Y
Yisus Thou


Fred Stevens, un hombre de 40 años que reside en un piso con su gato, empieza a ver ilusiones y fenómenos extraños que suceden en su hogar durante la noche.


Cuento Hombres lobo Todo público.

#horror #sombras #paranormal #Terror
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Una mente corrompida

Me llamo Fred Stevens, tengo 40 años y vivo en un bloque de viviendas. Nací en Villa del Lilbar, una pequeña ciudad dormitorio.


Escribo esto para contar los fenómenos extraños que me sucedieron la otra noche, a partir de las diez y veinte para ser exactos. Os juro que, todos estos fenómenos los vi con mis propios ojos, y no mentiría por nada en el mundo.


Bien, comienzo con el breve relato. Os pido por favor, o aún mejor, os suplico, que creáis estos hechos.


1


Esa noche me quedé solo, Ángela, mi esposa, y Martín, mi hijo, se marcharon de casa para ir a una fiesta de empresa que había preparado el jefe de Ángela.


A los quince minutos de su salida, me preparé un rico sándwich de lechuga, tomate, y un poco de atún. El bocadillo lo puse en un plato de color blanco, lo dejé en la mesa, y después me lo comí. Hasta ahí todo bien, pero fue entonces cuando comenzaron las cosas extrañas.


Escuché una puerta abrirse de manera violenta, aún estando todas las ventanas cerradas de la casa, ya que ese día, había fuertes lluvias que perduraban hasta esas horas de la noche. Fui a ver cuál puerta se abrió. Salí del salón, encendí la luz del pasillo, y miré todas las puertas que daban acceso a distintas habitaciones.


Todas estaban cerradas, no tenía explicación ante aquel ruido. Cuando cerré los ojos para pestañear, y los volví a abrir, vi que la puerta del cuarto de Martín estaba abierta. Cosa que, cuando di el primer vistazo, así no estaba. Supuse que eso podía haber sido un efecto despiste por mi cansancio, esa jornada fue muy dura y estresante, el jefe estuvo a punto de despedirme por un fallo cometido por un compañero. Cerré la puerta, y regresé al salón.


Retomando lo que iba diciendo, la puerta de Martín fue abierta en menos de un segundo, menos de lo que se tarda en pestañear, literalmente. Fui a cerrarla. La cerré, y regresé al salón. Me senté para continuar comiendo el sándwich.


Me lo terminé, bebí el vaso de agua que me había servido, y solo me quedaba relajarme por el resto de la noche. El gato se me puso en las piernas, ronroneó, y se tumbó, quedándose completamente dormido. Encendí la televisión, me dispuse a coger el mando, y cambiar de canal hasta encontrar algo que me gustara. Decidí conectar el móvil a la televisión, y poner un vídeo sobre animales. A los cinco minutos, otro extraño sonido escuché en la cocina, como un cuchillo siendo afilado. Me levanté deprisa, quité el gato de mis piernas, y corrí a la cocina.


El cajón de los cubiertos estaba abierto, lo cerré. Traté de regresar al sillón y sentarme, pero no podía, sentía la presencia de algo, hasta que alguien me chilló en el oído. Ante esto solté un grito, pero enseguida conseguí callarme tapándome la boca con las dos manos. Miré a mi al rededor, pero no había nadie.


Las manos me temblaban, el cuerpo lo tenía destemplado, estaba pasando mucho miedo en ese preciso momento.


Me sentía inseguro en mi propia casa. Lo único que me apetecía era irme a la cama, taparme hasta arriba, y olvidarme de lo que estaba pasando en mi casa. Pero no podía hacerlo, tenía muchísimo miedo. El terror me invadía y mi mente se bloqueaba.


Abrí la cama, me metí en ella, y me tapé hasta las orejas. A los veinte minutos se escuchaban pasos acercándose a la habitación. Cerré los ojos, mi respiración se aceleró; a su vez apreté los dientes. Los pasos desparecieron segundos después.


Eran casi las once de la noche. Salí de la cama, acobardado y con un mal presentimiento rondando mi cabeza. Cuando puse la mano derecha sobre el picaporte de la puerta del dormitorio, pensé en si abrirla o no, o más bien, que me estaba esperando fuera del cuarto.


Bajé la mano, la maneta con la que abriría la puerta empezó a crujir, me estremecí, pero me envalentoné contra aquello que estuviera en mi casa. Decidí que, si mi mujer e hijo venían a casa y se encontraban con esa cosa que merodeaba mi casa, y les pasaba algo, no podría hacer otra cosa que llorar, y al final quitarme la vida entre sufrimiento.


Finalmente, el resbalón del picaporte se deslizó hacia atrás, y con un leve empujón, conseguí abrirla. El pasillo estaba oscuro, parecía no tener fin. Presioné el interruptor de la luz. La lámpara se encendió. Di dos pasos hacia delante, abandonando el espacio seguro de mi cuarto, pero debía tomar valentía y dejar de ser un cobarde.


