lukas_bel Lukas Bel

Max Nadel atropelló a Tricia hace menos de 24 horas. No se conocían, no se odiaban, fue un accidente, pero ¿por qué se le juzga por intento de asesinato?


Cuento Todo público.

#intriga #juicio
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Aborto Clandestino

Papp Zalán miró al jurado. En un estado como aquel, cuna del Ku Klux Klan, tenía una pequeña ventaja, aunque ya había bastantes años entre aquel turbio pasado y el presente, las tradiciones nunca se abandonan del todo. Defendiendo a un blanco frente a una negra tenía un comodín bajo la manga. No pasaría nada si jugaba la mano racista, un caso de atropello se resolvería esa misma tarde y no tendría mucha relevancia mediática. El estrado parecía una mandíbula repleta de dientes blancos, casi anhelando morder esa ciruela.

La chica, Tricia Ström, estaba a un abogado de distancia de él y, aparte de la tranquilidad que manaba de la aflicción, se la notaba como un poco apenada, como si deseara no tener que estar allí sentada. Puede que aún tuviese alguna molestia del atropello del día anterior, pero no parecía dolida, no por nada físico. La mirada estaba tan perdida que casi parecía que ella la misma la había lanzado donde no pudiera encontrarla.

Apartó todos los juicios de su mente para centrarse en el que le ocupaba en aquel momento. Su cliente, Max Nadel, no es que jugase con mucha ventaja, por eso se había visto tentado de usar su comodín. No tenía antecedentes, aunque tampoco era un ejemplo a seguir y seguro que la defensa usaría ese argumento para influir en el jurado sin necesidad de ninguna prueba, lo que a veces influía más que cualquier evidencia. Tampoco condujo bajo los efectos de ninguna sustancia, por lo menos nada por encima de lo legal. Había tomado una copa antes de conducir, pero trabajaba de repartidor, así que Papp no permitiría que la defensa se basase en eso, aunque algo le decía que no era su intención. No obstante, los semáforos no jugaban a su favor. Los testigos y, más tarde, las cámaras, avalaban el testimonio de la víctima de que se había saltado un rojo. Nada fuera de lo normal, fue justo el instante en el que cambió, algo que cualquier conductor hace de vez en cuando, pero que no debe de hacer delante del juez, aunque no dejase de ser un accidente.

Casi un accidente, para evitar implicaciones legales. Todo aquel asunto era fruto del árbol de la casualidad, ¿Quién cruza la calle justo cuando se pone en rojo? Debería de ser un asunto rutinario, ignorando el hecho de que no había precedente alguno de algo así en todo el país, porque no dejaba de ser una rencilla entre dos personas. El atropello no fue algo terrible, la víctima estaba sentada allí y, a parte de un golpe en el abdomen y una herida en la cabeza, el asunto no había ido a más.

Podría haberse resuelto con un simple intercambio de seguros, pero Tricia Ström había querido ir mucho más lejos. Lo que hacía más inusual aquel juicio era la demanda. Intento de asesinato. A Papp le parecía que todo aquello era un atentado contra el sentido común. Max era un poco mimado y no tenía muchas luces, pero parecía la clase de chico que evitaría hacer daño si estuviera en sus manos. El chico tenía un trabajo porque no quería depender de sus padres, aunque les sobraba el dinero. Poca gente como él tenía esa mentalidad. Todo aquello no era más que un malentendido, pero el poder era del pueblo, aunque el pueblo a veces fuese un cabrón.

A Papp le sorprendió que, en un lugar como aquel, una joven negra demandase un atropello como un intento de asesinato y los policías no le pusieran pega, pero las costuras del traje de su abogado le despejaban las dudas. No es que Papp tuviese muchos prejuicios, pero le sorprendía que una chica negra tuviese un abogado blanco. Normalmente, a los negros los defendían abogados negros, sobre todo porque no había muchos abogados blancos que quisieran defenderles por aquellos lares. Aunque no le sonaba nada la cara de aquel hombre, ni el logo de su carpeta, por lo que seguramente no fuese de aquellos lares, sino de otros con una tradición más liberal. A Papp el caso le parecía demasiado trivial como para que alguien viniese desde tan lejos. Demasiado trivial.

El teléfono le vibró a Papp, pero agradeció que el juez entrase en ese mismo momento porque no le gustaba atender llamadas mientras se preparaba un juicio. Llevaba casi veinte años en el oficio, pero seguía poniéndose nervioso como el primer día, así que le gustaba tomarse su tiempo para hacer acopio de su tranquilidad.

- ¡En pie! – dijo una voz que Papp no supo ubicar exactamente – Preside el honorable juez John Henriksson.

