yolandagarciavazquez Yolanda García Vázquez

Una historia fantástica sobre los Beatles y los viajes en el tiempo. A bordo de un tren fantasma los cuatro de Liverpool experimentarán la aventura más alucinante de sus vidas.


Ciencia ficción Viaje en el tiempo Todo público.

#misterio #ciencia-ficción #343 #beatles
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UN SECRETO ALUCINANTE



Todos los hechos relatados en esta novela son completamente ficticios y fruto de la imaginación de su autora. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.


UN SECRETO ALUCINANTE (ESPÍRITUS AFINES)


Autoría : Yolanda García Vázquez


España Abril 2021


Derechos de autor reservados


A todos los fans de los Beatles


Prólogo


"Los espíritus afines no necesitan mucho para reconocerse"


"Violeta Ronseray correteaba descalza por el bosque con la gracia de una gacela. Sus tirabuzones cobrizos ondeaban con el viento como nubecillas traspasadas por el sol. Era increíblemente bella, pero a sus 18 años no tenía ningún pretendiente. El motivo era sencillo: Estaba completamente loca, pero era la suya una locura inspiradora y fascinante para cualquiera que tuviera sensibilidad artística, en especial para aquellos cuatro hermanos adolescentes que aspiraban a ser músicos en la Alemania de 1760.


"Los espíritus afines no necesitan mucho para reconocerse"


- ¿Lo recordaréis? - Les preguntó ella - Es importante que memoricéis la frase para que cuando llegue el momento elegido yo pueda saber que sois vosotros y vosotros podáis saber que soy yo...


La observaban extasiados, como si de una diosa caída a la tierra se tratase. Puede que aquella fuera una locura más de Violeta, pero no importaba.


- Yo te recordaré toda la eternidad...- dijo Johann


- Y yo más allá de la eternidad... - agregó Ludwig


- Toda la vida y en el otro mundo... - exclamó Gunter


- Eternamente...- sentenció Richard


Ella sonrió satisfecha. Ser la musa de cuatro genios de la música era lo mejor que le había sucedido en mucho tiempo. Los cuatro jóvenes estaban tristes porque los tutores de Violeta se la iban a llevar muy lejos y tal vez nunca volverían a verla. Estaban enamorados de ella, aunque sorprendentemente eso no había sido motivo de rivalidad. Ninguno de ellos la había besado. No era una chica como las demás. Hablaba sola, tenía amigos imaginarios y se le ocurrían las ideas más extravagantes. Según sus tutores, Violeta padecía un trastorno mental irreversible. Ellos en cambio solo veían a una especie de hada poseedora de innumerables encantos. El amor que sentían por ella lo transformaban en música, y era una música fascinante, llena de nuevos acordes, que a los profesores de los muchachos escandalizaba.


- Y no olvidéis nunca que sois unos genios y vais a ser muy famosos - afirmó ella


- ¿...Y cómo vamos a serlo? – preguntó Gunter - papá quiere que dejemos la música y nos centremos en los estudios


- ¡Tonterías! Habéis nacido para revolucionar la música y seréis mundialmente conocidos. Yo lo sé. Me lo han dicho los pájaros...


Sonrieron, bueno, si ella lo decía...


- ...Y sé que volveremos a vernos, en otro tiempo, en otro lugar, o en otro mundo... Así que no debéis estar tristes, pero tenéis que recordar la frase, y grabarla en vuestra conciencia, porque solo así nos reconoceremos cuando volvamos a escucharla, sea cual sea el lugar y la circunstancia; y ese será un momento trascendental para la evolución de nuestras almas...


¿Me comprendéis...?


"Y..."


PRIMERA PARTE


Capítulo I


Novelas para el confinamiento


Madrid; Marzo / 2020


Alicia Muñoz cerró el libro de golpe. Ya no soportaba más aquella retahíla de cursilerías propias de otra época. ¡Musas, hadas y pájaros...! No estaba para eso. Quería leer algo que la distrajera y la evadiera de la realidad en aquel mes de Marzo en el que había sido decretado el confinamiento en todo el país. Una situación nueva e inquietante que como a todos sus conciudadanos la había dejado casi en estado de shock. Había roto con su novio hacía poco tiempo, y además se había quedado sin trabajo unas semanas antes de que estallara la pandemia. Por duras críticas al gobierno le habían cerrado su cuenta de Twitter y Facebook. La televisión le producía arcadas, así que para soportar aquellos primeros días de encierro se había traído de la biblioteca de su barrio una buena colección de libros. A ella no le gustaba leer por internet. Como amante de la lectura que era, prefería tocar las páginas con sus dedos y sentir el olor de los libros. Eso lo había heredado de su madre, el amor por la buena lectura. Y en aquella noche, de aquel día, de aquel año, Alicia solo quería leer para olvidar o para poder seguir viviendo, pero necesitaba una historia especial y diferente, como el momento que le había tocado vivir. Una historia que la atrapara de principio a fin, y no ñoñerías románticas de otros siglos.


Fue a la cocina y se calentó el café que había preparado esa tarde. Después de tomarse una buena taza y fumarse un cigarrillo se acomodó en su sofá preferido y decidió empezar aquella otra novela cuyo título le había atraído desde que lo leyó...


"Un secreto alucinante..."


Sonaba muy bien...


Comenzó a llover. Era viernes. Anochecía ya cuando abrió el libro


Las primeras palabras la atraparon...


Capítulo II


La señorita O'Neill


Londres 1923 Estación Victoria / 14:45


No podía decirse que aquella fuera un buena decisión, pero era la mejor que podía haber tomado dadas las circunstancias. Y es que a veces era mejor cortar en seco, antes que enfrentarse a una situación insoportable. Prudence O'Neill se acomodó en su asiento del tren de la estación Victoria. El compartimiento del vagón para no fumadores iba casi vacío, a excepción de aquel militar de aspecto rudo que la saludó con una leve inclinación de cabeza, para después sumergirse en la sección política del Times. Afuera la lluvia comenzaba a repiquetear contra las ventanillas del tren, Prudence se estremeció ligeramente, se levantó el cuello del abrigo y se apretó la bufanda.


El otoño amenazaba con fuerza aquel año. Prudence temblaba de frío, aunque bien sabía ella que el frío que sentía venía de su propio interior y la causa era tan demoledora que mejor no pensar en ello si no quería descarrilar ...


Una mueca de amargura se desprendió de sus labios al pensar en ese símil.


He descarrilado tantas veces...


¡Oh, Señor! no debía pensar eso. Se lo había prometido a si misma.


Este era el mejor final y se acabó. Ya nada importaba.


Unas débiles lágrimas rodaron por sus mejillas . El final; ¡Oh Señor! Pero de todas formas, ¿qué otra decisión mejor podía haber tomado?


Tenía 69 años, sin seres queridos, sin propiedades, casi sin dinero, excepto unos ahorros que era todo lo que llevaba consigo y aquel lastre que no la dejaba respirar.


Prudence apretó los labios, y se irguió en el asiento. No, no iba a flaquear. Ella había sido la hija de un vicario, y sus firmes convicciones cristianas y morales le impedían desfallecer, y no lo iba a hacer. Estaba sola en el mundo, pero iba a resistir aquel embiste final de su vida con la ayuda de Dios, como había hecho siempre.


El médico no había titubeado. - "Tal vez un año, no mucho más" - Prudence respiró hondo al recordar aquellas duras palabras y lo que había sentido. ¿Sentido? ¡Estafa, eso era, una estafa! Había llevado una existencia casi monacal, viviendo gran parte de su vida en un pueblecito costero con su amado padre. Siempre fue una muchacha tímida y solitaria, entregada a sus aficiones, la literatura y la jardinería. Nunca tuvo novio, solo un pretendiente del pueblo, que jamás logró despertar ninguna pasión romántica en ella, y mucho menos la idea de hacer planes de matrimonio. El amor solo existía en las novelas que ella había leído. Ahí estaba todo, y ahí lo había conocido, al menos eso creía ella.


Ejerció de mecanógrafa gran parte de su vida en una oficina del pueblo. Del trabajo a casa y viceversa. Así transcurrió su existencia. Las emociones intensas las vivió solo a través de los libros y de los sueños. Ese espacio intangible donde todo era posible, y no le había ido mal. Al fallecer su padre, se trasladó a Londres, y esa fue la primera vez que tuvo que empezar de nuevo. Le costó grandes dosis de energía y determinación. Eso fue poco después de comenzar el siglo, recordó. Esta vez fue empleada en unas grandes oficinas de la City, y aunque le pagaban bien, no podía vivir cómodamente, pues a Prudence le gustaba ayudar a todo el mundo. Y no todo el mundo solía agradecérselo. En cuanto al sexo opuesto, nunca fue una mujer atractiva o con algún encanto, y al ser tan mojigata los hombres no se interesaban demasiado por ella, hecho que siempre vio como una ventaja. Es extraño que ni siquiera entonces, que aún era joven, esperara algo de la vida. Y bien sabía ella porqué...


"...porque la vida estaba dentro ", en su imaginación; Ahí lo había conseguido todo, y nada le había faltado. Se sonrojó tímidamente. Bueno, pero de todas formas este final no era el que una mujer como ella se merecía, no.


No era justo.


Suspiró, y cerró los ojos.


Un carrusel de imágenes giró en su cabeza mezclado con jirones de las conversaciones que había mantenido con extraños las últimas semanas y en el centro de todo, la decisión final que había tomado. Iba a irse en paz de este mundo y sin sufrimiento. Alguien la había puesto en contacto con cierto médico retirado que a cambio de una cuantiosa cantidad de dinero proporcionaba el descanso eterno a pacientes terminales que no deseaban prolongar sus sufrimientos. Una inyección y el adiós de este mundo. Prudence volvió a respirar profundamente, porque ahí estaba la raíz de su angustia, pues dada sus creencias religiosas, eso le parecía inmoral y un agravio al Señor, pero quedarse a esperar una larga agonía, después de lo que había sufrido su padre al dejar este mundo, era algo para lo que no estaba preparada. Prefería irse rápido, con dignidad, y esperaba que su Señor la perdonase por tal decisión. Este motivo inexorable no la dejaba dormir últimamente, y buscaba mil excusas dentro de si misma para justificar lo que iba a hacer. Solo había vivido hacia dentro, no hacia fuera. No merecía morir de esa manera. Solo quería irse sin sufrimiento. Él la comprendería.


Abrió los ojos para revisar su equipaje. Una maleta con sus escasas pertenencias y su bolso de mano. No necesitaba mucho para aquel viaje. En el pueblo donde ejercía este extraño médico había ya alquilado una habitación en un hostal. Aunque según la habían informado sería cuestión de horas. Por ser algo ilegal y perseguido por las autoridades se tomarían de antemano todas las precauciones, y el momento decisivo se llevaría con mucha rapidez. Nadie notaría nada. Una señora de edad que sufre un infarto; muy común, nada que fuera sospechoso. Ella ya había arreglado sus cosas. Todas sus pertenencias las había donado a la casa de la caridad, incluso sus libros, y aquellos pajaritos que le alegraban las mañanas, los había regalado al viejo señor Rogers, el bibliotecario y podría decirse que su único amigo. A él le había insinuado algo de su delicada situación, pero no lo que había decidido.


-" Pronto nos veremos, Prudence. Yo tampoco estoy muy bien, querida amiga." – le había dicho el viejo con tristeza


El bueno de Roger había comprendido, aunque era demasiado caballeroso para decir nada. Con él compartía aficiones y una buena amistad que no había desembocado en una relación sentimental porque ninguno de los dos estaba ya para esas cosas. Roger, su único amigo, un tipo honesto y leal que le guardaba las últimas novedades de la biblioteca mientras le describía sus continuos achaques. Ya no volvería a verlo. Al menos, no en este mundo.


Prudence sintió una profunda melancolía


La lluvia siguió golpeando con fuerza los cristales del tren. Su único compañero de compartimiento se levantó y salió. Debía bajar en la próxima estación. Ese también iba ligero de equipaje.


Que extraño parecía todo aquel día. Se diría que como sacado de una novela de misterio. Prudence que era muy sensitiva, presentía algo, aunque lo achacó a su mente melodramática, predispuesta por su lúgubre estado de ánimo. Bien, pronto descansaría, y ya no tendría que preocuparse de nada. Ya no habría más altibajos, ni angustias, ni inquietud, ni quebraderos de cabeza, solo calma, mucha calma.


Y que equivocada estaba Prudence O'Neill respecto a eso.


Sucedió de golpe, y sin previo aviso...


Un estruendoso relámpago retumbó en todo el paisaje haciendo vibrar con fuerza los vagones del tren. Prudence se agarró al asiento, mientras observó con estupor como un rayo iluminaba toda la estación y el tren entero parecía que iba a ser absorbido por aquella luz. Temblaron con fuerza todos los asientos y las ventanillas. Fue rápido, muy rápido, pero en milésimas de segundo Prudence sintió que las puertas del paraíso se abrían para ella. Si eso era morir, no era tan terrible. Casi era hermoso, poético...


¿Y tal vez una señal?


Pasado aquel susto, el tren reanudó la marcha, dejando atrás la última estación. El corazón de Prudence parecía a punto de estallar, "mira que si me voy antes de que ese señor haga su trabajo.. tendría gracia, jajajaja", bromeó consigo misma.


La anciana miró el reloj, las cinco en punto. Buscó en su bolso de viaje el termo de té que se había preparado y tomó unos sorbos para relajarse. Seguía lloviendo. Aún quedaban varias horas de viaje. Un dulce hormigueo recorrió su cuerpo, le entró sueño, mucho sueño.


Capítulo III


Los muchachos


Un atractivo joven la miraba intrigado desde la puerta del compartimiento.


Prudence abrió los ojos . ¿Cuánto tiempo llevaba dormida? Miró el reloj, solo 20 minutos y le parecían siglos. ¿Porqué sonreía aquel joven? ¡que insolente!


- Disculpe señora, pero estaba usted hablando sola y parecía estar pasando un mal rato, por eso la he despertado. Se oía desde el pasillo.


