daavidr David Ramírez

A veces la crisis se vuelve una asesina del orgullo. Una asesina de complejos, de todo lo que intentamos. ¿Qué pasa cuando estás perdido y tienes que volver con la gente que juraste nunca perdonar?


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#349 #239 #orgullo #relato #crisis #desamor
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Se fue a su casa agarrando su maleta. Chocó su hombro contra el marco de la puerta, pero eso le importaba poco. Se encorvaba y caminaba errático, como quien llega tarde a una cita después de una mala noticia.


Llegó a la mitad del camino rapidísimo, como en 10 minutos. Lo supo por ver de reojo al parque del cedro, como lo llamaba él, por las rejas con cerezos que pasaban veloces por su costado. Su pecho se encogió y sus ojos se humedecieron al tiempo que intentaba sin éxito caminar más rápido.


Hace dos meses había ido de copas con Eva. Fue un plan muy repentino, de esos que no vale la pena contar en un escrito. Por la mañana del sábado, todavía se acuerda, pensaba quedarse en pijama todo el día, viendo series y comiendo panqueques de arándano, hasta arrepentirse el domingo en el baño.


Preparó sus postres casi viendo el malestar que sufriría el día siguiente, pero las ganas de sentir un poquito de arándano así tan suave lo impulsaron a seguir. Sacó la botella de miel tragando saliva, de hambre y de intimidación, en lo que le llegaba un mensaje.



— ¿Sin desearme buenos días, dormilón? Bueno, entonces te los doy yo.

Sonrió por 3 segundos, luego se incorporó como si se hubiera electrocutado.


— Ay perdooooon, andaba cocinando, ¿quieres ver? Tú tan bonita... —Eva envió un video— De todas maneras buenos días, ojalá la pases la mitad de bien que me lo voy a pasar hoy comiendo esta delicia.


Escuchó su voz mientras enviaba el audio y supo que le iba a gustar. No se sabe por qué, pero a Eva le encantaba su voz recién levantado. Era mejor que unos chocolates, que un buen perfume, que hacer un tiktok juntos.


Se había clavado mientras la veía, medio despeinada y sin maquillar, diciéndole "te amo".


— Imagínate que Ana me dijo que fue con su novio a un bar que queda cerca al parque. Según eso tienen cócteles baratos y buena música. ¿Te animas o te freseas?


Se le torció un poco la cara. Se visualizó en ambas situaciones y aunque le encantaría estar malísimo de la barriga el domingo, igual era mejor pasar la noche con ella. Hace mucho no iban a un lugar así y sabe que aman verse con el chispazo que un par de cócteles te pueden dar, por las risas de antes y los gemidos de después. Se quedó mirando el teléfono sin interactuar con él, no pensando en nada, comiéndose un panqueque quemado por andar hablando con ella.


Mirando la cama y la pijama otros 10 minutos, mientras se vestía de camisa de cuadros azules, jean negro y zapatos blancos, más lento de lo normal, con la mente en blanco. Acomodaba sus gafas de manera innecesaria, como dilatando el tiempo, mientras comía un panqueque, esta vez en buen estado.


No se quiso privar de una serie y se quedó viéndola, no sin antes poner una alarma para llegar al parque del cedro a la hora correcta. Ya le había pasado de perderse una cita por estar distrayéndose sin querer, y ya había agotado la cantidad de regalos para remediar las llegadas tarde.


Tampoco pudo concentrarse mucho. Ese rubor se le fue de la cara al pecho, con los nervios pululando por entre sus entrañas. Movía la pierna y sonreía, solo para comer un trocito, apaciguando la emoción a mordiscos.


Y de repente, de un chispazo la tenía en frente. El pasto era un croma natural, con desenfoque de movimiento, apuntando a su rostro prolijo y sonriente. Sus cachetes ocupaban una gran parte de su rostro, y sus labios carnosos, redondos, se revoloteaban mientras decía lo mucho que lo amaba. Ojos inexpresivos que mentían, contrario a todo su cara, penetrantes, más cuando te agarran de las manos y te sacuden levemente.


— ¿Qué estás mirando? ¿dormiste antes de verme? ¡Vamos! —exclamaba con su sonrisa tan característica.


— Uy perdóname, tu sabes, no puedo quedarme mucho sin verte porque... bueno.


— Nah, no mientas dormilón.


— No soy dormilón.


— Si, si eres.


— No.


— Si. —respondía ipso facto entre risas.


Adrián besándola en un costado de la cabeza calmaba casi todas las situaciones. Le había costado dominar el movimiento; de hecho se rompió el labio en alguna ocasión de fiesta, pero ahora sus labios acariciaban el pelo tímido de Eva con suavidad y tacto. Eva caminaba a saltitos justo después, que intentaba disimular nerviosa, hasta que un codazo ligero o una cosquilla en su cintura la terminaban de hacer explotar entre risas y rubor.


Así fue un par de veces, la mano de aquél verdugo amoroso cada vez se deslizaba un poco más abajo a cada Alexander's Sister que se tomaban.


Después de eso solo habían recuerdos puntuales. La sonrisa convexa de Eva, su saco rodeando su cuello, con los juegos previos que tanto le encantaban, los faroles color amarillo sepia que les hacían calle de honor mientras intentaban besarse. La casa, la puerta, el cuarto, la cama, los brazos levantados quitando aquella blusa blanca, que descubría cómo palpitaba su cuerpo entre los gemidos que preceden a los verdaderos gemidos.


Su recuerdo era colorido, cálido, a veces humedecía, pero siempre con la ternura del amante, lo acogedor de hacer desayuno juntos después de una noche así, con la pijama desaliñada y sin maquillaje de ningún tipo.


Su cerebro había aprendido a almacenar memorias tan grandes en imágenes pequeñas, pues esa memoria le había desviado de la realidad por solo un par de calles. Volteó para atrás y solo veía la copa del cedro saludarlo entre los edificios.


20 de Octubre de 2021 a las 16:33 0 Reporte Insertar Seguir historia
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