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Es bien sabido por todos que los hermanos mayores suelen gastar bromas bastante pesadas a sus hermanos menores cuando son niños, pero esta broma (y realmente quiero creer que fue solo una broma) que mis hermanos me jugaron cuando yo tenía seis años me causó un tremendo impacto que no he podido olvidarla jamás.


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La Dama de la Luna


Es bien sabido por todos que los hermanos mayores suelen gastar bromas bastante pesadas a sus hermanos menores cuando son niños, pero esta broma (y realmente quiero creer que fue solo una broma) que mis hermanos me jugaron cuando yo tenía seis años me causó un tremendo impacto que no he podido olvidarla jamás.

En aquel entonces vivíamos en una casa pequeña de dos pisos en un barrio de medio pelo, en la planta alta solo había dos habitaciones y un baño así que mis tres hermanos y yo dormíamos apretujados en la misma habitación; Gilberto el mayor, que en ese entonces tenía diez años, dormía en la parte de arriba de una litera vieja que teníamos en el cuarto, mi otro hermano Gerardo, de ocho, tenía la cama de abajo y yo en cambio debía conformarme con una colchoneta que durante el día guardamos debajo de la litera para que no nos quitara el poco espacio que había en la recámara.

En una noche templada de finales de octubre mis hermanos y yo nos encontrábamos sentados en el suelo de la habitación jugando con el nuevo juego de mesa que nuestros padres nos habían comprado. Después de tanto jugar terminamos cansados y nos preparamos para irnos a dormir, yo miré hacia la ventana, que en esa época solíamos dejar con las cortinas abiertas, y pude contemplar una magnífica postal de las casas de la calle con la luna en gibosa creciente sobre el cielo que estaba totalmente despejado y sin estrellas. —¡Qué linda se ve la luna esta noche!— exclamé mirándola completamente embelesado.

—Así es, mañana será luna llena y entonces ella vendrá por la noche— replicó Gilberto empleando un tono misterioso.

—¿Quién vendrá?— pregunté con mucha curiosidad.

—¿Cómo que quién?— respondió Gerardo moviendo negativamente la cabeza —¡Pues la Dama de la Luna!

—¿Y quién es la Dama de la Luna? ¿Es una bruja?— volví a inquirir cada vez más ansioso porque mis hermanos se dejaran de misterios.

—La Dama de la Luna… —comenzó a explicar Gilberto mientras se ponía el pijama y deshacía la cama para meterse a dormir —…es una mujer hermosa: tiene los cabellos y la piel blanca como la nieve y lleva un vestido largo que es blanco también, pero es siniestra y malvada.

Tratando de ocultar el temor que comencé a sentir volví a la carga con mis preguntas —¿Por qué? ¿Qué es lo que hace?

Mis hermanos intercambiaron miradas cómplices, se sonrieron y entonces Gerardo prosiguió a explicarme. —Bueno, solo hace su aparición una noche al mes precisamente cuando es luna llena y baja del cielo montada en un gran carruaje blanco tirado por seis enormes caballos, que son blancos también…

— ….Y entonces recorre todas las calles de la ciudad en busca de niños que se hayan olvidado de cerrar la ventana por la noche para raptarlos y llevarlos a su palacio para convertirlos en esclavos, y cuando los niños crecen y no le sirven más para el trabajo pesado, prepara un enorme caldero negro con agua hirviente donde posteriormente los cocinará vivos para comérselos parte por parte— concluyó mi hermano mayor con un tono teatral que logró infundirme un temor desaforado.

—¡Eso no es cierto!— le grité —¡Ustedes solo quieren asustarme! ¡Esa Dama de la Luna no existe!

—Bien, allá tú si no quieres creerlo.

Dicho esto último se apagaron las luces de la habitación, saqué mi colchoneta y me acurruqué debajo de las sábanas abrazado a mi conejo de peluche para sentirme más seguro. Aquella noche no pude dormir tranquilo, en mis pesadillas veía la figura de una mujer pálida con mirada diabólica montada en un carro que tiraba furiosa de sus caballos blancos para obligarlos a avanzar más rápido por el cielo nocturno, acercándose cada vez más hacia nuestra ventana que para nuestra mala fortuna habíamos olvidado cerrar esa noche.

Desperté a mitad de la madrugada gritando a todo pulmón por el susto que aquel mal sueño me había provocado, mis padres corrieron presurosos a la habitación y encendieron la luz.

—¿Qué ocurre, hijito? ¿Por qué gritas así?— preguntó mi mamá mientras me abrazaba para lograr que me calmara un poco.

Papá se frotó los ojos para desperezarse un poco —Seguramente fue una pesadilla, ¿y bien?— agregó dirigiéndose a mis hermanos que también se habían despertado con mi griterío descontrolado —¿Ahora qué nueva historia terrorífica se han inventado para asustar a su hermano menor?

Gilberto se encogió de hombros. —Fue solo una historia que me contó mi amigo Pedro y nos pareció divertida, nosotros no tenemos la culpa de que nuestro hermanito sea tan asustadizo.

—Aún así… — los reprendió mi madre —no deben contarle esas cosas a su hermano antes de dormir ¿no ven que aún es pequeño?

Confieso que eso me hizo sentir mal, ya era bastante vergonzoso que mis padres aún tuvieran que venir a consolarme cada vez que tenía una pesadilla. —Olvídalo mamá, no es para tanto.

—Bueno, ¿crees que podrás volver a dormir sin problemas?— preguntó papá y yo asentí lentamente con la cabeza.

Mis padres apagaron de nuevo las luces, salieron de la habitación y yo traté de relajarme repitiéndome mentalmente a mí mismo “la Dama de la Luna no existe, es un invento de mis hermanos para asustarme” hasta que logré volver a quedarme profundamente dormido.

