wereyes W. E. Reyes

Vicenzo va en busca de su dama en desgracia, la sorpresa que le espera al final era algo que no hubiese podido prever.


Cuento Todo público.

#challengeroctubre #witchtober #luna
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I

Vincenzo Braccioforte no daba crédito a sus sorprendidos ojos. Los muertos del entierro profundo se habían levantado a plantar sus caras frente a él. El cuerpo de los no muertos de hace tantos siglos presentaban una extraña figura: era como de goma, como un algodón de azúcar rosado con alvéolos en la carne.

Empezaron a salir de las criptas: beligerantes con sus espadas, lanzas y escudos. De sus formas de rosa pálido chorreaba sangre roja apelmazada. Uno de ellos, el más fornido, con sus mandíbulas a punto de desencajarse gritó:

—¡Por qué haz desacralizado nuestra cripta!, ¡infiel morirás!

El caballero con flamas en sus ojos lo hizo trizas con sus mandobles. Había llegado ahí por las indicaciones de Apeth, la hechicera harpía, que poseída por su rabia del incordio mantenido por centurias contra Ameris, su enemiga natural, le había hecho estar ahí y enfrentar los más demoníacos destinos.

Para llevar acabo la tarea encomendada su mandante aquella le proveyó con la espada Colmillo de Dragón, el escudo Eco de Gigante y la armadura Cuero de Diablo.

Saltaba de tumba en tumba, esquivando, agazapándose y burlando los golpes enemigos. De una descarga de su arma convertía en cenizas y polvo a los desdichados del inframundo.

En la entrada del pozo se quedó su improvisada comparsa Geraldine. La musculosa y corpulenta soldado que lo rescató de su desdicha. Juntos pelearon más de cien batallas por estar en ese lugar. Deberían de haber estado hace cinco días en aquel destino, pero por problemas incomprensibles para él, ello no fue factible.

«Qué extraño hado me acosa, la joya fiel de tan grande poder no parece funcionar como de costumbre. Me pregunto quién o que se interpone a mi empresa», pensó Apeth, consternada por no poder hacer funcionar la magia del collar.

No lograba abrir el portal hacia la fortaleza de su enemiga.

—¡Partid ahora!, mi fiel capitana junto al recién reclutado. Es un viaje largo de cinco días, sin embargo sé que no me fallarán y lograré mi fin anhelado.

Iban como el viento navegando sobre las islas y los curvos montes. Atravesaron el mar que los separaba de la isla oscura y se enfrentaron al guardián de aquellos lares: un calamar con escamas y aletas parecidas a un tiburón. Medía más de veinte metros de altura y se interpuso en el paso para llegar a la isla.

Sus grandes tentáculos trataban de aplastarlos. Usando la liviandad que le daba su mágica armadura el caballero lograba hacer la fintas necesarias para esquivar tan temible adversario. Logró atrapar una de las extremidades de la bestia en unos restos de naves hundidos hace mucho tiempo en aquel lugar. A duras penas pudo empujar el ancla de una de las naves estrelladas… La fuerte capitana fue en su auxilio y comenzó a entretejer los tentáculos de la bestia en los pesados hierros. Presurosa fue a buscar tres anclas más que arrastraba con prisa y sin dificultad. Mientras el paladín a punta de golpes de su poderosa espada lo hacía retroceder.

La bestia no se dio cuenta de la estratagema hasta que fue tarde. Anclada a la arena por los valientes combatientes, sus ojos iridiscentes parecían contemplar su cruento final. Vincenzo saltó en el aire y le clavó Colmillo de Dragón en el centro de su mollera. La tinta púrpura y oscura corrió desde la cabeza del cefalópodo, mientras sus ojos giraron en redondo para quedara apuntando al cielo.

—Hay algo en ti que vi cuando llegamos a la torre, algo que puedo usar…

—Poderosa dama no sé porqué te posaste enfrente de mí, en mi escape del castillo. ¡Te ruego por favor que me ayudes a volver y liberar, tal vez, a mi amada!

—Oh caballero yo no hago favores… hago negocios. Si logras derrotar a mi enemiga sin duda obtendrás lo que anhelas. ¿Estás de acuerdo en derrotar a mi adversaria para recuperar a tu distante amor perdido?

—Lo que tu digas, excelsa dama.

Un relámpago de cientos de millas atravesó la bóveda celeste y dejó en negativo la imagen de aquel mundo.

—Doctor Stein… ¿está seguro de este procedimiento?

La duda de la ayudante Jonas, en el laboratorio subterráneo FUBAR, perteneciente a la corporación CIEPUFM, inquieto un poco al doctor Nikola Stein.

—Evelyn hemos hecho... ¿Cuántos cálculos?… alrededor de dos millones, sino me falla la memoria, en la Big Red. Computadora cómo tú ya sabes de ciento cincuenta y tres mil trillones de transistores apoyadas por cien nodos de cómputo cuántico…

—Son doscientos nodos cuánticos y ciento noventa mil trillones de transistores, según la última actualización del sistema… Profesor Stein. Apoyados por trescientos algoritmos IA de funciones independientes... Aún así, perdóneme, tengo una sensación, corazonada o instinto si me permite usted. Algo no anda bien, incluso si logramos una fusión perfecta de los tres núcleos de masa solar. Existe una posibilidad de generar un agujero negro y tal vez… una alteración de la realidad.

