galchwyn Arturo Villarrubia Saro

Cuatro estudiantes riojanos en Madrid en mitad de una pandemia zombi. ¿Lograrán volver a sus casas? ¿Conseguirán mantenerse sobrios? No te pierdas las aventuras y desventuras de estos cuatro peresonajes en su lucha contra los zombis, así como su peregrina forma de enfrentarse a un apocalipsis


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Día Uno

- ¡Desgraciaooo! ¡Sinvergüenzaaa! ¡Guiri de miel-lda!

Los gritos me hacen pegar un bote en la cama, con el corazón galopándome en el pecho y maldiciendo sin piedad esa voz ronca y aguardentosa que se hace oír incluso hasta el tercer piso. Joder, si esto es una forma civilizada de despertarse, que venga dios y lo vea…

Los alaridos se apagan y me quedó así, en la cama, con el corazón a mil y tratando de saber por qué me duele tanto la cabeza y por qué tengo el estómago como sin me lo estuviesen centrifugando… Hasta que me acuerdo de la fiesta y sonreír me hace doler todavía más la cabeza. Joder, ¿dónde están las putas aspirinas cuando uno las necesita?

En fin, ya que estoy despierto, aprovecho para echar un trote cochinero hacia el cuarto de baño. Me revienta la vejiga y, hasta que no suelto una meada de esas que hacen época, no me doy cuenta del mareo. Entre eso y el dolor de cabeza estoy hecho unos zorros.

Normal. Es el resacón. Menuda juerga la de anoche…

Me miro en el espejo con curiosidad morbosa. Después de una buena fiesta, a la mañana siguiente, el espejo es como una de esas apps donde metes una selfi y te saca veinte años más viejo, o con pinta de vampiro o de zombi, o alguna cosa de esas, como de peli de miedo…

El que me mira desde el fondo del cristal, entre manchas de pasta de dientes, jabón y salpicaduras de enjuague bucal sabor mentol, se ve como yo me veré dentro de diez o quince años, si no dejo la mala vida, como me decía el cura de la catequesis: pelo negro revuelto, barba de medio mes, la piel pálida a causa de la resaca, los ojos grises que casi parecen rojos, por la cantidad de venillas irritadas....

Todavía estoy tratando de reconocerme en ese personaje cuando Pablo abre la puerta -como siempre, sin llamar antes- y se precipita hacia el inodoro. Le oigo soltar una meada de campeonato, mientras se tambalea de un lado para otro como un marinero en una tempestad, a riesgo de regarlo todo.

-Vaya fiesta, chavalote -dice, con la voz pastosa- Estuvo bien, ¿verdad?

-De puta madre, tío -le digo, riéndome. Parece que ni se acuerda de nada. Cuando le contemos que se quiso enrollar con la Loro, seguro que se quiere tirar a un pozo o algo así. La Loro dice que estudia medicina, pero todos creemos que la usan como modelo de como no debe quedar una cirugía estética. O eso, o la quieren meter en un frasco de formol y todavía no tienen uno de su talla.

Le dejo el puesto delante del espejo, para que admire los efectos de la resaca en sí mismo, y se queda como pasmado por un momento antes de agarrarme el tubo de la pasta de dientes y sacármelo de las manos con muy poca delicadeza.

Es lo que tiene el vivir en un piso compartido: no está tan mal, normalmente, pero después de una juerga como la de anoche, cuando todos queremos usar el cuarto de baño a la vez resulta un tanto incómodo, por decir algo. Al otro lado del pasillo escucho a Quini y a Chechu, que también parecen estar discutiendo por el uso del cuarto de baño que les corresponde, el que está del lado de sus habitaciones. Por suerte, el piso tiene dos cuartos de baño, aunque sean pequeños. Si tuviese uno solo, esto sería un desastre.

- ¿A ti también te han despertado esos gritos? -pregunto, mientras mi compañero de baño se lava los dientes con energía y la mirada más perdida que la de un guiri en San Fermín. Normalmente, Pablo tiene buen aspecto. No es que sea un Adonis, pero con su melena rubia, los ojos claros y una dentadura grande y desigual, parece uno de esos piratas de Disney, uno de esos que al final resultan más buenos que el pan y, claro, engaña a cualquiera, porque menuda alimaña que es el tío… Hoy podría interpretar una película de las de zombis o de las de aparecidos y no se gastarían mucho en el maquillaje.

