wereyes W. E. Reyes

Una delirante mente proveerá a Marcus y a los Paladines del Honor, el mecanismo que les permitirá continuar su aventura.


Cuento Todo público.

#challengeroctubre #catacumbas #witchtober
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I

Rosario del Alma y Vincenzo Braccioforte se encontraban en la fortaleza de la familia de este último ubicada en el extremo de los mares del sur del reino de Malta.

Había sido una noche larga celebrando la fiesta previa a la boda de ambos que se efectuaría el domingo siguiente... ya cansados se fueron a dormir.

Desperté y llame a Vincenzo. Lo persuadí de acompañarme y fuimos a la sala del banquete del día anterior. Le dije que había sentido el llamado de una persona pidiendo ayuda… Fuimos corriendo presurosos. Por algún motivo las luces no se encontraban encendidas, tomé una antorcha la encendí y seguimos camino.

La luz bamboleante que llevábamos, nos mostró el piso: grandes pedazos, como si hubiesen sido arrancados con furia, de ramas de árbol de navidad se encontraban regadas por el suelo. Manchados con gruesa sangre coagulada. El rastro de grumos sanguinolentos seguía hasta la sala, la cual se encontraba decorada por filas de pinos de navidad. Ninguno tenía adornos sólo estaban ahí, parados en fila, al costado de la mesa central. Seguimos el rastro hasta una puerta que no podíamos reconocer.

La arquitectura del edificio de alguna forma parecía diferente... La puerta estaba corroída y era una mezcla de madera y un círculo de metal oxidado, grabado con una calavera roja en relieve, cerrado por cadenas con púas.. En ese mismo punto terminaba el rastro.

Acerqué la antorcha y vi en el piso un amasijo de ramas de pino, que semejaban una figura humana, retorcidas y envueltas en un barro carmesí que olía a podredumbre. La escena me dio asco: tapé mi cara y nariz con el brazo, caí al piso y no pude seguir. Los gritos pidiendo ayuda, continuaban tras la puerta. Vincenzo tomó otra antorcha del vestíbulo y me ordenó que esperara. Le dije que tuviera cuidado. Esa puerta, mas bien era un verdadero portón, no se encontraba cerrada. El rechinar de bisagras herrumbradas indicó que mi amor, haciendo mucho esfuerzo la había abierto. Una inesperada brisa apagó las antorchas.

Desperté al otro lado de la puerta, y la golpeé con mis puños y traté de abrirla usando todas mis fuerzas pero no cedió. Grite con el aire desesperado que me inundaba, a todo pulmón, a mi dama, pero ella no respondió. Me encontré frente a un pasillo iluminado tenuemente por candiles en la pared. No me quedaba otra cosa que avanzar supuse.. Por instinto tomé lo que parecía el resto de una arma que yacía en el empedrado, una especie de porra antigua, el mango estaba roto y terminaba en punta. Su manipulación se hacía inadecuada. Vi como una extraña criatura gelatinosa, del porte de un hombre, se paseaba en el corredor que atravesaba el mío; cuando hubo pasado decidí avanzar. De improviso salió una enorme rata debajo de uno de los agujeros de la pared, que intentó atacarme, le di uno, dos, tres y cuatro golpes hasta que por fin murió. Era una rata dura de matar, me dije.

La criatura parecida a una redonda babosa, volvió a aparecer en frente de mí, le arroje el arma tratando de clavarla con la punta, pero fallé, había calculado mal el peso, y cayó antes de tocarla. Hui hacia atrás y vi un enorme sapo parado enfrente de un hueco. Una salida pensé, el sapo quedó impávido ante mi escape. Moviendo su salientes ojos, emitió un fuerte croar. Podía oír rugidos, golpeteo de cadenas y gritos que se acercaban a mi posición. Era el amanecer y estaba parado en la salida en una área despejada de la torre del homenaje. En derredor observaba al menos diez calabozos, en penumbras, de puertas redondas con una tenebrosa sustancia gomosa que chorreaba de sus bordes, me acerqué a ellos buscando algo con que defenderme.

Había uno abierto, con un brazo descarnado colgando de espinas en la entrada, una gota de la sustancia rojo oscuro salió de la cadavérica mano y manchó mi manga de cuero haciéndola humear por unos segundos. Con cuidado hurgué en el lugar y encontré herramientas, alicates y ganzúas. Que guardé en mi morral.

Vi tres tapas metálicas, en el piso del torreón, que cubrían agujeros que de seguro conducían a mazmorras o tal vez catacumbas.

Los sonidos hostiles estaban cada vez mas cerca. Un extraño pájaro oscuro sin llegar a ser negro, con rayas grises en sus plumas, me observaba desde lo alto de la atalaya. En mi desesperación traté de mover alguna tapa, lo conseguí con una de ellas, miré... apenas se veía algo pero tomé un alambre que colgaba y al sentirlo pesado, lo tiré de vuelta. Al extremo venían varios candados, uno de plata, y me hice de ellos.