- Pueden sentarse. – les dijo Henriksson cuando se sentó a la tribuna y eso hicieron – Se abre la sesión del juicio de Ström contra Nadel por el cargo de intento de asesinato a veintiséis de septiembre del año mil novecientos noventa y uno. Número del caso cero, uno, nueve, seis, tres. Buenos días señores y señoras. Tiene el turno la acusación.

- Muchas gracias, señoría, buen día a usted también. – el abogado se levantó y dijo las palabras de una forma tan coreografiada y poco propia de un novato que a Papp le acongojó – Y a los miembros del jurado. Incluso a la defensa, la rivalidad no excluye la educación. – buena frase, para caer bien al jurado – Seguro que todos aquí conocen la calle Jefferson. El Parque del Bicentenario, donde los niños juegan mientras nuestros veteranos contemplan el memorial a los caídos, el Museo, que esta semana tiene una magnífica exposición sobre la Caída del Muro de Berlín, la Biblioteca… Mi cliente paseaba por esa calle, volviendo a casa de una jornada de estudios (está realizando el tercer curso del grado en enfermería) cuando el coche del señor Nadel – el abogado señaló a Max con la mano, para que el jurado relacionase a Nadel como el atacante – dobló rápidamente a la derecha en el cruce con la décima avenida, cuando los semáforos ya prohibían el paso y derribó a mi cliente, la señorita Ström. Tuvimos suerte de que mi cliente reaccionase a tiempo y, gracias a sus estudios, actuase en consecuencia.

- ¿Reaccionar? Esa loca se lanzó sobre mí. – le susurró Max a Papp

- Calla, Max, ya hemos hablado de eso.

- Ejem ¿Quiere la defensa añadir algo?

Parecía una pregunta educada, pero nada impide, en ningún momento, a un abogado comentar cualquier aspecto del juicio con su cliente, y el abogado de Tricia lo sabía muy bien. Solo había aprovechado la oportunidad para que cayera la primera mancha sobre nuestra imagen.

- No, letrado. Solo comentábamos unos detalles, puede continuar.

- De acuerdo. No les voy a pedir que imaginen a sus hijos en la situación de la señorita Ström. Sus hijos están seguros, siempre que no jueguen demasiado tiempo a la consola. - le lanzó un guiñ a una mujer de mediana edad que respondió con una sonrisa - No deben considerar al señor Nadel como un peligro para la seguridad pública, ni para sus hijos. El señor Nadel no está siendo juzgado por conducción temeraria, sino por un intento de asesinato. El señor Nadel viró bruscamente cuando vio a mi cliente por la calle. Las marcas de las ruedas aún se notan en el asfalto de la calle, pueden pasar a verlas cuando quieran. No creo que fuera algo accidenta ya que el señor Nadel cuenta con una experiencia al volante nada desdeñable gracias a su trabajo como repartidor, algo que, juicios aparte, elogio porque, a pesar de tener más comodidades que mi cliente y de su juventud, dedica parte de su tiempo a ganarse unos ahorros y contribuir a la comunidad. - la lengua del abogado era tan afilada que ni siquiera se notaban sus cortes. Sus elogios solo servían para presentar a Max como más culpable. - No pienso que el señor Nadel tenga discapacidad visual o motora alguna, ni que desconozca la normativa vial, ni siquiera que carezca de reflejos. Sin necesidad de conocerle, puedo creer que el señor Nadel es un conductor ducho. Es justo ese motivo por el que pienso que el atropello de la señorita Ström no fue algo accidental. No conozco los motivos que llevaron al señor Nadel a cometer tal acto. Mi cliente y él no tienen más relación que este juicio, no hay ningún móvil pasional oculto ni nada de eso, por lo tanto, no parece haber ningún motivo, ¿no? - Ese "¿no?" estaba cargado de connotaciones que no gustaron nada a Papp - Espero que este juicio me ayude a entenderlo. - las últimas palabras vinieron acompañadas de un breve silencio y una mirada, mezcla de incomprensión y seguridad, dirigida a Max - Muchas gracias señores y señoras del jurado. Señoría.

Tras una reverencia final, como si se tratara de un guerrero que mostrase su honora su señor tras el combate, el abogado volvió a su asiento. Buena estocada. No sonreía, mantenía la expresión con la que había mirado a Max, lo cual era peor, porque daba coherencia a todo lo que había dicho. Eso fue lo que más hizo rabiar a Papp. Parecía que el abogado realmente creía lo que decía y, un poco en el fondo, Papp también le creía, aunque estaba seguro de que todo era una fachada.

- Muchas gracias, señor…

- Tomanek, señoría.

