momento. Una ventaja de pertenecer a una especie humana diferente.


Realizaron las compras en tiendas de comestibles. Xavier se estaba haciendo cargo de la lista, quien contaba con un mejor ojo a la hora de seleccionar la buena carne, los mejores vegetales y los dulces más deliciosos. La chica morena no tenía la mente en el presente, toda su atención estaba puesta en una cosa, reunirse con los pocos Danuf de la ciudad que conocía y guardaban cierta cordura. Si lo dicho por las hermanas gitanas era cierto o no, la mejor forma para dilucidarlo era con ellos. Tenían una red de información bastante basta, contando con infiltrados en periódicos y en la policía. Ellos solían reunirse cada semana en un día específico y hoy era ese día. Ella no solía asistir muy seguido a esas reuniones, no se sentía del todo cómoda con ellos porque a ella le habían inyectado algo que la hacía diferente a los demás.


Las cosas que convertían a Nerv en una Danuf diferente y en un bicho raro andante, era su olfato agudo, una regeneración celular perfecta en todos los sentidos, gran fuerza, agilidad, la particularidad de hacer crecer de sus muñecas unas pullas de melanina duras y filosas, una segunda boca monstruosa y el ansia de ingerir sangre de forma intermitente. Esta lista la hacía sentirse como un bicho raro que cualquier científico querría diseccionar en una mesa. Casi Xavier se atrevió hacerlo la primera vez que se conocieron.


Cuando todos los nombres de la lista estuvieron tachados, ella le notificó sus intenciones al pelirrojo y le sugirió que regresa sin ella para excusarla con la familia.


Partió con la mirada preocupada de su amigo, a él no le gustaban mucho los otros Danuf, era una especie demasiado inestable y los descontroles por todo el reino se habían incrementado a partir de que forma misteriosa el suministro del gobierno del Faura B-12 se había detenido desde hacía dos meses. La idea de que de repente Nerv fuera atacada de sorpresa por uno de estos le preocupaba, más que ese asesino misterioso. Pero debía de reconocer que Nerv no podía sufrir ningún tipo de daño y podría sacarse de encima a cualquiera de esos Dioses Desechados en un pestañeo.


Incluso con ese razonamiento, se marchó sintiendo intranquilidad en su corazón.


3


La cafetería donde se dirigió presurosa Nerv se llamaba Musu-truk, la cual estaba adornada con todo tipo de anemomas rojas y moradas con tulipanes violetas frescos en los jarrones de las mesas, también estos estaban estampadas en las paredes y en los delantales de las camareras que iban sirviendo té, agua, galletas, pan, café con leche y emparedados vegetarianos; las comidas típicas que los clientes solían pedir a esa hora.


Entre las pocas mesas ocupadas, había una, la más apartada y alejada de la puerta o de las cocinas del fondo, estaban cinco de lo que parecían a simple vista personas comunes con ojos un poco grandes. Allí se hallaba sentada Nerv con su habitual expresión parca plasmada en su cara.


―Yo no he escuchado nada de esos cadáveres desangrados. ¿Segura que no son cosas de gitanos? ―expresó el Dios Desechado de nombre Gerald, luego de haber escuchado el corto relato de la mujer de piel morena.


Nerv no respondió ni manifestó su disgusto por las palabras entre líneas de su afirmación. De que seguramente eran tonterías de ese pueblo estúpido y atrasado o algo por el estilo.


La Danuf de nombre Terra tomó el turno de palabra.


―Yo he escuchado esos rumores, pero Kit no me comentó nada al respecto cuando lo llamé hoy para ver si había algo sospechoso. Aunque claro, no sería la primera ni la última vez que él no esté al tanto de un caso. De un tiempo para acá los Departamentos se han tornado bastante cerrados unos con otros y puede que el que el Departamento de Homicidios todavía no considere oportuno revelar esto al público o entre los oficiales no involucrados ―Terra era la que tenía los contactos dentro de la policía y era también la que se encargaba de cerciorarse de no tener cerca a uno de los lobos rabiosos de su especie.