Me decidí a escapar como fuera por la saliente del lugar. Entonces tres figuras aladas se posaron en cada una de las almenas, de la torre, que tenía frente a mí. La mas grande se posó en el centro. Las dos de los extremos eran mujeres emplumadas con garras por pies y manos de las cuales colgaban ensangrentados trozos de carne. La del extremo derecho picoteaba el trozo que tenía en su pata y extrajo sanguinolentas tripas que tragó de un golpe. La central era más grande, también tenía figura femenina, pero vestida con una túnica negra y un casco negro que terminaba en una punta de color naranjo, como un pico. Se notaban ansiosas y graznaban. El agujero por donde salí, explotó en miles de astillas con polvo y humo. Las criaturas voladoras empezaron a hacer el ademán de levantarse y dirigirse hacía donde me encontraba. El pájaro oscuro se arrojó en picada sobre mí, cuando lo tuve cerca, me agarré de sus patas y emprendimos el vuelo.

Pasamos cerca de una isla aledaña donde soldados vestidos con ropas grises y oscuras combatían, nos arrojaron lanzas y flechas. Hasta que un comandante de ellos gritó que no podían hacer nada porque iba en el ave sombría del reino.

Seguimos viaje y algunas millas más allá distinguí una isla con soldados vestidos de ropas marrón que al parecer estaban en pleno entrenamiento de combate.

En mi mente sonaba la canción de amor de Rosario, que me daba fuerzas para seguir y me infundía valor y esperanza.

Empecé a tirar de la lóbrega ave para que me acercara a la isla, se resistió hasta que logré dirigirla hacia ella. Me solté y caí en medio de una polvareda… Una corpulenta soldado se acercó, le dije que necesitaba ayuda… Ella respondió que me llevaría a ver a alguien.

—Discúlpame Marcus, pero no entiendo porqué nos muestras estas visiones.

—¡A callar, Sir Borracho, nunca comprendes las reuniones informativas de combate!

El Gran Mago del Reino se encontraba mostrando a los Paladines del Honor las imágenes que mostraba el remolino verde sobre su báculo sagrado.

—Es un esfuerzo grande el que hace nuestro hechicero, por favor no lo inquietes querido —dijo Lady Comilona.

—Mago o Gran Mago sino le importuna mi Lady… hechicero es una categoría por decirlo así… inferior, si me comprende.

Al viejo mago no le convenía enemistarse con ella, la mejor cocinera del reino, ya que ni con su magia podía igualar el sabor de sus platos. Así que su lengua era de seda. Sin embargo Sir Borracho, bueno, cómo que no era muy respetado... aunque siempre destacaba por su valor en batalla proporcionado, en gran parte, por las bebidas espirituosas. Amén de que sus buenos amigos caballeros lo protegían… porque les proveía de los mejores mostos de la comarca.

—¿Creo que, a lo mejor, debiésemos esperar un poco más? —dijo Sir Prudente.

—¡Marcus… ya es tiempo, la maldita Amaris, su crueldad...! No tiene límites, no puedo esperar —exclamó, Sir Valiente.

—¡Mi espada refulge por ser usada! —exclamó, Lady Justicia, con los ojos inflamados de luz.

—Tened paciencia mis nobles guerreros… ¡Ah, aquí esta la parte mirad!

La fuerte soldado condujo a Vincenzo a los aposentos de la encargada del grupo de batalla. Al verla le pareció familiar… sí, era ella. Se despojó de un capuchón negro y la especie de tapabocas en punta de color naranja.

—¡Soy Apeth! —dijo—, te he observado y tal vez me seas útil. Necesito deshacerme de una mortal enemiga. Para ello requiero un guerrero astuto y valiente.

Mientras la visión se desplegaba, Marcus observó que uno de los tantos artefactos que poseía aquella mujer alada, era el relicario de oro con extrañas inscripciones que buscaba. Apenas lo notó, exclamó.

—¡Sita est!

Desde aquel “sueño”, el mago extrajo la refulgente joya dorada.

—¡Aquí está, ahora podremos ir! ¡Portal videtur!

Un camino en el aire se abrió que conducía a la batalla contra la bestia.

—Esperaremos hasta mañana, debemos prepararnos —dijo Marcus.

Sir Valiente tenía otros planes.

24 de Octubre de 2021 a las 02:07 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Continuará…

Conoce al autor

W. E. Reyes Cuentacuentos compulsivo y escritor lavario. Destilando sueños para luego condensarlos en historias que valgan la pena ser escritas y así dar vida a los personajes que pueblan sus páginas al ser leídas. Fanático de la ciencia ficción - el chocolate, las aceitunas y el queso-, el Universo y sus secretos. Curioso por temas de: fantasía, humor, horror, romance sufrido... y admirador de los buenos cuentos. Con extraños desvaríos poéticos.

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