Prudence se sonrojó, y tragó saliva. Parecía un buen muchacho, muy apuesto. Iba bien vestido, aunque llevaba el cabello cortado de un modo extraño, un poco largo.


- ¡Oh!, muchas gracias, joven. Cayó un rayo cerca de la última estación y me asusté.


- Nosotros también. Ese casi nos pilla. Justo cayó cuando estábamos subiendo, y nos caímos unos encima de otros. Casi aplasto al pobre George.


Un extraño silencio reinó entre ellos. Se observaron detenidamente, como si todo aquel episodio no fuera real, como si estuvieran en medio de un sueño.


El universo giraba, y con él los astros y los planetas. Todos los mundos habidos y por haber parecían concentrados en ese mismo instante.


Se diría que...


- Paul, ¿qué haces? Te he buscado por todos los vagones...


Otro joven de apariencia semejante entró en el compartimiento. Llevaba el cabello cortado de la misma forma. Era delgado, y apuesto, pero con una expresión de arrogancia en su rostro.


- Nada, John. Esta señora estaba teniendo un mal sueño y simplemente la desperté - contestó el primer joven


Prudence O'Neill los observó con más detenimiento. Debían ser muy jóvenes, y parecían simpáticos. Su aspecto era impecable y sus modales también, lo que la incomodaba era el corte de pelo. No había visto nada semejante en toda su vida.


El que se hacía llamar John sonrió divertido mientras le guiñaba un ojo.


- Bueno, espero que Paul se haya comportado con usted como un caballero, aunque mirándola bien creo que le habrá costado un poco ...


Prudence abrió los ojos sorprendida. ¡Que atrevido!


- No le haga caso, señora. Siempre está bromeando - espetó el que se hacía llamar Paul


Después de otro incomodo silencio donde aprovecharon para estudiarse mutuamente, Prudence O'Neill soltó una sonora carcajada a la que siguieron otras más. Los dos jóvenes se unieron a ella divertidos por el ataque de risa de la anciana.


- Y pensar que hemos estado a punto de morir fulminados por un rayo - dijo ella cogiendo aire para poder hablar


- Si, eso le dije antes a Paul. Hubiera sido una desgracia nacional...


- O mundial, John..jajajajaja – soltó Paul


Prudence los observaba animada. Le empezaban a caer bien esos muchachos, tenían algo especial, a pesar de esos horribles cortes de pelo.


- ¡Eh chicos!, ¿dónde os habíais metido?


Otros dos jóvenes entraron en el compartimiento. Parecían preocupados. Iban vestidos igual, y con el cabello cortado de la misma forma.


"¡Increíble...! Parecen iguales..." - pensó Prudence


- Estábamos charlando con esta señora, Ringo. No te alteres - contestó Paul


El que se hacía llamar Ringo observó a la anciana de arriba a abajo, preguntándose quizá qué hacía Paul intentando ligar con una señora que podría ser su abuela, como si le faltaran chicas, a él, debía ser el susto por lo del rayo. Le habría afectado la cabeza.


- Todavía no me he recuperado del susto, tíos. – dijo el último joven - Mi corazón hace boom, boom, boom, y me ha entrado un hambre voraz.


- Vamos George, contrólate, solo ha sido un rayo. Hemos pasado situaciones mucho peores – dijo John con ironía - además, cuida tu vocabulario delante de las damas...


George soltó una estridente carcajada. Era un muchacho muy atractivo, y con un aire fresco e ingenuo que a Prudence le recordó mucho a un primo lejano suyo.


Prudence se sentía muy cómoda y animada hablando con aquellos jóvenes. Eran tan alegres y naturales. Parecía que los conocía de toda la vida, y eso en si no dejaba de ser extraño, pues ella rara vez entablaba conversación con la gente joven.


Paul, el primero de los chicos que había conocido, dijo de repente :


- ¡Oh!¡Que groseros somos! Hablando con una dama y sin presentarnos.


Le tendió la mano mientras hacía las presentaciones señalando a sus amigos con la cabeza.


- Estos son John, George y Ringo, yo me llamo Paul y ¿usted?


- Encantada, chicos. Es un placer para mí. Me llamo Prudence O'Neill, y a pesar del susto hacía tiempo que no me había reído tanto.


Los muchachos sonrieron. Fue John el que dijo amablemente


– ¿Quiere tomar algo, señora O'Neill? Vamos al vagón restaurante. Nos vendrá bien un tentempié después del susto.


- Si, muchas gracias - respondió ella – pero llámeme señorita, por favor


John alzó las cejas divertido


– Té, coca cola o whisky, lo que sea nos reanimará – soltó Ringo


- Yo prefiero un batido de frambuesa con arándanos y mucha nata – añadió George


- Pues, ¡allá vamos! - dijo Paul mirando a Prudence - por suerte los chicos de la prensa no viajan hoy en el tren. Estaremos más tranquilos. No nos dejan ni respirar.


Prudence frunció el ceño, ¿chicos de la prensa?, ¿qué había querido decir el joven? Qué más daba, cosas del susto. A los jóvenes también les había afectado.


Capítulo IV


El vagón restaurante


Los cinco viajeros se sentaron en una mesa del vagón restaurante. Una luz tenue que entraba por los cristales iluminaba la estancia. Afuera seguía lloviendo copiosamente.


El tren se había parado,


¿tal vez una avería? Que raro...


Todos tenían una extraña sensación de irrealidad, como si aquello no estuviera pasando. Estaban aún conmocionados por la caída del rayo. Miraron a su alrededor y contemplaron con asombro que el vagón restaurante estaba completamente vacío.


- ¿Dónde está la gente? – preguntó Ringo contrariado


Ahora sí que el estupor comenzó a tomar forma


Todas las tazas estaban intactas sobre los platos de las mesas, y en los asientos estaban echados los abrigos y bolsos de los pasajeros, pero de los pasajeros no quedaba ni rastro. Parecía que todos al mismo tiempo habían desaparecido...


John emitió un largo silbido antes de preguntar


-Eh, ¿qué clase de broma pesada es esta? Voy a ver dónde está el revisor...


Y en dos zancadas cruzó el pasillo hasta el otro vagón.


Ringo tenía los ojos muy abiertos mientras analizaba cuidadosamente la situación. George pensó que tal vez se habían confundido de tren, pero Paul tuvo un extraño presentimiento, el mismo que había sentido cuando escuchó a la anciana quejarse dormida en su compartimiento. También era como la tarde en que conoció a John, y supo desde que se levantó aquel día que algo de vital importancia para él iba a suceder, pero era un fuerte presagio, y a la vez una sensación muy emocionante.


John regresó contrariado al vagón restaurante y respirando aceleradamente exclamó:


- No hay absolutamente nadie. El tren está vacío por los vagones delanteros. ¿Qué pasa aquí, chicos?


- No puede ser, John – contestó George nervioso – Vamos a mirar los vagones de detrás


Salieron juntos por la puerta trasera dejando a los otros tres viajeros estupefactos.


Paul miró inquieto por las ventanillas. El tren seguía parado. Tenían un concierto en Escocia al día siguiente. Adonde iban los Fab Four la multitud los seguía. Desde que la locura comenzó no habían podido estar solos más que cuando se retiraban a sus habitaciones a descansar, y ahora en aquel preciso instante se encontraban en mitad de ninguna parte, completamente solos, con una anciana desconocida que no parecía saber quiénes eran. Todo muy misterioso e inquietante. La miró fijamente, parecía una anciana entrañable y encantadora, pero, ¿qué papel jugaba en todo aquel asunto? Si es que no era algo más. ¿O tal vez era un sueño? Se frotó las sienes agotado. Ese maldito rayo le había trastocado.


Otra vez ese extraño presagio ...


Ringo había enmudecido. "Esto no es normal", no dejaba de repetirse. "Algo no cuadra". Empezó a investigar la escena, escudriñando los objetos de las mesas, esperando encontrar una señal que revelase lo que estaba aconteciendo.


Prudence O'Neill era la más sorprendida. Por instinto sabía que algo inusual estaba sucediendo desde que Paul la despertara, pero estaba aún bajo los efectos de la impresión por la caída del rayo y el encuentro con aquellos jóvenes tan peculiares.


John y George regresaron al vagón restaurante casi sin resuello


- ¡Estamos solos! ¡No hay nadie en el tren!!! – dijo John alterado


- Hemos llegado hasta la sala de máquinas y está vacía. ¿Qué hacemos, Paul? – preguntó ansioso George


En momentos de crisis siempre le preguntaban a Paul, pero el muchacho ese día y en medio de aquella sorprendente intriga estaba muy confundido y no podía reaccionar como en él era costumbre.


Prudence O'Neill decidió tomar el mando al ser la más mayor. Deberían sentarse para discutir la situación y también para intentar relajarse. Hacía poco que había caído un fuerte y potente rayo cerca del tren, la fuerte impresión les había afectado a todos. Sería mejor tomar algo y hablar sosegadamente. No debían temer nada. El tren estaba parado, y vacío, pero habría una explicación lógica para todo aquello. No había que alarmarse.


Una vez sentados, los cinco pasajeros se miraron asombrados. Necesitaban tomar algo para recomponerse del susto y pensar con claridad. Tenían los cerebros embotados. Ringo se levantó y fue a la cocina del vagón. George fue al baño a refrescarse la cara, y mientras se miraba en el espejo pensó aterrado: "Dios Mío, mañana noche actuamos en Escocia. Hace dos días que salí de casa y no he hablado aún con mis padres."


Ringo había calentado el té que había en la tetera de la cocina, donde misteriosamente estaba todo intacto, pulcro y ordenado, pero sin ningún vestigio de vida humana. Trató de ser práctico, sin perder su habitual sentido del humor. "Creo que han secuestrado a toda la tripulación, pensando que veníamos nosotros, para que nadie nos molestara, jajajajaja." Llevó la bandeja con las tazas y un pudding que encontró en la despensa.


John era el más afectado. Siempre se preocupaba más por las cosas que los otros. Alguien quería hacerles daño, tal vez una organización secreta, para pedir dinero. Estaba seguro.


Paul buscaba soluciones, pero esta vez, no.


George, el que parecía más frágil, se crecía en la adversidad y daba muestras de notable madurez y fortaleza interior en situaciones complicadas. Ringo presumía de conocer bien a sus compañeros, que además eran amigos y casi familia, también alardeaba de ser un tipo racional y paciente, que no se dejaba llevar fácilmente por las emociones, pero aquella situación lo estaba desbordando también a él.


La anciana señorita O'Neill observó los rostros de los cuatro jóvenes con detenimiento. Estaban aterrados, casi en estado de shock. Le correspondía a ella intentar que se serenasen. Imaginó que debían ser actores, o tal vez miembros de familias pudientes que regresaban a sus casas desde la universidad o funcionarios del gobierno, tan bien vestidos.


- Bien, soy jubilada, tengo 69 años. Soltera, residente en Londres, aunque procedente de Dover. Me dirijo a W... a pasar unas vacaciones. Cuando subí al tren en Londres estaba ligeramente lleno. Lo recuerdo muy bien. Me atendió un revisor muy amable. En mi compartimiento me acompañó hasta el condado de K... un militar de mediana edad. Se bajó en la estación donde cayó el rayo. Recuerdo el fuerte impacto, pero no pasó nada más. Caí en un profundo sueño hasta que este joven me despertó.


Prudence O'Neill había relatado los pormenores más importantes de su viaje en el tren.


John la escudriñaba atentamente sin dejar de hacerse a si mismo una pregunta. Al final después de darle muchas vueltas se la trasladó a la anciana.


- Muy bien, señorita O'Neill. Esta es una situación dantesca... - George dio un respingo cuando escuchó esa palabra en boca de John - La estoy observando desde que nos encontramos y no deja de resultarme extraño la actitud de usted hacia nosotros.


Todos lo miraron intrigados y también sorprendidos por el tono intimidatorio de su voz. El no era así, pero en fin, ¿tal vez el rayo estaba causando estragos en la personalidad de su amigo?


- Señorita O'Neill... - prosiguió John - dígame, ¿porqué razón finge no conocernos...?


Prudence abrió los ojos sorprendida mientras trataba de no quemarse con la humeante taza de té. Le sorprendía también el tono de John, tan amable hacía unos minutos, y ahora tan...


- ¿Conocerles...? ¿De qué? No les he visto en mi vida, joven


Su tono era convincente. La señorita O'Neill debía decir la verdad, pensó Ringo, pero no dejaba de ser extraño que no supiera quienes eran...


- Vamos... - continuó John con acritud - no me diga que nunca ha oído hablar de nosotros. En todo el imperio británico, en toda Europa, no hay nadie que no haya oído hablar de nosotros. ¿Es que no lee los periódicos? ¡Todo el mundo habla de nosotros!! ¿Y viene a decirme ahora que no nos conoce? ¿Qué turbia razón esconde para ocultarlo?


- Cálmate John. Estás muy alterado – dijo George - no todo el mundo tiene porqué conocernos. No somos dioses, solo hombres, muy populares, pero nada más.


- Creo que todos estamos muy nerviosos – agregó Paul - y vamos a acabar diciendo cosas que no queremos. Señorita O'Neill, estamos inmersos en una situación crítica y aún consternados por la caída del rayo. El tren entero está vacío, y parece que estancado. Me intrigó usted mucho cuando la escuché hablando en sueños en su compartimiento, pero más me intriga que diga que no nos conoce. Viene usted de Londres, parece una mujer instruida, en algún momento ha tenido usted que oír hablar de nosotros. ¿Estoy en lo cierto?


Prudence O'Neill negó con la cabeza y agregó enérgicamente


- ¡Jamás! Les doy mi palabra de honor. No les he visto en mi vida. Dígame, ¿quiénes son ustedes?


Ringo soltó una carcajada. George se encogió de hombros sin saber qué decir.


Paul fijó su mirada en la señorita O'Neill y con gesto grandilocuente exclamó :


- ¡Somos Los Fab Four!!


