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LA MINA ROJA

Amanece sobre las verdes colinas se Kivu. Una niebla traslúcida, poco espesa, se eleva desde la tierra caliente y roja, envolviendo y acariciando los pies desnudos de Sanza y las otras mujeres de su aldea, que en medio de un canto susurrado y todavía somnoliento, caminan a buen paso hacia la montaña.
Su nombre, en lingala, significa "hermosa melodía". Sanza canturrea a menudo, canciones infantiles aprendidas en la escuela dominical. Algún que otro salmo. Las nanas que cantaba su abuela mientras molía mandioca. Ella y las demás mujeres cantan aquí y ahora, bajo el cielo claro, sobre la hierba esponjosa, saboreando la humedad en el aire. Canta en la casa, mientras prepara col hervida, o en el río, cuando lava los vestidos coloridos, los turbantes, la pantalones cubiertos de barro grueso del marido. También él trabaja en la mina. Todos cuantos conoce lo hacen. Toda su aldea. La montaña es su único sustento. Se acaricia despacio el vientre ligeramente abultado. Desea que cuando su hijo nazca, la mina no exista, la montaña no exista, y al instante se avergüenza de semajante pensamiento. Sin la mina, su hijo no tendría col hervida que comer. Cuando alcanza la falda de la montaña pelada y borrosa, suspira, deja de cantar, aprieta con fuerza la pala, y comienza a ascender. Necesita todo el aire que pueda retener en los pulmones por si hubiera que bajar a las galerías. A veces, no queda nada en la superficie, y hay que reptar, empujarse con los codos, ignorar el olor a gas, respirar despacio por la boca, rezar para que hoy no llueva. En esta tierra tropical y monzónica, las lluvias son repentinas, imprevisibles, torrenciales.
Sanza mira al cielo, más allá de la siniestra silueta de la montaña, hacia los picos oscurecidos del Virunga. Hoy no habrá lluvias, se dice. Hoy no.

Al pie de la montaña, una ciudad de chabolas y uralitas ha ido creciendo con los años, como un hongo o un parásito. Un zoco miserable en el que conseguir bananas, picos, palas, licor, botas nuevas, Coca-Cola, gorras de béisbol, ganja o cigarrillos. En el serpenteante sendero por el que los mineros avanzan como hormigas de colores, siempre hay aparcado algún Land Rover, medio hundido en las cunetas. Y en el asiento trasero, algún europeo con gesto de fastidio y traje blanco, limpiándose el sudor pegajoso, hablando por el móvil, mirando con furia el reloj. Los ha visto a menudo, sobre todo al caer la tarde, enzarzados en meliflua conversación con el encargado, sonriendo demasiado, asintiendo demasiado, apretando manos con demasiada satisfacción. Sanza sabe, que a pesar de la expresión circunspecta y displicente del encargado, que se cree imprescindible o importante porque tiene un walkie talkie, botas buenas y un Kalashnikov, que es el hombre blanco el que tiene el control, el poder, el dinero. Y que luego, en Goma o en Kinsasha, cómodo y fresco en su habitación de hotel, se lavará las manos con mucho jabón, para quitarse el olor a negro. Al encargado sólo le tienen miedo ellos, allí en la mina. Porque tiene botas buenas, un walkie talkie por el que habla a menudo con hombres anónimos que viven lejos, en la ciudad, y que a menudo, le gritan. Porque tiene un Kalashnikov. Porque durante la guerra, era el cabecilla de una de las facciones más sangrientas. Porque cuando alguno se negaba a bajar a los túneles, amenazaba con no pagarle, con no permitirle volver, con el ruido ominoso del Kalashnikov disparado al aire. Pero el miedo no venía de las balas, las amenazas, los malos modos, la lluvia que inundaba la montaña y hundía las galerías con los mineros dentro. El miedo venía de la ausencia de col hervida en la cena. Sin col hervida su hijo no llegaría siquiera a nacer.
Cuando llega arriba, al cono extrañamente expuesto de la montaña, que se parece a un puñado de yuca agujereado, blando, del amarillo del vómito, se pregunta si el europeo del Land Rover, o las voces imperativas y anónimas del walkie talkie del encargado, cenarán col hervida, cobrarán 25 chelines congoleños por una jornada de trabajo de diecisiete horas, si sus vidas dependen de que hoy llueva o no llueva, si serían capaces de arrastrarse como gusanos por un túnel del tamaño de un sifón de inodoro, sin apuntalamiento, sin oxígeno, sin marcarillas, cascos o arneses de seguridad. Sólo con una pala, sus brazos, la perspectiva gloriosa de la cantidad de col que puedes comprar en el mercado, con 25 chelines.
La cena de hoy. La supervivencia de tu hijo nonato.
Mientras ocupa su lugar y hunde la pala en la arenisca gomosa bajo la que duerme éso que llaman coltán, Sanza se dice que dentro de unas semanas, estará demasiado gorda para bajar a los túneles. Las mujeres menudas y los adolescentes, son los más solicitados para esa parte del trabajo. Cuando en la superficie no quede mineral, y ella no sea capaz de arrastrarse sobre el vientre fecundado para arrancarlo del corazón de la montaña, no cobrará lo suficiente para tener col hervida en la mesa todas las noches. Pero hasta que éso ocurra, puede trabajar el doble, ofrecerse voluntaria para todos los descensos, cavar en la superficie una o dos horas más que las demás mujeres de su aldea, no preguntarse, allí abajo, si el gas carbónico es perjudicial para el bebé, tóxico para ella, inflamable. Allí abajo, sólo puede pensar en cavar, respirar despacio por la boca, impulsarse con los codos, calcular cuánto podrá ahorrar para comprar col en la recta final de su embarazo.

Mira al cielo, por encima de la cordillera oscurecida. "Hoy no lloverá. Hoy no".

24 de Octubre de 2021 a las 09:20 4 Reporte Insertar Seguir historia
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Francisco Rivera Francisco Rivera
Revelador de circunstancias y de avatares humanos, sin que afecte de qué contexto planetario describas. Me gusta, y felicidades!
October 31, 2021, 17:13

Juan Jose Juarez Juan Jose Juarez
Muy buena tu historia, tu narración te hace sentir y vivir cada momento, cada sentimiento, me gusto mucho
October 25, 2021, 14:15

  • Beatriz Pérez Beatriz Pérez
    Muchas gracias, celebro que te haya gustado. Saludos October 25, 2021, 14:16
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