-Joder, claro -me responde entre gárgaras

El vivir en una de las zonas de bares tiene su propio ritmo: de noche, nuestra calle es una verbena, con todos los baretos y restaurantes abiertos, los borrachos internacionales -Madrid está lleno de turistas siempre- y nacionales chillando a grito pelado, las peleas, las ocasionales sirenas de la policía o de las ambulancias… De día, suele ser un remanso de paz, cuando todos los negocios están cerrados, salvo el chino de la esquina y un par de ellos más, y los pocos seres humanos que recorren las calles son los basureros y algún turista despistado. Los gritos como el de esta mañana no son habituales.

- ¿Y qué habrá pasado?

La habitación de Pablo da sobre la calle, mientras que la mía está del otro lado del piso, así que mi ventana da a un patio de luces que, por lo general, está ocupado por la colada de las vecinas. No me quejo, porque en el piso de abajo y enfrente, esto es, en el segundo derecha, viven unas cuantas chicas venezolanas y, a veces, el panorama es espectacular… Pero desde luego, no me entero de mucho de lo que pasa en la calle.

-Abajo, en “El Farol” -el Farol es la bareto más cutre de la zona y está, justamente, ante nuestro portal- que ha salido uno de los camareros, creo que era el Sevilla, persiguiendo a un guiri...

-Se le habrá escapado sin pagar -se me ocurre. El Sevilla es uno de esos camareros tranquilos, de los que te dan una paliza sin alzar la voz. Es muy raro que grite tanto.

-Será eso -se ve que Pablo no tiene muchas ganas de hablar- Los guiris aprenden rápido y le habrá querido hacer un Tipically Spanish simpa.

En esta calle, los camareros nerviosos no duran nada. Demasiados guiris borrachos y demasiados listillos nacionales tratando de hacerse un simpa por la cara. Algunos lo consiguen, pero la mayoría terminan llevándose una buena paliza en algún rincón poco visible. El Sevilla, de hecho, es especialista en las patadas en los tobillos, y más de un listo anda todavía cojeando por ahí, después de fallar un simpa. No es que lo sepa por experiencia, que nunca se me ocurriría intentar escaparme sin pagar tan cerca de casa, pero he visto a unos pocos jugársela y terminar con los tobillos hechos puré

- ¿Preparados ya para el maratón?

Si mi aspecto o el de Pablo son horrorosos, el de Chechu se lleva la palma de lejos. Joder, no es que el tío nunca ha sido lo que se dice un guaperas, pero esta mañana está como una mezcla entre Freddy Kruger y Chucky, pero en feo. El pelo, que insiste en llevar largo a pesar de que siempre se le pone de punta, lo tiene arremolinado como si le hubiesen peinado con un sacacorchos y sus ojos, muy juntos, parecen inyectados en sangre. Si a eso le sumamos una nariz bastante larga y unos dientes tipo Goofy, ya no hace falta ni dibujarle una caricatura; basta con una foto. Vamos, que el tío sería capaz de fundar una tribu urbana y todo. Siempre me ha extrañado que no tenga millones de seguidores en las redes sociales, con la cantidad de fanáticos del horror que hay por el mundo, joder. A su lado, Quini, que es el guaperas del grupo, ya está bien peinado y vestido con una camiseta y unos shorts que parecen hechos a medida para él. Algún día tengo que ir a su gimnasio, a ver qué les dan para que se pongan así.

-Nunca se está preparado, chavalote -le contesta Pablo, que termina de lavarse los dientes y me devuelve mi sitio ante el espejo- Pero a la fuerza ahorcan, ¿no?

Chechu y yo asentimos, muy serios, mientras Quini se admira en el espejo, acomodándose un mechón de pelo rubio hasta que queda impecable.

Lo del maratón es un eufemismo para indicar que en los siguientes quince días vamos a permanecer encerrados en casa, estudiando a todo ritmo y sin asomar el hocico a la calle. Otras veces nos ha dado resultado. Pegarse un empolle de semejante calibre es la única salvación posible cuando te has pasado el curso entero faltando a las clases de la facultad o jugando al mus en la cafetería, como nosotros. De hecho, he observado que las últimas veces que fui a clase, hace unos días, mis compañeros me miraron como extrañados, como si no me conociesen y no supiesen quién soy. Cuatro años con ellos y faltas unos meses y ya te miran como si no te pudiesen reconocer. Mucho bobochorra es lo que hay, me parece.

A mí, de las materias de las que me tengo que examinar a vida o muerte para terminar la carrera, la que más miedo me da es Geobotánica. He conseguido los apuntes del Lozano, el nerd del curso, por muy poca pasta, pero me parece que no he hecho un buen negocio. Los cuadernos del tipo este son como para escribir un libro. No solo son más largos que el propio texto de clase, sino que están llenos de notas al pie, aclaraciones, referencias cruzadas… Joder. Este no va a por el aprobado, como los demás; este va a por el Nobel cum laude y lacitos dorados, por lo menos.

