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Suspenso/Misterio No para niños menores de 13.

#witchtober
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Poción - Gin Les

La niebla descendía conforme llegaba la noche, el aire gélido no hacía más que poner el ambiente perfecto para una noche mágica. Encendí las luces antes que la oscuridad se cerniera en mi pequeña casa, si bien amaba el frío, estar a oscuras me resultaba un poco incómodo a la hora de escribir.

Fui hasta mi cocina con la esperanza de hacerme un chocolate caliente, mi hermana ya había traído temprano algunos panes de mi panadería favorita. Tomé uno de ellos y ya realizado mi chocolate, me deslizo entre las luces tenues hasta mi escritorio y me dedico a hacer lo que más amo, escribir.


“Las Wicca eran conocidas en su pequeño pueblo por todas las cosas que hacían, algunos las miraban con temor, otros con admiración y algunos otros con curiosidad. Llamaban la atención de tan solo verlas con aquellas vestimentas tan variadas, pasando desde lo florido hasta lo neutro, desde lo oscuro hasta el color más blanco que se pueda conocer.
Tenían una pequeña tienda naturista, muchos de sus clientes eran adultos mayores que habían encontrado la sabiduría en la madre tierra y abandonado los tabúes que las mentes cuadradas tejían en los chismes de la comunidad. Gracias a ellos es que las pequeñas cinco Wicca habían comenzado a obtener reconocimiento de su negocio, incluso venían de otros lugares solo para adquirir algunas plantas medicinales que solo ellas cosechaban y cultivaban con tal amor y dedicación que nadie lo creería.

Sin embargo, no todo el pueblo las quería. Algunos religiosos les tachaban de demonios en pieles de mujeres y les decían locas. Ellas hacían oídos sordos y seguían en lo suyo, envueltas en su mundo y en la búsqueda de su espiritualidad. Tal era así que no se dieron cuenta de todo lo que las sombras hacían cuando se apagaba la luz, un pequeño pensamiento malvado se estaba germinando en la mente de uno de los lugareños y este crecía conforme escuchaba las palabras en contra de aquel pequeño coven.

Se acercaba el Sabbath de Ostara, que conmemoraba el equinoccio de primavera, en el que el dios se enamora de la diosa, mientras la naturaleza se renueva. Los rituales conmemoran la fertilidad creciente de la tierra y por ello el coven comenzaba a prepararse. Estudiaban todo lo que debían hacer, el papel que iban a tomar cada una en el ritual y por supuesto, a preparar el lugar en el que sucedería.

La mayor de ellas, Althea, confesó que tenía un presentimiento desde hace días, por supuesto no lo tomaron a la ligera e imploraron a la diosa de la luna que las protegiera. Los días transcurrieron sin más alteraciones, faltaba tan solo un día para el comienzo del Sabbath y una de ellas comenzó a sentir que le faltaba el aire…”


-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-


―¡Llegué! ―gritó Dryde desde la entrada sin que nadie le respondiera― ¿Aine estas en casa? ―inquirió a la nada, pero nadie le respondió.

Caminó por la casa dándose cuenta de que las luces yacían encendidas y que el aroma a chocolate caliente impregnaba aquella zona. Recordó el presentimiento de Althea y el frío recorrió su cuerpo. Subió las escaleras hasta aquella zona de la casa que les era casi imposible de entrar cuando su hermana Aine se dedicaba a escribir.

La puerta estaba abierta, el chocolate que momentos antes estuvo caliente yacía frío sobre el suelo de madera. La computadora seguía prendida y por simple curiosidad se acercó a leer. Temía leer aquellas palabras, sabía que de alguna forma su hermana pequeña había recibido el don de la premonición y que a veces mientras escribía entraba en ese pequeño trance en el que comienza a escribir lo que acontece… Lee con prisa cada palabra, cada coma, cada letra y entonces recuerda el pan… mira migas de pan sobre el escritorio, pero no hay rastro de el en ninguna parte.