Johan, otro de los Danuf, dio una palmada fuerte en la mesa que hizo que sus compañeros, varios clientes y camareras se sobresaltaran.


―¿Por qué no hablamos de lo realmente importante, en vez de dedicarnos a parlotear sobre chismorreos de vecinos? ―tronó.


La exaltación de Johan no perturbó a Nerv, quien había tenido un entrenamiento mucho más severo e intenso que el de sus congéneres para poder ser un arma viva perfecta. Aunque sus instructores debieron de haber empleado mejores métodos para impedir que el arma tuviera el deseo de dejar de ser una y se escapara.


―¡Baja la voz! ―lo instó la Danuf, Lily, en tono autoritario.


―¿Pero de cuál asunto? ¿De la medicina o de ya saben quién? ―intervino Gerald hablando en susurros.


Nerv volvió a sentir el malestar en su boca, esta vez acompañado con un cosquilleo en sus encías. Su antojo se centró más en la sangre que en el filete y se encontró mirando con ojos penetrantes a los humanos, viéndolos como contenedores del líquido vital rojo y aspiró de forma profusa para sentir su aroma, intento detectar cuál de aquellos era el más saludable.


Salió de su estado de depredador cuando Terra le tocó disimuladamente una mano.


―¿Te encuentras bien, Nerv? ―le susurró.


Ella asintió y apartó esos pensamientos oscuros. Rebuscó en sus bolsillos la pastilla que siempre metía del Faura y se la tomó. El efecto fue inmediato, una leve sacudida y una rápida dilatación de sus pupilas para luego volver a su tamaño habitual. No quería descontrolarse en un sitio público, no obstante, era raro que se repitiera en un mismo día esos síntomas. Esperaba que el suero la ayudara.


―¿Segura que estás bien? Si quieres puedo darte un poco más de suero ―prosiguió Terra.


―No, gracias. Estoy bien ―respondió Nerv, comenzando a volver a la normalidad.


Johan miró a Gerald de manera despectiva.


―¡Pues de nuestro suero! ¡Es lo más preocupante que el tipo ese que nos atacará si no la consumimos de todas formas!


―Los mercados tienen muy poco y los científicos no responden a nuestros llamados ―intervino, por vez primera la Danuf restante, Fal―. Concuerdo con Johan en esto.


―¡Que sorpresa! ―exclamó Gerald con sarcasmo.


―¿Qué estás insinuando? ¡Déjate de insinuaciones! ¡Debemos de encontrar una solución hoy mismo!


Nerv volteó los ojos, parecía que todos sus conocidos ese día se habían puesto de acuerdo de un tema que la ponía incómoda. La razón no solo tenía que ver con su menor dependencia de la Faura B-12, sino al hecho que no había comentado con nadie, el que ella había encontrado muerto de un disparo en la cabeza a uno de los científicos a cargo de los Danuf, en las afueras de Lisea, en uno de los centros abandonados donde varios fueron creados. No creía que toda la responsabilidad de suministrar periódicamente el suero a la población de Dioses Desechados recayera en una única persona. Sin embargo, debía de reconocer que los tiempos coincidían. Dos meses de ver el cuerpo tibio del científico y dos meses con la interrupción del suministro.


Pensar en ello era en pensar en aquel sujeto que había conocido en todo su proceso de crecimiento. Nunca lo había visto como un padre, aunque sí como alguien importante para su existencia. Recordarlo la hacía sentir de una forma extraña, con demasiadas emociones encontradas.


―Podemos hablar con Mauro…


―¿Ese loco? ¡Jamás!


―¿Qué propones entonces, Johan?


