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Jose Cidon


Este relato narra el proceso de desbloqueo de un relatista a quien han encomendado la tarea de escribir una historia. Su incapacidad para hacerlo le hará reflexionar sobre su mundo interior.


Cuento Todo público.

#autoconocimiento #Existencial
Cuento corto
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Folio en blanco.

Recuerdo las palabras de despedida de María el último día de clase: «quiero que la próxima vez traigas un relato». El reloj marca las cuatro de la tarde y no se me ocurre ninguna historia que contar. Aburrido, me acerco a la cocina para tomar agua en un vaso, más por evitar la molesta blancura del papel que por sed. Mientras se llena el vaso miro por la ventana, unos pajarillos revolotean juguetones en la terraza. Pienso que me gustaría ser un pajarillo. Los pájaros no piensan, sólo vuelan libres por un mundo diáfano, saltan, comen, duermen. Viven. Siento frío húmedo en la mano, el vaso se ha llenado y el agua corre por mis dedos camino del desagüe del fregadero. Me seco la mano y vuelvo a la mesita, donde el papel aguarda paciente a que le emborrone la cara con garabatos negros. O azules. O rojos. Caigo en la cuenta entonces de que ni siquiera me preocupé de coger un bolígrafo del bote portalápices. «Quiero que la próxima vez traigas un relato». Son la cuatro y cinco. Bebo un trago y recuerdo el agua que corría por mi mano cuando el vaso se desbordó. Me recuerda tanto a mi vida… ella también corre y se desliza entre mis dedos sin que pueda retenerla. Los días gotean incesantes y plomizos, unos iguales a otros, cayendo lentamente en esa cloaca que la neurociencia llama memoria, donde la carne desgarrada de una infancia rota por la frontera entre dos ciudades se pudre bajo el sol del secarral madrileño. ¡Ay, Bilbao, tú eras tan verde…! ¡Y tan azul…! Cierro los ojos y la playa de Plentzia se presenta ante mí profunda y eterna. Un niño juega alegre en la orilla, a su lado hay cavado un hoyo e intenta agarrar los reflejos del sol sobre la superficie del agua que lo llena. Me acerco a él con curiosidad, quiero saber cómo se llama y preguntarle si puedo sentarme a su lado para jugar con él, pero a pocos pasos de distancia una mano me agarra de la muñeca y me obliga a parar. Intento zafarme, pero no puedo, la mano me agarra con fuerza. El niño sigue jugando en la orilla, ajeno a mi presencia. Quiero sentarme a su lado y jugar con él, pero la mano oprime mi muñeca más y más fuerte a cada tirón que doy para intentar liberarme. «No es hora de jugar». Es una voz de mujer, ¿la madre del niño? Miro su rostro, es mi madre, el niño se levanta y me mira, tiene los ojos verdes, igual que los míos. Mi madre me suelta y se acerca a él, comienzan a andar juntos, corro pero no puedo alcanzarlos y poco a poco se van desvaneciendo hasta desaparecer en la nada. «Quiero que la próxima vez traigas un relato». Acerco la mano al portalápices que está encima de la mesilla y cojo un bolígrafo cualquiera, sin fijarme siquiera de qué color es. Pienso una historia interesante que contar y la mirada se desvía hacia la estantería, llena de libros. Me levanto y cojo uno cualquiera, el corte superior está recubierto por una capa de polvo grisácea. Soplo y el polvo se difumina en el aire. Leo el título: «El espía que odió a los Beatles». Leí ese libro hace años. Lo abro y dejo resbalar la mirada por la dedicatoria: «Para mi amigo José, por estar siempre a mi lado. Con cariño, Gerardo». Mis labios dibujan una sonrisa melancólica con regusto amargo. Sé que nunca escribiré porque no tengo nada interesante que contar. No como Gerardo, como Najat, como Eduardo. Ellos han morado en ciudades varias, conocido gente de toda condición y raza, hablan inglés y francés, Najat también