X
Xavier Molina


"Ibiza" es la novela con la descripción más brutal, sangrienta y despiadada de lo que unos pocos han hecho para que otros muchos se vuelvan adictos a la isla. Nunca más volverás a mirar Ibiza de la misma manera.


Crimen No para niños menores de 13.

#mafia #asesinatos #yonquis #ibiza #deejays #drogas #fiesta
5
1.9mil VISITAS
En progreso
tiempo de lectura
AA Compartir

Capítulo 1


******************************

Este relato es totalmente ficticio. No se basa en hechos o personajes reales. Cualquier parecido con situaciones o personas que existan o hayan existido es puramente casual.

******************************


En todos los idiomas las dos palabras de mejor sonoridad siempre se reservan para dar nombre a las mariposas y a las islas. Pero las palabras a veces engañan, porque si miras de cerca a una mariposa y te olvidas de sus alas no dejas de ver un insecto.




SÁBADO


Dormía profundamente. O eso creía él. Era su primera noche en una Ibiza invernal, desangelada, de carteles fantasmales a lo largo de las carreteras anunciando fiestas que ya se habían celebrado y que nadie había descolgado por temor a mostrar el horror esquelético de las estructuras de hierro que los soportaban. Mejor mostrar el pasado que la vaciedad del futuro inmediato. Había poca gente por las calles y ningún turista. El sol no brillaba y hacía frío, mucho frío. Hubiera deseado llegar en otro momento por mucho que se aliviara profetizando que en unos pocos meses la isla estaría repleta de gente, que el sol del verano iluminaría el paisaje y todo volvería a ser como lo recordaba de anteriores y fugaces visitas. Acunándose con ese mantra le costó entender los golpecitos que escuchaba. Pensó que era lluvia, tal vez incluso granizo, pero entre sueños y pesadillas no conseguía que la curiosidad le levantara de la cama.


Soñó con una isla vacía, con un club que cerraba las puertas por falta de clientela, con un mar que había retrocedido hasta más allá del horizonte dejando una costra seca de sal dura y con ello arruinado los negocios que en solo cuatro meses debían chupar la sangre de los turistas para vivir el resto del año en contrita holgazanería. Y él estaba allí solo, de pie en la playa de Talamanca, con los pies hundidos en la arena contemplando la desoladora lejanía de la rompiente sin entender qué ocurría mientras la brisa parecía murmurar su nombre al frotar las sillas abandonadas de los chiringuitos que yacían por todas partes, oxidadas e inútiles, como movidas por pretéritos huracanes o clientes dados a la fuga. "Mike...Mike...¡Mike!". Entonces se dio cuenta que aquellas imperiosas llamadas eran reales. Procedían del callejón del puerto al que daba el único ventanuco de la habitación del hostal. Reconoció la voz. Extrañado miró el reloj. Acababa de marcar las dos de la mañana. Esperó un instante tratando de comprobar si tal vez era el eco de un sueño pero entonces una nueva y urgente llamada, susurrada a gritos, le hizo saltar de la cama. Aprendiendo en segundos el rudimentario funcionamiento de la primitiva aldaba de la ventana la abrió para asomarse. No se había equivocado. Dos pisos más abajo, parado en medio de la calle, con sonrisa amistosa pero gestos apremiantes de la mano, Borja le pedía que bajara.


Mike quiso iniciar una conversación pero al emitir el primer sonido le pareció que iba a despertar a toda la isla. Desistió del habla para calmar con un gesto y un casi inaudible "ahora bajo" a su amigo. Se vistió con celeridad, sintiéndose más dormido de lo que se había sentido desde que intentó conciliar el sueño, preguntándose si no habría otro momento para ir a tomar una copa o dar una vuelta por la vacía ciudad.


- ¿Qué tal? ¿Te he despertado? - preguntó Borja mientras le mostraba con sonrisa pícara algunos guijarros que tenía preparados para seguir lanzando proyectiles contra la ventana de la habitación. El somnoliento muchacho se preguntó de dónde había sacado las piedras.


