yolandagarciavazquez Yolanda García Vázquez

Un emocionante viaje a través de los sueños y penalidades de un poeta. Conmovedor retrato acerca de la supervivencia en los años de la postguerra española. Primera Novela Corta de Yolanda García Vázquez donde no faltan la introspección espiritual, el melodrama, y el misterio.


Historias de vida Todo público.

#misterio #drama #258
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ALGO MISTERIOSAMENTE BELLO Pasajeros del destino



ALGO MISTERIOSAMENTE BELLO - PASAJEROS DEL DESTINO



PRIMERA PARTE




Primera Novela Corta de YOLANDA GARCÍA VÁZQUEZ

España

Derechos de autor reservados






A la memoria de Emilio Guigó López




"Mirad los lirios del campo, ni se fatigan ni hilan y ni el Rey Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos."

Lucas 12:27




PRÓLOGO




Pasajeros del destino, ¿adónde vais tan presurosos por los andenes de la vida?

Si no sois más que los fragmentos perdidos del Gran Espejo de Dios al que retornaréis un día, y entonces seréis parte de ese algo misteriosamente bello y sublime.




En el invierno de 1946, tras un bostezo de angustiosa realidad, Oviedo, la ciudad de las bellas nieblas parecía como un sueño...

En la creciente oscuridad del cielo, estruendosos ruidos presagiaban una tormenta inminente.

En contraste con aquel espejismo fantasmal, la estación de trenes bullía desafiante con su acostumbrado ajetreo.

La gente...

Allí estaban...

Unos salían del tren, otros esperaban ansiosos el que les llevase a su destino..

¡Destino!

Que pocas veces nos damos cuenta que él es el dueño y señor de nuestras vidas.

Enlaza y cruza nuestras pequeñas existencias a su antojo; como si tejiera un misterioso tapiz para engalanar las galerias de su grandeza; a unos los conduce a la gloria, a otros a la desgracia, y a la inmensa mayoría a una vida de insoportable devenir cotidiano. Nos creemos con todo el poder para elegir y obrar, pero al final nos damos cuenta que solo el destino tiene la última palabra; algunos se ríen de él, otros lo ignoran, otros lo buscan y lo esperan, otros lo quieren cambiar, pero, ¿acaso se puede cambiar? Quisiera creer que si, ¿quién sabe?, pero ¿le importa al inexorable destino o cómo se llame la fuerza inexpugnable que rige nuestras vidas, nuestros deseos y angustias? Preguntas sin respuesta según los parámetros del raciocinio, pero a mí entender, respondidas ya en el corazón, ¿o no?



Todo este preámbulo, tal vez innecesario, es solo para advertir que aquellos lectores que no crean en el poder del destino que no lean esta historia, pues la encontrarán absurda y ridícula; y como no pretendo transmitir ningún panfleto ideológico, nada más alejado de mi intención, les insisto de nuevo que no sigan leyendo.

Así que sólo están invitados a subirse a este tren los espíritus afines y las almas inquietas que no creen en las casualidades, y que al contemplar el girar de los astros sobre la insignificante existencia humana, no comulgan con las respuestas de la ciencia y aceptan el misterio...Sí, porque aquella noche de 1946, en aquella hora, en aquel instante, en aquella estación de trenes, en aquella ciudad, ocurrió algo que demostrará el poder de la Fuerza del Destino.

Ahora continúen ustedes solos...




PRIMERA PARTE

Capítulo I




¡Oh, aquella noche..!

o mejor dicho todas las noches del mundo..

En la estación de trenes, se cruzaban las almas unas con otras, casi sin mirarse, con un solo objetivo: no perder tiempo, como si creyeran poder retenerlo..

Trajes grises, sombreros caídos, abrigos, se mezclaban entre sí, absorbiendo el polvo de la noche; Hombres y mujeres, que como autómatas caminaban en pos de algún instante perdido, como si el tiempo fuera el único dueño de sus vidas; y dentro de ellos, los pensamientos giraban como cangilones de una noria, desorbitados y vacilantes, al igual que sus miedos y sueños.

Era la procesión habitual

Nada parecía cambiar; en realidad nunca cambia nada..

Era curioso contemplar como siempre se repetía el mismo ritual.

Los pasajeros iban y venían...

A dónde y de dónde es algo que no importa demasiado, porque lo relevante para todos ellos y para todos nosotros es llegar o partir, así ha sido siempre.


La noche caía encantada sobre la multitud...

Y allí en medio de todos ellos, una bella joven de tez pálida y triste mirada, avanzaba con paso presuroso. Iba vestida de negro, asida a una maleta de piel; parecía ansiosa, más que los demás. Tenía en mente un sólo objetivo: subir al tren y ¡escapar!

Tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar durante el día.. ¡Oh, Señor!, que día más nefasto había sido aquel, o mejor dicho, que época más nefasta y angustiosa de su vida; dentro de su cabeza martilleaban sin cesar las preguntas que la atormentaban :



"¿Qué haré? ¿A dónde iré? ¿qué será de mí ahora?"

Sí, porque aquella era un alma profundamente angustiada. Quizás había más almas como aquella en esa estación de trenes, a aquella misma hora, pero a nosotros lo que nos importa ahora es esta joven y la causa de su desaliento...

Parecía de buena posición por su aspecto; caminaba con paso firme, como huyendo de algo o de alguien...

Durante mucho tiempo había soportado una gran tensión, ya no podía más, y había decidido que lo mejor para ella era alejarse de todo..¡Huir!, pero ¿adónde? ¡Oh, Señor!, otra vez se sintió desfallecer.. No importaba, ella era una muchacha fuerte, ¿acaso no lo había demostrado cuando..? ¡Oh, no!, no debía pensar en eso ahora. Era demasiado doloroso..Tenía que huir, escapar rumbo al olvido, y borrar toda aquella ignominia de su corazón si quería seguir viviendo. Estaba agotada del esfuerzo emocional que había hecho y sintió deseos de llorar de nuevo, pero una extraña luz en su interior le hizo recobrar fuerzas y sobreponerse al dolor; lo que menos debía hacer ahora era ponerse a llorar y echarse atrás después del paso que había dado, después de todo ya no era una niña, tenía 25 años, y a causa de ciertos aspectos sombríos de su vida había tenido que madurar deprisa. "¡Valor y entereza!", se dijo, "¡Vamos chica valiente! Luchar contra la adversidad hasta el fin", era lo que siempre le repetía su difunta madre, eso era lo que necesitaba, pero el recuerdo de su madre muerta hizo que se le inundaran los ojos de lágrimas. "¡Madre querida, ayúdame!"

Sacó un pañuelo de su bolso de mano, un pañuelo blanco de seda natural con su nombre bordado, que su madre le había regalado cuándo cumplió 15 años. Se secó las lágrimas mientras escuchaba el silbido del tren; respiró hondo y miró al frente. "Ha llegado el momento ¡Valor!", se dijoEstaba tan absorta en sus pensamientos, tan sumida en sí misma, que sin darse cuenta se le cayó el pañuelo de seda y reanudó el paso rumbo al tren que la llevaría muy lejos de allí.

