fers_06 Fernanda Sánchez

Oliver nunca pidió nacer en prisión. Nunca deseó meter en problemas a su madre hasta ser el causante de su muerte. Nunca quiso que sus amigos recibieran castigos por su culpa. Oliver solo quería perdón y libertad, dos cosas que le eran cruelmente negadas hasta que la oportunidad de escapar hacia la Estrella Dorada - la ciudad de libertad y nuevas oportunidades-aparece, brindándole por primera vez en 16 años, esperanza. Su mundo ya era oscuro y lleno de dolor, ¿el mundo del que su madre tanto le habló realmente será hermoso y mágico?


Drama Todo público.

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Prólogo

Los cuentos de hadas siempre terminan con un final feliz. Desde temprana edad, a las niñas se les enseña que el amor es hermoso y mágico, que todo siempre será como un cuento de hadas… lamentablemente, la vida real no es tan mágica ni hermosa. Y no todos los cuentos terminan en un final feliz.


-Mgh, agh.


Una mujer de desordenados cabellos caoba se encontraba pujando en una letrina; un enorme dolor estomacal acaba con las pocas fuerzas que poseía, el sudor cae por su frente como símbolo del esfuerzo.


- ¿Colette, sigues ahí? -pregunta una joven de rulos negros y ojos miel a través de la cortina que separa la letrina de otra.


Colette contestó con otro gemido de dolor, clavando las uñas de sus manos en las piernas. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero sentía que era una eternidad. La humedad del pútrido lugar junto con la poca iluminación la ponían más nerviosa.


-Te dije que tomaras esa infusión; si me hubieras hecho caso no tardarías tanto en cagar como ahora -se quejó, con algo de burla, Bibi.


-Cállate… y dame la mano… ¡Agh! -murmuró débilmente.


-Que haya aceptado ser tu amiga no sig…


-¡Bibi! -gritó desesperada, logrando asustar a su compañera de celda, quien, rodando los ojos, corre la cortina interpuesta entre ambas para ver cómo Colette se retorcía. Bibi hizo una mueca ahorrándose su regaño y tomó las manos de su amiga.


-Bien Colette, respira, relájate y concéntrate.


Para Bibi era común que muchas chicas tuvieran problemas para defecar. Por eso siempre pedía infusiones de alcachofa cada mes. Sin embargo, la situación de Colette no era normal, tenía las piernas más abiertas y sudaba demasiado. La joven de ojos esmeraldas dio un último grito, cortando la circulación de las manos de Bibi sintiendo cómo salía de su interior aquello que la había estado torturando por horas.


Ninguna de las dos jóvenes imaginó lo que estaba sucediendo.


-¡Es un bebé! -gritó Bibi horrorizada, soltando de golpe sus manos y retrocediendo, viendo la cara de terror de su amiga quien se apresuró a tomar al niño en brazos.


La nueva criatura colmó el baño de llantos agudos, lo que asustó a las chicas. Colette miraba al neonato anonadada, sin saber qué hacer.


Había estado embarazada todo este tiempo y nunca se enteró, ni si quiera tuvo síntomas ni su periodo se cortó. En los siete meses que había estado en aquella prisión nadie la había tocado era imposible que…


Colette abrió enormemente sus ojos al concluir que la única persona con quien había compartido intimidad era su gran amor Donel Dunn, un mercenario que llegó sin previo aviso a su vida. Inmediatamente, limpió al bebé con sus desgastadas ropas, buscando algún vidrio para cortar el cordón umbilical.


-Bibi, necesito algo filoso -pedía entre susurros-. El cansancio se estaba apoderando de ella.


En el suelo sucio, Bibi se encontraba todavía en shock mirando toda la escena boquiabierta, no podía entender cómo había salido un ser vivo del cuerpo de su amiga que, en lugar de subir de peso sólo bajaba.


Colette encontró un pequeño vidrio cerca de la letrina y lo tomó temblorosa, cortó el cordón e intentó controlar el llanto del bebé arrullándolo entre sus brazos. Las pesadas botas militares comenzaban a escucharse creando un ambiente más tenso. Bibi se levanta veloz y recorre la cortina para esconderlos mientras que Colette se apresura a amamantar al recién nacido para callarlo.


-Shh, bebé, tranquilo -murmura, presionando más al pequeño y chillante niño contra su pecho.


-La hora del baño terminó – la seca voz del guardia del otro lado logró que el corazón de Colette latiera más rápido. Si él se enterara de que había dado a luz a un hijo Donel no estaba segura de las atrocidades que podría hacerle.


- Sí, lo sé, es que he tenido algunos problemas.


Bibi era una buena mentirosa a diferencia de Colette, que no engañaba ni a una mosca.


-El jefe llegará pronto y tú más que nadie sabe que a él no le gusta esperar.


