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Poulette Esparza Reyes


Como periodista hay historias que te marcan, sobre todo si son como las del fiel azulado, jamás conocí una historia como la tuya. Fidelidad encarnada en un ser sin malos pensamientos como tú, demostrada en una espera sin fin.


Cuento Todo público.

#perro #fiel #239 #melancólico #historia
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Memorias de un periodista

Cuando se investigan historias tienes muchas cosas que contar, y es realmente difícil decidirse por cual. Ahora soy un anciano que vive su retiro con su familia. Creo que soy realmente afortunado de tener una familia como esta. Esta vez, mis queridos hijos han decidido pasar las vacaciones junto al mar, y que puedo decir, no logran despegarme de mi computadora, donde escribo y escribo, esperando que las letras no se desvanezcan como comúnmente le pasa a los de mi edad. Debo admitir que la brisa marina me hace sentir joven, es revitalizante y a la vez muy estimulante.

¡JA! Me hace recordar cuando tenía veintiséis años y tuve que mudarme por tres meses a una localidad costera. Recuerdo que odiaba el olor a mar, era joven y prefería disfrutar de aromas más… más de mi familiaridad. Pero un periodista becario no puede costearse un alquiler del centro, así que adivinaron. Tuve que quedarme tres meses en el puerto, ahí las habitaciones eran más baratas y la comida no era la mejor. Sin embargo, los lugares donde hay gentío, son los mejores para obtener las mejores historias, sobre todo si es un pueblo marino.

Pero no es una historia de fantasmas de esos que atormentan los muelles, o extraños errantes del mar, eso es cuento de otro día. Yo debía hacer un reportaje sobre problemas con un gremio de pescadores y un gremio de barcazas transportistas entre islas. Se peleaban los horarios de salida y los amarres en los muelles. Al ser una localidad pequeña, la costa no era suficiente para el tránsito marino que caía cada día.

Como buen trabajador me levantaba a las cuatro de la madrugada para estudiar el terreno y hablar con los pesqueros y capitanes de barcazas. Es así, como poco a poco me fui quedando en los muelles para investigar. Resultó que la mal oliente habitación que renté, era la mejor ubicada en el puerto, ahorrándome horas de bajada de cerro o tráfico matutino.

Fue en uno de esos largos días juntando evidencias y parloteando con pescadores, quienes jamás me negaron una taza de esos deliciosos caldos de pescado hechos con el corazón, que comencé a notar un singular perro de tamaño mediano sentado en la punta de uno de los muelles. Mi memoria era buena, lo había estado viendo todos los días, pero no lo había notado hasta ahora.

El perro era hermoso, de pelo negro, brillante y largo que parecía verse azulado bajo cierta luz. Sus ojos eran los más negros que jamás vi en un canino. Tenía patas grandes para su tamaño, la cola siempre pegada a su lado cuando se sentaba. Lo vi un día cerca de las cinco de la madrugada cuando me dirigía a hablar con un capitán. Me detuve a verlo unos segundos, un impulso de curiosidad me hizo dar un pequeño silbido lo suficientemente fuerte como para que él lo oyera. Pero ni siquiera movió las orejas, permaneció sentado mirando fijamente el mar y respirando al ritmo que las olas chocaban en los pilares del débil muelle.

Continué con mis rutinas, cada día pasaba a ver al cánido que apreciaba el horizonte, cada día le silbaba, hasta pensé que estaba sordo por lo estoico que se quedaba ante mis silbidos. Este animal ya se me estaba colando entre los sueños. Mientras escribía mi reportaje mi mente estaba con él, ¿qué o a quién esperaba? Tanta fue mi curiosidad, que hasta quise atreverme a pisar aquel muelle por sólo donde él podía caminar. Era un estrecho paso, como solo para una persona a la vez, estaba podrido y lleno de musgo resbaloso, de aquel que te hace caer. Di unos pasos cuando un viejo marino me detuvo, “no pierdas tu tiempo hijo, ese animal no se va a mover”. Parecía ser alguien que sabía sobre él, y como mi curiosidad era más grande que mi razón en ese entonces, me decidí seguir a este marino y saber de una vez por todas quién era este perro azulado.

El marino se llamaba Ferdinand, un hombre que parecía cansado, pero contradictoriamente muy a gusto con su estilo de vida. Mientras compartíamos un café a eso de las siete de la tarde, comenzó a contarme la historia.

Este perro pertenecía a un pescador que poseía un pequeño barco llamado “La sirena”. El pescador lo encontró casi ahogado en la orilla de ese mismo muelle, su cuello estaba enredado con redes viejas atoradas en los pilares. Tristemente el marino descubrió al resto de sus hermanitos un poco más abajo, el agua los había alcanzado. Este pequeño cachorro se había salvado de ahogar por las redes que paradójicamente trataban de estrangularlo, “perro con suerte” dijo el marino. Aquel hombre sólo tenia intenciones de dejarlo ir ahí mismo en la playa, pero el can comenzó a seguirlo con el poco aire que tenía. Se aferró inmediatamente al hombre que decidió salvarle la vida.