- Señor Tomanek. Ha sido un alegato muy esclarecedor. Turno de la defensa, señor Zalán.

- Sí, señoría.

Papp se levantó, con un temblor en las manos un tanto más marcado de lo habitual. Tomanek no había acusado en ningún momento a Max, directamente. De hecho, lo había piropeado más que vituperado. Sin embargo, la acusación estaba ahí, escondida entre cumplidos y admiración, y Papp sabía que se estaba gestando inconscientemente en la mente del jurado. Por si fuera poco, Tomanek había quedado como un paladín de la justicia que no señalaría a nadie hasta que hubiera un veredicto. Papp por su parte, aparentaría más un mercenario que intenta ocultar los crímenes de su compañía en el pasado. Lo único que podía hacer era tratar de excusar a Max, lo cual, solo aparentaba más culpabilidad.

- Buenos días, señores y señoras del jurado. Señoría. Sería inútil y perverso intentar defender que mi cliente, el señor Nadel, es inocente de atropellar a la señorita Ström. Cada noventa minutos se atropella a alguien en este país. Nosotros somos afortunados de no asistir a un juicio por homicidio. Pero eso no implica que debamos juzgar al señor Nadel como si esa fuera su intención. Mi cliente tuvo mala suerte, fue imprudente y no reaccionó lo suficientemente rápido, él mismo admite haber atropellado a la señorita Ström. - Papp señaló a Max, que asentía arrepentido - Si su intención hubiera sido el asesinato, no estaría arrepentido de casi haberlo cometido. Porque el señor Nadel no es un asesino. Como ha resaltado el señor Tomanek, mi cliente es un trabajador, alguien que contribuye a pesar de no tener necesidad de ello y de encontrarse en una edad en la que nadie lo esperaría de él. Mi cliente es un buen ciudadano que no condujo precavidamente (nada que a nosotros, conductores con más experiencia, no nos haya sucedido nunca) y no pudo reaccionar a tiempo. No es mi deseo ni mi intención negar lo sucedido, por eso mismo, niego que se juzgue a mi cliente como si pudiera ser un asesino. Muchas gracias, señores y señoras del jurado. Señoría.

No había sido tan elocuente como Tomanek, pero al menos había quedado claro que lo más probable fuera una exageración de Tricia Ström. El jurado lo tendría muy en cuenta, lo juraba por los rizos de Tricia.

- Bien, procedamos con los alegatos. Señor Tomanek, ¿qué pruebas presenta?

- Sí, señoría. – Tomanek no se levantaba como Papp, como si tuviese un muelle en el culo, sino que lo hacía con elegancia. Tomaba nota. – El documento uno, las imágenes captadas por una cámara de seguridad colocada en el cruce – hizo unas señas a uno de los guardias para que se acercase con el reproductor – al que me referiré más tarde. El documento dos, un test de alcoholemia realizado al señor Nadel después del incidente.

- Protesto, señoría, el nivel de alcohol en sangre de mi cliente estaba por debajo del límite legal.

- ¿Niega usted que sea una prueba? – preguntó Tomanek con un ligero tono de incredulidad en la voz

- Denegada, aunque no sea un agravante, es considerado una prueba.

Perfecto. La primera protesta denegada, y con razón. Se había precipitado demasiado sin necesidad y le había salido mal la jugada. El jurado pensaría que tenía algo que ocultar.

- El documento tres, el informe médico posterior al atropello, el documento cuatro, una fotocopia del horario de trabajo del señor Nadel y el documento cinco, el último examen psico-técnico que se realizó el señor Nadel. Además, me tomo la libertad de mencionar a la señora Eisenhauer y a la señorita Lindberg que darán testimonio como testigos pactados con la defensa. – miró a Papp

Papp asintió. Se trataban de una vecina que paseaba por allí y de la enfermera que la atendió en la ambulancia. No había mucho más testigo al que interrogar, los dos pertenecían a mundos opuestos, no había relación entre ellos más que los cinco minutos que pasaron desde que Max la atropelló hasta que la ambulancia se la llevó. Miró a Max. Parecía que el inicio del juicio, no muy propenso a la victoria, le había abatido un poco.

- No te desanimes, Max, chico. Puede que no sea tan buen abogado como Don Esmoquin Elegante, pero esa chica está loca si cree que va a ganar este juicio. Podría ganarlo si hubiese denunciado una agresión, pero ¿intento de asesinato? No te preocupes, todo esto habrá acabado muy pronto.