Y en el suelo de la estación quedó tirado su bello pañuelo de seda, blanco e impoluto como una estrella caída de algun lejano sueño al nebuloso andén de la realidad.




Las estrellas...

Miles de ojos que no se observan..

Todos tenemos una estrella que nos guía.. puede ser una afortunada o puede ser una fatal, solo Dios lo sabe, porqué aquella misma noche, en aquella misma estación, a la misma hora, otra alma angustiada había bajado de uno de los trenes, en el mismo instante en que la joven de la triste mirada había subido al suyo.

Un tren que partía, otro tren acababa de llegar...

Era aquel un hombre joven, vestido con un traje raído, alto y delgado, de aspecto débil y enfermizo, en su rostro se reflejaba la ansiedad que su alma padecía.

Pálido como un moribundo, hacía tiempo que no comía decentemente; el único dinero que tenía había que administrarlo bien si quería subsistir en aquella desconocida ciudad, donde no era más que un forastero. Había viajado durante todo el día en el tren procedente de Galicia, su tierra natal, jamás había hecho un trayecto tan largo.

Al bajar del tren vio mucha gente, siempre le asustaba la gente...

Unos bajaban de un tren, otros subían a otro...

Como la vida misma...

Casi sin aliento uno se despedían, otros se daban la bienvenida, otros corrían presurosos.


Mientras contemplaba hastiado a la muchedumbre se sintió ajeno a todo, a la vida, al mundo, al planeta entero. Era un extraño para todos.


Un extraño en el andén; un extraño donde quiera que fuera...De repente se sintió el ser más desgraciado de toda la tierra, envuelto en una soledad que siempre sería eterna.. Soledad, su única compañera de viaje, siempre había sido así. Nada cambiaría nunca, estaba seguro de eso. Durante el largo viaje en tren había recordado toda su vida. ¡Dios mío, que vida! No sabía cómo había sobrevivido a tanto dolor e infortunio. Absolutamente todo había salido mal desde el principio. Estaba marcado desde el día en que nació. Era su destino y no cambiaría nunca.Había nacido en un pueblecito montañoso de Lugo, donde pasó su infancia. Sus padres murieron cuando él apenas andaba. Fue criado por su abuelo, que era un pobre y humilde pastor, del que apenas recibió cariño. Muy pronto aprendió a refugiarse en sí mismo. Descubrió que a través de sus sueños podía alcanzar lo que la vida le negaba; hablaba en sueños con sus padres muertos, hablaba con Dios, imaginaba amigos; todos le amaban y comprendían. En sueños todo era tan real y verdadero, pero..¿y el mundo real? pronto comprendió que no era para él.

"- Es un niño extraño. Bueno, pero extraño..-", decían los demás ¿Y su abuelo?"Tú no eres como los demás" - le decía casi con lástima. Desde muy niño su sensibilidad y timidez habían sido enfermizas, junto con un ligero tartamudeo nervioso que le hacía retraerse más en si mismo, para no ser blanco fácil de las burlas de los demás, y ahora siendo ya un hombre, todas sus taras físicas o emocionales eran incurables.

En aquel viaje al pasado escuchando el traqueteo del tren se vio a sí mismo con 8 años, subido a lo alto de un manzano, escribiendo poesías, que aún seguía escribiendo. Poemas y sueños, fueron su único refugio durante gran parte de su vida. Siguió evocando los ayeres perdidos y se vio con 10 años, solo y desamparado al morir su abuelo. La vida empezaba a golpearle con fuerza. Fue entonces cuando se quedó completamente solo en la vida, sin parientes, sin nadie, sin nada. Un alma caritativa se apiadó de él y lo enviaron a una residencia de huérfanos, pero no era un orfanato como los demás, era un lugar especial, porque lo dirigía el respetable padre Tomás; un hombre único, que tenía un don para tratar a los niños diferentes y sobretodo a los desamparados. Todos querían al Padre Tomás, él más que niguno. Aprendió mucho de él. Fue monaguillo y estuvo 6 años allí, hasta que una mañana de infausto recuerdo una bomba acabó con la residencia y con el Padre Tomás. Había estallado la guerra civil y estaba a punto de cumplir 17 años, y de nuevo se sintió como un niño arrojado al infierno, con su carácter débil y enfermizo pronto fue a la deriva. Mendigando por las calles, hambriento, solo, abandonado, invadido por el terror, durmiendo bajo los puentes. Cada vez que veía un hombre armado fuera del bando que fuera, huía despavorido. Fue la peor prueba de su existencia que dejó una huella indeleble en su espíritu, y todo ello en vez de hacerle más fuerte le hizo más débil y vulnerable, hundiéndose para siempre en su profundo miedo a la vida y a los demás. No entendía nada, el porqué de la guerra, el odio de unos contra otros. No era su mundo, ni quería que lo fuera. Veía a los bandos contendientes como monstruos que se devoraban entre sí, y él casi un niño en medio de ellos, ¡hambre, miseria y dolor!

Tuvo suerte que a causa de su débil salud no fue reclutado, de no ser así hubiera sido peor que el infierno. Un escalofrío recorrió su ser al evocar aquel periodo de su vida. Todavía retumbaban en sus oídos las sirenas de alarma, los muertos desperdigados por el suelo, el llanto de los niños y de las viudas; la sinrazón de todo aquello.

Ya no había sueños en los que refugiarse; sólo se aferraba a una cosa, la cruz que llevaba colgada del cuello que le había regalado el querido Padre Tomás, la única persona que le había comprendido y querido en este mundo."Eres demasiado bueno, casi un ángel, hijo mío y tienes corazón de poeta"' - le decíaFue lo más parecido a un padre que tuvo y ya nunca volvería a verle. En un desgraciado día cayó herido en una escaramuza entre los sublevados y los milicianos y casi se sintió feliz al pensar que iba a morir; pero no, sobrevivió. Fue a parar a un hospital civil donde pasó los últimos meses de la guerra. Sus heridas físicas cicatrizaron poco a poco, pero había otras heridas que jamás se cerrarían, y el miedo, su terrible miedo a la vida.

-"El mundo es para los fuertes, los débiles como tú y yo no podemos sobrevivir.." -

Aquella frase nunca la había olvidado; se la había dicho un anciano ciego en el hospital. Sí, tenía razón. Nunca maduraría. Estaba hecho de agua y sueños. La vida no era para él...Entonces mejor morir, quitarse de enmedio, pero ni para eso valía.

Al acabar la guerra con casi 20 años intentó salir adelante como pudo y encontró trabajo en un horno pan. Le pagaban una miseria, pero más valía eso que nada. Vivía en una sucia pensión. Trabajó sin descanso, noche y día, y sobrevivió, no sabía aún cómo, pero sobrevivió; aunque nunca se libró del miedo que le paralizaba ante los demás, haciéndole parecer torpe y ridículo. Nunca había tenido facilidad para desenvolverse y su ligera tartamudez se agudizaba en presencia de extraños, así que procuraba hablar poco, pues solía ser motivo de burlas, además de ser considerado como un pobre idiota y así es como volvió a refugiarse en la poesía y en los sueños.Y allí en su miserable cuartucho imaginaba... imaginaba..y forjaba una realidad paralela donde todo era diferente... una chica le miraba a los ojos con ternura y le decía :"A pesar de lo que digan los demás..eres un ser maravilloso y yo te amo... "y él lloraba de dicha y de pena. Entre el sueño y la realidad..