Mike excusó a su amigo con una mentira. No, no dormía. Casi le había hecho un favor rescatándole de un continuo rodar por el colchón, de pesadillas terroríficas de una isla vacía y arruinada. Borja reía. En invierno Ibiza siempre se veía así. Pero en unos meses, así pasara la Pascua, se despertaría del letargo. Mike se dio cuenta que Borja caminaba con la premura de quien tiene algo que hacer y en efecto, le llevó a buen paso hasta una furgoneta pickup con la cabina de carga descubierta que se encontraba aparcada en la esquina del hotel Montesol, sobre la acera. Le invitó a entrar. Por el temor de parecer ansioso con preguntas indiscretas, sabiéndose atrapado por la amistad de su amigo pero también por el hecho de que era su nuevo jefe, no dijo nada. No le apetecía ir a ningún lugar pero no quería aparentar tal cosa. Se sentó en el asiento del copiloto y entonces Borja se quedó un momento pensativo para bajar del vehículo pidiendo un minuto a su compañero. Mike escuchó que trajinaba algo en la parte de atrás arrastrando un objeto metálico. Un segundo después le sorprendió abriendo su puerta y pidiéndole que sujetara un saco del que sobresalían los mangos de dos palas. Borja no quería que con los bandazos de la carretera fueran golpeando el compartimento de la carga. Se lo podían rallar y a pesar del aspecto, aquella furgoneta no estaba destinada a cargar nada. Mike miró las palas sujetas entre sus piernas y se preguntó, entre asombrado y espantado, pero sin emitir palabra alguna qué demonios iban a hacer con dos palas en aquella fría noche de invierno.


En el mismo puerto de Ibiza, en el mismo instante en que Mike era despertado, cuatro caballeros de aspecto local, apuraban sus cafés tras una larga cena en uno de los pocos restaurantes que abrían todo el año. El camarero esperaba aburrido y somnoliento, con el codo apoyado en la barra, que ellos y una parejita de enamorados, turistas foráneos de nacionalidad indefinida, abandonaran el local para iniciar la rutina de subir las sillas a las mesas, barrer y fregar, dejándolo todo listo para que al lucir de nuevo el sol el restaurante abriera impoluto para servir desayunos de ensaimadas y tostadas con sobrasada. El camarero, que era de Valencia y apenas llevaba un año viviendo en la isla, no sabía que aquellos hombres parcos en palabras y que por la rigidez de su expresión corporal no parecían mantener ningún tipo de amistad acababan de decidir el futuro inmediato y subterráneo de Ibiza. Vistos desde fuera podrían haber sido cuatro anodinos payeses que se juntaban para jugar al dominó, pero en ellos no había nada rural ni inocente. Ni siquiera tenían sobre la mesa un dominó con el que disimular.


Uno de ellos era un alto cargo de la empresa naviera de la cual dependía el suministro diario de productos a la isla y en menor medida de turistas que habían decidido visitar la isla portando sus vehículos, como si esperaran que el mismo fuera indispensable en una isla donde la máxima distancia a recorrer era poco más de cuarenta kilómetros. Cada madrugada, bajo la atenta mirada de la Guardia Civil, los palés de mercancías eran descargados y depositados en el muelle para ser inspeccionados bajo potentes focos luminosos y una vez obtenida la aprobación, cargados en camiones que los llevaban a los mercados, restaurantes y otros negocios que dependían del exterior para obtener tanto productos de primera necesidad como manufacturados. Algunos de los palés, distraidos de la vigilancia, seguían un recorrido mucho más secreto. De eso se encargaba otro de los hombres sentado a la mesa. Avisado con tiempo suficiente, le gustaba acudir a las descargas y marcar con su propia mano los bultos que debían ser revisados por sus subalternos, ignorando los que de verdad le interesaban. De aquella manera tan expuesta pero tan discreta era como entraba la verdadera droga en la isla. Tres millones de turistas veraniegos no podían colocarse solo con las pocas miles de pastillas de éxtasis que portaban escondidas en los equipajes ignorantes camellos. Mucho menos de los fardos de coca que se almacenaban en yates que pensaban que pasarían inadvertidos entre la avalancha de naves que abordaban Ibiza en verano. Aquellos traficantes aficionados o mal informados, sin saberlo, proporcionaban la mejor coartada posible a unas fuerzas del orden que publicitaban las migajas requisadas mientras dejaban pasar bajo sus narices cantidades de droga que de haber naufragado el barco que las portaban habrían drogado a toda la fauna marina de Algeciras a Estambul.


El tercer hombre era quien se encargaba de cerrar los tratos con los camellos de los clubes y la gente rica que en unos pocos meses abarrotarían la isla. Aseguraba la calidad del producto, señalaba a la competencia a eliminar y recogía las necesidades de la clientela, siempre atenta a los cambios que se producían en las drogas de moda. No podía ser que alguien pidiera una pastilla habitual en Londres y que no se le pudiera servir en Ibiza por ignorar siquiera su existencia. Habrían quedado como auténticos pueblerinos.


Ninguno de los hombres a la mesa se consideraba un delincuente. Es más, la percepción que predominaba en ellos sobre proveedores y clientes, sobre el turismo y los vicios que portaba, era de una severidad decimonónica. Profundamente tradicionales, despreciaban la droga, la homosexualidad y el libertinaje en general justificando sus ocultas actuaciones diciéndose a si mismos que entraba tal orgía de dinero en Ibiza que no hacerse con una parte del mismo parecía tanto o más obsceno que vivir honradamente de un mísero sueldo de funcionario.