Un silencio expectante se instaló entre los cuatro jóvenes y la anciana, como antesala de las revelaciones que vendrían a continuación.


Los chicos la miraban intrigados. Prudence paseó su mirada por ellos. Estaba segura de no haber escuchado ese nombre nunca, ni visto sus rostros, ni haber oído hablar de ellos, ni en los noticiarios del cine, ni en los periódicos, pero se supone que debía conocerlos y que para ellos era de vital importancia. ¡Oh, la juventud de hoy en día! Demasiadas películas veían, pero le caían bien, y estaban muy angustiados por los extraños acontecimientos de ese día. Prudence midió sus palabras para que no se sintieran ofendidos.


- Caballeros, siento decir que nunca escuché ese nombre, espero que me disculpen. ¿Son actores, cantantes?


Ellos se miraron divertidos sin dar crédito a las palabras de la anciana. Por un momento la situación inquietante del tren quedó relegada a un segundo plano, y aunque todo era misteriosamente perturbador, nada dentro de aquel lugar parecía amenazarles.


- No es posible que no haya oído hablar de nosotros. ¡Me parece increíble!, pero ..- titubeó Paul – ... creo que dice la verdad.


- Bueno,...yo también creo que es sincera - añadió John en un tono más conciliador – Disculpe si la ofendí, pero sinceramente, señorita, vive usted fuera del mundo. ¡Somos la banda de Rock más famosa del mundo!!


George asintió con una amplia sonrisa de satisfacción


- ¡Rock! ¿eso qué es? – preguntó ella sorprendida


- ¿No lo sabe? – preguntó contrariado Ringo


- ¡Dios mío!, no, ¿debería saberlo? – preguntó ella


- ¡Música!! Y de la buena. – agregó John - Levantamos el polvo de la encorsetada sociedad con nuestras guitarras y la juventud nos adora...


- Sobretodo las chicas – dijo Paul


- Si, las chicas... – agregó George sonriendo


Prudence O'Neill no daba crédito a lo que escuchaba, pero parecía que los chicos decían la verdad. Le sorprendía no haber visto sus rostros en los periódicos. Era una habitual lectora de la Gaceta de Londres y jamás había visto allí ninguna de esas cuatro caras. Tal vez ellos se daban mucha importancia...Bueno, no sería ella la que los bajase de aquellas nubes de gloria. Si querían jugar a que eran famosos, que lo hicieran. Pensó que lo mejor era seguirles la corriente, y fingir que tal vez los habría visto alguna vez de pasada en el periódico, pero que como ella tenía tan mala memoria...


- Bueno, celebro que sean músicos, y de éxito. No sé, a lo mejor les habré visto alguna vez, pero tengo una cabeza. Ya saben, a mis años se olvidan las cosas fácilmente.


Los muchachos sonrieron, pero tuvieron la sensación de que solo pretendía ser cortés con ellos y que en realidad nunca había oído hablar de los Fab Four, cosa que de por sí ya era bastante inquietante.


- De todas formas, no creo que eso sea relevante - añadió George sensatamente - Lo importante es que descubramos qué ha sucedido en el tren, porqué se ha parado, dónde están los pasajeros, y a dónde nos conduce todo esto.


Todos asistieron con gesto grave. Fue Paul el que empezó a relatar todo lo que había sucedido desde que subieron a bordo.


- Analicemos los hechos uno por uno. Hemos subido al tren en la estación Victoria, tuvimos que sortear como de costumbre el gentío de fans y periodistas concentrados, aunque a consecuencia de la lluvia no había mucho ajetreo. El viaje ha sido normal. Al llegar a la estación donde cayó el rayo, debían ser las 16:45, decidimos bajar a estirar las piernas. Al ser un lugar tranquilo nos lo podíamos permitir, pero habitualmente no podemos porque siempre nos asedian las fans – dijo esto intencionadamente y mirando de reojo a la señorita O'Neill - Entramos en la cantina y tomamos un café. Todo estaba muy tranquilo, y justo al subir de nuevo al tren, cayó el rayo. Fue un milagro que no nos alcanzara. El impacto fue muy fuerte. Nos caímos al suelo, yo caí encima de George. El revisor vino enseguida a ayudarnos con dos jóvenes ayudantes, uno de ellos hablaba con acento italiano. Recuerdo perfectamente que una pareja de mediana edad pasó por nuestro lado y se nos quedaron mirando muy sorprendidos, pues debieron reconocernos, y también se les veía afectados por el susto provocado por la caída del rayo. Detrás les seguían dos chicas adolescentes, muy bonitas, supuse que serían las hijas. Una de ellas nos preguntó si nos encontrábamos bien después del impacto. Dijo que se habían asustado mucho, y que les temblaban hasta las pestañas. Nos pidieron un autógrafo y al despedirnos la madre de las chicas nos dijo : " Manténganse a salvo, chicos. Son muy valiosos. ". Luego, ya acomodados en nuestro compartimiento, tuvimos una breve conversación con el revisor, parecía muy preocupado por lo del rayo, y dijo : eso lo recuerdo bien:


- " En cuarenta años no he vivido nada semejante"


John y yo fuimos al baño y en el pasillo nos cruzamos con un señor mayor, muy alto, parecía muy alterado y estaba discutiendo con un camarero. Todo estaba aparentemente normal en esos momentos después del susto. John regresó a nuestro compartimiento y yo me quedé en el pasillo fumando un cigarrillo y observando el paisaje por la ventanilla, al cabo de unos instantes, me sorprendieron unos preocupantes quejidos, salían de su compartimiento. – señaló a la señorita O'Neill – parecía estar usted pasando un mal momento y como el revisor estaba ausente y no había cerca ningún ayudante, decidí entrar a ver qué le sucedía.


Prudence O'Neill asintió


- Lamento haberle asustado, joven y gracias por su ayuda


- En ese momento, el tren estaba en marcha, lo recuerdo - dijo George – y todos los pasajeros estaban a bordo. Recuerdo que vine aquí, al vagón restaurante a buscarte, Paul, quería preguntarte una cosa, y casi todas las mesas estaban ocupadas. Todo estaba normal.


- ¡Wow! La fuga de almas debió suceder justo cuando entramos al compartimiento de la señorita O'Neill... – agregó Ringo


- ¿Y dónde se supone que está toda la gente? ¿Los raptaron?¿Cómo? ¿Quiénes y porqué? – preguntó John alterado


- Eso es lo que debemos averiguar, John – espetó Paul, - pero antes debemos calmarnos y después decidir qué debemos hacer y cómo.


- ¿Calmarnos? - siguió John - Te recuerdo, Paul, que actuamos mañana en Escocia, que tenemos un contrato que debemos cumplir, que tenemos familia, novias, padres, mucha gente preocupada por nosotros, y que esta situación es muy preocupante, en vez de hablar, debemos actuar y rápido.


Prudence O'Neill suspiró profundamente. Debía procurar que los chicos no perdieran la calma.


- Cálmense caballeros, los nervios son malos consejeros. Mantengan la serenidad. Hallaremos la solución. No pierdan la fé, se lo ruego.


- Calma, calma, chicos. Saldremos de esta – agregó Ringo


John apuró su taza de té y encendió un cigarrillo. Sus dedos temblaban y también su voz cuando exclamó:


- Propongo que vayamos al pueblo más cercano y pidamos ayuda y llamemos a Bri por teléfono o enviemos un telegrama, lo que sea, todo menos estar aquí charlando.


- Estoy de acuerdo contigo, John - agregó George después de terminar su trozo de pudding – vamos ahora a ver qué encontramos por ahí. Debe haber un pueblo cerca.


John y George salieron del tren apresuradamente, y caminaron en dirección a la izquierda. Paul decidió echar otro vistazo por los compartimientos y Ringo se quedó acompañando a la señorita O'Neill.


Capítulo V


El pavimento gris


Solos en mitad de la nada, Paul y George se miraron perplejos. Esto no podía estar pasando. Habían caminado 300 metros y nada, el vacío más absoluto. Ni una persona, ni una casa, ni una mísera construcción, ni siquiera un cartel. La nada absoluta. Pero ¿qué lugar tan inhóspito era aquel? Si precisamente ese tren hacía siempre el recorrido habitual por la campiña inglesa, atestada de pueblecitos y bosques. Miraron alrededor, el vacío más desolador, ni un vestigio de vida vegetal, ni una brizna de hierba, solo aquel pavimento gris, inhóspito e interminable. ¿Dónde diantres se encontraban? Aquello no podía ser Inglaterra, su verde y hermosa Inglaterra. ¿Qué lugar siniestro era aquel?


George miró fijamente a John sabiendo que su amigo no soportaba fácilmente la presión, y que pronto se derrumbaría. Aunque físicamente y mentalmente parecía el más fuerte, se venía abajo con más facilidad que los otros. George lo sabía, y siempre estaba ahí para sostener a su amigo cuando las cosas se ponían difíciles. Es como cuando murió S... en su antigua sala de pintura en Hamburgo y ante la cámara fotográfica de A, a John se le quebró la voz recordando a su amigo muerto, parecía ido, en otro lugar. George se dio cuenta y le aferró el hombro con su mano. "Todo va a estar bien, compañero", le había dicho a John en aquella ocasión. Esa era una de las bellas cualidades de George y por la que era muy apreciado por sus amigos. Siempre estaba en los momentos difíciles, cuando más era necesario.


"Tranquilo, John. Saldremos de esta", parecía decirle ahora con la mirada.


John captó el mensaje de su amigo, y tragando saliva asintió.


Sin decir una palabra regresaron al tren cabizbajos y con más inquietud que cuando bajaron.


Capítulo VI


Las fechas


- Creo que no es el mismo tren, aparentemente si, pero está como cambiado. ¿No os dais cuenta? - Paul había regresado de inspeccionar todos los compartimientos y estaba exponiendo sus pesquisas - Hay partes que parecen nuevas, modernas y otras son muy viejas , como de principios de siglo. Es muy raro.


John y George se dejaron caer en las sillas del vagón restaurante junto a los otros.


- Pues afuera no hay ningún pueblo, ni una casa, nada... Solo un vacío inhóspito e inquietante - anunció George desalentado


Paul dio un respingo


- ¿Qué?


- Lo que oyes, nada de nada, solo cemento en todo lo que nuestra vista puede alcanzar.


Con gesto contrariado Paul echó un vistazo a su reloj de pulsera para comprobar la hora y vio sorprendido que las manecillas marcaban las 5:20.


- ¡No puede ser! Se ha parado mi reloj


Ringo miró el suyo y con los ojos muy abiertos repitió :


- ¡El mío también!


George hizo lo mismo y exclamó confundido:


- Mi reloj no funciona. ¡Eh!¿Qué está pasando aquí?


John se cubrió la cabeza con las manos desesperado. Su esposa ya debía haber llamado al hotel preguntando. Pensó en el pequeño bebé y en todos los compromisos que tenían adquiridos. No, eso no podía estar pasando. Les había costado mucho llegar a la cima, y ahora parecía que se los había tragado la nada. Le dolía la cabeza. Solo quería dormir y olvidarse de todo.


Prudence O'Neill estaba recapacitando y sopesando toda la información. Echó un largo vistazo por la ventanilla del tren y contempló aquel mar de cemento. No, aquello no podía ser Inglaterra. ¿Cómo no se habían dado cuenta antes? Pero, ¿entonces...?


También su reloj de pulsera marcaba las 5:20. La hora en la que Paul la despertó. Y según sus propios cálculos y percepción ya debían haber pasado varias horas desde aquel momento. Eso era muy inquietante.


¡Oh, Dios mío! No debía dar muestras de flaqueza, ella no, por cuestión de edad debía procurar que ninguno perdiera la calma. Trató de escoger cuidadosamente las palabras.


- Bueno muchachos, no perdamos la cabeza. Se han parado los relojes, bueno, eso puede ser debido al efecto del rayo. Paul, dijiste algo antes que me intrigó. Después de regresar al tren e instalaros en vuestro compartimiento, saliste con John y luego te quedaste en el pasillo fumando un cigarrillo, ¿verdad? Y fue entonces cuando me escuchaste lamentarme en sueños. Pues resulta, que mi vagón es el de no fumadores, y por lo tanto no podías encender ningún cigarrillo. Todos habéis fumado durante nuestra primera conversación, ¿cierto? no dije nada, porque estamos en una situación complicada, y porque tampoco me molesta, pero he reflexionado que si sois fumadores no deberíais estar en este vagón, ¿me seguís...?


Ringo tenía sus ojos azules muy abiertos, sorprendido por lo que estaba escuchando. ¿Qué decía la vieja sobre cigarrillos y vagón de fumadores? Pensó con preocupación que quizá era la anciana la que estaba perdiendo el juicio.


- Lo que quiero decir – prosiguió ella - es que tal vez este no era vuestro vagón. Vosotros sois fumadores, nunca subiríais a un vagón para no fumadores.


John salió de su letargo. La vieja usaba bien el cerebro o tal vez desvariaba...


- Bueno, no era nuestro vagón.. de acuerdo - agregó Ringo - pero eso no explica todo lo demás...


- Exacto, Ringo - dijo Paul - y aunque nos hubiéramos confundido, el tren entero, vagón de fumadores incluido, está parado...y vacío...- dijo Paul


La señorita O'Neill asintió pensativa y después agregó:


- Tienes razón, Paul, pero es un hecho importante. Ahora debemos comprobar nuestros billetes y el horario – y con gesto enérgico abrió su bolso, sacó su billete y leyó en voz alta : " Estación Victoria. 5 de octubre de 1923, 14: 45, recogido esta misma tarde. "


Cuatro pares de ojos se clavaron en ella.


Parecían mirarla desde otro mundo, o desde otro tiempo, o tal vez como si se encontraran en algún limbo esperando el momento de nacer.


La respiración de Paul se agitó, sin dejar de mirar a la anciana comenzó a hacer elucubraciones interiormente. Preguntas alocadas se agolpaban en su cerebro tratando de hallar una explicación lógica.


Los cuatro se abalanzaron sobre el billete de tren de la señorita O'Neill como si fuera la explicación de aquel enigma.