Qué estúpido se sentía cuando salía de sus sueños.. El amor era una quimera. Un país prohibido para él; siempre estaría solo...solo...

Vestía y comía miserablemente. Los borrachines y ladronzuelos del barrio se reían de él, le zarandeaban y a veces le robaban. Y así pasaron los años, hasta que cayó gravemente enfermo de los pulmones; estuvo al borde de la muerte; durante 2 años estuvo interno en un hospicio de monjas, luchando contra los estragos de la enfermedad, el dolor físico y la inmensa pena de haber merecido tanto mal; Así que después de todo iba a morir de aquella manera, sín haber conocido jamás la felicidad; entonces, ¿Porqué había nacido? ¿Con qué fin le había traído Dios al mundo? ¿Era su destino no ser más que un paria, sin familia, sin hogar, sin cariño, eternamente enfermo y vagabundo en los callejones del destino?




Las monjas fueron agua bendita para él; no sólo le ayudaron a curarse, si no que alentaron fuerzas a su débil espíritu y recobró la salud, pero ya no tenía adónde ir, ya nada le quedaba. De nuevo en el punto de partida. Las monjas se apiadaron tanto de él que le recomendaron para trabajar como conserje en un respetable hotel de Oviedo, cuyo director era primo de la Madre Teresa; le pagaron el billete de tren y le dieron dinero para empezar de nuevo. No era mucho, pero le ayudaría a subsistir mientras se instalaba en la ciudad. ¡Dios bendiga a las monjas que tan buenas habían sido con él!

Hasta entonces su vida había sido un calvario continuo, tal vez ahora cambiara o tal vez no..

¡Oh, Señor! que pronto se venía abajo.. pero tenía que sobrevivir como fuera, al menos intentarlo otra vez.

Con su vieja maleta y su gastado traje gris cogió el tren hacia La Coruña. Durante 2 días apenas comió, había que administrar bien su dinero y al fin se subió al tren para Oviedo, hacia su nuevo destino.

Gente... otra vez gente... Demasiada gente alrededor; y de nuevo se vino abajo.

Fue más consciente que nunca de su fatalidad y de todas las enfermedades de su alma y de su mente, y allí sentado junto a la ventanilla recordó toda su vida en un largo trayecto hacia el pasado.

Y así fue como aquella noche de invierno de 1946 llegó a la estación de Oviedo con el alma cansada por el largo viaje a través del tiempo y allí estaba él, en el andén, envuelto por la fría neblina nocturna, casi sin fuerzas,


ajeno a todo...

La vida le había dado tantos golpes que sospechaba que pronto le daría otro.

Comenzó a caminar lentamente. Se sentía vacío, presentía algo extraño...

De pronto se detuvo y miró al suelo

Algo brillaba sobre el polvo del andén..

Allí tirado había un pañuelo de seda..

Sin saber porqué lo recogió, era un pañuelo de mujer, de fina seda y encaje; estaba un poco gris por las pisadas de la gente, pero era muy bello, misteriosamente bello...

Tenía bordado en una esquina un nombre con hilo rosa :

Amelia R.




¿Quién sería..? Sintió algo extraño que no acertó a comprender...

Lo acercó a su rostro y aspiró su aroma. Un delicado perfume de violetas llegó hasta su corazón..

Una leve punzada de gozo, ternura y éxtasis inundó su ser por un instante, tan intenso como fugaz.

¡Que hermoso era! Llevaría allí poco tiempo. Alguna mujer lo habría perdido.

Inexplicablemente se sintió cerca de un tipo de belleza que jamás había conocido y que no podía definir.

Había algo mágico en aquel pañuelo.. algo...¿qué era?

Volvió a aspirar aquel dulce aroma y sin saber porqué se sintió felíz, como nunca antes se había sentido; ¡que raro!

Lo guardó en su bolsillo, y presa de aquella nueva y extraña sensación siguió caminando.






Capítulo II






David Freire se detuvo delante del hotel Albarán siguiendo la dirección que le habían dado las monjas. Había pasado casi un día desde su llegada a Oviedo y todavía persistía en él aquella extraña sensación de euforia que sin saber porqué había sentido en la estación cuando encontró el pañuelo de seda.


Había pasado la noche soñando en el cuarto de una pensión. Tumbado en una mísera cama y vestido, miraba al techo descolorido y veía cielos estrellados. Mientras acariciaba el pañuelo de seda el corazón le cantaba. En toda su vida se había sentido así, con el corazón rebosante, lleno de euforia. Sentía cosas...o mejor dicho, las presentía..Era casi igual que cuando estaba sumergido en el mar de los sueños, pero no, era mucho más intenso y sublime. ¿Qué sería? Un presagio de... Tal vez su vida empezara a cambiar y surgiera de las cenizas un hombre nuevo. Desde que había encontrado el pañuelo se sentía diferente, con una nueva fuerza, con un presentimiento de dicha futura, tambien había algo más...Algo misteriosamente bello que inundaba su ser por completo y que no podía definir.

Y aquella primera noche en Oviedo, aferrado a aquel trozo de seda se durmió como si acabará de nacer.

Era ya media tarde cuando al día siguiente llegó frente al Hotel Albarán; parecía un edificio muy respetable y distinguido; se imaginaba ya con su uniforme de conserje..

Era un hombre lleno de vida cuando entró en el hotel, que veía en el cielo arreboles resplandecientes, y al salir, 10 minutos después, la expresión de su rostro hubiera espantado a cualquiera.Parecía un fantasma.Así que después de todo había vuelto a suceder...Se sentó en un banco. Le temblaban las piernas y el corazón. En el Hotel leyeron su recomendación, pero sintiéndolo mucho no podían contratarle, ya que su puesto había sido ocupado por otro joven; conocían a la madre Teresa, por supuesto, pero lamentaban decirle que no lo necesitaban. David sintió un mazazo. Advirtió que el nuevo conserje era un hombre apuesto, de aspecto sano y viril. Se disculparon con él por el viaje en balde; allí no tenían ningún puesto vacante para él, ni siquiera en la cocina; estaba todo ocupado, pero tal vez en otro sitio le darían trabajo. Le desearon suerte y recuerdos a la madre Teresa.

¡Qué estúpido había sido! y pensar que tan solo 10 minutos antes se sentía un hombre nuevo, y anoche en su cuarto se había sentido casi un príncipe de tanta dicha. ¡Qué poco había durado su nueva alegría!Era el más inútil de todos los hombres, como siempre había sido; ni siquiera era un hombre, era un fantasma, no servía para nada;"Tú no eres como los demás.."

y era verdad..

Sintió congelarse la sangre en sus venas. Todo había terminado. No quería pensar en nada.

Que débil se sentía, ¡ Ay Señor!