Así lo creía Papp, ningún juez podría considerar aquel asunto como un intento de asesinato. Era indemostrable. ¿Agresión? Quizás, pero no en Tennessee. No había habido temeridad al volante, ni conducción bajo el consumo de drogas, nada sobre lo que exigirle responsabilidad a Max. Es cierto que las finas costuras del traje de Tomanek inquietaban un poco a Papp, pero, por mucho que tergiversara las interpretaciones legales, no podría presentar a Max como un aspirante a asesino.

La señora Eisenhauer resultó ser una anciana que volvía a casa de hacer la compra cuando presenció el accidente. Tomanek se limitó a hacerle preguntas sobre los sucesos objetivos, descripción del incidente, actuación post-atropello, comentarios de los involucrados… Papp, por su parte, sí que entró un poco más en el terreno de las interpretaciones.

- No tenga miedo, señora Eisenhauer. Aquí no se le juzga a usted.

- Ya, pero… - la mirada desconfiada, se dirigió indirectamente hacia el juez

- Señoría, creo que podríamos hacer un paréntesis jurídico para perdonar el testimonio de la señora Eisenhauer. – el juez asintió, aunque no de muy buena gana – Señora Eisenhauer.

- Sí, sí que me lo he saltado alguna vez, pero siempre cuando no pasaba nadie. A mí me enseñaron a conducir cuando los semáforos eran cosa de la capital y se veía mal que nosotras condujéramos. Pero mi padre siempre fue un rebelde.

- Entonces, se podría decir que es capaz de identificar una situación en la que se puede saltar un semáforo y una en la que no. – la señora Eisenhauer miró a Papp con la misma mirada que le miró cuando le hizo la anterior pregunta inapropiada para un juicio – Hipotéticamente hablando.

- Hipotéticamente hablando, sí, sería capaz.

- Hipotéticamente hablando, ¿diría que la situación que se dio el día veinticinco de septiembre a las diez y diecinueve de la mañana en el cruce de la décima avenida con la calle Jefferson explicaría, de cierta forma, el modo de proceder del señor Nadel?

- Hipotéticamente hablando, diría que entendería el modo de proceder del señor Nadel.

- Protesto, señoría. Las interpretaciones de la ciudadanía sobre lo que está permitido y lo que no, no eximen al señor Nadel del cumplimiento de circulación.

- Cierto, pero, aquí no se juzga la correcta conducción del señor Nadel sino la intención que le llevó a saltarse un semáforo y una leve imprudencia normalizada a la hora de conducir, que no llega a constituir un delito, podría ser una buena forma de explicar dicha intención.

- Denegada, señor Tomanek.

Esas palabras generaron cierta satisfacción en la sonrisa de Papp. Por muy paladín que fuera Tomanek, un movimiento demasiado abierto puede dejar desprotegida la zona idónea para un puñal. El testimonio de la señora Eisenhauer terminó después del típico juego de protestas y rechazos propios de los juicios y la señorita Lindberg juró decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, pero, poco después, sucedió algo.

Tricia se ausentó debido a ciertas indisposiciones. Papp pensó que no serían más que cosas de mujeres, pero, tras el receso que decretó el juez Henriksson, Tomanek se le acercó.

- Se la han llevado en ambulancia. – su rostro no presentaba esa condescendencia del juzgado

- ¿En ambulancia?

- Ha empezado a sangrar.

- Es normal en una chica de su edad ¿no?

- Ha sangrado mucho. – la mirada de Tomanek quería decir algo más que sus palabras – Y ha vomitado.

Aquellas palabras no le gustaron nada a Papp. Desde la Facultad de Derecho no había tenido ninguna relación estable, pero creía recordar que la menstruación no traía vómitos de forma normal. Solo eran sospechas, pero Papp recordó la expresión de Tricia al inicio del juicio. Demasiado apenada. Allí pasaba algo que él no sabía y que, seguramente, afectaría a Max.

El juez Henriksson decretó que el juicio seguiría cinco días después del alta de Tricia y que podían irse todos a casa. Papp intentó tranquilizar al chico. No le ocultó la idea de que aquello no era un buen presagio, pero nada de eso le afectaba directamente, él seguía sin ser un asesino. Le pasó la mano por la espalda mientras le aseguraba que no estaba solo en esto, que él se encargaría de que todo fuera justo y que le defendería lo mejor que pudiera. Con una mirada un tanto perdida, Papp dejó a Max en la casa de sus padres y se fue a la suya.

Él tampoco estaba tranquilo. Un abogado elegante, un incidente como este, una denuncia extraña… No quería llegar a la paranoia, pero había demasiadas cosas extrañas en todo ese asunto y, unas cosas extrañas, siempre llevan a otras. Nada de eso parecía bueno, nada de eso parecía limpio y nada de eso parecía fácil. Todo era muy complicado, muy intrincado, como si...