Efectivamente. Octubre de 1923. La miraron de arriba abajo. No podía ser cierto. A pesar de sus ropas anticuadas, no parecía diferenciarse mucho de las ancianas de hoy en día, pero las maneras, la forma de hablar, si que distaban mucho. Eso les había llamado la atención al principio. Pero, era absolutamente increíble. Aunque eso explicaría porqué nunca había oído hablar de ellos. Pero, ¡1923!! Ninguno de ellos había nacido. ¿Y cómo se había transportado ella hasta allí? Era una locura. Una mujer del pasado, de hacía 40 años!!!! Tomando el té con ellos...en un tren fantasma en mitad de la nada.


- ¿Qué sucede, qué les llama tanto la atención, caballeros? – preguntó ella sorprendida


Se podía haber cortado el aire con un cuchillo. Paul fue el primero que habló


- Señorita O'Neill ¿puede decirme la fecha de hoy?


- Claro, joven. 5 de octubre de 1923 - respondió ella contrariada ante esa pregunta


Paul sacó su billete del bolsillo y se lo mostró a la anciana mientras decía :


- Estación Victoria 5 de Octubre de 1963 / 14: 45


- ¡Eso es imposible! - añadió la anciana mientras cogía el billete de Paul


Prudence O'Neill leyó la fecha una y otra vez sin dar crédito a lo que tenía ante sus ojos. Dios mío, eso no podía ser. Faltaban 40 años para 1963. ¿Cómo era posible? Notó que la cabeza le daba vueltas, se sintió desfallecer. Todo el vagón restaurante giró alrededor de ella, y con él aquellos cuatro chicos tan desconocidos y tan cercanos. Los veía flotar ante sus ojos como figuras de un extraño lienzo o como sombras chinescas. Nada era real. La vida era un extraño puzle donde las piezas nunca encajaban. Nada estaban en orden, nada. Siempre surgía algo que tiraba por tierra todo lo anterior. Sintió una enorme pesadez en todo su cuerpo. Antes de perder el conocimiento escuchó la voz de George decir :


"Me hubiera gustado vivir en aquel tiempo."


II PARTE


Capítulo VII


Los Fab Four


Las horas giraban en espirales interminables. Se entremezclaban el ayer con el presente y el futuro. El universo era una noria de mundos que flotaban como en un sueño. Todo era posible e imposible y todo era real e irreal. El principio y el final se encontraban en un mismo punto. Y en medio de aquel caleidoscopio de colores y de mundos la nada no era más que un espejismo.


Prudence O'Neill paseaba sola por las calles de un nuevo Londres, una ciudad desconocida para ella, pues en el año de 1963 todo era como un estallido de posibilidades y desafíos. La ciudad que amaba había cambiado mucho en 40 años. Las gentes, sobretodo las jovencitas tenían una expresión despreocupada. Demasiado color, demasiada energía a su alrededor. Prudence se sintió poseída de un poder sobrenatural, como si todo fuera posible para ella. Una creciente excitación palpitaba en su pecho. Caminaba con paso firme. Sabía muy bien adónde iba, y conforme se acercaba a su objetivo, su corazón latía con más fuerza. Era increíble todo lo que le estaba sucediendo, una especie de segunda juventud.


Se detuvo frente al Teatro Royal. Y allí en la marquesina vio iluminados los cuatro rostros más amados por la juventud. Una corriente de electricidad recorrió todo su cuerpo.


Se unió a la fila de adolescentes expectantes que esperaban el momento de entrar y como una más entregó su entrada para ver a Los Fab Four. Una vez en su asiento y con el corazón golpeándole el pecho, contuvo el aliento cuando los vio salir a escena. Ninguna otra imagen que hubiera visto antes en su vida le produjo mayor emoción que ver a los cuatro jóvenes que habían irrumpido en su compartimiento del tren, salir al escenario. Se unió al jolgorio de las fans gritando como ellas. No sabía cómo había llegado hasta allí, pero allí estaba. Que guapos estaban y que orgullosa se sentía de ellos. Una nueva sensación, hasta ahora desconocida germinó en su interior. ¿Sería amor?¿Qué más daba? era algo que ningún hombre o pretendiente en su juventud le había conseguido despertar, ni ningún habitante de su imaginación. Era lo mismo que sentían aquellas cientos y cientos de chicas. ¡Fascinación! ¡Oh, como le gustaría ser una de ellas y empezar de nuevo! pero ya era tarde. Aunque ese momento no se lo podían quitar. Era suyo y lo iba a disfrutar con toda la fuerza de su alma. Puede que ya estuviera muerta, y el Señor la hubiera transportado a ese limbo para demostrarle algo. Que ironía, tan llena de vida como se sentía, pero para Él nada había imposible.


Gritó, gritó y gritó junto a todas las fans, cuando Paul empezó los compases de su último éxito y cuando George y John le acompañaron con el estribillo, mientras Ringo golpeaba los platillos. Aquel ritmo alocado, aquella explosión de vida hacían eco en su interior. Sintió que algo en lo más profundo de su ser se fundía con aquel ritmo nuevo como si siempre hubiese estado esperándolo. Era una adolescente más. Vibraba con cada canción. Todo era nuevo y viejo al mismo tiempo. Así continuó todo el concierto hasta que los chicos agotados se despidieron de aquel público entregado.


Fue algo apoteósico, mágico e inolvidable.


Capítulo VIII


Conjeturas


La lluvia volvió a hacer acto de presencia.


En aquel inhóspito paraje la lluvia y el cemento del suelo parecían ser el único eslabón con el mundo al que pertenecían, y en medio de aquel extraño drama, un tren fantasma parecía albergar los secretos del tiempo.


Estaban rendidos, desmoralizados. Sus cerebros ya no asimilaban tantas incógnitas. Maldita sea, solo eran músicos, ¿a qué venía toda esa espiral de misterios y desafíos a la lógica? Lo suyo era cantar, tocar en el escenario. Entretener a los jóvenes. Hacían felices a miles de personas y lo disfrutaban. Había sido una aventura maravillosa convertirse en los Fab Four, pero no había sido fácil. También eran humanos, y tenían sus limitaciones. Pero lo del día aquel rebasaba cualquier cosa que les hubiera sucedido con anterioridad.


Siempre que tenían problemas se sentían más unidos. Porque como siempre se habían dicho desde que comenzó su amistad :


"Lo que le hacen a uno se lo hacen a todos. "


Esto era un desafío, un ataque a los Fab Four. "El Porqué", lo ignoraban.


Había transcurrido cierto tiempo desde que conocieron a la señorita O'Neill hasta que se desmayó delante de ellos.


Rápidamente la trasladaron a su compartimiento y la acostaron en el asiento. Paul puso un almohadón bajo su cabeza. Mientras John le tomaba el pulso, Ringo la abanicaba con un periódico y George trataba de hacerle beber un poco de agua.


- Solo faltaba que la vieja se nos muera ahora, y encima una vieja de 1923. Mi cerebro ya no asimila tanto – dijo John contrariado


- No la llames vieja. Es una mujer encantadora – dijo Ringo – Ella está en la misma situación que nosotros. Además no se va a morir. Ninguna chica se muere delante de nosotros.


Sonrieron; Si, era mejor mantener vivo su habitual sentido del humor, sobretodo en aquella anómala situación.


- Por cierto - añadió Paul pensativo – si efectivamente y todo indica que así es, la señorita O'Neill es una mujer de 1923, y nosotros somos de 1963, ¿en qué época estamos ahora? me refiero aquí, en el tren.


Se quedaron en silencio mientras observaban a la anciana que reposaba dormida sobre el asiento. Aunque ya había recobrado el color en sus mejillas y su respiración era normal, se había sumergido en un profundo sueño.


George miró al techo intentando recordar algo


- Lo dimos en clase de ciencias. Ya sabéis que siempre fui mal estudiante, y nunca escuchaba lo que decían los profesores, pero aquel día presté mucha atención, pues el profesor nos habló de los viajes en el tiempo. Nos dijo que aunque el hombre nunca los había realizado, en un futuro se podrían hacer. Que pasado y futuro, siempre están ahí, o algo así. No recuerdo bien. Nos habló de Newton y de Einstein. Fue muy interesante. Creo que el rayo fue el culpable de todo esto. Soy electricista y sé que una fuerte descarga de luz puede producir extraños fenómenos en nuestro cuerpo y alrededor.


John hizo un chasquido con la lengua


- ¿Y transportarnos a 1923...? No lo creo – dijo incrédulo


- Entonces, ¿qué explicación das a todo esto. – preguntó Paul - Y los demás pasajeros, ¿dónde están? ¿Porqué parece que el tren es viejo y nuevo al mismo tiempo? ¿Porqué no hay construcciones, ni vestigios de vida humana, animal o vegetal, en todo lo que la vista puede abarcar? Y nuestros relojes, ¿porqué no funcionan? Responde...


John estaba demasiado agotado para reflexionar. Prefirió guardar silencio. Se sentía frustrado, contrariado, y no tenía ganas de darle la razón a sus compañeros, y mucho menos admitir que habían viajado en el tiempo.


- Todo debió suceder en el mismo instante en que se pararon nuestros relojes, que debió suceder cuando entramos aquí. – dijo Ringo - ¿Lo recordáis. Cuando nos presentamos a la abuela. Hasta ese momento todo normal. Luego salimos y al llegar al vagón restaurante todo cambió .


- Si, debió ser entonces... - agregó George


- No, debió ser unos segundos antes, cuando desde el pasillo oí lamentarse a la señorita O'Neill – añadió Paul – En ese instante ya no estábamos en 1963...


- Pero John y yo salimos a buscarte y todavía estaba todo normal en el tren. – añadió George - Recuerdo que nos cruzamos con varias personas. Bueno, ahora que lo pienso, me extrañó un poco porque parecía que iban disfrazados, eso pensé, ya que sus ropas eran algo anticuadas... ¿Te acuerdas, John?


Se miraron perplejos. Si, eso debió ser...


- Bien, admitamos que el minuto 0 fue cuando escuché a la señorita O'Neill, y el proceso debió prolongarse unos minutos hasta que nuestros relojes se pararon a las 5.20, y a partir de ahí todo cambió, ¿estáis de acuerdo – preguntó Paul


Todos asistieron


- Si miramos bien a nuestro alrededor, este compartimiento es algo anticuado. Quiero decir que no es como el nuestro, que es más moderno. ¿Os dais cuenta? Lo viejo y lo nuevo mezclados. Creo que estamos en un espacio de tierra de nadie...


- ¿Qué quieres decir? – preguntó John intrigado


- Pues que 1923 y 1963 se debieron mezclar en ese preciso momento. Al menos solo aquí en el tren. Por eso hay partes nuevas y otras viejas. Debe ser el resultado de aquella fusión, que imagino debió ser instantánea.


- ¿Y qué me dices de la gente y la tripulación? – preguntó Ringo


- Espera, solo son teorías y elucubraciones mías. - siguió Paul - no creo que lleguemos a saber nunca lo que ha sucedido. Solo estoy exponiendo lo que a mí entender se puede asemejar a la verdad. Creo que estamos en un lugar donde no existe el tiempo. De ahí que nuestros relojes no funcionen.


- ¡Pues nosotros sí funcionamos! Yo tengo noción del transcurso del tiempo – afirmó John


Se miraron consternados. Ellos que habían trabajado 8 días a la semana, que podían estar en el escenario tocando durante horas y horas, que vivían continuamente bajo una gran presión, que apenas tenían tiempo para ellos mismos, se encontraban ahora en un lugar sin tiempo... No dejaba de ser irónico.


- Escuchad, chicos - insistió Paul - ¿no tenéis la vaga sensación de estar como en un sueño, como si el misterio no estuviera solo fuera, sino en nuestro interior. No sentís una pesadez en vuestro cuerpo, una especie de nebulosa interior, de sensación de irrealidad, muy parecida a la que sentimos cuando estamos soñando?


Los otros tres asistieron . ¿Y si...?


- Pero, ¿adónde quieres ira a parar, Paul? – preguntó John impaciente - ¿Los cuatro estamos teniendo el mismo sueño...? No me negarás que resulta descabellado...


- No, no creo que sea un sueño - contestó Paul - Puede ser un viaje a otra dimensión...


- ¿Cómo en el Mago de Oz...? – Preguntó excitado George


- No, exactamente - respondió Paul - Pueden ser muchas cosas juntas al mismo tiempo. Lo que si sé es que todo fue provocado por el rayo. 1923 y 1963 se cruzaron en algún momento del espacio tiempo y luego siguieron su curso de forma normal, junto con los pasajeros y la tripulación de uno y otro año. Solo nosotros y la señorita O'Neill nos quedamos atrapados en este lugar de nadie.


- ¿Y qué vamos a hacer? – exclamó John angustiado - Tenemos una vida, y familia, y mucha gente que depende de nosotros. Ya deben estar buscándonos. Me voy a volver loco si no salgo pronto de aquí. ¡Hemos de hacer algo y pronto!


Estaba a punto de estallar. Sus amigos lo sabían, pero también ellos sentían esa misma desesperación e impotencia.


- Lo sé John. - dijo George - Y te ruego que te calmes, por favor, es algo que nos pasa a los cuatro. Es angustioso, pero si perdemos la calma no solucionaremos nada.


- Puede que aún no hayan notado nuestra ausencia... - agregó Paul


- ¿Qué dices? - preguntó Ringo


- Pues que si aquí no hay tiempo, allá tal vez solo han pasado unos segundos...- respondió Paul - Lo vi en una película hace tiempo. No sé, chicos. Solo estoy intentando comprender qué ha podido suceder...pero estoy tan perdido como vosotros.


Tenían el cerebro algo obtuso por todas las incógnitas expuestas ante ellos, pero también sentían, como decía Paul, esa leve sensación de irrealidad...


- Segundos o tal vez siglos... - aseveró John


- A mí recuerda a El mago de Oz... - dijo George – solo tenemos que encontrar el camino de vuelta a casa... Bastará con que lo deseemos mucho...