¿Porqué nada salía bien ni por una sola vez?¿Y ahora qué?

Caminó lentamente, vacío, sin rumbo; como una barca rota a la deriva, o más bien como un zombie.

No quería enfrentarse a sus pensamientos, a la insoportable sensación de sentirse de nuevo un inútil, un paria, solo deseaba una cosa, no pensar, no sentir nada, o mejor aún, no volver a sentir nunca nada. Ser como una piedra..o como una brizna arrastrada por el viento...

Si el aire se lo pudiera llevar lejos, muy lejos.

¡No! Lo mejor era acabar con todo de una vez y para siempre.

Anduvo largo rato, entumecido, en un estado de dolorosa turbación.

Ya no le cabía más dolor en el alma. Todas las heridas del pasado le sangraban. Se paró junto a un puente, las aguas del río fluían turbias, oscuras...

"Igual que mi vida", pensó

Se rió de sí mismo, de su ingenuidad, de sus sueños..¡Sueños! ¡Palacios en los charcos.!

Eso eran...Cuando salía de sus ensoñaciones, los palacios se esfumaban y él se quedaba con los charcos...

Eso era su vida, un inmenso charco que todos pisaban. Bueno, ahora ya nadie le pisaría.

Las profundas aguas del río le llamaban..

¡Al diablo con todo!

"Acabar de una vez y para siempre" , pensó en un arranque de furia y desesperación

"Se acabó, todo terminó"

Sería rápido; un breve instante de lucha, y luego el gran sueño...

Cuando estaba a punto de tirarse al río en un instante que se le hizo eterno, un trueno pavoroso retumbó en el cielo nocturno y también en su corazón.

Miró hacia arriba, y se quedó impresionado del espectáculo que se estaba produciendo en el cielo.

Durante toda la tarde las oscuras nubes hacían presagiar una gran tormenta, pero ahora extrañamente y como si de un prodigio de la naturaleza se tratara, allá arriba se estaba pintando el lienzo más bello y fascinante de toda la Creación.

La luna estaba luchando por salir de entre los negros nubarrones, como en un último intento de sobrevivir al poder de la tormenta y débiles estrellitas la ayudaban. Poco a poco la ténebre oscuridad se fue desvaneciendo, dando paso a una hermosa luna llena, que resplandecía con más fuerza que nunca. Las estrellas la coronaban. El cielo sobre el río parecía la antesala de la eternidad. Un espectáculo inexplicablemente hermoso.

La luz había vencido.

David profundamente emocionado se quedó absorto mirando aquel fabuloso cuadro celestial.

La luna parecía mirarle a él, como si le dijera :

"...si yo me he abierto paso a traves de las tinieblas, tú también lo harás..."

Sus ojos se llenaron de lágrimas, su corazón reía y lloraba al mismo tiempo.

La belleza de aquel fantástico instante inundó su alma y dentro de él reinó la paz.

Como si en su propio ser, ensombrecido durante tanto tiempo, una luz interna hubiera salido de entre sus tinieblas para resplandecer como nunca antes lo había hecho. Era como si el cielo entero brillara dentro de él.

El poder de la luz...de eso se trataba, reflexionaba turbado por aquella gloriosa manifestación.

Sí la luna había luchado contra las nubes tormentosas para emerger y había triunfado ¿porqué no hacía él lo mismo?

¿Acaso no tenía corazón y sangre? Siempre se había dado por vencido al menor revés, regodeándose en su mala fortuna, y lamentándose por haber nacido diferente.

¿Y si intentaba ser como los demás? ¿Qué importaba el precio a pagar? Todo el mundo sufría, pero luchaban por la vida y él sólo tenía una vida; Tenía que vivir; ¡iba a vivir!

¡Vivir! ¡Sí! Sin importarle el sufrimiento, la soledad, los agobios, la miseria, el futuro...

Pasara lo que pasara, ¡viviría!

Sin lamentarse, sin maldecir los reveses del destino.

Lo aceptaría todo, todo, porque estaba vivo, ¡vivo! ¡Vivo!

Aquel glorioso cielo que había contemplado valía por toda una vida.

¿Qué importaban su vulnerabilidad, su carácter enfermizo, su incapacidad para relacionarse con los demas? Iba a pelear para romper con el pasado y dejar de compadecerse como un niño desamparado; ¡Sí! ahora iba a conseguir algo que nunca había tenido: ¡valor!

¡Voy a luchar y voy a vivir!

Como sea, pero viviré...

Cualquiera que lo hubiera visto hablando solo habría pensado que estaba loco, pero él se sentía más cuerdo que nunca.

Se miró a sí mismo; casi parecía un pordiosero con aquel aspecto desaliñado...

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, y sacó ese "algo misteriosamente bello", de seda que siempre llevaba consigo.




Amelia R.


Se secó las lágrimas en el pañuelo

¡Oh, aquel aroma de violetas..!

Aún le quedaba dinero para poder sobrevivir antes de encontrar un trabajo, porque lo iba a encontrar, de eso estaba seguro y si no, no importaba, lucharía para no dejarse abatir. Sería fuerte, mendigaría, lo que fuera.. con la ayuda de Dios lo lograría;

¡Qué extraño!, en ese preciso momento creía en Dios más que nunca, como si nunca antes hubiera creído. Se sentía como si hubiera resucitado. Otra vez aquella sensación de euforia inexplicable...

Besó el pañuelo de seda hundiendo su rostro en él...

Miró a la luna de nuevo y se impregnó de toda su belleza,

y comenzó a caminar rumbo a la pensión con los pulmones y el corazón llenos de aire, un nuevo aire para él...

Era consciente por primera vez en su vida que estaba vivo, y dio gracias al cielo por ello.






Miró el cuarto donde se alojaba y suspiró...

Habían pasado ya dos días desde su increible experiencia junto al puente; sabía que jamás en toda su vida habría de olvidar aquella noche.

Todavía persistía en él ese nuevo espíritu de lucha y valor.

Él, el más débil y cobarde de todos los hombres se sentía como un ser renovado, con una fuerza interior capaz de soportar todas las desgracias.

Aquella noche había madurado

Pero tenía que pensar qué hacer con su vida ahora.

Había que hacer planes

Miró a su alrededor; su cuarto era pequeño y frío; con escasos muebles, las paredes amarillentas y desconchadas, pero era lo mejor que había podido encontrar.

¡Que importaban la miseria y la escasez! si dentro de su alma todavía brillaba la grandiosa belleza del cielo, que desde la otra noche se había quedado en sus ojos para siempre, renovándole por dentro, llenándole de luz y coraje; y esta vez no era uno de sus fantásticos delirios, esta vez era real.

Hizo las paces con el pasado; ya nunca permitiría que le atormentara y le retuviera. Estaba decidido.

Disponía de dinero para aguantar un mes hasta encontrar un trabajo. Había conseguido algo mendigando por las calles.