Di pasos firmes hasta llegar al salón. De nuevo, encendí la luz presionando desesperadamente el interruptor. No había nada ni nadie, excepto el gato que se había despertado por mi culpa en su cama. Registré la cocina, todo estaba en orden; más de lo mismo en el resto de salas.


Me senté de nuevo en el sillón, el gato empezó a maullar. Levanté la cabeza, la giré a la izquierda, y vi al gato dormido. Todo esto sería fruto de mi cansancio, pensé para mí mismo en aquel preciso instante, todo se debía a un durísimo día de trabajo y sin apenas descanso; además, la relación con mi mujer está empeorando, también puede ser eso; o que, me haya amenazado con el divorcio en distintas ocasiones. A lo mejor estaba con otro hombre y yo no lo sabía, quién sabe. Me apuesto lo que sea, a que aquella maldita noche no volvía porque estaba revolcándose en la cama de otro hombre, mientras mi hijo dormía en otro lujoso dormitorio.


Todo porque nos quedábamos sin dinero, ¿Verdad? Dios, creo que me estoy volviendo loco en esta celda.


Retomemos la acción de lo que pasó la otra noche.


Cerré los ojos, e inconscientemente me quedé dormido, unos cuarenta minutos aproximadamente. Y mi mujer no volvía, aquella maldita traidora me engañaba a mis espaldas con otro hombre, ¡Y yo partiéndome la espalda trabajando, todo por ella y él!


Desperté agitado, con la respiración acelerada. Despegué la espalda del respaldo del sillón, miré hacia atrás. En la sombra había una silueta humana, ensombrecida y con aspecto horrible; quité la mirada de aquella forma, pero no me pude librar tan fácilmente de aquello. Otra forma estaba en la puerta que daba acceso al pasillo, con un cartel colgado en su pecho que ponía: "Desaparecido"


Rápidamente saqué el móvil del bolsillo, encendí la linterna del mismo, e iluminé a las dos figuras. La que estaba en la cocina, pude iluminarla levemente, pero solo el pecho; otro cartel pendía de él, que ponía lo mismo. No sabía que quería decir aquello, ni si era real o una profunda pesadilla muy angustiosa de la que no podía despertar. De hecho, aún intento creer que fue una pesadilla.


Caminé hacia atrás ante mi temor de que esas dos "personas" corrieran hacia mí, y me pudieran hacer daño. Dos pasos más atrás, me choqué con la mesa de café; inevitablemente, me apoyé con las dos manos sobre la mesilla, me volví a incorporar, giré sobre mí mismo hacia atrás, y no me podía creer lo que estaba viendo. En la penumbra, donde la luz de la lámpara no podía llegar, había otra sombra con otro cartel de desaparecido; pero, le pude ver un poco su brazo, y estaba destrozado, con moratones, y una visible fractura. De nuevo di pasos rápidos hacia atrás, mis pies se enrollaron con la alfombra, y caí hacia atrás.


La respiración se me aceleró, y un sudor frío me recorría la frente. Detrás de la figura que estaba en la puerta del pasillo, aparecieron otras cinco más, caminando hacia donde yo estaba. Algo de lo que me pude dar cuenta antes de que empezara lo que me dio más miedo, fue que el gato no estaba en su cama, y eso que se había dormido profundamente. Procuré levantarme de nuevo lo antes posible, aunque las piernas no me ayudaran en absoluto, ya que me temblaban y era difícil mantenerlas sin que se doblasen.


Las tres figuras que se acercaban por el pasillo, empujaron un poco a la que obstaculizaba en la puerta. Esta caminó junto a ellos, igual la que estaba en la cocina, y más de lo mismo con la que se encontraba en la penumbra. Yo grité, hasta lloré. Me protegí con mis brazos. Esperé lo peor, pero cuando decidí ver que había pasado, habían transcurrido unos cincuenta segundos, tiempo de sobra para que me hubieran hecho algo.


Me desprotegí, observé todo lo que pude, y ya no había nadie. Parecía haberme quitado a esos fantasmas de encima.


Las una de la madrugada. Mi mente se veía truncada ante las diferentes situaciones que se me planteaban sobre la marcha, y prometo, a todo el que lea este breve relato, que nunca me había pasado esto antes. La puerta principal se abrió suavemente, emitiendo un breve chirrido que sólo duró unos segundos.


Un rayo de luz blanco entró al salón, que distorsionó mi vista. Todo lo veía borroso, y con neblina.