Como la conversación se había tornado por una vertiente que no la interesaba, dejó de prestar a atención a la misma y se entretuvo pensando en futuros viajes que quería realizar. Su pizca viajera se estaba comenzando a activar de nuevo y la supervivencia de esos seres que eran como perros rabiosos controlados a duras penas poco le importaba. De todas maneras si no morían por el asesino de Danuf, morirían en vida al momento en que su mente comenzara a desestabilizarse, convirtiéndose en una criatura enajenada incapaz de recordar quién fue y llena de un ansia asesina. Ese era el destino de todos los presentes sentados en esa mesa, incluyéndola a ella. Lo suyo solo era un tiempo extra. No estaba a salvo de eso. Ninguno de ellos lo estaba.


Cuando una mesera coqueta se les acercó para entregar el pedido que el grupo había hecho, la nariz de Nerv detectó un aroma que nada tenía que ver con el sudor de las personas o del perfume de las flores de la mesa. De inmediato la hizo sentir como si estuviese en peligro y cada pelo de su cuerpo se erizó.


Aquel aroma tan peculiar era como una enorme fogata de fuego verde en medio de una marea de llamas rojas y unas cuantas llamaradas azules. Los rojas eran los humanos, las azules, los Danuf; y la verde era desconocida. Este no decía nada en lo absoluto. Era una cosa única que no le había pasado en todo lo que llevaba en Samona o en cualquier otro país.


Buscó el origen de ese aroma con la combinación de su vista y de su olfato para dar con una figura pasando por la calle concurrida frente del local, vestida con lo que parecía una toga negra de manga larga con la capucha echada sobre la cabeza. A pesar de su llamativa vestimenta, pasaba desapercibida por los trasúntenos. Debían de estar confundiéndola con una mora extranjera de algún país de la cordillera africana.


Pero Nerv intuía que no se trataba de eso, sus instintos se lo decían.


Sin pensarlo mucho, se levantó de la mesa aprovechando que los Danuf racionales estaban inmersos en una discusión sobre la búsqueda que debían de hacer en los mercados negros para conseguir dosis del suero más puras. Ninguno se percató de cuando Nerv salió del establecimiento en menos de un suspiro, deslizándose a una gran velocidad, imperceptible para las miradas mundanas.


La figura misteriosa que había despertado la curiosidad de la mujer de ojos dorados, caminó sin advertir su presencia. Esta se movía a paso relajado, deteniéndose cada tanto para contemplar los negocios que más le llamaban la atención. Nerv no se atrevía a acercarse y mantenía una distancia prudencial, pero sin despegar su mirada de ella.


Aquella cosa no era humana ni Danuf, entonces, ¿qué era? La inquietud estaba carcomiéndola viva.


El ser encapuchado parecía tener un gusto particular en las floristerías y en las jugueterías tradicionales donde había juguetes en madera y con engranajes de relojería. Se comportaba sin presentar ninguna señal de tratarse de un depredador a punto de saltar sobre una presa. No era que Nerv estuviese cuidando la seguridad de los ciudadanos al seguirla y de que estaría dispuesta a ser una heroína en caso de un ataque, solo quería asegurarse de que lo sea aquello no se trataba de un peligro para ella.


Llegado a un cruce de caminos, la llama verde se desvió hacia una calle no concurrida y de la cual no había salida. La Danuf se detuvo un segundo y consideró sus opciones. Estaba casi segura que si la seguía a ese lugar iba a terminar en un enfrentamiento o en una trampa. Pero a veces era necesario correr ese riesgo.


Sus pies vacilaron un momento y un minuto le tomó para adentrarse en lo que parecía ser a todas luces un callejón solitario y sin salida.


Sus sentidos sobrehumanos la alertaron del proyectil dirigido a su espalda antes de tan siquiera verlo. Su velocidad la salvó. Se apeó a la izquierda, dando su espalda contra una pared de un edificio de ladrillos de piedras grises y viendo con una expresión apenas sorprendida una gruesa espina roja del grosor de un puño clavada al final del corredor. No tuvo tiempo de hacerse una pregunta cuando volvió a sentir otra amenaza de su atacante invisible, esta vez proveniente a su derecha.