Recordó la cita del Padre Tomás y la repitió en voz alta hasta la saciedad para impregnarse de ella :


"En la vida hay sombras, sombras horribles, pero también hay luces, luces maravillosas; sólo tienes que encontrarlas. Recuerda siempre, hijo mío, y sobretodo tenlo presente en los peores momentos de tu vida que formas parte de ese algo misteriosamente bello y sublime. ¡Nada hay más grande! Eres un fragmento de la divinidad, igual que toda criatura viviente. Y ningún pesar puede doblegarte, porque toda la fuerza de Dios está dentro de ti.."


Ese algo misteriosamente bello estaba ahora en su corazón...

Había comenzado a inundarle la noche que se bajó del tren, cuando allí tirado en el suelo lo encontró...

Sacó el pañuelo de seda...


Amelia R.


Perfume de violetas...

Sentía emanar de aquel fino trozo de tela una extraña fuerza, como si...

Se sintió de nuevo embriagado por su delicado aroma e imaginó jardines interminables de esplendorosa belleza.

Vagó por parajes de ensueño, adentrándose en espirales de niebla. Vadeó estanques de aguas cristalinas, mientras un eco de ninfas repetía sin cesar un nombre :


Amelia R. Amelia R.


Y aferrado al pañuelo de seda se durmió.

Durmió durante horas y horas

Durmió como nunca había dormido, en un largo y tranquilo sueño.






Capítulo III




Durante los días siguientes anduvo por las calles de Oviedo buscando trabajo, pero no lo encontraba. Se cruzaba con la gente y ya no se sentía un extraño. Era como si formara parte de un todo. Y ese todo sin él, estaría incompleto. No sabía explicarlo bien, pero por primera vez sentía que todo el mundo llevaba una carga a cuestas, que todos estamos solos de alguna manera, y que ningún alma puede evolucionar al margen de las otras, pues todos somos como fragmentos perdidos de ese gran espejo que es Dios, y nuestro destino era volver a estar unidos alguna vez.

Estas elucubraciones eran nuevas para él, y se prometió a si mismo profundizar más en ello.



Una noche al pasar delante de un lugar llamado: "La taberna perdida", en las afueras de la ciudad, en un barrio castigado duramente por la pobreza, leyó un cartel que decía :"Se necesita joven para servir"

Sin pensarlo dos veces entró

Era una taberna sucia y maloliente, llena de borrachines que ahogaban sus tristezas en copas de aguardiente. Hombres y mujeres que lo habían perdido todo; maltratados por la vida, que no veían un futuro más allá de aquellas calles a las que no quería llegar el sol. Aquella taberna parecía simbolizar el alma de la postguerra. Sobresalían entre los murmullos, las risotadas de un anciano borracho al que le faltaban los dientes. David de pronto sintió ganas de echarse a correr, de escapar de aquel tugurio, esconderse en su cuarto, pero no, había decidido ser fuerte y enfrentarse a sus miedos. "¡Valor!", se dijo.

No iba a dejarse abatir tan fácilmente como había hecho siempre. No después de la otra noche junto al puente, y de la revelación que había sentido en su ser. No volvería a fallarse a si mismo.

Así que tragando saliva y temblando de pies a cabeza se dirigió al dueño que parecía un hombre amable. Por suerte resultó ser gallego como él; y al salir de la taberna ya era un empleado, aunque no era un trabajo muy agradable servir alcohol a borrachines groseros, era un trabajo que le ayudaría a sobrevivir en su nueva vida. Eso era lo más importante para él, ¡su nueva vida!

Se sentía muy animado; casi sonreía cuando salió de la taberna. Iba silbando por las calles.

¡Que tonto! mira que haber estado a punto de salir huyendo de allí en un ataque de flaqueza por su ridículo miedo a la gente. Él vencería aquel miedo. Eso era lo importante si quería cambiar su destino.

Entró en un café y comió como hacía tiempo que no comía.

Se sintió lleno de energía, por dentro y por fuera.

Aquella misma noche en su cuarto de la pensión recordó otra frase del Padre Tomás :

"Cuando se suceden muchas cosas malas es porque algo maravilloso está a punto de suceder."

Sí, tal vez eso le estaba pasando a él...

¡Querido Padre Tomás!

La vida no era tan cruel después de todo.

Dios le había echado una mano.

Y de nuevo otra noche más aferrado al pañuelo de seda, al que consideraba su amuleto, se durmió como un niño.

Al día siguiente empezaría a trabajar.




Cada día que pasaba David se sentía con más fuerza e ilusión. Trabajaba sin descanso en "La Taberna perdida".

Al principio le costó un tiempo adaptarse a aquel extraño ambiente, pero con la ayuda de sus nuevas luces internas se fue abriendo paso en aquel sombrío lugar.

El dueño de la taberna era una buena persona y se portaba bien con él. No le pagaba mucho, pero para él era más que suficiente.

A pesar de su nueva fuerza interior, seguía siendo el mismo joven tímido y sensible, pero ya no se venía abajo tan fácilmente como antes. Ya no sentía aquel miedo enfermizo a los demás.

Y había en él una vaga esperanza... un extraño presentimiento de dicha futura que le ayudaba a seguir adelante.

Era la misma sensación que por primera vez experimentó la noche que llegó a Oviedo en la estación de tren, cuando encontró ese "algo misteriosamente bello" en el suelo. Desde entonces lo llevaba siempre con él, en un bolsillo junto al corazón.

Descubrió también que en los lugares más sombríos se podía encontrar también alguna luz.

En "La taberna perdida" no todo el mundo iba a la deriva. Envueltos en alcohol y groseras risas, también entraba de vez en cuando gente amable y culta, y alguna que otra vez un ser especial, como aquella noche en que un anciano solitario y de aspecto pobre, pero limpio, le miró fijamente durante largo rato mientras bebía su café.

Cuando David se acercó a darle la cuenta, el anciano con voz profunda le dijo :


- Es usted demasiado noble y bueno para este mundo. Tenga cuidado. Los buenos caen antes. - y pagando su cuenta se marchó.

Él se quedó estupefacto.

Bueno, eso ya se lo habían dicho antes..."demasiado bueno para el mundo".

Tantas veces le habían dicho eso, como si fuera un terrible pecado ser así, o un defecto; pero esta vez había sido diferente. Le había gustado escucharlo. Era como si el anciano hubiera presentido...Sus palabras habían sonado con un tono especial de sincera admiración, como si él fuera un ser especial. Le gustó mucho escuchar aquello.




Fueron pasando los días para David. Con sus ahorros se había comprado dos trajes de segunda mano, pero respetables; uno para ir al trabajo y otro para ir a la Iglesia los domingos.

Lo que más le gustaba de la Misa era el momento en que el sacerdote decía al final :


"Daos fraternalmente la paz"

Y todos se daban la mano.

En ese momento se reconciliaba con todo.

Luego se sentaba en el parque y daba de comer a las palomas.

¡Que sana alegría sentía en aquellos momentos!

Delante de él pasaban las parejas de enamorados, cogidos de la mano. Él bajaba los ojos con tristeza.

El amor seguía siendo una quimera para él.

¿Conocería alguna vez aquella divina sensación de amar y ser amado?

Pensaba que el amor era algo tan grandioso que sólo estaba destinado a los hijos de los dioses.