Mis compañeros están, más o menos, en las mismas. Pablo, que estudia también Biología, está acojonado con Bioquímica Clínica, aunque a mí no me ha parecido nunca demasiado difícil. Chechu, que está estudiando Economía Internacional tiene atravesada la materia de Economía Cuantitativa -sea eso lo que sea- y no me extraña, porque siempre nos anda pidiendo pasta prestada hasta que su padre le carga los euros del mes en la cuenta… Quini, que es el guaperas del grupo incluso ahora, con el aspecto de la resaca, sufre con Filosofía del Derecho… En fin, que cada uno de nosotros está bien jodido con el asunto de los estudios y completamente jodido con alguna asignatura en especial, así que optamos por encerrarnos a cal y canto durante un par de semanas y quemarnos las pestañas a tope. El año pasado y el anterior la receta dio resultado, así que…

Voy a acostarme un ratito más, a ver si así cojo fuerzas para empezar.

Me despierto a eso de las siete, sin saber muy bien si son las siete de la mañana o de la tarde, pero no me hace falta mirar el reloj para saber que he dormido durante casi todo el día; afuera, en la calle, ya se escucha el runrún de los primeros juerguistas paseando, las persianas metálicas de los bares levantándose… Las diecinueve, seguro; vamos, las siete de la tarde, en castellano.

Encuentro debajo de mi almohada unas braguitas rosas… Joder, la fiesta de ayer fue tremenda, pero es que ni siquiera me acuerdo de quién son. ¿De Rosa, la rubia que estudia enfermería? No, no creo. La última vez que recuerdo haberla visto estaba muy liada con Quini y después me parece que se desmayó debajo de la mesa... ¿Marta, la tetuda bajita de Farmacia? Ojalá… En fin, sea quien sea la propietaria, ya preguntará, seguramente. De todas formas, me preocupo un poco. Soy demasiado joven para que me agarre el Alzheimer, joder; ni el Alzheimer ni el Delirium Tremens, ya puestos.

Mis compañeros duermen o están encerrados en sus habitaciones respectivas, así que me preparo una jarra de café muy cargado y un bocata de jamón. Hay que estar bien alimentado para sobrevivir a tantas horas de estudio como me esperan. Eso de empollar gasta un montón de energía… Y no es que lo diga yo; lo dijo alguna vez alguno de mis profesores, no me acuerdo de cuál, ni sé si lo decía de verdad o es que estaba de coña. Vete a saber. Cuando estás en clase mandando mensajitos con el móvil y comunicado a tope, no te enteras de mucho, la verdad. Por eso dejé de asistir: con el rollazo que se sueltan los catedráticos esos, no hay quien mantenga un chat en condiciones y me perdía la mitad de lo que contaban mis contactos. Total, si al final le puedes pedir los apuntes al de al lado, que siempre hay algún bobochorra que anota hasta los bostezos del profe, y hacer una foto con el móvil a las chorradas que hayan escrito en la pizarra… De verdad que no entiendo que todavía haya profesores que digan que es muy importante que se asista a sus clases. Será que les pagan un plus por cada alumno que va al aula, en plan mantenernos alejados de las calles, de la mala vida y de las drogas

Echo un vistazo al móvil y me doy cuenta de que se me ha quedado sin batería. Joder. Tengo un par de baterías externas, de esos power-banks que les dicen más finos, pero como siempre, están también descargados. La verdad es que nunca me acuerdo de cargar nada. ¿Por qué no inventarán algo que se cargue solo? O con el movimiento del cuerpo… Como esos relojes que se cargaban a medida que movías el brazo… Supongo que no habrá más de esos por los pajilleros. Debían sobrecargar el reloj, con tanto zumba-zumba… Seguro que explotaban por la sobrecarga, como las baterías de algunos móviles. Me han dicho que existen algunos cargadores que van con energía solar, pero, dentro del piso, el único sol que entra se lo quedan las macetas de Pablo, que son como la selva amazónica, pero medio podrida y llena de pulgones, así que tampoco creo que funcionasen bien.

El primer paso para ponerse a estudiar es, sobre todo, disponer del lugar adecuado y yo lo tengo, después de barrer de encima de mi mesa unos cuantos envoltorios de chuches, una lata de cerveza vacía y unos calzoncillos que debían estar en la lavadora, a juzgar por el color. En el suelo estarán bien, hasta que termine de estudiar. Cuando acabe, me pongo a recogerlo y adecentarlo todo, lo prometo. Por quince días más, no creo que los calzoncillos vayan a salir corriendo solitos por ahí, aunque nunca se sabe, así que les dejo caer encima el libro de Bioquímica, que es el más gordo que tengo. Por si acaso, que no están las cosas como para Poltergeist calzoncilleros, joder.