Se miraron convencidos. Si, eso mismo. El camino de vuelta.


- ¿Y si nunca salimos de aquí, Paul? – siguió John con tono desesperado - Yo no podré soportarlo, me volveré loco, y vosotros también. Menuda jugarreta del destino. Hacernos llegar a la cima para después encerrarnos en este lugar, y que nadie vuelva a saber de nosotros nunca.


- Cálmate, John. – le dijo Paul - Del mismo modo que entramos a este lugar, podremos salir. Cuando menos lo esperemos. Tuvo que haber un punto de conexión entre aquel 5 de octubre de 1923 y el nuestro. Recuerdo que el revisor después del impacto del rayo en la estación, dijo que no había visto nada igual en 40 años. Debía tener más de 60, por lo que puede que en 1923 viera la caída de otro rayo cerca ese mismo día. ¿Comprendéis? Ese es el conector entre las dos épocas. Leí una novela de ciencia ficción hace tiempo y se hablaban de estos temas.


- Estoy de acuerdo, Paul, ¿pero, porqué nosotros y la anciana? - preguntó George


– No lo sé, George... - contestó Paul - ya te dije que pueden ser muchos factores a la vez. Nosotros generamos mucha energía allá donde vamos, pero a parte de eso, creo que en la señorita O'Neill está la clave de todo esto...No se me quita de la cabeza.


La miraron intrigados


Prudence O'Neill reposaba plácidamente en el asiento de su compartimiento. Tenía una expresión tan serena y reconfortante que se sintieron por primera vez desde que cayeron a aquel lugar, muy cerca de casa.


- La señorita O'Neill ¿qué culpa tiene? Ella es otra víctima como nosotros - aseveró Ringo con el ceño fruncido


- Si, lo sé.. – continuó Paul - pero tal vez le estaba sucediendo algo personal que la hiciera generar mucha energía...


- ¿La abuela...? No bromees, Paul – dijo John en tono burlón - no creo que haya tenido nunca alguna emoción intensa...


- Un poco de formalidad, John...– exclamó Ringo – en su juventud tuvo que ser una chica interesante...


Rieron, más para intentar relajarse que por lo divertido del asunto.


- ¿...y cuánto tiempo llevaremos aquí? - preguntó George


- No lo sé.. - contestó Paul - tengo la sensación del transcurso del tiempo, pero estamos en un lugar sin tiempo, pueden ser milésimas de segundo en el otro lado, y aquí nos parece mucho.


George suspiró. El también empezaba a acusar el devenir de los acontecimientos de aquel extraño día. Recordaba a sus padres, hermanos y a aquella chica de la que se estaba enamorando. Lo rápido que había sucedido todo en su vida desde que se convirtiera en un Fab Four; él solo quería tocar la guitarra, nada más, y sin darse cuenta se había visto transformado en un símbolo nacional, igual que los otros tres y todo había sucedido con la misma rapidez e intensidad de un rayo. Si, eso era...


- ¡Ya lo tengo! Nuestra carrera y éxito han sido como un rayo...¿No os dais cuenta, chicos? – les preguntó a sus amigos excitado – No es la señorita O'Neill la causante de esto, sino nosotros. Creo que indirectamente provocamos este fenómeno, con la ayuda del rayo, claro está.


- Bueno, ¿y qué...? - preguntó cansado John - ¿adónde nos llevan todas estas conjeturas, si no vamos a salir de aquí?


Miraron afuera. Parecía no existir la noche en ese lugar, solo aquella luz gris y mortecina. La misma que entraba por las ventanillas e iluminaba sus rostros. Una luz uniforme, similar a la que hay en los días de lluvia, y muy intensa. No había postes de luz eléctrica, ni nubes, solo una atmósfera densa, muy parecida a la que puede verse en los sueños.


- Chicos, si salimos de esta, se lo contaremos a nuestros nietos... – afirmó Ringo


- Nos tomarán por locos... - dijo John – Nadie nos creerá nunca. Es mejor guardarlo como un secreto y no decir nada a nadie nunca. Eso sí salimos de esta...


- Saldremos John, tengo el presentimiento – añadió George - Además creo que es una lección que debemos aprender, un mensaje del más allá...


- ¿Qué quieres decir...? - le preguntó John intrigado


- No lo sé todavía, pero lo siento aquí dentro... – respondió George tocándose el pecho - y sé, como dice Paul, que de la misma forma que entramos, saldremos y después nos reiremos de todo esto.


Los otros tres lo miraron y al igual que George tuvieron la firme convicción de que así sería. No había que desfallecer. Ellos eran los Fab Four y millones de fans en todo el mundo les esperaban. Aún debían hacer juntos muchas cosas. Eran muy jóvenes. La vida estaba esperándoles. Por primera vez se sintieron relajados, incluso John esbozó una amplia sonrisa.


III PARTE


Capítulo IX


La cena


- ¡Santo Cielo! creo que me quedé dormida. Disculpen, caballeros - la señorita O'Neill se frotó los ojos avergonzada


Sonrieron al escuchar de nuevo a la encantadora anciana y compañera de ellos en aquella extraña aventura.


Prudence se sentía feliz, llena de energía. Los miró a los cuatro y dijo en tono solemne


- ¡Les he visto, chicos! – dijo sonriendo pícaramente - en el Teatro Royal de Londres. ¡Son maravillosos! Vi su actuación completa, sus canciones son geniales. ¡Y ese ritmo trepidante! Nunca escuché nada igual. He aplaudido y he gritado con todas las jovencitas que allí se encontraban. Ha sido el sueño más bello de mi vida.


La miraron asombrados.


¡Vaya con la vieja! Ahora era una fan más de ellos.


Impresionante... Arrasaban allá donde iban, incluso en aquel lugar fuera del tiempo...


- Teatro Royal... Eso fue en Septiembre. Hará unas semanas... – dijo Ringo pensativo - Bueno, ya no me sorprende nada de lo que suceda en este lugar...


- Me alegro que le haya gustado... - agregó amablemente George - Supongo que nuestra música le parecerá muy fuerte a una mujer de su época...


- ¡Tonterías! Es maravillosa - añadió ella firmemente – me hubiera quedado allí para siempre y les soy sincera cuando les digo que me hubiera gustado vivir en su época.


La miraron con ternura. Les gustaba mucho aquella anciana. Tenían ya la sensación de conocerla de toda la vida. Era tan tradicional y tan inglesa que les recordaba mucho a los miembros femeninos de su familia; Era la tía de todos, la abuela de todos. La señorita O'Neill representaba a la vieja Inglaterra de donde provenían. Se alegraron de haberla conocido y también se sentían extrañamente felices, como si hubieran sido elegidos para vivir una aventura mágica y trascendental para sus vidas.


Regresaron al vagón restaurante y como llevaban tiempo sin comer, prepararon una copiosa cena, con latas de conserva y restos del menú de la cocina del tren. Había conservas de los años 20 y de los años 60. Esto les produjo mucha gracia. Tenían mucho apetito. Ringo encontró un viejo gramófono y algunos discos en el vagón de equipajes y lo hizo funcionar. Eran grabaciones de músicos de jazz de los años 20. Encendieron unos viejos candelabros y los pusieron sobre la mesa. Abrieron una botella de champán y se sirvieron. Se sentían como en casa. Durante la cena no dejaron de conversar e intercambiar recuerdos. Los cuatro chicos le contaron su vida, como habían alcanzado el éxito, y lo que había supuesto para ellos y sus familiares. La señorita O'Neill por su parte también les contó su vida; Su afición por los libros y la jardinería, y su trabajo de mecanógrafa en el pueblo donde nació. Su éxodo de Dover a Londres en 1905 al fallecer su padre, lo mucho que le había costado dar ese paso. Su etapa como enfermera voluntaria durante la guerra y su amistad con el viejo bibliotecario de su barrio.


Después de cenar y tomar el café, John tocó su armónica y los otros le acompañaron. Improvisaron temas de su repertorio, que Prudence escuchó extasiada. El que a una mujer como ella, que hasta el jazz de su época le parecía algo ruidoso e inmoral, (dicho con sus propias palabras) la música de los Fav Four le produjese aquella fascinación, no dejaba de ser un hecho insólito y también mágico. Pero a esas alturas, ya nada les sorprendía.


La conversación siguió su curso por temas comunes. Hablaron de las diferencias entre una época y la otra. De los cambios en la sociedad, de los pros y los contra de haber nacido en un año u otro. Llegaron a la conclusión de que ambas épocas tenían su encanto. A los chicos también les hubiera gustado vivir en los años 20.


" Una época llena de magia y misterio...", dijo George


Los chicos le hablaron también de sus sueños, sus proyectos y de las chicas que amaban. John le enseñó una fotografía de su esposa y su bebé. Paul hizo lo mismo con una fotografía de su última novia.


- Es una chica muy especial, creo que esta es la definitiva - dijo muy serio


- Jajajajaja, eso dice de todas...- agregó Ringo – bueno, yo también tengo novia y muy guapa - le enseñó otra foto


George hizo lo propio con una fotografía de aquella chica en la que no dejaba de pensar


- Veo que hay cosas que nunca cambian, y el amor es una de ellas – dijo la anciana - Me alegro por vosotros. Esas chicas son muy afortunadas. ¿Saben? yo nunca tuve novio, ni estuve prometida, soy lo que se dice una remilgada y cursi solterona...


- No diga eso, Prudence - dijo Ringo - a mi me parece encantadora...y estoy seguro que debió ser usted una jovencita muy atractiva...


La señorita O'Neill le dedicó la más encantadora de sus sonrisas


- Tengo la sensación de conocerles de toda la vida... - dijo la señorita O'Neill – a ustedes, ¿no les pasa lo mismo?


Los jóvenes asistieron con los ojos brillantes.


¡Los Fab Four!


Cuatro locos maravillosos que habían irrumpido en su tradicional mundo poniéndolo todo del revés, y a ella le había gustado.


Se sentían felices y satisfechos de la vida. El mundo era un lugar lleno de magia, solo los seres especiales sabían apreciarla.


Después de intercambiar otra retahíla de anécdotas y opiniones, fue Paul el que añadió:


- Cuando volvamos cada uno de nosotros a nuestro particular mundo, porque vamos a volver, será mejor que a nadie contemos nuestras experiencias...


- ¡Ni hablar, nos encerrarían! - aseveró John


- ¡Estoy de acuerdo! - añadió George


- ¡Y yo también! - sentenció Ringo


Paul continuó:


- Tengo la sensación que cuando menos lo esperemos volveremos a nuestro tiempo, y sucederá sin que nos demos cuenta. Por eso he pensado que deberíamos intercambiar algún recuerdo para que cuando volvamos nosotros a 1963 y la señorita O'Neill a 1923, sepamos que no ha sido un sueño. ¿Qué os parece?- preguntó Paul


- ¡Fenomenal! - agregó John


Todos estuvieron de acuerdo. La señorita O'Neill también


Paul sacó de su billetera, una entrada para el concierto de Escocia que se celebraría el día 6 de Octubre, al día siguiente, y una fotografía de los cuatro, firmada, que entregó a la anciana.


- Aquí tiene, Prudence. Cuando regrese a 1923, solo usted sabrá que no lo ha soñado – Paul cogió su pluma y escribió una frase en la entrada del concierto:


"Nos hubiera gustado mucho vivir en los años 20"


Afectuosamente : Los Fab Four


Aplaudieron emocionados. Era una idea estupenda.


Prudence guardó la entrada y la fotografía de los chicos en su bolso, y sacó una fotografía suya con Roger, su amigo bibliotecario, en Covent Garden, y a continuación escribió :


"Los Fab Four están llenos de magia, como el mundo en el que viven."


Con cariño : Prudence O'Neill


Le entregó a Paul la fotografía


- ¡Genial! – dijo Paul – pero debemos hacer un pacto de silencio entre todos, y prometer que nunca diremos nada a nadie de lo que nos ha sucedido. Nadie nos creería, seríamos tachados de locos y nos traería muchas complicaciones. ¿Estáis de acuerdo?


Todos asistieron. Juntaron sus manos y prometieron guardar para ellos mismos ese secreto el resto de sus vidas.


Prudence O'Neill se puso algo melancólica y añadió :


- Bueno, yo no tendré tanto tiempo para cumplir este pacto, no por mi edad, sino por otro motivo...


La miraron intrigados


- No quisiera entristecerles, chicos - prosiguió ella en tono grave – pero yo cogí este tren para ...bueno, para...quitarme la vida...


Reinó un profundo silencio entre ellos, más elocuente que cualquier palabra. Los cuatro jóvenes la miraron con un sentimiento entre la alarma y la compasión.


- Así es, caballeros - siguió ella cogiendo aliento – hace unos meses el médico me diagnosticó una grave enfermedad y me dio un año de vida. Atendí a mi padre hasta su final, y le vi soportar una larga agonía. No quise enfrentar algo así. No tengo familia, y apenas amigos, muy poco dinero, y me daba miedo enfrentarme a mi final, sola y sufriendo graves padecimientos. No lo consideraba justo, siempre fui una mujer honrada y temerosa de Dios, y sentía que yo no me merecía ese final. ¿Comprenden? Alguien me pasó cierta información sobre un médico que ayudaba a pacientes terminales a poner fin a su vida de una manera rápida e indolora a cambio de cierta cantidad de dinero. Por ser algo ilegal este médico trabaja de forma clandestina y con nombre falso. Después de darle muchas vueltas y enfrentarme a todos mis prejuicios, pues soy una mujer creyente, hablé con él y llegamos a un acuerdo. Nuestra cita tendría lugar en el pueblo al que me dirigía cuando subí al tren. Doné todas mis pertenencias, lo preparé todo y cogí el billete rumbo a mi propio final. Lo cierto es que durante el viaje me sentía muy alicaída, y con mucha aprehensión. Soy cristiana, y sé que Él estaba molesto conmigo por esa decisión. Trataba de convencerme de lo contrario, y buscaba mil razones para exonerarme. Recordé toda mi vida y me di cuenta de que solo había vivido a través de los libros y los sueños. No era justo sufrir una gran agonía para dejar este mundo, pero que una mujer de mis convicciones tomara una decisión tan radical, me causaba una enorme desazón. En ese estado se encontraba mi espíritu cuando vi caer el rayo en la estación, luego me dormí y apareciste tú, Paul...