Decidida a luchar contra lo que sea, Nerv se volvió a escabullir e hizo salir de sus muñecas sus propias espinas, quizás una variante delgada de la que acaba de ver, aunque en definitiva su finura era compensada con la cantidad podía disparar de cada mano. Apuntó y disparó tres proyectiles, uno detrás del otro, hacia donde se lo indicaba su nariz.


No supo si había acertado o no. La respuesta le llegó en forma de un fuerte golpe que la condujo a estrecharse contra el lado contrario, causando un leve hundimiento en la dura superficie y con ella en el suelo, adolorida y con heridas internas que se cerraron casi al instante de ser hechas.


Se incorporó como movida por un resorte. Era un arma casi incansable y preparada para casi todo. Salvo quizás para aquella visión.


Parada frente de ella, a contra luz y a solo unos cuatro metros, estaba lo que había estado siguiendo. Una mujer rubia con una mandíbula monstruosamente abierta que dejaba a relucir hileras de dientes largos y puntiagudos, con una de sus manos vuelta de forma innatural hacia atrás y con el principio rojo de una de esas espinas carmesí brotando de la muñeca.


Por primera vez en toda su vida, Nerv mostró verdadera sorpresa y horror con aquella visión. No porque se sentía atemorizada, fue porque aquella boca ansiosa de sangre ya la conocía por haberla visto en el reflejo de su espejo.


―Hueles como yo, pero no eres como yo ―dijo con una voz raposa y profunda con el timbre característico del de una fémina.


Nerv no supo que decir o que contestar. Su cerebro estaba trabajando en asimilar lo que acababa de escuchar. ¿Olían similar? ¿Qué era ella entonces? No había nada de una Diosa Desechada en su aroma. Entonces, recordó lo que le habían suministrado para no hacerla tan dependiente de la Faura B-12 y las particularidades que había ganado con esa extraña sustancia inyectada por dosis. Solo debía de unir unos pequeños cabos para estar segura de la certeza de que sea lo que sea que contenía aquel suero, algo tenía que ver con la mujer parada frente de ella.


Ambas criaturas humanoides se contemplan amenazantes, midiéndose, pero sin dar el siguiente golpe. La Danuf quería preguntarle a esa especie desconocida qué era exactamente y la razón de porqué estaba ahí. También quería preguntarle si por de casualidad esta conocía lo que eran los Dioses Descartados de un experimento hecho por humanos. No obstante, sus labios no pronunciaron esas palabras ni ninguna otra, en vez de eso su boca sufrió una transformación.


Su mandíbula tembló un poco y los bordes de su boca comenzaron a ampliarse hasta casi tocar sus pómulos. Una segunda hilera de dientes puntiagudos pertenecientes a su exoesqueleto sustituyó a los mundanos y se mostraron en toda su gloria escalofriante ante la otra criatura. Una boca igual a la de la mujer rubia.

Algo dentro de ella, una parte primigenia que veía a la otra como un adversario peligroso para su supervivencia y la supervivencia era todo en una jungla, donde no se podía contar con su propia gente y se estaba rodeada por una mayoría que no dudaría en acabar con ellos, si se enterasen de los peligrosos que eran en potencia. Incluso los perros rabiosos no quieren morir y atacaran a cualquiera que consideren como alguien nocivo para su vida. Quería matar y destruir a toda costa.


Nerv dio el primer paso, haciendo uso de su velocidad superior a los de los Danuf y de los humanos promedios. Pero ella no contaba con que la mujer rubia tenía una velocidad superior a la suya y mayor fuerza. En menos de un parpadeo se encontró siendo retenida en el suelo, sujeta por unos brazos delgados como los suyos pero soldados con hierro como los suyos.


Trató de zafarse y morder a la mujer con su boca monstruosa. Ahora la tenía frente y con las sombras proporcionadas por estar ella dándole la espalda al sol poniente, revelando unos rasgos finos, de una clásica belleza europea y unos enormes y profundos ojos esmeraldas. Se miraron por unos segundos hasta que la rubia rompió el silencio.