Se lo ha comido todo, toma su móvil y llama a sus hermanas quienes no tardan en contestar. Aún recuerda que pasaba cada dos días por aquella panadería, el joven que las atendía parecía ser amable, una punzada de desespero atraviesa su pecho y sabe de alguna manera que él se la ha llevado.

Avisa a sus hermanas quienes ya venían en camino con el resto de cosas para su ritual, todas se encaminan hasta el viejo local, pero este parece vacío… y entonces detrás de este en un pequeño claro del bosque unas velas encendidas.

Las Wicca caminan hasta ahí mientras se dan cuenta del pentagrama en la tierra, del altar en donde yace su hermana dormida, del cáliz con alguna poción sobre este y la daga que le acompaña.

―Bienvenidas a nuestro ritual ―dice una voz en medio de la oscuridad. Dryde se pone al frente de sus hermanas intentando protegerlas.

―Da la cara cobarde ―exige Althea poniéndose a la par de su hermana.

―No, no, no… te equivocas ―corrige la voz en tono burlón―. No soy uno, somos todos…

Entonces salen de entre los árboles una multitud de personas cubiertas de una capa negra y mascaras de pájaro, tal cual como si estuviesen en medio de la peste negra.

―¡Aléjense! ―piden las Wicca sin entender aun que es lo que quieren.

Aquella comuna les rodea y sacan de entre sus capas oscuras pequeños libros, libros muy antiguos para después abrirlos y recitar algo en un lenguaje antiguo.

―Llegaron al pueblo menos indicado, brujitas… aquí tenemos nuestras propias creencias ―vuelve a decir aquella voz.

―¡Da la cara, cobarde! ―grita Dryde.

―¡No le hables así al sumo sacerdote! ―exige una voz conocida, la voz del joven panadero.

Y es en ese momento en el que el dueño de la voz sale de entre las sombras quitándose la máscara, uno de los viejos ancianos que tanto consumían su herbolaria no era nada más, ni nada menos que “el sumo sacerdote”.

―Pero… usted, usted nos ayudaba… ―las palabras salían atropelladas de la boca de Althea.

Ninguna podía creer que algo así estuviera pasando. La luz de la velas parecía que una a una se iban apagando y que las personas se acercaban a ellas. De pronto, un halo de luz, polvo por todas partes y luego nada. La inconciencia se apoderó de sus mentes llegando a su fin sin que la luz de la luna les cubriera, sin que su diosa les protegiera y sin que nadie las ayudase.


-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-


La mañana auguraba un buen clima, era claro que la primavera yacía a tan solo dos días de llegar. Las hermanas Wicca habían llegado al pequeño pueblo apenas hace dos meses, buscaban estar en paz con la naturaleza y nada mejor que un lugar a las orillas de un río y junto a un bosque. Temprano una de ellas fue a buscar los víveres que necesitaban para el día, solían llevar un régimen alimenticio vegetariano y cosechaban sus propias verduras. Sin embargo, amaban un pan vegano muy delicioso. Dryde llegó con aquella cesta cargada de alimentos, sin embargo, nunca se esperó la reacción de su hermana menor, Aine, quien nada más verla tomó aquel pan de sus manos y lo lanzo directo a la basura.

―¿Qué te pasa? ―inquirió Dryde preocupada.

―Esta envenenado, tiene algún tipo de poción del sueño ―todas sus hermanas la miraron sorprendidas de tal revelación―. Tenemos que irnos ahora, si no, seremos el almuerzo de todos ellos para mañana.

Acostumbradas a los sueños premonitorios de su hermana menor, empacaron todo con lo que un día trajeron y se marcharon de aquel lugar. La niebla descendía conforme llegaba la noche, el aire gélido no hacía más que poner el ambiente perfecto para una noche trágica, pero ellas no temían la luz de la luna yacía guiando sus caminos hasta un nuevo comienzo.

2 de Octubre de 2021 a las 08:24 0 Reporte Insertar Seguir historia
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