Los ibicencos, pues la mayoría de aquellos hombres lo eran por nacimiento o tras un largo proceso de adopción, eran una extraña mezcla de fenicios, árabes y catalanes. Como autóctonos milenarios no permitían que su isla se conviertiera en un paraíso de las mafias extranjeras como había ocurrido en Málaga o las Canarias. Ni tampoco que sus negocios y hasta sus tierras pasaran a manos extranjeras, por muy honestos que fueran los compradores. Ellos no iban a permitir que se repitiera la historia de Mallorca la cual en apenas un par de generaciones había pasado de ser cuna de la más rancia aristocracia a convertirse en la más insignificante provincia alemana.


Para evitar las mafias internacionales habían encontrado un antídoto rápido y eficaz. Más de una familia siciliana, rusa o calabresa había llorado a un ser querido rescatado de las aguas del puerto de Ibiza. Suicidios profilácticos, movidos por el interés común y la inestimable colaboración de las fuerzas del orden, que habían obtenido éxitos que de haber seguido los cauces legales nunca habrían llegado a buen puerto. Nunca mejor dicho. Por otro lado, para evitar que la isla se fuera vendiendo a pedazos imperaba un severo ostracismo para aquel que cediera su negocio o siquiera un palmo de terreno baldío a un forastero, aunque fuera mallorquín o de la península. Los terrenos se alquilaban pero no se vendían. Los negocios pasaban de generación en generación, de manera que podías estar seguro que el acento catalán del farmacéutico o de quien te controlaba el ph de la piscina no se iba a perder. Y quien osara saltarse aquella regla no escrita iba pronto a ser tratado como un apestado y extirpado de una sociedad cerrada, amable pero muy celosa de su identidad y también de sus defectos. Nunca se hubiera podido escribir una novela o filmado una serie de televisión de la sociedad ibicenca. Ellos no exhibían aquellos teatrales excesos de las familias italianas, irlandesas o rusas del crimen que tanto gustaban a escritores y guionistas. Poseían en cambio el discreto encanto del que trabaja de sol a sol y luego, a la vuelta del trabajo, te sonríe mientras te empuja suavemente bajo las ruedas de un autobús en marcha.


¿Y el Cuarto Hombre? El Cuarto Hombre, el que prestaba atención a cuanto se decía en la mesa sin emitir palabra alguna pero mostrándose siempre atento a las sutiles órdenes ejecutivas que le indicaban, preparaba un plan. El plan más inaudito y alocado que jamás se le hubiera podido ocurrir a nadie de la isla.


Había luna llena y los paísajes ondulados de pinares resecos y cultivos abandonados del interior de la isla se iluminaban sin imprimir sombras sobre el terreno. Avanzaban por caminos sin asfaltar, llenos de baches y piedras sueltas, caminos a los que solo podías llegar si sabías muy bien a dónde te dirigías siguiendo detalles imperceptibles y ocultos para la mayoría. Mike se atrevió a preguntar, cuando ya era evidente que aquello no era una salida para tomar copas, qué iban a hacer. Y la pregunta casi la murmuró contemplado con preocupación las palas que sujetaba entre sus piernas. Borja parecía tan genuinamente preocupado por alcanzar un destino que no respondió hasta que detuvo el vehículo en un campo de manzanos abandonados exhalando lo que parecía un satisfactorio "es aquí". Para entonces Mike ya se había arrepentido de todo. De haber dejado Barcelona persiguiendo un sueño ibicenco. De haber llegado en invierno.


- Tenemos que buscar una cosa.