Cuatro días después sonó el teléfono. Era Max y había usado su única llamada para decirle que le acusaban de homicidio involuntario. Al parecer, Tricia Ström estaba embarazada de dos meses cuando Max la atropelló y el incidente del juicio se dio debido a que había sufrido un aborto. Papp necesitó un momento para asimilarlo todo.

- ¿Señor Zalán?

- Sí, Max, estoy aquí. No te preocupes, ahora mismo voy hacia allí. No hables con nadie hasta que llegue.

- ¿Qué me va a pasar?

- No lo sé, Max, pero voy a estar ahí. No te preocupes, no te vas a enfrentar a esto solo.

En la comisaría, Papp se encontró con Tomanek. Al parecer, se había encargado de que la policía de allí se respetase los derechos del chico.

- Muchas gracias. – parecía que disfrutaba de lo brillante que era su espada

- No hay de que, solo hago mi trabajo.

- Creo que esto perjudica a su trabajo.

- Me temo que el trabajo de cada uno depende de lo que cada uno entienda.

- Pues, si me permite, señor Tomanek, entiendo que mi trabajo es proteger a mi cliente de todo este asunto.

- Espero que todo esto termine en algo justo para ambos. Ninguno de los dos lo está pasando bien.

- Desde luego que acabará en algo justo para los dos, pero para dos del mismo bando.

Tomanek ignoró el comentario. Entendía que en su bando esto no era un inconveniente, sino una tragedia, pero no se tragaba su papel de paladín de la justicia. Las armaduras más brillantes son las que más sangre las ha manchado. Parecía que Tomanek respetaba la ley como si se tratara de las sagradas escrituras, pero las leyes penales solo se usaban cuando alguien se traía algo sucio entre manos.

Cuando entró en la habitación, Max estaba agarrando sus rodillas con las manos y escondiendo su cabeza entre ellas. Max no era joyita, pero no disfrutaba de hacer mal a nadie, y todo aquello le hacía mucho mal. Ya no se trataba de inocencia o no, Papp sabía que aquel chico no tenía intención de matar a nadie, pero el homicidio involuntario era un hecho. El juicio solo trataría de encontrar la condena adecuada, pero ya se daba por hecho que lo había cometido. Realmente había acabado con una futura vida, aunque no supiese que se estaba gestando. Sería necesario aportar pruebas de la relación entre el accidente y el aborto, pero las habría y el jurado ya lo daba por hecho. A veces, solo se necesita mala suerte para torcer una vida.

Las pruebas se aportaron, los testigos hablaron, los abogados protestaron, el jurado dictaminó y el juez condenó. El juicio fue rápido porque el procedimiento no distaba mucho del de intento de asesinato, para el que ya se habían preparado previamente. Por lo menos no tendría que ir a la cárcel, el juez no consideraba que su conducta fuese algo que necesitase de una resocialización, aunque necesito un empujón por parte de Papp para llegar a esa conclusión. La única condición que puso fue el pago de ochenta mil dólares a la señorita Tricia Ström por los daños causados y en forma de compensación. Una condena un tanto frívola si se quiere, pero Papp la consideró mejor que el ingreso de Max en una penitenciaria que solo haría que se hundiese más, si salía vivo de allí.

El juicio se hizo mediático. No solo porque era el inicio del debate sobre la consideración de un feto como persona o no, también porque en sí era muy polémico. ¿Se podía considerar que Max había sido un asesino o simplemente fue mala suerte? No tuvo que saltarse aquel semáforo, pero, millones de personas lo hacen sin que pase nada. ¿Tuvo Tricia que estar pendiente de los coches que cruzaban, aunque tuviese preferencia? Millones de peatones lo hacen, aunque no tendrían porque si los conductores cumpliesen con sus obligaciones. Se inició un debate que olvidó por completo de donde venía, como suele pasar.

Una de las cosas más devastadoras fue el hecho de que Tricia se enterase de la muerte de su hija al mismo momento que de su existencia. Según afirmaba ella, hasta que se la llevaron del juicio no sabía que estaba embarazada, por lo que impactó a todo el país. Aunque Papp nunca creyó que ella no lo supiese. Al salir del juzgado, en la multitud de periodistas, abogados, policías, testigos y funcionarios, Papp captó desde la lejanía un abrazo que Tricia y su novio. Un abrazo adornado con una sonrisa. Una sonrisa impropia para alguien que acabase de perder a un hijo. Una sonrisa impropia para alguien que quisiera tener un hijo.

17 de Octubre de 2021 a las 16:14 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Lukas Bel Lector a media jornada y escritor la otra media Gracias por leerme

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