Pero no, no quería pensar en eso. Le entristecía demasiado.

Lo más importante ahora era vivir su nueva vida, aunque jamás conociera el amor, aunque jamás saliera de la pobreza, aunque estuviese condenado a vivir solo hasta el último día de su vida. ¡Vivir! Eso era lo único importante.

Por las noches, en su cuarto y a la luz de la bombilla que colgaba del techo, volcaba todo su ser en interminables poesías que escribía sin cesar, y que eran como un desahogo de todas sus ansias y anhelos.

Y luego ya cansado de escribir, soñaba..y soñaba...

pero ya no como antes, sino con los pies en el suelo, sin caer en el delirio.

Acariciaba el pañuelo de seda y fantaseaba con el aroma de violetas que se le subía al corazón con un halo de romántica promesa.

Amelia R.




¿Quién sería aquella mujer?

¿sería joven o de mediana edad, o tal vez una anciana?

¡Que más daba! Si nunca la conocería.

Él la imaginaba joven y bella, tierna y delicada, angelical y dulce...como la seda del pañuelo.

Tal vez tan sensible como él...

Tal vez habría vertido alguna vez sus lágrimas en el pañuelo por algún un amor imposible.

Y en sueños..¡oh, esa tierra marginal donde todo podía suceder, él la conocía y la consolaba de su dolor, y la amaba...

¡Oh, como la amaba!

Y al salir de sus ensoñaciones volvía a sentir aquel extraño presentimiento de felicidad futura; y besando el pañuelo de seda se dormía con una dulce sonrisa en los labios, en paz, igual que un recién nacido.






Fueron pasando las semanas en perezosa monotonía. Le gustaba andar por las calles en su tiempo libre y contemplar a los niños pobres jugando en las aceras.

Iban vestidos con ropas remendadas y parecían no tener nada en el mundo más que el entusiamo propio de la infancia, pero eran felices, inmensamente felices; jugando, siempre jugando, ajenos a la miserias del mundo.

Los imaginó como un puñado de ángeles caídos del cielo.



Un día que volvió por allí les dio casi todo el dinero que llevaba encima y los chiquillos gritaron de pura alegría.

¡Pensaron que era un santo!

Había entre esos niños uno que no reía; era disminuido físico, y no tendría más de 7 años. Había tanta pena en su mirada que David se conmovió y se vio a sí mismo con esa edad, completamente desamparado.

De repente, lo abrazó llorando, como si se abrazara al niño que él había sido; y sin pensarlo dos veces se quitó la cadena que llevaba colgada del cuello, con la cruz de oro que le había dado el padre Tomás, y se la puso al pequeño, que le hacía más falta que a él. El niño sorprendido y tartamudeando ligeramente, le preguntó:" Se...Señor, ¿es... usted.. Dios?"

¡Pobre criatura! David sonriendo le dijo :

- Dios está en ti...

El niño lo miraba como hipnotizado

-¿Cómo...como... pu...ede Dios estar...en mi, señor?

David se emocionó profundamente al escuchar la voz balbuceante del chiquillo

- Porque él siempre está.. con los que sufren... - le respondió

Y de pronto el niño sonrió

Aquella sonrisa angelical traspasó el alma de David como la luz del amanecer.

Se alejó de allí con el corazón lleno.

Cuando los niños llegaron a sus míseras casas les dijeron a sus padres que habían visto a Dios.

David siguió caminando, mirando al cielo.

Como le gustaba perder su mirada en el cielo desde la noche en que comenzó su resurgir.

La hermosa puesta de sol le llevó hasta el puente donde meses atrás intentó quitarse la vida.

Miró hacia el río, ahora fluía tranquilo, sereno..Sus profundas aguas ya no se arremolinaban desesperadas bajo el canal, como aquella noche...

Ahora seguían su curso con una serenidad casi poética

"Igual que yo..", pensó

Qué rara era la vida..

Alzó su vista al cielo

Trazos de púrpura y oro anunciaban silenciosamente la muerte del día, y derramaban tanta belleza que parecía que el mundo acabara de nacer.

No sabía cuanto tiempo llevaba allí cuando hasta sus oídos llegó una música de violín.

Era la música más bella y triste que había escuchado nunca.

Aquel violín derramaba notas de infinita tristeza. Jamás en su vida había escuchado algo tan bellamente desgarrador.

David se sintió aún más conmovido cuando junto a él pasó un anciano pordiosero tocando un violín.

Parecía el ser más desgraciado del mundo.

Iba andrajosamente vestido, con una larga barba gris. Parecía enfermo, como si no hubiera comido durante días.

David sintió un nudo en la garganta

El anciano seguía tocando aquella música triste

De pronto se paró y los dos se miraron...

La mirada del anciano era intensa y profunda

David sintió una compasión infinita

- ¿No le gusta mi música, joven..? - preguntó el anciano - veo que le ha entristecido...Es el área n°3 de Johann Sebastian Bach.

David titubeó, no sabía qué decir

- ¡Oh, no! No es que.. no me gus...guste, es que sien..siento pena.. por..por usted...

El anciano sonrío

- Veo que es usted un joven muy sensible... No se preocupe por mí...Estoy bien

David casi estaba a punto de echarse a llorar

- Parece usted un buen hombre, joven - continuó el anciano pordiosero - ¿sabe? me recuerda a mí mismo cuando era joven. Todo me conmovía...

David le ofreció todo el dinero que le quedaba, pero el anciano lo rechazó.

-¡Oh, no! no, no.. Gracias, pero el dinero ya no significa nada para mí...Mi destino es vagabundear por los caminos de Dios...Soy como los lirios del campo...como dijo Jesús :

"Contemplad los lirios del campo, ni se fatigan ni hilan, y ni el Rey Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos.."




- ¿Sabe..? Soy feliz, porque tengo un inmenso tesoro en el corazón..La esperanza.. y además una vida plena de dicha y amor eterno.. - y señaló el cielo - allí estará mi recompensa, en el más allá...

David no terminaba de comprender

- Pero.. ¿qué se..será de usted..? por fa..favor..déje..déjeme que le a..yude...

- No, no..No se preocupe, joven. Dios me dará lo que necesite como a los lirios del campo hasta que llegue mi hora...Él lo tiene todo previsto..no hay que afanarse..Seguiré mi destino.. y usted el suyo..Que Dios le bendiga joven, y no cambie nunca.. ¿sabe? tal vez algún día nos volvamos a encontrar...

Y tocando el violín se alejó, perdiéndose en la niebla nocturna.

David con el corazón temblando por una extraña sensación, se encaminó hacia la pensión, profundamente emocionado y pensando en los lirios del campo.




Capítulo IV




Pasó un año y medio.

Era ya finales de verano. David trabajaba sin descanso durante el día en la taberna perdida y soñaba por la noche en su cuarto. Había prosperado un poco, se había asentado y acostumbrado a su nueva vida. Estaba rodeado de pobreza, pero se sentía casi feliz y eso ya era demasiado para él. Estaba vivo y navegaba hacia delante con viento suave en sus velas, en el mar azul del destino, sin temor de las nubes grises que había alrededor de él.

