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I

Antes de ser tan inválido como respetado, incluso antes de predicar la palabra de Dios, don Clodomiro Delencanto se robaba algunas monedas del monedero de su madre para comprar unos dulces ácidos y anaranjados que no eran para él sino para regalar a amigos y vecinos, pues lo que le gustaba era ver la fea expresión con que estos se los comían y entre más desagradable, mayor placer y ganas de volver a cometer el acto delictivo.


Hacía tantas travesuras que sus padres se lo encargaron a su abuela para que le cuidara y no volvieron a tenerlo bajo su techo, entre otras cosas, porque en casa del señor Delencanto nacía un nuevo niño cada año hasta que su mujer, después de dieciséis partos, en lugar de un infante, expulsó su propios órganos y dejó de vivir en este mundo.


Clodomiro, que fue el segundo en nacer, sintió tanto gusto en el funeral y consideró tan sabias las palabras del sacerdote, que decidió, acabada la misa, convertirse en servidor de Dios.


Pasó algunos años aprendiendo el oficio y recién al termino de la formación demostró tal falta de tacto con sus semejantes que al recibir confesiones de las ancianas, reventaba de cólera porque estas le contaban sus intimidades sexuales. Y cuando llegaba una jovencita, en especial frondosa de caderas, le regañaba también, ahora por no confesarle nada de su intimidad.


Por tales circunstancias fue rechazado de los pueblo a los que se encomendaba y, luego de ganarse una pésima reputación, su superior le dejó acostumbrarse a ordenar papeles sin importancia en una oficinita que nadie visitó nunca si no era para llevarle un recado a don Clodomiro.


Allí todavía tenía debilidades hacia las mujeres y no entendía el porqué de las limitaciones impuestas sobre los deseos carnales. Siempre se las arreglaba para salir de la oficina e ir a una banca donde pretendía leer la biblia cuando no estaba observando el bamboleo de las virtudes femeninas. Y no solo eso, sino que las atendía como buen sacerdote y dejaba que las más bonitas le dijeran, con pudor o sin él, cómo le habían entregado la virginidad a aquel o a este. Y además pedía detalles con la excusa de que debía saberlos para perdonarlas como era debido.


Una de esas veces en la banca se le sentó al lado un sujeto que aparentaba ser o un loco o un santo, porque don Clodomiro se figuraba que así de extraños debían ser cualquiera de los dos. Comenzaron a conversar y se llevó la sorpresa de que el hombre no sabía la diferencia entre Moisés y Noé, e incluso ignoraba quién era y que había hecho Jesucristo.


Tuvo que preguntarle que de dónde venía o dónde se había escondido para ignorar asuntos tan fundamentales. Recibio como respuesta que existía un pueblo entre las montañas donde historia como aquellas no llegaban ni hacían falta para vivir.


Tardó un momento en reponerse de aquello y cogió la biblia y le leyó al sujeto lo que pensaba era la cura del mundo. Nunca esperó que el hombre le aplaudiera al terminar de hablar como si se tratara de la obra de un circo y no de la palabra de Dios.


Continuaron hablando y don Clodomiro se enteró que más allá de las montañas ninguna persona había recibido el bautismo, a excepción de los más viejos que ya habían olvidado para qué era o qué había que decir en un templo.


Según la descripción del sujeto, venía de un paraíso a las orillas de un río inmenso que alimentaba grandes campos de cosecha y un sinfín de árboles frutales que no dejaban de echar alimentos. Y las personas que allí vivían, lo hacían sin anhelar nada pues tenían casi todo y lo que no tenían no les hacía falta.


Así terminó enterándose don Clodomiro del lugar donde viviría los últimos de sus días clavado en la hamaca, dentro de una casita pequeña y acogedora, que servía de templo y de cárcel.

18 de Octubre de 2021 a las 20:00 0 Reporte Insertar Seguir historia
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