Como el marino era un hombre solo, decidió adoptar a este amigo, a quien nombró “Suerte”. Pasaron un par de meses en que el marino dejaba al perro en el muelle para ir a pescar, fielmente se quedaba ahí Suerte esperando el retorno de su compañero. Ferdinand me contaba que hubo un periodo muy pobre en el pueblo, los peces eran cada vez menos. Pero que un día, el marino decidió llevar a Suerte a uno de sus viajes de pesca porque el clima en el puerto estaba frío. En ese mismo día, el marino fue arrastrado a una corriente fuera de ruta, la corriente estaba llena de cardúmenes de peces de todos tipos.

El viejo marino volvió a la ruta al día siguiente, pero esta vez sin suerte, ni la fortuna ni el perro Suerte estuvieron con él. Así volvió al día siguiente, y al siguiente. El cardumen había desaparecido. Por esos azares de la vida, el marino embarcó una vez más a Suerte con él, como por arte de magia, peces llenaron su red. Se volvió sensación en el puerto, todos comenzaron a creer que este animal era un verdadero mago. El puerto florecía y la abundancia crecía, si Suerte estaba ahí.

El marino ahora hasta tenía dinero para pagar más botes y trabajadores. Pero en sus viajes ahora salía cada día con su amigo perruno para retornar seguro a casa. Después de cinco años Suerte aún viajaba con su único compañero.

De pronto la mirada de Ferdinand se volvió hacia el perro contemplando el horizonte, suspirando tristemente dijo que ese marino era su amigo. En un día de buenas corrientes y buen clima, Suerte no se encontraba bien de salud, el marino no quería dejarlo y Ferdinand se ofreció a cuidarlo, el puerto no podía perder ese día tan buena bonanza. Ferdinand dijo que cuando Suerte vio que el marino salía por esa puerta, se desesperó y lo siguió jadeante hasta la amarra del muelle. El marino se volteó hacia él y muy gentilmente tomó su cabeza diciendo: “voy y vuelvo perro tonto, son solo un par de horas, no creo que te pase nada sin mí, perro con suerte”

Suerte sollozó mientras su compañero se iba sin él, se negó a moverse del muelle y retornaba corriendo si Ferdinand trataba de cargarlo. Así que le dejó una manta mientras él trabajaba a unos metros del pequeño muelle.

Como algo que nadie se explica, ese día las corrientes se tornaron traicioneras, y se llevaron consigo mar adentro quince botes pesqueros sin dejar rastro alguno. Un sentimiento de tristeza inmenso se apoderó de mí. Mis instantáneas sospechas fueron correctas, el viejo marinero había sido arrastrado con barco y todo hacia aguas innavegables en ese momento. Lo único que devolvió el mar fue un pedazo del nombre del barco “irena”, fue todo lo que quedó de La Sirena, fue todo lo quedó del barco de Suerte.

Al igual que Ferdinand, me quedé viendo a Suerte e imaginando lo que sentía. Años de esperar su único amigo, su compañero de aventuras, su salvador. Según Ferdinand, muchos trataron de adoptarlo, otros lo rastreaban en la noche para ver dónde dormía, pero sin suerte. El fiel animal llegaba al puerto en cada mañana a la hora que se supone se embarcaba en La Sirena, así mismo, se devolvía a su desconocido hogar a la hora que el barco volvía a puerto y su viejo amigo pisaba el muelle.

Me despedí de Ferdinand agradeciendo la historia y me quedé sentado al comienzo de aquel muelle un largo rato observando al perro. Esta vez no silbé, esta vez no perturbé su espera, sólo me quedé ahí, sintiendo empatía por aquella pobre y fiel criatura. El frío me pasaba la cuenta, y de pronto el perro se levanta caminando hacía mí. Era hora de volver a casa. Pasó por mi lado con esos ojos negros llenos de pena que jamás olvidaré, mientras se iba un impulso vino a mi y le susurré “perro con suerte”, el can se detuvo. Mi corazón de detuvo con él en un segundo, me había escuchado, me había entendido. Movió sutilmente la oreja y dio vuelta la cabeza, “Suerte”, dije yo en un débil intento de que me hiciera caso, pero él sólo sollozó y miró nuevamente la punta del muelle.

Suerte continuó su ruta para irse a dormir, para descansar y esperar nuevamente a la mañana del otro día, a su viejo marino.

22 de Octubre de 2021 a las 03:49 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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