Los cuatro jóvenes tragaron saliva. Lo más embarazoso era no poder encontrar las palabras apropiadas en momentos así, ellos que tan bien sabían hacerlo.


- ¡Wow! – exclamó Ringo - si me pinchan no sangro ...¡Oh, disculpe! es que jamás me hubiera imaginado eso de una mujer como usted...


- Por eso gemía usted tan angustiosamente cuando la escuché desde el pasillo... – dijo Paul


- Lo siento mucho, señorita O'Neill - añadió George - la vida es tan injusta. A las buenas personas suele pasarles todo lo malo.


- No se me ocurre nada más que decir que es usted una mujer muy fuerte – dijo John muy serio


Ella hizo un esfuerzo por contener las lágrimas.


Desde que se encontró con los chicos y a pesar de todos los enigmas del tren, se sentía llena de energía, y muy animada. Los cuatro jóvenes le transmitían una fuerza especial que la hacía sentirse poderosa y como si no pudiera morir. También tenía la sensación de conocerlos de toda la vida. A pesar de los 40 años que la separaban de la época de los muchachos, eran las personas que más cercanas a su yo interior había sentido. Eran como viejos camaradas suyos, a pesar de ser tan jóvenes y de otra época.


- Gracias, chicos – sé que es una historia triste, pero quería contároslo. También quiero que sepáis que después de esta experiencia y si regreso a mi época, no llevaré a cabo ese propósito. Soportaré mi destino con resignación. Siento que el Señor quería demostrarme algo.


A la luz de los candelabros, la señorita O'Neill parecía un personaje de una novela de Charles Dickens. Había algo entrañable y profundamente victoriano en ella. Era como la propia Inglaterra, pequeña y fuerte, aferrándose a si misma en su soledad física y espiritual.


- No sé cómo expresar lo que siento ahora... - agregó Ringo - pero me alegro mucho de haberla conocido.


Prudence sonrió, los chicos también


El gramófono seguía girando inundando el vagón restaurante con el encanto de otra época. Un tiempo mágico que los Fab Four solo habían conocido a través del cine, la literatura y los recuerdos de familiares y conocidos.


Cuarenta años atrás, otros músicos tan jóvenes e inexpertos como ellos, habían revolucionado la música a través del jazz, irrumpiendo en la banda sonora del siglo XX con un ritmo estridente y rompedor que sería de enorme influencia para todos los músicos de generaciones venideras. Ahora les había tocado a ellos hacerlo. El espíritu y la esencia de dos épocas se habían fundido en aquel vagón encantado, como si fuera una respuesta a las inquietudes que el éxito y la gloria habían despertado en los corazones de los chicos. La señorita O'Neill era como el hada madrina que los había transportado a aquel sitio para que también ellos aprendieran algo que necesitaban saber. Los resultados de aquella experiencia mágica se apreciarían con el tiempo, tal vez en las decisiones que tomarían en sus vidas, y sobretodo en la música que harían si regresaban a su mundo.


- Creo que hablo en nombre de todos mis compañeros – añadió George - cuando digo que nos gustaría llevarla con nosotros a 1963. Estoy seguro que en nuestra época se curaría usted.


- Opino lo mismo – dijo Ringo emocionado


- No creo que la olvidemos nunca, señorita O'Neill... - agregó John – me recuerda usted a alguien muy querido por mi...


- Conocerla ha sido algo mágico.. – sentenció Paul


Como tocado por una mano prodigiosa el gramófono les acarició los oídos con los primeros compases de Auld lang syne, la canción de la despedida. ¿Sería esa la señal de que había llegado ya el momento de decirse adiós y regresar cada uno a su mundo particular?


Todos así lo creyeron...


Cantaron a coro la letra de aquella vieja canción que todos los fines de año les recordaba a los que ya no estaban. Esa melodía eterna que inflamaba sus corazones recordando a las viejas amistades.


La señorita O'Neill cantaba con emoción contenida y tratando de fotografiar con su retina aquellos cuatro rostros que habían cambiado su pequeño mundo para siempre.


Alzó su copa de champán y en tono elocuente dijo :


"Los espíritus afines no necesitan mucho para reconocerse..."


Los cuatro rostros más amados de la Inglaterra de 1963 la miraron como a través de un espejo. Hasta el gramófono guardó silencio en aquel momento.


Cuatro jóvenes, cuatro corazones cuyas pulsaciones se habían acelerado de repente, como impulsados por la sangre de otro tiempo. Era increíble el poder de las palabras, pero en aquel preciso instante, aquella frase había abierto puertas dentro de ellos, que desconocían que existieran y aunque ignoraban el motivo, tenían la sensación y la certeza de que era así como debía suceder.


Era como ver dentro de ellos algo que durante toda su existencia había estado cubierto por la bruma de la ignorancia.


La señorita O'Neill había dicho las palabras mágicas...


Fue como la caída del rayo...


Rápido, muy rápido...


y Violeta Ronseray pasó delante de ellos como un revuelo de hadas.


La reconocieron al instante...


Los mundos giraban a velocidades vertiginosas.


El tiempo era un enigma. Había mucha quietud entre el todo y la nada. Los años solo eran agujeros de un panel fabuloso por el que se entreveía la eternidad. Había también una percepción de conciencia superior. Caían los restos de vidas pasadas como polvo de estrellas.


El universo era un vaso boca abajo.


Todo caía y caía...


La inmensidad era la cosa más pequeña y más sublime.


Todo era creación y un continuo girar.


Giraban los astros, las ideas y los recuerdos. Giraban las posibilidades y las almas, y en un estallido de sombras regresaba la luz.


Todo era vida.


IV PARTE


Capítulo X


El despertar


La lluvia caía sigilosamente sobre el tren. Prudence O'Neill despertó de su sueño con un fuerte dolor de cabeza y una vaga sensación de irrealidad. Se frotó los ojos. Abrió su bolso y tomó unos sorbos del té de su termo, que estaba ya frío. Miró el reloj. Las 5: 21


¡Santo Cielo! ¡Que sueño había tenido! Había sido increíble y fabuloso. Le habían sucedido muchas cosas, y había sido muy real. Sorprendentemente real. Conforme las sombras de su conciencia se desvanecían fue recordando todos los pasajes de aquel fantástico sueño. ¡Los Fab Four! Que nombre tan peculiar... Paul, John, George, Ringo...¡Unos jóvenes del futuro, de 1963!! Unos músicos de gran éxito, y héroes nacionales, unos chicos que no existían se habían colado en sus sueños. Tenía la sensación de haber vivido toda una vida, pero solo habían pasado 21 minutos desde que se durmió. ¡Que raro! Y aquel sueño tan intenso...Empezaba a recordar trozos de las conversaciones que había mantenido en su vuelo onírico , y no dejaba de intrigarle el porqué aquel sueño le parecía tan real. Lo achacó a su estado anímico y a la impresión causada por la caída del rayo.


De repente recordó el motivo de su viaje y sintió helarse la sangre en sus venas.


¡Dios mío! el último viaje de su vida.


Se sintió desfallecer.


El tren seguía su curso por aquella región pintoresca de Inglaterra, ajeno a las preocupaciones de sus pasajeros. Al final del viaje a la señorita O'Neill le esperaba su destino. Un fuerte dolor golpeaba sus sienes con insistencia.


Buscó un calmante en su bolso, y fue entonces cuando la vio...


Un mundo de posibilidades comenzó a tomar forma en su cerebro.


Las respuestas se anticipaban a las preguntas. ¡Era increíble! No podía ser! Pero ahí estaba. Asomando entre sus pañuelos, su billetera y sus enseres personales, se encontraba la entraba para el Concierto de los Fab Four en Escocia, ¡el 6 de Octubre de 1963!!!


¡Oh, Dios mío!, entonces, ¡no había un sueño! Había sucedido realmente, pero, ¿cómo?. Era absolutamente imposible. Faltaban 40 años para aquella fecha, y casi 20 para que los chicos nacieran, y sin embargo ella tenía esa entrada con la imagen de ellos y la fecha mágica de 1963. Sabía perfectamente que no había perdido la razón, que se encontraba en plena forma de sus facultades mentales, y recordaba con asombrosa nitidez cada momento de aquella fantástica aventura.


Leyó con lágrimas en los ojos la frase que Paul le había escrito :


"Nos hubiera gustado mucho vivir en los años 20..."


Afectuosamente : Los Fab Four


Vio debajo de la entrada del concierto, la fotografía de los cuatro que Paul le había dado, y se quedó largo rato observando aquellos rostros, casi adolescentes, llenos de vida y simpatía. Tan cercanos y adorables. Cuatro jóvenes de otra época que por alguna razón desconocida le habían resultado familiares desde el primer momento, y eso seguía intrigándole...


Espíritus afines; Si, eso era.


Estaba segura


Suspiró hondamente. Sabía que para Dios nada había imposible, y sentía que aquel fenómeno inexplicable había sucedido por algo. Un minuto había bastado desde que Paul la despertara a las 5:20, un minuto nada más y dos mundos se habían cruzado, y habían intercambiado su energía para después separarse y no volver a encontrarse jamás. Las lágrimas rodaron por sus mejillas.


Los Fab Four, unos chicos que aún no habían nacido y que dentro de 40 años iban a revolucionar la música y la sociedad, se habían asomado a su mundo por alguna extraña puerta de la creación y la habían embargado con su luz y su magia. Pero, ¿dónde se encontraban ahora sus amigos? ¿Habrían regresado ya a su mundo? Eran tan necesarios en su tiempo. Salió apresuradamente al pasillo y se encaminó hasta el compartimiento donde estaban ellos durante la aventura, lo abrió y solo había una pareja de mediana edad. Se disculpó avergonzada y se encerró de nuevo en su compartimiento.


Prudence O'Neill recostó su cabeza contra la ventanilla del tren.


Sintió un agradable hormigueo por todo su cuerpo.


Ya lo había decidido...


Mucho antes de revelarles a los chicos el motivo de su viaje


Sonrió con satisfacción


Fue en el preciso instante en que los cuatro se presentaron en el compartimiento del otro tren.


Cuando el tiempo se detuvo...


Ahí fue cuando supo que nunca se quitaría la vida.


Lección aprendida


Se sintió feliz y ligera como una mariposa.


Se durmió plácidamente


Fuera la lluvia seguía resbalando por los cristales con delicada parsimonia.


Capítulo XI


Violeta Ronseray


¿Qué estaba pasando? Se sentían ligeros, y descansados, como si hubieran dormido durante años. Los Fab Four se encontraban en su camerino, aunque era una habitación que no habían visto nunca. El empapelado de la pared tenía un estilo muy recargado, y en un rincón de la pared había pegado uno de aquellos teléfonos antiguos que solo habían visto en las películas y en fotografías antiguas.


¿Sería posible...? ¿Dónde estaba el tren fantasma y la señorita O'Neill? ¿Porqué se quedaron estupefactos cuando ella dijo aquella frase...?


"Los espíritus afines..."


Sentían vibrar dentro de ellos una nueva y extraña luz, o conciencia, como si a lo que cada uno de ellos era se hubiese agregado otra existencia y otro yo...El extraño proceso se estaba gestando aún... Lo notaban...


pero ¿qué quería decir todo aquello...?


Se miraron al espejo, y quedaron atónitos. Iban vestidos con trajes a rayas color crema e iban peinados con la raya en medio. No salían de su asombro.


Un hombre con tirantes y pajarita se asomó por la puerta


- ¡Un minuto, chicos! ¿están listos? – les preguntó impaciente – recuerden que es el convite de una boda, y hay gente respetable. No actúen como en ese tugurio de donde les saqué. Compórtense como unos caballeros, ¿ok?


¿Qué decía ese loco? ¿Y porqué tenían que tocar?


¿dónde estaban?


John se fijó en el calendario de pared y todas las preguntas quedaron respondidas.


Diciembre 1923


Ya no hizo falta preguntarse nada más


El rayo seguía haciendo de las suyas...


Sin saber cómo se vieron en el escenario de un gran salón. Era fastuoso y elegante ¿Quién se casaba, la reina de Inglaterra?


No importaba, a estas alturas ya nada les sorprendía. No sabían muy bien dónde se encontraban, si era un sueño, una broma pesada del destino, u otra extraña reacción híper sensorial provocada por el rayo. Pero ellos eran músicos y su trabajo era ese. Así que se prepararon para hacer lo que mejor sabían hacer.


Tocaron los primeros compases de la suite nupcial


La gente iba elegantemente vestida


1923 era una época impresionante. Muy acorde con el espíritu de los Fab Four.


Entonces la vieron ...


Del brazo de su esposo, Prudence O'Neill avanzó por los pasillos del salón. Iba vestida de blanco como si de una veinteañera se tratase, ella que ya rondaba los 70. Lo sorprendente era la expresión de felicidad en su rostro, teniendo en cuenta, según les había contado, que estaba gravemente enferma y que le quedaba un año de vida. Rebosaba salud y eso era en si un prodigio, y motivo de alegría para ellos. Tocaron con más fuerza.


Prudence O'Neill, la novia de aquel banquete de bodas, les sonrió al pasar, aunque no pareció reconocerles. Que extraño. Estaba exultante, su marido parecía ser de la misma edad. Continuaron con el repertorio habitual en esas celebraciones. No sabían cómo, pero estaban tocando todos los temas románticos de la época. Canciones que nunca habían escuchado. Las notas salían de sus dedos de forma mágica. Después de la fastuosa cena las parejas salieron a bailar. El tipo de la pajarita les pidió que tocasen más rápido. Y así lo hicieron. Aquel nuevo y alocado ritmo llamado jazz salía de sus instrumentos como si ellos mismos lo hubieran inventado. Era impresionante aquella música. Se les metía en las venas y les hacía sentirse pletóricos, poseedores de una fuerza extra corpórea, como si no fueran a morir nunca.