árabe. Ellos han vivido y yo soy un muerto en vida enclaustrado entre los muros de un obrerismo homicida: mujer, hijos, nómina. Si al menos me gustara el fútbol… Devuelvo el libro a su lugar y echo otro vistazo a los volúmenes que reposan sobre las baldas. He leído muchos de ellos, leer es engañarse a sí mismo, conformarse con vivir la vida de otros, una vida que uno nunca vivirá. Otros los leeré con el tiempo, o quizá no, quién sabe. De otros, mis manos nunca llegarán a acariciar sus páginas. ¿Para qué escribir si a lo mejor nadie lee nunca lo que escriba? «Quiero que la próxima vez traigas un relato». Me siento de nuevo en la camilla. Son las cuatro y diez y el papel permanece a la espera de escuchar mi historia, que no es más que un cúmulo de páginas cayendo de un calendario como hojas de arce marchitas en otoño. Tomo de nuevo el bolígrafo y dibujo unos garabatos verdes (me gusta el color verde, las montañas de Euskadi son verdes) que me recuerdan a las figuras geométricas dibujadas por Euclides en sus tratados matemáticos. «Un segmento es una línea recta delimitada por dos puntos». Dibujo sobre el papel un punto bien marcado y debajo escribo una sucesión de números: 20.03.1982 (fecha de mi nacimiento), comienzo a trazar una línea con longitud no determinada de antemano por mi mente, en un momento dado llego al borde del folio, el folio es finito, y ahí cierro la línea con otro punto. Debajo escribo una interrogación, no sé cuándo moriré. Esa línea soy yo, yo soy un segmento, la vida es un segmento. «Quiero que la próxima vez traigas un relato». Dibujo un punto en un lugar cualquiera dentro de la línea, hoy es ese punto, dibujo más puntos, muchos más puntos, y el pasado queda oculto bajo ellos. Me doy cuenta de que cada segundo es un punto que explota y se desvanece orgásmicamente, la vida es una orgía de puntos. «Quiero que la próxima vez traigas un relato». Miro la distancia entre el hoy, el ahora, este mismo segundo que se desvanece y la interrogación, el pasado me parece ahora una ridiculez minúscula. «Quiero que la próxima vez traigas un relato». Escribir es engañarse, engañarse tanto como leer, vivir durante un puñado de páginas una vida ajena y robada, ser un otro cuasiperfecto, un espejismo, el reflejo mentiroso y excelente de una realidad deforme. «Quiero que la próxima vez traigas un relato». Recuerdo mis propias palabras: «El pasado me parece ahora una ridiculez minúscula», «la vida es una orgía de puntos». «Quiero que la próxima vez traigas un relato». Miro el espejo que tengo colgado frente a mí, no sé si él muestra el reflejo o el reflejo soy yo, quizá yo sea un reflejo, los personajes son reflejos en la mente de los escritores, a lo mejor soy el personaje de un relato inventado por alguien. «Quiero que la próxima vez traigas un relato». Miro mi vida, representada en esa triste sucesión de puntos que sobre el papel yace sin fecha de caducidad, el punto final aparece ante mí como lo único irreal, ficticio, inexistente, tan inexistente como la línea. Sólo existe la sucesión de puntos. El escritor se inventa los puntos. «Quiero que la próxima vez traigas un relato». Dibujo puntos sobre la línea del segmento que lleva al punto final. «Quiero que la próxima vez traigas un relato». Los puntos dan vida al segmento, yo dibujo los puntos, yo soy mi propio escritor, doy vida a mi vida. «Quiero que la próxima vez traigas un relato». Las agujas del reloj marcan las cuatro y media. «Quiero que la próxima vez traigas un relato». Empuño el bolígrafo verde y escribo las primeras palabras de un relato:

«Cuando Ernesto despertó aquella mañana, algo en su interior era diferente…».

25 de Octubre de 2021 a las 06:35 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Continuará…

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