Dio un paso al frente para intimidar a la joven de veintidós años, a quien la sobrepasaba por lo menos una cabeza. Las sombras hacían del rostro de aquel temeroso guardia una horrible obra de arte; Bibi se obligó a sostenerle la mirada unos segundos, bajándola como una obediente sumisa.


-No le haré esperar, lo juro.


-Tienes cinco minutos y tu amiga igual -aquel gigante de mirada fría tomó la cortina con intenciones de correrla. Colette dejó de respirar, su cuerpo enteró se tensó tanto hasta doler.


La chica de rulos azabaches se interpuso entre el guardia y aquella cortina, quedando muy cerca de aquel demonio. Bibi era una mujer hermosa, ojos grandes e hipnotizantes del color de la miel, nariz pequeña y puntiaguda, labios carnosos y rosados con un ligero sabor dulce, a pesar de la mala alimentación conservaba un poco de sus atributos lo que la hacía más irresistible. Bibi era la tentación en persona y más de un guardia había quedado perdido en su mirada.


Sin permiso ni autorización, aquel guardia tomó los pómulos de la joven uniendo sus labios en un beso salivoso que sólo provocaba asco en Bibi.


-No tarden.


Colette lloraba de coraje y agradecimiento mientras la oscuridad se adueñaba de su cuerpo. Odiaba que sus padres se opusieran al amor de cuentos de hadas que tenía con Donel y le impusieran a su mejor amigo para contraer matrimonio, Elliot Craig. Odiaba los celos enfermizos de Elliot y todas las barbaridades que le había hecho.


-Colette, te necesito conmigo, consiente, por favor.


Las súplicas de su única amiga en ese infierno sonaban lejanas; había perdido mucha sangre, el esfuerzo de estar pujando por horas y no haber tomado una sola gota de agua le estaban arrebatando la vida y la de su bebé, el último regalo que le había dejado Donel.



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Cuando Colette despertó, se encontraba en su celda recostada con gasas húmedas en su frente. Se levanta de golpe recordando lo ocurrido en el baño, mareándose por las pocas fuerzas en su sistema.


-¿M…mi bebé? -balbuceó tentando el rocoso suelo.


-Shh, está bien, debes calmarte -intentó tranquilizarla su amiga sin éxito.


-¡Mi bebé!


-Está vivo, de milagro -murmuró la pelinegra- y tú también, así que intenta calmarte y bebe esto.


Bibi le entregó un vaso con té caliente para después sacar de las sombras a la criatura envuelta en mantas viejas.


-Tiene poco que cayó dormido de nuevo, ha dado lata estos días -se quejó en voz baja, viendo a la madre y al niño.


-¿Qué fue lo que sucedió?


Una pequeña parte de Colette anhelaba que todo fuera una horrible pesadilla.


-Te desmayaste y, como pude, escondí al niño y te llevé a enfermería. Estabas muriendo.


-¿Elliot lo sabe? -pregunta con temor, terminándose el té.


-Aún no, pero sospecha algo. Ha pedido verte una vez que despertaras.


Bibi se encoge un poco al estar hablando del jefe de aquella prisión; sólo Colette se atrevía a llamarle por su nombre.


Una vez que terminó su té, y recargada en la pared, Bibi le pasó a su hijo, quien era más tierno dormido que despierto. El silencio reinó en la celda, ninguna sabía lo que pasaría a continuación más que problemas.


-Debes deshacerte de ese niño -dijo la pelinegra minutos después.


-No lo haré, es un regalo del cielo- le sonríe con cariño al pequeño.


-Un regalo del infierno -corrigió Bibi molesta- ¿te das cuenta de que ese niño te traerá muchos problemas? Y a mí también. Si él se entera…


-No se va a enterar -interrumpe, brusca.


-Te dije que sospecha algo, y así como es de consipiranóico puede imaginar cualquier cosa, Colette.


-No voy a matar a un ser humano ¡es mi hijo! -Bibi rodó los ojos, bufando molesta- encontraré la manera de sacarlo… y si Elliot llegara a enterarse no diré que estuviste involucrada. Todo será culpa mía.


La vida no era de color rosa como la joven de ojos esmeraldas creía; el amor era más peligroso de lo que imaginaba y más traicionero de lo que alguna película o sus propios padres pudieron enseñarle. Su mejor amigo se había vuelto loco y después de la muerte de Donel ya no le quedaban ganas de vivir. Por eso, Colette admiraba tanto a la pequeña e indefensa criatura sobre sus brazos, porque era la única luz en su vida y no dejaría que nada ni nadie apagara la única razón para mantenerse en pie.


-Nadie te hará daño mientras yo esté aquí, mi pequeño y valiente Oliver.

5 de Octubre de 2021 a las 16:35 0 Reporte Insertar Seguir historia
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