―¿Qué eres? ―esperó por una contestación por parte de la morena y ante el mutismo de esta continuó―. Si no hablas lo sabré por tu sangre.


El estado de parálisis de la Danuf fue aprovechado por aquella criatura para morderla con esos puntiagudos dientes en su cuello desnudo. Una oleada de dolor le llegó al instante, al igual que una serie de imágenes que pasaron como una película proyectada a una gran celeridad. Creyó ver un laboratorio, una habitación blanca, jaulas de hierro, una pila de libros y una batalla contra militares en un largo pasillo de baldosas blancas. No entendía que eran, ¿recuerdos quizás? Aunque les resultaba extrañamente familiares. Se parecía a su historia.


La presión era tan grande que antes de caer inconsciente por la ruptura de todas sus venas y arteria principal, la mujer de ojos dorados tuvo una revelación y supo que tenía ante ella al que dejaba los cuerpos sin una gota de sangre. Luego comenzó a sorberla.


4


Xavier encontró el cuerpo inconsciente de Nerv ya entrada la noche, la había estado buscando toda la tarde por la ciudad al notar que tardaba en regresar. Estaba en la misma calle, sin rastro de pelea, salvo el hundimiento de la pared en la cual se había estrellado.


Su cuello estaba intacto, se había estado curando y sus litros de sangre habían regresado a su nivel normal.


―¡¿Se puede saber que estabas haciendo todo este tiempo?!


Nerv solo lo miró de medio lado y sin decir nada se incorporó y se sacudió el polvo de su ropa.


Xavier la encaró, furioso y enojado.


―¡Exijo una explicación, Nerv!


Ella le relató lo sucedido con desgana, sin omitir ni el más mínimo detalle, describiendo con precisión a la mujer rubia de ojos verdes y sus habilidades similares a las de ellas, también le comentó lo de su peculiar aroma. Con cada palabra dicha, Xavier parecía más confundido e interesado, después de todo él era un científico, solo que había abandonado su bata de laboratorio por difamaciones y su mala ética de trabajo, pero su curiosidad y su ansia de conocimiento no lo habían abandonado. Por eso tenía esa relación de amistad o de compañerismo con Nerv, una criatura de lo más interesante y de la cual se podía aprender mucho.


Cuando las campanadas de la gran catedral de la ciudad tronaron, anunciando el inicio de alguna festividad religiosa ajena para la extraña pareja de humano y Danuf modificada, emprendieron la marcha. Se dirigieron al puerto de los gitanos, sin decirse más nada en el camino, cada uno con sus propios pensamientos. Al llegar fueron recibidos en la entrada del barco por la señora Andrada, quien se había preocupado por Nerv y se mostró bastante aliviada al verla sana y salva, pues no se podían ver las manchas de sangre en la ropa negra.


La Danuf fue directamente a su habitación para recostarse, dejando las explicaciones a Xavier. No cenó y cuando las hermanas entraron para dormir no les dirigió la palabra. Permaneció en silencio y sin dormir. Hasta que muy entrada la noche se escabulló en silencio hasta la cubierta desolada. Caminó descalza sin sentir frío o calor hasta apoyarse en los barandales de la cubierta. Miró el río Terán en calma y en sus aguas volvió a ver a la mujer con la boca monstruosa, tan parecida a la suya.


―¿Quién eres? ―le preguntó a la imagen en voz alta―. ¿Qué me haces ser a mí entonces?


Nerv no encontró respuestas, pero volvieron las ansías de consumir sangre humana. Su boca comenzó a cambiar. Su visión se nubló. Algo monstruoso y primitivo había despertado en ella.


El sonido de varios gritos rompió el silencio de aquella noche.

25 de Octubre de 2021 a las 14:58 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Conoce al autor

Diana Guiland Escribo desde los 10 años, siempre he sido muy tímida y la escritura ha sido un modo de expresarme con el mundo.

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