Una figura oscura, parecida a las anteriores, pero de menor estatura, entró al salón. Miró de un lado a otro, y me encontró. Yo estaba sentado en el suelo, apoyado contra un mueble de la cocina. El contorno sombreado que formaba la oscura figura, empezó a dar pasos hacia mí. Enseguida me levanté, abrí un cajón, saqué un cuchillo del mismo, y grité:


-¡Dejadme en paz de una vez!-


Entonces me arrojé sobre la sombra. Pude escuchar perfectamente un grito lejano, y era femenino. Con el cuchillo atravesé el abdomen, después el cuello, y por último, la cabeza. Me salpicó un líquido oscuro y viscoso, me recorría la nariz; su olor era desagradable, como pútrido y podrido. La figura negra, allí tumbada y con un charco de sangre que brotaba de diferentes sitios, se levantó, pero esa vez tenía un cartel que ponía "Desaparecido".


Pasé sobre el cadáver, y miré por la puerta del pasillo. Allí estaba, la otra figura de aspecto femenino. Yo estaba seguro de que querían matarme, cada uno de ellos, y aún estoy seguro.


De nuevo, di zancadas en vez de pasos. Agarré del cuello a la sombra, y con el cuchillo, la degollé por completo; daba sollozos , tosía, se asfixiaba. Hasta que murió. Su otra parte se despegó de ella, se levantó prácticamente con otro cartel, en el que había escrito "Desaparecido".


Giré sobre sí mismo, y huí de aquellas dos cosas. Bajé las escaleras del bloque de viviendas de dos en dos, hasta que llegué a la primera planta; en la salida del bloque había otra figura, pero con dos cabezas separadas con ramas secas. Grité, caí hacia atrás; mis manos cayeron sobre un charco de sangre. Después se oyeron sirenas de policía acercándose con celeridad.


Luego un coche frenó en seco a la entrada. La cosa con dos cabezas desapareció, y entró un agente de policía con una pistola apuntándome. Me dijo:


-¡Queda arrestado por las desapariciones y asesinatos causados en los días anteriores!-


-¡Déjeme, no he hecho nada!- Protesté en mi defensa.


Me esposaron inevitablemente. No quería que el agente se manchara las manos de sangre, pero cuando iba a evitarlo, pude percatarme de que no tenía manchas, ni nada por el estilo.


Fui arrestado. Me hicieron pruebas mentales, y me diagnosticaron esquizofrenia. Por lo tanto, fui encerrado en un centro psiquiátrico. Se llama, creo, Psicologic, a las afueras de un pueblucho de mala muerte.


Por cierto, aún mantengo mi defensa contra esos crímenes de los que me culparon, yo no fui, y nunca lo hice, siempre me defendí de esas cosas sombreadas que venían hacia mí.


Sólo me defendí porque tenía miedo, no quería hacerle daño a nadie.


Además, esa misma noche que fui arrestado, encontraron el cuerpo de mi hijo y mi mujer en mi casa; su cuerpo estaba repleto de heridas, e incluso, alguien le había clavado un cuchillo en el ojo a Ángela. Lamento mucho sus muertes, sobre todo la del pequeño, los amaba con locura.


¿Por qué me pasa esto a mí? No hice nada a nadie.


Ahora me sirven pastillas para calmarme todos los medio días, junto a la comida.


2


Continúo con el relato unos meses después. Estoy desesperado, necesito salir de aquí cuanto antes, pero no me lo permiten. Me mantienen drogado durante todo el día, de hecho, no sé ni cómo estoy escribiendo esto. La somnolencia aumenta en mi cuerpo.


Las sombras están volviendo, y me sugieren que acabe con todo antes de que se vuelva aún más complicado. Sólo necesito tiempo, le contesté en un leve susurro.


Mi cuerpo se siente casi muerto, no tengo ganas de nada, y la verdad, es que no me siento bien desde que tomo estas pastillas. Pero, como muchos no sabéis, aquí obligan a golpes para que te las tomes. Literalmente, viene el psiquiatra, se sienta en su silla de metal enfrente mía, y espera hasta que me tomo las medicinas.


Los primeros días me negué a tomarlas. No tenéis ni idea lo que me hizo, y de lo que puede llegar a hacer...


Cuando me negué a tomar la "medicina", me azotó con un látigo en la espalda. Después me brindó otra oportunidad, la rechacé. Finalmente, me pegó en la espalda con la misma silla en la que estaba sentado. Accedí a tomarlas, y así hasta ahora, día 6 de enero de 2006.


Presiento que seguiré aquí muchos años, para seguir siendo preso del sistema de las sombras...


Dejo de escribir este relato por aquí, no me apetece relatar mucho más de lo que me sucede en este asqueroso lugar de mala muerte.


Me llamo Fred, y quiero que este breve relato sea leído algún día para que se sepa la verdad sobre lo que me ocurrió.



24 de Octubre de 2021 a las 10:04 0 Reporte Insertar Seguir historia
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