Tal vez algún día su barquita le llevara a nuevos puertos y pudiera conocer al fin el amor.

Durante las tardes la taberna se llenaba de obreros y oficiales que se dejaban caer por allí, y que se perdían en tertulias interminables. David los escuchaba con interés, soñando poder hablar algún día como ellos. Apenas había conseguido vencer su tartamudez nerviosa y por eso nunca hablaba demasiado con nadie, tan solo con el dueño de la taberna, pero tampoco con él se explayaba mucho.



Una noche de luna llena ocurrió algo que cambió su destino para siempre.

En una mesa del rincón había un hombre mayor de unos 70 años. Por su aspecto respetable y distinguido se notaba que era alguien. Desentonaba mucho en aquel lugar. Era alto y fuerte; su aspecto era impecable. Debía ser alguien importante, sin embargo David advirtió que en su rostro junto a una expresión ruda, se reflejaba el abatimiento y la ansiedad.

David se acercó para darle la cuenta y el hombre con voz amarga dijo mirando al vacío :

- ¡Dinero! es lo único que me sobra...¿para qué diablos quiero tanto dinero? - parecía algo ebrio

David como siempre no encontraba las palabras adecuadas.

El hombre con un tono cansino le preguntó si podía sentarse a su lado ya que necesitaba hablar con alguien y como la taberna estaba vacía esa noche.David se sentó junto a él, sin saber muy bien porqué...

- He sufrido...he sufrido mucho... - dijo el hombre mirando su copa - Me han engañado cruelmente; mi criado, ¿sabe? ¡Me ha robado! ¡Maldito ladrón! Ya no puedo confiar en nadie...

De repente dio un puñetazo en la mesa presa de un odio feroz.

David se puso nervioso y se levantó inquieto.

- No, no. No se levante, por favor. Disculpe, no quería molestarle - dijo el hombre de nuevo en un tono más amable - Necesito que alguien me escuche. Me siento tan solo y estoy tan cansado de vivir... Llevo una pesada carga durante tanto tiempo...

David se sentó de nuevo. Había tanta desolación en la mirada de aquel hombre.. Él también había conocido una desolación como aquella...

- Lo... si...ento mu...mucho.. Señor - acertó a decir confundido

El hombre se cubrió la cara con las manos desesperado. Después de unos instantes y mirándole a los ojos fijamente habló de nuevo :

- Estoy completamente solo en el mundo...Usted no sabe lo terrible que es perder a una hija...Yo la amaba tanto...Mi pequeña florecilla...La cuidé y protegí tanto... Le di tantas cosas...Todo me parecía poco para mi pequeña, pero ella nunca me quiso..Me odiaba...¿cómo puede una hija odiar a su padre? Era igual que su madre, egoísta y fría; Las dos me odiaban. Lo sé muy bien; Nunca me comprendieron, nunca..Ya ve usted, mi esposa murió y mi hija me abandonó. Se fue de casa una noche de invierno, sin dejar siquiera una nota. La busqué por todas partes, aunque ya no era una niña, tenía 25 años, pero no sabía nada del mundo, ni de los hombres. Dentro de tres meses, en Noviembre, se cumplirán dos años desde aquella maldita noche en que huyó de mi. ¡Oh, Dios! ¿qué habrá sido de ella..? Todo este tiempo he vivido con la angustia de no saber si sigue viva, y con la dolorosa certeza de saber que aunque ella se encuentre bien en algun sitio, me odia hasta el extremo de no dar señales de vida, solo para mortificarme, para destruirme..Eso me hiere profundamente, pero a veces, pienso que tal vez le ocurrió algo terrible y eso sí que no puedo soportarlo ¡Oh, Señor! ¿qué habrá sido de ella?

Y como un niño se puso a llorar

David estaba consternado y buscaba en su interior las palabras adecuadas para consolar a aquel hombre.

- No.. no se tor..ture, señor.. Tal vez...algún día.. su hija..vu..vuelva a usted.. ade..además aún..no...no lo ha per..perdido usted todo.. le queda lo más va..valioso que te..tenemos.. la vida.

Pero el hombre parecía no escucharle. Estaba ensimismado en sus propios pensamientos. Absorto en sí mismo, muy lejos de allí, sin importarle las palabras del pobre David.

De pronto y como por arte de magia, su estado de ánimo cambió. Parecía haber recuperado su entereza y seguridad.

Encendió un cigarrillo y sonriendo le habló :

- Joven, ¿sabe? me ha caído usted bien. Necesitaba desahogarme. Ahora ya me encuentro mejor. Parece usted una buena persona, algo difícil de encontrar hoy día. ¿Cuánto tiempo lleva trabajando en este tugurio? Seguro que le pagan una miseria y vive en una ratonera. No creo que este sitio sea apropiado para usted. Verá, estoy buscando un joven que sea honrado y fiel para que trabaje a mi servicio, y usted me ha gustado. En la oficina de empleo no me envían a nadie decente, ¿comprende? Decencia y lealtad es lo que busco, pero es muy difícil de encontrar. Enseguida que hablé con usted percibí que era un joven diferente, así que le ofrezco ser mi criado.Habló con voz autoritaria; parecía que se había pasado la vida dando órdenes.

David se sintió muy confundido. No se esperaba una oferta como aquella y menos en aquel momento.

Aquel hombre le inquietaba y le asustaba un poco.

- ¿Acepta..? - le preguntó impaciente

- Yo..se...señor..se lo agra..agradezco...pe..pero... aquí soy...fe...feliz..

- ¿Felíz...? ¿en este barrio miserable? ¿va a quedarse aquí toda la vida? Es usted muy joven.. Le estoy dando una oportunidad para prosperar y ser algo más que un miserable mozo en este antro donde se pasa el día rodeado de borrachines y le deben pagar una miseria. Le informo : Acabo de comprar una casa en Burgos, en un pueblo precioso, donde voy a comenzar una vida nueva. Soy militar retirado y dispongo de mucho dinero y tiempo libre. A mi servicio comerá bien, vestirá como un señor y conocerá gente honorable y no malandrines y furcias como en este antro. Usted merece algo mejor ¿qué le parece?

David titubeó en unos segundos que se le hicieron eternos. Era la oportunidad de su vida si quería prosperar. Empezó a seducirle la idea de ser criado de un militar retirado; sonaba bien. Debía ser un hombre culto y educado; y estaba seguro de que debajo de aquel fuerte y voluble carácter debía esconderse un hombre sensible; tal vez lo había juzgado mal en una primera impresión.

Comenzó a hacer elucubraciones con aquella posibilidad.

Vivir en una casa señorial y confortable; comer y vestir bien, como un señor...Sí, le gustaba la idea. Huir lejos de la pobreza para siempre.

Pero, tenía que pensar...

-Bueno - dijo impaciente el militar retirado - si no se decide encontraré otra persona.

Cuando el hombre ya se disponía a marcharse David habló, esta vez su tartamudeo parecía haberse desvanecido, siempre le pasaba eso cuando se sentía decidido por algo, su voz sonaba fluida.