Cuando los ojos de Mike se acostumbraron a la escasa luz de la luna, por muy llena que estuviera, contempló un campo de manzanos resecos donde la fruta que ya no interesaba a nadie desde hacía lustros había quedado esparcida por el suelo o reseca y arrugada pero aún prendida en las ramas casi desnudas de follaje. Pero aquel detalle botánico pasó casi inadvertido a los ojos del muchacho porque lo que llamaba su atención era la enorme cantidad de montones de tierra acumuladas en catas de terreno que se esparcían de forma anárquica entre los árboles, como si un animal de vida subterránea hubiera exteriorizado las múltiples entradas a su madriguera. Antes de que abriera la boca Borja explicó que allí había un tesoro y tenían que encontrarlo. Un tesoro, uno de tantos, que la discoteca había enterrado con todo el dinero recibido en una temporada y no había declarado, la sustancial diferencia de poseer un club con un aforo declarado de tres mil personas pero llenándolo a diario con diez mil. Apremiaba encontrar el saco, enterrado a toda prisa y olvidado durante años, porque en breve finalizaría el plazo para cambiar las pesetas por euros y aquel dinero se perdería o, aún peor, levantaría las sospechas de gente indiscreta que se arrogaba la potestad de meter las narices en la isla desde sus cómodos sillones de Madrid. Mike se sintió reconfortado. No iba a enterrar o desenterrar un muerto, si no a ayudar a cometer un delito fiscal que a los españoles siempre les parece el menor de los delitos porque vilipendiados y robados por sus gobiernos desde tiempos inmemoriales, no se acostumbran a las mentiras con que se les adoctrina diciendo lo bien que viven o los muchos servicios de los que disfrutan gracias a impuestos de dureza casi medieval. Quiso aclarar a su amigo que quedaba un largo plazo de muchos años durante el cual todavía sería posible cambiar pesetas por euros pero acostumbrado a su simplicidad y tozudez en lugar de hablar prefirió elegir al azar un espacio virgen entre los manzanos para hincar una pala en el duro y helado terreno por primera vez en su vida. Cuanto antes acabaran, mejor para él.


El sol se levantaba tras las montañas apagando el brillo de las estrellas y ya fuera porque no quedaban muchos lugares con la tierra intacta o por la suerte del principiante, que al tercer hoyo Mike encontró enterrado a no mucha profundidad un trozo de saco de tela burda, como el que se usa para almacenar patatas baratas en almacenes de mayoristas. Secándose el sudor llamó a Borja y éste acudió sonriendo, asegurando que "aquello" era lo que buscaba desde hacía noches. Tras árduos esfuerzos consiguieron desembarazarlo del abrazo terrenal y con satisfacción rasgaron la tela para luego hacer lo mismo con un plástico impermeable que rodeaba el contenido. En las películas la gente sonríe cuando descubre un tesoro escondido, pero cuando los fajos de billetes se mostraron a la incipiente luz del día los dos hombres tuvieron que apartarse abrumados por la peste que el dinero desprendía tras años de húmedo y subterráneo cautiverio.


Fajos de cinco mil y diez pesetas, sin encintar, unidos por la humedad y la suciedad, lanzados sin cuidado ni contabilidad. A duras penas pudieron cargar el saco en la parte de atrás del vehículo entre gestos de asco. Partieron cuando el alba ya se había instaurado. En caso de haber sido detenidos habría resultado difícil explicar qué hacían por caminos rurales, cubiertos de polvo y barro, con un saco repleto de dinero en la cabina de carga. Mike se atrevió a preguntar cuánto dinero contenía el saco a pesar de saber que no era su problema. Borja no tuvo problema en contestar con un vago "entre cuarenta y ochenta millones". Le costó horrores hacer el cálculo, sumergido en lo que parecían preocupantes pensamientos. A medio camino de regreso a la ciudad detuvo el coche en un STOP y el aroma a podredumbre invadió la cabina ahora que el viento no lo expulsaba hacia atrás del vehículo.


- Así no puedo llevar el dinero al banco. Es repugnante. - protestó Borja.


Fue entonces cuando Mike recordó, medio en broma, que una vez había olvidado en un pantalón un billete y que éste había pasado por un lavado completo sin destruirse ni padecer deterioro alguno. Es más, tras el lavado accidental se mostraba con un aspecto más saludable, como si hubiera perdido la suciedad acumulada de todas las manos por las que había pasado. Borja escuchó con atención. A él también le había ocurrido. Detuvo de nuevo el coche sobre el bordillo de una acera. Agarró el teléfono y despreciando el hecho de que el sábado acabara de amanecer llamó a la encargada de vestuario de la discoteca. Mike le miraba sin entender nada mientras de reojo observaba la saca de apestoso dinero, esperando que en cualquier momento un coche de la policía municipal apareciera para imponerles una sanción y se diera de bruces con la fortuna. A ver qué explicación les iban a dar.


3 de Octubre de 2021 a las 15:32 2 Reporte Insertar Seguir historia
5
Leer el siguiente capítulo Capítulo 2

Comenta algo

Publica!
IL Isaac Latorre
Todo lo que escribe este hombre es bueno. Recuerdo Istanblues y madre mía, me la tuve que leer en una noche porque era adictiva.
October 06, 2021, 12:16
IS Ines Sanchez
ke bueno ! soy ibicenca y esto del dinero enterrado me suena bastante, ha,ha,ha
October 04, 2021, 09:32
~

¿Estás disfrutando la lectura?

¡Hey! Todavía hay 9 otros capítulos en esta historia.
Para seguir leyendo, por favor regístrate o inicia sesión. ¡Gratis!

Ingresa con Facebook Ingresa con Twitter

o usa la forma tradicional de iniciar sesión

Historias relacionadas