—¡Oh vaya, necesito actualizarme!, parece que estoy demasiado concentrado en los experimentos —rió Stein—. Pero la posibilidad de esa alteración es ínfima, ¿o no?… creo que diez a la menos veinte —dijo la eminencia, mientras que con una irónica sonrisa acariciaba un amuleto dorado, entre sus manos.

«Creo que serán al menos cientos de alteraciones», pensó Nikola mientras sonreía a saltos sin poder controlar una carcajada

Apeth sintió un extraño fulgor atravesar la conciencia de su cabeza. «Qué demonios fue eso pensó»

El valiente Braccioforte llegó al pozo que dirigía a los subterráneos del ahora extraño y desfigurado castillo familiar.

—Mi fiel salvadora y escudera, quédate fuera, presiento que los peligros de aquí abajo son mortales y aunque se de tu fuerza y ahínco no puedo permitir que te arriesgues. Agradezco en forma infinita tu ayuda. Que el Honor y Gloria te acompañen siempre.

—Para ti también, oh ilustre caballero, Honor y Gloria.

La luna llena iluminaba el paisaje y la figura recortada de Vincenzo se veía a la luz del astro mientras bajaba a su destino.

Atravesó las catacumbas poseído con un torbellino de furia en busca de su amor perdido. Criaturas infernales y aberrantes de todo tipo salieron a su encuentro: demonios de fauces con blancos colmillos chorreados de sangre fresca, quedaron partidos como calabazas con su espada de filoso ardor; sátiros diabólicos, con babosas bocas espumando lascivia por el líquido vital; y almas en pena, prisioneros de almas negras perdidos en indolente lujuria del odio y horror y fantasmas putrefactos que expandían su vaho mortal repelidos todos por el escudo del héroe.

Fueron obliterados por los mágicos tajos mortales de su ferviente espada. Fluían sus almas, vaporizadas, hervidas, reventadas, partidas, desintegradas y hechas polvo cósmico por la bravura de la desesperación.

Repugnantes, rastreras y resbaladizas alimañas parecidas a oleosas serpientes que trataban de asfixiarlo fueron hechas cenizas por el quemante fuego de su armadura dorada.

Un gigante cíclope hercúleo de tres metros de altura trató de avasallarlo con sus puños. Su escudo Eco de Gigante devolvió con fuerza doble los golpes dejando inconsciente al monstruo que fue decapitado luego por Colmillo de Dragón. La sangre corrosiva de la bestia salpicó su armadura Cuero de Diablo y se vaporizó al instante.

Se sentía invencible, inconmensurable e inmortal. Llegó a al lugar de donde había sentido la llamada de auxilio la primera vez y encontró a Rosario con una daga al cuello sostenida por una extraña figura femenina de ondeantes curvas y sierpes que rodeaban su cuerpo, su cabeza coronada por cuernos y con la mitad de su cara desfigurada. Su brazo izquierdo era una rama negra cocida a su hombro con metal de púas oxidado.

—¡Tú debes ser Amaris!

—Y tú un soberano imbécil… Un pelele de Apeth. Oh si caballero, te preguntarás cómo tengo a tu dama y porqué pide auxilio… O cómo ella misma pudo ir en su propio auxilio. No creo que lo puedas entender y tampoco tengo ganas de decírtelo —se carcajeó con psicótica risa.

Vicenzo se encontraba confuso, al principio había pensado que todo se trataba de una pesadilla, pero ahora su gran amor estaba a punto de ser degollada por ese despreciable ser.

—¡Qué dulce y blanco es su cuello no te parece!, su cuerpo es joven y tiene unos pechos firmes y sedosos. Qué lástima será para ti cuando me beba su tibia sangre y me otorgue la belleza y juventud que ella tiene —dijo, mirándome con sus refulgentes ojos de odio, abiertos a más no poder como si me quisiera acuchillar con ellos.

Un agujero en el aire se abrió, rodeado de refulgentes rayos, de él salieron los Paladines del Honor junto a Marcus. El asombro en los ojos de Braccioforte y de Amaris no se podía ocultar. Aunque esta última estaba sorprendida no se mostraba demasiado preocupada.

—¡Me arrebataste a Valiente infecto demonio, prepárate a morir! —exclamó Lady Justicia, el brillo de su espada de plata encegueció al ser infernal.

«Esto se puso interesante, hasta vino ese viejo mago omni-impotente», pensó riendo la maldita inmortal.

25 de Octubre de 2021 a las 02:43 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Continuará…

Conoce al autor

W. E. Reyes Cuentacuentos compulsivo y escritor lavario. Destilando sueños para luego condensarlos en historias que valgan la pena ser escritas y así dar vida a los personajes que pueblan sus páginas al ser leídas. Fanático de la ciencia ficción - el chocolate, las aceitunas y el queso-, el Universo y sus secretos. Curioso por temas de: fantasía, humor, horror, romance sufrido... y admirador de los buenos cuentos. Con extraños desvaríos poéticos.

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