Al día siguiente, cuando mis hermanos y yo volvimos de la escuela, mi madre nos anunció algo importante mientras estábamos todos sentados en la mesa del comedor dispuestos a comer —Esta noche, su papá y yo tenemos que ir a una cena muy importante.

—Hemos hablado por teléfono con la muchacha que a veces los cuidaba cuando ustedes eran más pequeños, pero nos dijo que no podía venir a casa porque está fuera de la ciudad— agregó papá.

—Entonces…— prosiguió mamá —por esta noche van a tener que quedarse ustedes solos en casa. Gilberto ya es lo bastante mayor para responsabilizarse de sus hermanos menores.

A las ocho en punto mis padres salieron de casa dejándonos a mí y a mis hermanos sin supervisión adulta por primera vez en nuestras vidas. Acordamos darnos un baño, cepillarnos los dientes y acostarnos a las nueve.

Me encontraba preparando mi cama para dormir cuando escuché a Gilberto susurrar con Gerardo desde lo alto de la litera. —Hoy es luna llena, ella vendrá esta noche.

No pude evitar sentir un escalofrío de terror pues sabía perfectamente de quién estaban hablando. —¡Dijeron que la Dama de la Luna era solo un invento!— les reclamé tratando de sonar lo más enfadado posible y que no se me notara el miedo en la voz.

—Pues te mentimos solo para no buscarnos problemas con papá y mamá — soltó Gerardo —pero te puedo asegurar que la Dama es tan real como tú y como yo.

—¡No es verdad! ¡Están mintiendo y lo saben! Solo quieren asustarme.

—¡Por supuesto que no mentimos!— gritó Gilberto. —A las doce de la noche recorrerá nuestra calle en su carro blanco. Y si sigues sin creernos, podrás comprobarlo tú mismo con tus propios ojos.

—¿Y cómo es que podré verla? ¿No dicen ustedes que la ventana debe estar cerrada para que ella no secuestre a los niños?

—Basta solo con dejar la cortina cerrada, la nuestra es casi transparente y entonces podrás verla muy bien y ella no se dará cuenta de nada.

—Está bien— asentí resignado. —Confío en que de verdad no haya ningún peligro.

—Estaremos todos completamente a salvo, te lo garantizo —me dijo Gerardo —ahora será mejor que juguemos a algo mientras esperamos a que dé la medianoche.

A las diez de la noche los ojos empezaban a cerrarse de sueño, pues a esa edad todavía no estaba acostumbrado a estar despierto tan tarde, pero aún así traté de aguantar lo más que pude.

Cuando faltaban pocos minutos para las doce, mis hermanos apagaron las luces y dejaron la ventana abierta con las cortinas corridas. Aunque me comía la curiosidad por ver si la Dama realmente vendría, por otro lado estaba muerto de miedo, entonces me metí debajo del escritorio donde solíamos turnarnos para hacer la tarea de la escuela y me hice un ovillo temblando como un flan.

—¿Por qué te escondes? ¡Desde ahí no vas a poder ver a la Dama de la Luna!—me riñó Gilberto.

—¡Cambié de opinión, ya no quiero verla! ¡Tengo mucho miedo!— grité casi al borde de la histeria.

—Está bien, pero después no vayas dicendo por ahí que somos unos mentirosos que solo queremos asustarte.

—¡Gilberto, mira!— gritó Gerardo haciendo que el corazón me palpitara a mil por hora. —¡Ya viene, es ella!

Gilberto corrió hacia la ventana para reunirse con mi otro hermano, desde mi escondite no podía verlos, pero por el tono de sus voces parecía que ambos estaban realmente asustados.

—¡No puede ser! ¡En verdad existe!

—¡Agáchate para que no te vea!

—¡Pues creo que sí me vió!

—¡Tranquilo! Recuerda que tenemos la cortina cerrada, no puede hacer nada.

La curiosidad me pudo y entonces asomé la cabeza lentamente, Gerardo se agachó, se acercó presuntamente hacia el escritorio y me obligó a volver la vista hacia otro lado. —¡No salgas de aquí! ¡Esto no es una broma, es en serio!

Después Gilberto se unió a nosotros con el rostro completamente pálido. —Traté de cerrar la ventana pero no pude, espero que pase de largo y no nos haya visto.

Los tres tratamos de acomodarnos lo mejor posible en aquel rincón, no sé por cuánto tiempo estuvimos ahí agachados tal vez fueron solo unos minutos pero a mí me parecieron horas.

—¿Ya se habrá ido?— preguntó Gerardo temeroso.

—Tal vez, será mejor que nos asomemos con cautela— respondió Gilberto.

Los dos se acercaron lentamente a la ventana, la luna brillaba con tal intensidad que era imposible no ver nada aún con las cortinas cerradas.

—Ya no está— suspiró Gerardo completamente aliviado.

Me atreví a salir de mi escondite y aunque aún no me había recuperado del susto les planté cara a mis hermanos. —¡Si esta fue otra de sus bromas, ya verán cuando mis papás se enteren!

Ellos me juraron por lo más sagrado que realmente habían visto a la Dama de la Luna, que al principio pensaron que era un buena leyenda para asustarme pero que aquella noche habían confirmado que era cierta. Después de eso nunca más volvimos a tocar el tema y hasta el día de hoy siempre me quedaré con la duda de saber si mis hermanos decían la verdad o no pues nunca pude comprobar su historia, después de lo acontecido aquella noche nunca más volvimos a dormir con la ventana abierta durante la luna llena.

23 de Octubre de 2021 a las 02:34 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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