Gradúo el flexo para que la luz no me deslumbre, pongo a un lado unos folios en blanco para tomar apuntes, con los bolis de colores junto a ellos -azul para texto, verde para definiciones y rojo para los temas que seguro que caen en el examen- y los apuntes de Lozano al otro lado. La silla del ordenador está un poco chunga, porque la agarré una noche en uno de esos sitios de “Madrid limpio”, donde la gente tira lo que no quiere, pero es mejor que el armatoste de madera que venía con el piso y que uso nada más que como suplemento del armario o de la mesa, para amontonar la ropa o los libros cuando no me queda más sitio en el armario, así que la arrimo a la mesa. Me siento, inspiro profundamente y…

-¡Tu puta madre!

…Y la voz de Pablo me hace levantarme, con curiosidad. No sé con quién anda discutiendo a grito pelado por la ventana, pero supongo que será con los vascos del otro lado de la calle. Justo en el edificio de enfrente, en el tercer piso, como nosotros, hay un apartamento que comparten cinco estudiantes de Bilbao -Bilbo dicen ellos, y nunca sé si se refieren a la ciudad o a Bolsón, el de Tolkien. Supongo que será Bilbao, porque estos son más como los orcos que como la gente normal o los hobbits-. No sabemos cuál es cada uno, porque todos tienen la misma cara de resaca siempre y esos nombres que parecen hechos para que te den arcadas: Koldo, Gorka, Kauldi, Urko, Gergori… Joder, son lo fácil que es poner nombres normales de persona y no complicarle la vida a la gente que tiene que aprenderse esos galimatías. Y los apellidos suelen ser peores, aunque la mayoría de ellos se ponen Pérez y García, como todo quisqui en este país; pero cuando te sale uno con un apellido vasco, como esos de Labakitadelgorriagaetxea y cosas así, te cagas, tío. Seguro que les hacen un DNI extralargo, porque eso no cabe en uno de los normales, como los que nos dan a los demás. Ellos dicen que estudian Telecomunicaciones, en la Politécnica, pero con ese aspecto de burros que tienen, no sabemos si creerles o no. Si solo les falta la alfalfa y rebuznar un poco, joder.

Con los vascos estos discutimos bastante. Los riojanos y los vascos no nos llevamos demasiado bien, seguramente porque nuestras respectivas autonomías son vecinas y ya se sabe que, aquí en España, los vecinos que se llevan bien son muy pocos. Es la tradición, ¿no? Y como aquí, en la capital, también nos ha tocado ser vecinos, pues eso, a darles caña cada vez que asoman. Esa rivalidad es una cuestión cultural y no tiene nada que ver que estén siempre intentando ligarse a nuestras venezolanas, las del segundo derecha de nuestro edificio… Bueno, no es que las chicas nos hagan ni puto caso ni a ellos ni a nosotros, pero, por cuestión de cercanía, consideramos que nos corresponden a nosotros. Están de nuestro lado de la frontera; en nuestro edificio. Ellos pueden quedarse con las dos lesbianas inglesas de su edificio, que deben tener como trescientos años entre las dos y unos dientes como para asustar al mismísimo Drácula. No pensamos en quitárselas; de hecho, yo no las tocaría ni con un palo largo, a ver si lo de las verrugas va a ser contagioso. En cualquier caso, los vascos deberían aprender a respetar nuestras cosas como respetamos nosotros las suyas, joder.

Pablo está discutiendo, sí, pero por una vez no es con los euskaldunos, sino con un transeúnte. Mi compañero, que aspira a dedicarse a la botánica, tiene una enorme colección de plantas en la ventana, hasta el punto de que algunas veces -en primavera, sobre todo- no puede cerrar la persiana. Si a él no le molesta, al resto de nosotros, que no dormimos en esa habitación, pues menos todavía. Que haga lo que quiera. A quienes sí que molesta, habitualmente, es a los turistas que pasan por la calle cuando a él le da por regarlas. Suele hacerlo por la mañana bien temprano, antes de irse a dormir. A esa hora no hay nadie en la calle y, a los que pueda haber, no les importa, porque no se dan cuenta de nada; ya están empanados con la borrachera. Lo que pasa es que hoy, después del fiestón de anoche, se ha debido de poner a regarlas justo ahora y, claro, habrá pillado a algún incauto pasando por debajo de la ventana. No sé de qué se quejan. Con el calor que hace en Madrid estos días, deberían agradecer que les den una ducha gratis, los muy bobochorras.