Los Fab Four tocando jazz o el jazz tocándolos a ellos...


Quisieron acercarse a la señorita O'Neill, pero alguna extraña fuerza lo impedía..


Así que después de todo la anciana decidió casarse para no vivir sola el último año de su vida. Sabia decisión. El hombre que estaba a su lado se parecía al viejo que había en la foto que ella les había entregado. La buena mujer se merecía un poco de felicidad antes de dejar este mundo. Se alegraron por ella, pero no pudieron evitar sentir un poco de melancolía. Les hubiera gustado mucho hablar con su amiga, porque así la consideraban ya..


Y fue entonces cuando se obró el prodigio y las piezas del puzle encajaron...


El proceso del despertar llegó a su fin...


Les pilló por sorpresa...


Ante ellos y en traje de novia se encontraba Violeta Ronseray,


tal y como la conocieron en otra vida y en otro tiempo...


Fue Paul, el que con el corazón en un puño se adelantó a los otros...y exclamó:


- "Los espíritus afines no necesitan mucho para reconocerse..."


Ella sonrió.


Todos los invitados del banquete de bodas habían desaparecido.


Solo estaban ellos cinco, igual que habían estado casi 200 años atrás...


- Te acordaste...– le dijo ella suavemente


Los cuatro jóvenes jamás habían visto una cara tan hermosa. Esa belleza que los había hechizado tanto tiempo atrás, pero no era su rostro, sino su esencia, algo que emanaba de ella, de su espíritu y en lo que se veían reconocidos.


- Te buscamos por todas partes, Violeta, y te extrañamos tanto... - dijo George, como si el espíritu de otro George hablara a través de él.


- Me alegro tanto de volver a veros y comprobar que no me habéis olvidado... - afirmó Violeta con aire ausente


- Ya te dije que te recordaría toda la eternidad, pero que dolorosa ha sido la ausencia...– dijo Paul apasionadamente


- Para mí también lo ha sido, no sabes hasta que punto... - agregó John


- Sin ti hemos estado como muertos.. - finalizó Richard


Violeta Ronseray suspiró. Ser la musa de cuatro genios que ignoraban serlo era un duro trabajo, pero serlo durante 200 años había sido una odisea. Había tenido que sortear el infinito, poner el tiempo del revés para reencontrarse con ellos...


Y mirándolos bien había merecido la pena.


Ellos en cambio la contemplaban obnubilados, pero no con los ojos de los Fab Four, sino con los ojos de aquellos cuatro hermanos alemanes que en la Alemania de 1760 soñaban con ser músicos.


El mundo era un lugar lleno de secretos...y giros imprevisibles porque el alma de Violeta Ronseray se había albergado dentro del cuerpo de la señorita O'Neill toda su existencia, y solo había tenido conocimiento de si misma en el preciso instante en que Prudence O'Neill dijo aquella frase que Violeta había esperado volver a escuchar desde hacía 200 años.


Fue en ese momento cuando despertó de su largo sueño, y al tener conocimiento de quienes eran ahora sus viejos admiradores, planeó, como buena musa que había sido, aquel fabuloso reencuentro. Le alegró saber que habían alcanzado el éxito en ese otro tiempo desconocido para ella. Se asomó un poco al futuro de aquellos chicos ingleses tan encantadores y sonrió satisfecha.


Del mismo modo, los espíritus de aquellos cuatro hermanos alemanes se habían encarnado en los Fab Four, sin tener conciencia de si mismos, y justo en el instante en que Prudence O'Neill repitió aquella frase habían comenzado a despertar de aquel largo sueño de sus almas.


200 años a través del tiempo para volver a encontrarse con ella y allí estaba, como un hada bajada del parnaso, materializándose ante ellos. Sabían que estaría orgullosa de ellos, pues se habían hecho famosos, tal y como ella predijo dos siglos atrás, aunque su éxito y reconocimiento había tenido lugar en otra época, en otro tiempo y en los cuerpos de otros hombres.


- Siempre supe que llegaríais a lo más alto y así ha sido, pero aún os quedan muchas cosas por hacer – dijo Violeta en tono solemne - Ahora debo marcharme a dormir nuevamente el sueño de las almas. Vosotros haréis lo mismo y ya nunca recordaréis quien fui, ni quienes fuisteis. Es mejor que sea así. Estaré con vosotros en forma de canciones. Seré vuestra inspiración, vuestra musa, pero ya nunca volveremos a vernos. Habitaréis dentro de las conciencias y cuerpos de estos chicos ingleses, como hasta ahora lo habéis hecho, sin tener conocimiento de vosotros mismos, entregando vuestra vida a la música, pero sin recordar quienes fuisteis en otras vidas. También a mi me olvidaréis. Vuestra existencia terrenal estará llena de inmensas alegrías. Conquistaréis el mundo con vuestra música. Lo conseguido hasta ahora no ha sido nada comparado con la gloria que os espera. Lo he visto. Dentro de 200 años se seguirá hablando de vosotros...Yo estaré lejos, pero muy cerca...en cada composición, en cada melodía, ahí estaré yo... Para eso nací, para ser vuestra musa.


La escuchaban extasiados, a través de los cuerpos de los Fab Four.


La emoción por aquel reencuentro les impedía hablar. Ya no volverían a verla, pero la llevarían dentro en forma de inspiración. Era extraordinario haber tenido conciencia de ellos mismos por primera vez y albergados dentro de aquellos cuatro cuerpos tan jóvenes.


Ellos también lo habían sido : jóvenes y enamorados de su musa, la que que les inspiraba, la misma que en la Alemania de 1760 les había augurado el éxito mundial, pero su carrera artística había sido muy breve, también su vida terrenal.


Pero en cierto modo la profecía de Violeta se había cumplido, al estar encarnados en aquellos músicos del siglo XX; Era un prodigio haberlo descubierto en ese mismo instante.


Ahora volverían a dormir el sueño de las almas dentro de las conciencias de aquellos músicos ingleses, olvidando su existencia pasada y dejando que el espíritu de Violeta Ronseray los guiase por la senda del éxito.


Su amada, su musa...


La mujer que inspiraba su música. Daba igual cuál fuera la época. El tiempo era un espejismo.


Las almas de los cuatro hermanos alemanes se desvanecieron dentro de los Fab Four.


Tenían mucho sueño...


Estaban rendidos


Ser genios de la música era algo agotador...


Capítulo XII


Alicia y la lluvia


Alicia Muñoz no podía despergar sus ojos de aquella novela. Era fascinante. Nunca había leído nada igual. Desde la primera página se había sentido arrastrada por la historia. Algo dentro de aquellos párrafos la hechizaba y también tenía la sensación de estar mirándose como en un espejo.


Pero lo más impactante y sorprendente era que esa novela y la anterior que había abierto esa tarde, estaban conectadas entre sí. ¿Cómo era eso posible? Eran de diferentes autores y épocas, y si embargo una historia desembocaba en la otra de forma mágica e inexplicable. Buscaría información en Google al respecto, y preguntaría a un amigo. Bueno, eso lo dejaría para el día siguiente.


Miró el reloj. Las 23:45


Seguía lloviendo. Tenía toda la noche para abrazarse a la novela, para acucurrucarse en ella y dejarse abrazar por aquella fabulosa historia que había caído en sus manos. Ya no se sentía sola como se había sentido al comienzo de aquel día.


Se desperezó en su asiento. Fue a la cocina y tomó algo de la nevera. Encendió un cigarrillo mientras observaba la lluvia resbalar por la ventana.


Tarareó algo de los Beatles


Sonrió como una niña conocedora de muchos secretos...


Volvió a su sofá y a su novela


Siguió leyendo...


V PARTE


Capítulo XIII


Escocia


Escocia 6 de Octubre de 1963


Los Fab Four actuaban esa noche. Aún estaban en estado de shock por los extraños fenómenos que habían vivido durante el viaje en tren.


Se despertaron los cuatro al mismo tiempo, a las 5:21 del día anterior. En el tren todo estaba normal, nadie había notado su ausencia.


Tenían la sensación de haber vivido muchas experiencias


Los cuatro habían tenido el mismo sueño, pero, ¿había sido un sueño?


La respuesta les sorprendió de golpe cuando Paul sacó de su bolsillo la fotografía firmada de la señorita O'Neill. Les invadió una oleada de emoción y alegría. Así que todo había sido real. Un fenómeno extraordinario que ninguna lógica podría explicar.


Habían sido testigos de un hecho insólito, fantástico e inexplicable, que recordarían el resto de sus vidas y la prueba la tenían allí, en aquella fotografía firmada por una dama de 1923. Habían viajado fuera del tiempo, y aún tenían el pulso acelerado por aquella experiencia alucinante.


Tal y como habían pactado durante su fantástico viaje, los cuatro se reafirmaron en el hecho de que jamás revelarían a nadie lo que habían vivido, ni siquiera a sus seres más allegados. Sería el secreto de los Fab Four, el secreto de un viaje fabuloso y el encuentro con una mujer especial y diferente.


Tenían también la sensación de haber vivido otras experiencias, pero se habían desvanecido dentro de sus conciencias, dejando solo un velo de confusión. Estaba relacionado con una frase que no dejaba de martillearles el cerebro, el porqué lo ignoraban.


"Los espíritus afines no necesitan mucho para reconocerse..."


No sabían cómo esa frase se había colado en sus cerebros, ni dónde la habían escuchado, pero les gustaba...


Sonaba bien. ¿Podría ser el título de una futura canción?


Habían olvidado todo lo referente a Violeta Ronseray, y también desconocían absolutamente todo lo concerniente a cuatro músicos alemanes de 1760, pero recordaban cada detalle de su fantástico viaje a 1923.


Evocaron con alegría haber visto a la señorita O'Neill vestida de novia en el último año de su vida, y también se emocionaron al recordar su actuación como músicos de jazz en aquel elegante salón.


Esa música que ya se les había metido en el alma...


No comprendían aún muchas cosas, pero daba igual.


Se encontraban emocionalmente agotados para actuar esa noche, pero era su trabajo, y no podían fallarle a sus fans y a todos los que creían en ellos. Suponían que en esa fecha en la que se encontraban ahora, la señorita O'Neill ya debería llevar muchos años muerta, pues en 1923 ya rondaba los 69 años, y habían pasado 40. Y además se encontraba gravemente enferma según les confesara. Esto les causaba desazón, pero ya era algo fuera del alcance de ellos.


Hacía un día nada más que en aquel espacio fuera del tiempo, habían conversado con ella como si la hubieran conocido de siempre.


¡Que rara era la vida! Siempre dispuesta a sorprendernos.


¡Espíritus afines!


Si, eso era. La señorita O'Neill era un espíritu afín a ellos


Ni ellos mismos se imaginaban hasta qué punto...


(Alicia Muñoz sonrió con ternura al llegar a este párrafo...)


Lo que si sabían es que aquella sorprendente historia habría de influenciarles no solo en su vida personal, en sus creencias, sino en la música que harían en algún momento.


- ¡Quedan 20 minutos, chicos! – dijo asomándose por la puerta su mánager – El aforo del teatro está repleto.


Bri había viajado unos días antes que ellos, y a pesar de no conocerlos todavía muy bien, pues hacía poco que llevaba sus asuntos y los había catapultado al éxito, sabía que los chicos estaban alterados por algún motivo. Asuntos de chicas, pensó divertido. Bueno, mientras en el escenario lo dieran todo, no tenía nada que objetar. Después de saludarles e intercambiar las frases de costumbre salió del camerino.


Nunca en aquella ciudad había despertado tanta expectación la actuación de ningún artista.


La gran mayoría de los asientos del recinto estaban ocupados por jovencitas adolescentes que coreaban los nombres de los cuatro, como si jamás en toda la existencia de la humanidad hubiera habido ídolos a los que adorar, y lo cierto es que llevaban razón, pues como los Fab Four no había habido ni habría jamás nada igual.


Capítulo XIV


Revelaciones y promesas


Eleanor Standford se bajó del tren esa misma tarde. Era la primera vez que visitaba Escocia sola. Solo había estado dos veces con anterioridad en esa región, y fue durante su adolescencia y después de casarse. Su marido se encontraba de viaje por asuntos de trabajo y había aprovechado tal oportunidad para llevar a cabo una misión muy importante.


Respiró hondo.


Había esperado cinco largos años...


Cinco años en los que había guardado un secreto alucinante, que ni siquiera su marido ni sus hijos conocían.


Pero había prometido guardar ese secreto a una persona muy especial y ella lo había cumplido, como la misión para la que había sido encomendada y que llevaría a cabo esa misma noche.


Recordó a la tía Prudence y la conversación mantenida con ella en su lecho de muerte y todos los hechos increíbles que ella le narró, además del origen de aquella fotografía donde aparecían cuatro chicos del futuro..


- Tienes que prometerme que no se lo contarás a nadie, Ellie, ni siquiera a Peter - insistió su tía


Le tenía mucho cariño a la vieja tía Prudence, aunque en realidad no era su tía. Roger Ferguson, hermano de su madre se había casado con ella después de muchos años de amistad. Los dos habían contraído matrimonio cumplidos ya los 70 años , y aunque nunca habían mantenido una relación sentimental, sorprendieron a todo el mundo anunciando su boda. Al no disfrutar de buena salud ninguno de los dos, todos los allegados pensaron que se habían unido para morir juntos y que ese momento no tardaría en llegar, pero todo el mundo se equivocó, pues la tía Prudence y el tío Roger disfrutaron de 35 años de feliz vida en común. Se casaron la Navidad de 1923. Ella solo era una niña, pero nunca olvidó la expresión de felicidad en los rostros de ambos al llegar al altar.


Aparte de su amor por la literatura y la jardinería, habían compartido el extraño hecho de haber estado desahuciados y haberse curado contra todo pronóstico. Habían viajado por todo el mundo antes de que estallara la guerra, y después se instalaron en un pueblecito tranquilo de la campiña. Ella y Peter los visitaban una vez a la semana. Siempre era agradable y enriquecedor conversar con ellos. Eran como niños y muy maduros al mismo tiempo.