Lo del fiestón es otra tradición de nuestro piso. Se nos ocurrió cuando hicimos la maratón de estudio por primera vez, y viene a ser una especie de carnaval antes de la cuaresma, como esas cosas que explicaban en la catequesis. La noche antes de encerrarnos con los libros, celebramos una fiesta salvaje, como compensación por los quince días que nos vamos a pasar recluidos como eremitas del siglo cuatro o cinco, y nos despedimos de los cubatas, las mujeres y todo lo agradable de la vida. Por suerte, la mayoría de los vecinos del barrio ya han cumplido los ochenta o más y, si todavía no han vendido sus casas y se han mudado en busca de zonas más tranquilas, es porque son bastante sordos o masoquistas, que de todo hay en esta ciudad, así que no suelen molestar demasiado. A las venezolanas siempre las invitamos a la fiesta, pero todos los años se disculpan con alguna excusa tonta. Está claro que no somos su tipo. Con las vecinas de abajo no hay problema; o es por la sordera, o es que se han resignado al jaleo, que también puede ser. En cualquier caso, convivimos bastante bien, y nosotros no solemos quejarnos por su televisor puesto a todo volumen a la hora de los culebrones y los realitis de moda, que parece que tengo a los colaboradores del Sálvame discutiendo a grito pelado y sentados en mi cuarto, cuando les da por emocionarse con el control del volumen.

Tranquilizado respecto a la trifulca de mi compañero, vuelvo a mi habitación, ocupo mi lugar ante la mesa y, con un suspiro, tomo la primera página de apuntes.


Deben ser más de las diez cuando salgo de la habitación, atraído por el revuelo y el olor a comida caliente.

Nuestra cocina es el único lugar de la casa donde reina un poco de orden. No mucho, que no hay que pasarse, pero un poco, sí. Ahora mismo, está un poco desbordada de paquetes, latas y botellas, porque una de las condiciones previas al encierro es llenar la despensa para estos quince días. Si no lo hacemos así y nos toca bajar al supermercado o al chino, la cosa no funciona. Hay que eliminar cualquier tentación y, salir a comprar algo en nuestra calle, tan llena de bares, pubs, restaurantes y demás, pues eso… que es una tentación. Y si es verano y hace calor, como ahora, con las chicas que andan por la calle con menos ropa que Tarzán, peor que peor.

Chechu está preparando una tortilla de patatas de las grandes. No sé cuántos huevos habrá utilizado, pero hay un buen montón de cáscaras, todavía babosas, sobre la encimera. Sin duda ha utilizado patatas de esas que viene peladas y congeladas en una bolsa, porque no se ve ni una monda… Una lástima, porque las tortillas, con patatas de bolsa, no son lo mismo. Pero como a ninguno nos gusta demasiado eso de ponerse a hacer de Arguiñano, pues nos adaptamos a lo que salga. Rico, rico…Unos cojones, colega.

Apenas si hablamos mientras comemos. Estamos un poco aplastados por los restos de la juerga de anoche y por las horas de estudio. Eso de estudiar es como hacer deporte: al principio, te cuesta un huevo y parte del otro, te deja agujetas y mal cuerpo, pero a medida que te acostumbras -es difícil, pero algunos lo han conseguido, según me ha contado mi padre-, pues que te resulta cada vez más fácil. Debe ser que las neuronas se ejercitan, como los músculos, aunque los profesores digan que no, que las tenemos atrofiadas para siempre…

Intento quedarme unas horas más estudiando, antes de acostarme, por ver si las neuronas se me van poniendo musculosas o, siquiera, menos esmirriadas, pero no hay nada que hacer. Creo que he leído veinte veces la misma cosa sin enterarme de lo que quiere decir. Si es que los apuntes, además de ser largos, están llenos de abreviaturas que no se entienden. Joder, joder. Si el nerd este usase las abreviaturas que usamos todos en los mensajes de WhatsApp y demás, todavía… Pero, ¿qué cojones es sic? ¿Qué es auct? Al tipo este le voy a dar una paliza cuando lo vea… Me he tenido que meter en Internet y buscar esos términos para enterarme de algo. Resulta que es latín, ¿No te jode, aquí el Julio César de mierda este? no, si al final voy a tener que sobarle los morros cuando lo vea… A ese le pongo los dientes en fila india y marcando el paso. Lo que yo te diga, chavalote.

30 de Septiembre de 2021 a las 00:54 0 Reporte Insertar Seguir historia
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