El tío Roger falleció en paz unos meses antes que su esposa.


Cuando Prudence O'Neill a sus 104 años, sintió que se acercaba su final, la mandó llamar y fue cuando le reveló los extraordinarios acontecimientos que le sucedieron durante un viaje en tren por la campiña inglesa en octubre de 1923


- No son elucubraciones de una vieja chiflada, no estoy loca. No se lo he contado a nadie, ni siquiera a tu tío Roger, pero quiero irme sabiendo que entregarás esta fotografía y esta entrada para un concierto en Escocia a sus propietarios y les enviarás un mensaje de mi parte. Solo así podré irme en paz, ¿me lo prometes? – le había preguntado ansiosa la tía Prudence


Intentando asimilar en su cerebro la información recibida, Eleanor asintió, mirando aquella fotografía de unos chicos desconocidos. Puede que la historia fuera producto de la imaginación de su anciana tía, pero ¿cómo habían llegado una entrada para un concierto y una fotografía de 1963 hasta sus manos, si aún faltaban cinco años para esa fecha? Eso lo cambiaba todo. La tía Prudence siempre fue una mujer muy juiciosa. Bien es cierto, que desde que se casó, segun dijo el tío Roger que la conocía bien, había desarrollado una extraña afición por el jazz, la música negra y otros ritmos estridentes, pero a parte de eso, solía ser muy sensata. A sus 104 años y cerca de su final, disfrutaba de una lucidez sorprendente. Pero, su historia era tan alocada e increíble. Sin embargo la fotografía y la entrada del concierto no dejaban de ser un desafío a la lógica. Según su tía, esos chicos desconocidos, con el cabello algo largo, iban a convertirse en unas celebridades mundiales en 1963, revolucionando la industria musical y la sociedad.


- Si, ya sé que parece una locura, pero no lo es, Ellie. No tengo mucho tiempo ya. Solo quiero que guardes la fotografía y la entrada del concierto hasta el año 1963, y no se las enseñes a nadie. Solo quedan cinco años. Cuando llegue la fecha señalada deberás ir a Escocia tú sola y pedir hablar con ellos. Te recibirán enseguida si les hablas de mí, lo sé. Los conozco bien, son adorables. Ya lo comprobarás por ti misma. Después les entregas lo que te he dado y les transmites que : "todo salió bien" y "que yo nunca les olvidé". Solo eso querida, prométemelo.


Así lo hizo.


La tía Prudence falleció en paz en 1958 a la edad de 104 años.


Los Fab Four saltaron a la popularidad a finales de 1962. Eleanor había asistido a su estrellato maravillada desde el comienzo. Nunca había ido a verlos. Solo los había visto por televisión y en los periódicos. Toda Inglaterra hablaba de ellos. Su hija y sus amigas también. Bueno, ahora podría verlos en persona y enviarles un mensaje del pasado. Estaba muy ansiosa por ese encuentro. Desde que la tía Prudence dejó este mundo estaba más convencida de la autenticidad de aquella historia, pero el hecho de no haber podido contárselo ni a su esposo le había causado cierta desazón. Ella había cumplido la primera parte, y ahora llegaba el turno de cumplir la parte final de su promesa.


El primer concierto de los Fab Four en Escocia se celebraba en el antiguo pabellón deportivo de la ciudad con más habitantes. Eleanor Standfor temblaba de pies a cabeza, también se sentía embargada por la emoción. Nada más llegar a la entrada, Eleanor ya sintió el bullicio del público joven y se sintió mareada. Fue a la taquilla y entregó la entrada que su tía le había dado, solo para preguntar si era válida. La señora tras la ventanilla miró detenidamente el papel. A Eleanor le latió con fuerza el corazón.


- Hay unas letras escritas a mano...- dijo la taquillera


- Si, uno de mis sobrinos jugando...Espero que sea válida. Me costó un dinero.. – agregó ella nerviosa


- No importa, puede pasar. Entréguesela al portero


Eleanor suspiró aliviada.


En la puerta del pabellón entregó su entrada. Ya estaba todo el mundo dentro, le dijo el hombre. Faltaba poco para que empezara el concierto. Eleanor cruzó los dedos y contuvo la respiración cuando le preguntó al hombre si podía ver un momento a los Fab Four. Era un asunto muy urgente y de vital importancia. El hombre la miró impaciente.


- Señora, eso no es posible...Ningún desconocido puede acercarse a ellos. Además ya falta poco para que salgan a escena.


Otra de esas locas que iban detrás de los chicos, pensó el hombre. Le sorprendió que no fuera una jovencita, sino una mujer que bien podría ser la madre de ellos.


- Por favor, atiéndame, se lo ruego. Si no puedo verles, entrégueles la entrada del concierto a ellos, junto a esta fotografía y dígales que de parte de la señorita Prudence O'Neill que : "todo salió bien y que ella nunca les olvidó..."


Eleanor le entregó aparte de la entrada, la fotografía de los Fab Four que su tía le había dado.


- Se lo ruego. Es muy importante. Se lo prometí a mi tía y ella ya no está...


El hombre alzó las cejas dubitativo. Bueno, nada iba a perder. Además era una mujer muy guapa, algo madura, pero estaba muy bien. No le vendría mal ser un poco cortés con ella.


- Está bien. Ahora vuelvo...


Edward Sullivan subió al ascensor hasta el piso principal. Esperaba no demorarse mucho. Le gustaría hablar más con esa mujer. ¡Que ojos! Salvo en la Garbo no los había visto igual en ninguna otra mujer.


Capítulo XV


La magia


Frente al espejo del camerino, los Fab Four se daban los últimos retoques antes de salir al escenario. Desde que decidieron ser músicos eran muchos los conciertos y actuaciones que habían dado, estaban acostumbrados al gentío, el bullicio y la locura de las fans, pero sabían que ese concierto no sería uno más. Los extraordinarios hechos del día anterior fluctuaban sobre ellos junto al recuerdo de aquella anciana entrañable de la que ya no tendrían ninguna noticia.


Y también tenían la sensación que había algo más, aunque no conseguían recordarlo...


Sentían la nebulosa de un revuelo de hadas en su interior y el vago reflejo de una hermosa mujer de aspecto fantasmal


Pero era inútil, no sabían de qué se trataba...


(Alicia Muñoz volvió a sonreír y siguió leyendo...)


Varios hombres hablaban en la puerta. Los agentes de seguridad discutían con el portero del pabellón


- Es importante que les entregue algo a los Fab Four... Déjenme pasar, por favor. Yo también trabajo aquí – decía el hombre levemente indignado


Se acercaron intrigados


Edward Sullivan se hizo un hueco entre los dos forzudos agentes y se plantó ante los chicos. Con ademán victorioso les entregó la entrada y la fotografía que la mujer le había dado.


- Una señora muy atractiva me dijo que les entregara esto, y me encomendó decirles de parte de la señorita O'Neill que "Todo salió bien y que ella nunca les olvidó." Quiso subir ella misma a verles, pero no la dejé. Estaba algo angustiada.


Cuatro rostros lo miraron como si de un mago se tratara


Fue Ringo, el que conteniendo la emoción exclamó


- ¡La vieja! ¡Es impresionante!


Leyeron la frase de la entrada del concierto


Una oleada de satisfacción los invadió.


Ahora estaban seguros de que Prudence O'Neill había regresado a su mundo y que nunca les olvidó.


Paul se abalanzó sobre el portero


- ¿Dónde está esa mujer?


- Se quedó abajo, solo quería que ustedes recibieran el mensaje – contestó el hombre extrañado


- Hágala subir, por favor. Es muy importante - gritó John


- ¡Pero si solo quedan cinco minutos! - espetó el portero


- Queremos hablar con ella, ¿no comprende? - exclamó George ansioso


- Dese prisa, por favor - exclamó Ringo


Edward Sullivan bajó el ascensor sorprendido por la reacción de los jóvenes. Los artistas eran gente muy peculiar, pensó.


Buscó con la mirada a la mujer misteriosa y le dijo dándose importancia que los chicos querían verla. La mujer parecía que iba a echarse a llorar.


"Que raras son las mujeres", pensó


A veces los sueños son más reales y contienen más verdad que la propia realidad, y a veces la realidad es como un sueño, donde nada parece estar en su sitio.


Eleanor miraba a los Fab Four con los ojos de la tía Prudence. Sintiendo por primera vez, desde que tuviera noticias de ellos, la misma fascinación que ella había sentido, y aquella agradable sensación de complicidad, como si los conociera de toda la vida.


Se quedaron solos con ella. Había muchas cosas de las que hablar, y solo tenían cinco minutos.


- Bueno, a nosotros solo nos bastó un minuto...- recordó Ringo riéndose


Eleanor Standford habló con la voz turbada por la emoción


- Me alegro tanto de verles. Mi tía me lo contó todo en su lecho de muerte. Falleció hace cinco años a los 104. Después del sorprendente viaje con ustedes se recuperó de su grave enfermedad y se casó con un viejo amigo de toda la vida, mi tío. Fueron muy felices juntos. Ella no reveló su secreto a nadie, solo cuando le quedaban pocas semanas de vida. Fue en 1958, y me hizo prometer que el día 6 de Octubre de 1963 vendría a este lugar y aparte de entregarles la entrada y la fotografía, les transmitiría su mensaje. Era muy importante para ella. Yo no le conté nada a nadie, ni siquiera a mí marido. Imaginen todo este tiempo albergando un secreto como este. Todavía me parece increíble.


Los cuatro la observaron como extasiados. Aquella mujer era la única conexión real y viviente con la señorita O'Neill. Era la guardiana de un secreto alucinante. Observaron la fotografía y la entrada del concierto, que desde 1963 habían viajado en el tiempo hasta 1923 y vivido todos aquellos 40 años, escondiendo el secreto de su impresionante aventura. Ahora volvían a ellos junto a las palabras de la difunta señorita O'Neill en boca de su sobrina.


Un nudo se les formó en la garganta. Dieron sus condolencias a la mujer, y le enseñaron la fotografía que la señorita O'Neill les había dado.


- Nos gustaría guardarla – dijo Paul


- Será como un talismán... – agregó John


- Ninguno de nosotros olvidará jamás lo sucedido, ni a su tía... – aseveró Ringo con lágrimas en los ojos


- Era una mujer increíble, muy especial...- dijo George visiblemente emocionado


Tenían razón las amigas de su hija. Los Fab Four eran unos chicos maravillosos y muy especiales. No le extrañaba nada la fascinación que ejercieron en la tía Prudence durante aquel viaje fantástico, ni lo que producían en los millones de fans que los seguían por toda Inglaterra y Europa.


- Si, lo era, tenía algo mágico. Bueno, debo marcharme. Ya he cumplido mi misión. Encantada de haberles conocido.


Los gritos de todas las jovencitas podían escucharse por toda la avenida. Aquel jolgorio y estallido de júbilo no dejaba de alarmar a los más mayores, pero también les producía satisfacción, porque mientras las jóvenes gritaran de alegría, todo estaba bien.


Los Fab Four salieron al escenario en una oleada de aplausos y vítores. Eran los elegidos, los favoritos de la juventud. En ellos estaban depositados los sueños de toda una generación que esperaba no repetir los mismos errores de generaciones pasadas. Eran los cuatro hijos de una nación que orgullosa presentaba al mundo a sus herederos, pero también eran los representantes de la juventud de todos los confines de la Tierra. La música era su estandarte, y en aquella otra fabulosa aventura, iban a ser pioneros, y revolucionarios. No había sido fácil llegar, y tampoco sería fácil mantenerse, eso lo sabían. Como sabían también que eran blanco propicio de envidias e intrigas, que solventaban con buenas dosis de humor y con el brillo de su talento. Tenían mucho trabajo por delante. Aún debían conquistar América, y según su agente ya faltaba poco para eso, también debían ordenar sus asuntos personales y asimilar el hecho de que se habían convertido en celebridades y dentro de poco serían los músicos más famosos del mundo. Valía la pena esa responsabilidad si hacían felices a millones de personas y si disfrutaban haciéndolo. Pero lo más importante era que a partir de esa noche tendrían la fuerza del secreto que compartían. Un secreto alucinante que guardarían para ellos el resto de sus vidas.


Los cuatro saludaron sonrientes al público


Juntaron sus manos y miraron al cielo


La señorita O'Neill les observaba. Lo sabían.


El mundo era un lugar lleno de magia...


EPÍLOGO


Alicia Muñoz cerró el libro con los ojos llenos de lágrimas. Nunca en toda su vida de lectora, una novela le había impactado tanto.


Eran cerca de las dos de la madrugada cuando se fue a la cama.


Tenía ganas de llorar y de reír al mismo tiempo.


También sentía que aquella novela le había estado esperando toda su vida.


¿O eran dos historias en una?


Dos novelas de autores diferentes, de épocas diferentes, convergiendo en su habitación de forma mágica y arrolladora. Se prometió leer la primera, la que había desechado por considerarla cursi y ridícula, más adelante.


Iba a tener mucho tiempo en esas largas semanas de confinamiento.


Se acurrucó como una niña, abrazándose a la almohada.


La lectura la había dejado agotada. Se dejó llevar a la región de los sueños mientras escuchaba con su imaginación la música de los Beatles.


Fragmentos de imágenes multicolores caían en su cerebro como hebras de lluvia, y entre ellos, los nombres de Paul, John, George y Ringo giraban como las aspas de un molino, y en el centro de todo, la anciana señorita O'Neill sonreía vestida de novia.


Antes de quedarse completamente dormida escuchó la voz de Violeta Ronseray susurrarle al oído desde su otro mundo:


"Los espíritus afines no necesitan mucho para reconocerse..."


FINAL


Autoría Yolanda García Vázquez


España


1 de Mayo de 2021


Derechos de autor reservados



24 de Septiembre de 2021 a las 17:03 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Yolanda García Vázquez Escritora, poeta y declamadora aficionada. Realizadora de vídeos amateur

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