- Espere.. yo..siempre he pasado muchas necesidades en esta vida; nunca he tenido suerte en nada. He pasado muchas penurias..y el trabajo que me ofrece es más de lo que yo hubiera soñado...Yo...yo también he sufrido mucho y no tengo a nadie en el mundo...Así que acepto su trabajo... Intentaré hacerlo lo mejor que pueda..se lo prometo.

Habló nervioso pero fluidamente y con la extraña sensación de que el destino había preparado aquel encuentro para encaminarle a una vida mejor.

- ¡Vaya! Le felicito, veo que es usted la bondad en persona. Me alegro. No se arrepentirá. Mañana mismo salgo para Burgos. Le estaré esperando en la estación de tren a las 11 de la mañana. Traiga sus efectos personales y no se preocupe por el dinero. Todo corre a mi cuenta. Esta noche comienza un nuevo destino para usted. Por cierto ¿cómo se llama..?

- David Freire..señor.. - le contestó

- Yo soy Federico Revert, antiguo coronel de infantería y ahora su nuevo jefeEstrechó con fuerza la mano del joven- Recuerde, mañana a las 11 en punto en la estación de tren, le estaré esperando.

Y con paso firme se marchó

El dueño de la taberna que había escuchado toda la conversación en silencio felicitó a David y le deseó suerte en su nuevo trabajo, aunque pensó que iba a serle difícil encontrar un camarero tan honrado y trabajador, pero el chico se merecía algo mejor.


Esa noche en su cuarto David hizo grandes planes para el futuro.

Pero estaba tan excitado por el giro de los acontecimientos que apenas pudo dormir.

A la mañana siguiente se levantó temprano y preparó sus cosas. Llenó su vieja maleta con sus escasas ropas, sus poemas y aquel bendito pañuelo de seda...su "algo misteriosamente bello..." que tanta suerte le había dado.

Extraños caminos tenía el destino.

Vestido con su traje de los domingos se despidió de aquel cuarto, que aunque mísero, en él había sido feliz.

Miró la triste bombilla que colgaba del techo y que en sueños de dulce dicha a él le había parecido tan inmensa como el sol.

y recordó la cita del padre Tomás :

"Y también luces, luces maravillosas.. sólo tienes que encontrarlas"

Se miró en el espejo al salir y aunque estaba delgado y pálido, él se sintió rebosante de salud y de vida.

Ya en la calle con paso ligero y las velas de su alma desplegadas, se adentró en el mar que le llevaría a un nuevo y próspero futuro.

Su vida ya no era una pobre barquita. Se sentía como un inmenso velero que ya nunca iría la deriva y surcaría nuevos y azules mares.

El Destino le había recompensado al fin por todos los sufrimientos del pasado.

Y pensar que todo comenzó en la estación de tren cuando encontró aquel pañuelo de seda y por vez primera en su vida tuvo el extraño presentimiento de un brillante porvenir.. y aquel cielo de majestuosa belleza que se había abierto para él aquella noche junto al puente, cuando estuvo a punto de quitarse la vida y que tanta fuerza interior le dio para seguir luchando. Todavía seguía sintiendo en su alma la inmensidad de aquel cielo y también sentía que todas las heridas de su alma habían cicatrizado al fin.

Un capítulo de su vida se cerraba y otro comenzaba.

Un tren se iba y otro llegaba.


Llegó a la estación de tren a la hora en punta. Enseguida se reencontró con su nuevo jefe. Tras un breve intercambio de frases subieron al tren en el vagón de primera clase; ya en el compartimiento y asomado a la ventanilla, David Freire vio alejarse aquella ciudad a la que llegó hacía más de un año y medio, completamente abatido y desolado, y en aquella ciudad su vida había cambiado. Había resucitado y seguido adelante. Había conocido por primera vez la dicha de sentirse vivo.

Jamás en su vida olvidaría aquella ciudad ni aquella estación de tren.









ALGO MISTERIOSAMENTE BELLO 2

Pasajeros Del Destino


SEGUNDA PARTE

Primera Novela Corta de

Yolanda García Vázquez

Derechos de autor reservados






Capítulo V






Burgos, hermosa ciudad de la entonces Castilla la Vieja, bañada por el río Arlanzón. Entre las montañas, un pueblecito escondido, llamado "Siete Encinas", envuelto por un bello paisaje bucólico, lleno de encanto y de paz.

No tenía muchos habitantes, pues la mayoría eran pastores y labradores que vivían en humildes y limpias casitas que parecían sacadas de un cuento de hadas. Había algunas tiendas y la estafeta de correos, el pequeño puesto de la Guardia Civil en el que nunca había demasiado trabajo de la paz que reinaba allí. La alcaldía y la Iglesia en el centro del pueblo, con una pequeña plaza, en la que una fuente de origen romano emanaba un abanico de agua tan clara como una mañana de abril.

Había una pequeña posada para los forasteros, una sala de cine, un pequeño ambulatorio, y además una biblioteca; y al final...apartada del pueblo, se encontraba la estación de tren...

David no sabía aún que mucho tiempo después iba a recordar esa pequeña y solitaria estación de tren.






A cualquier viajero llegado de la gran ciudad, aquel pueblecito escondido entre las montañas le hubiera parecido una hermosa postal, a David Freire le pareció el paraíso.

El lugar ideal para vivir.




Llegaron a Siete Encinas después de un largo e interminable viaje, que a David se le antojó corto, de tan ilusionado que estaba. Fue el viaje más feliz de su vida.

A su nuevo jefe, el señor Revert le llamó la atención el entusiasmo del joven. También le hizo gracia;" ¡pobre muchacho!" pensaba el señor Revert, "serían cosas de la juventud. Aquel chico parecía sentirse felíz con tan poco.. Debía de haber pasado muchas necesidades en su vida, tanto materiales como emocionales. Parecía tan ingenuo"



Pero David se sentía inmerso en una gran aventura. Disfrutaba con cada cosa; todo era tan nuevo para él. Viajar en primera clase, rodeado de gente elegante que le sonreían cuando él paseaba por los pasillos del tren. Parecían tan amables y educados aquellos pasajeros. Y los paisajes que el tren iba dejando atrás...




Cuando llegaron a una casa algo apartada en aquel pueblecito encantador llamado "Siete Encinas", David se quedó maravillado.

Era una casa de aspecto distinguido y señorial, rodeada de mimosas y sauces llorones, con un bello y frondoso jardín.

La casa se llamaba "Los Sauces" y al entrar en ella la fascinación de David fue aún mayor. Aunque la casa no era excesivamente lujosa y espaciosa, a David le pareció que acababa de entrar en un palacio. Al señor Revert le divertía el asombro del joven. "¡Pobre infeliz!", pensaba, "ni que aquello fuera el Palacio de Versalles.." De todos modos era la reacción que se esperaba de alguien que ha vivido toda su vida rodeado de miseria. Al señor Revert en comparación con su antigua mansión de Oviedo que había vendido para intentar olvidar el pasado, aquella nueva casa, le parecía más que modesta, pero ideal para vivir en paz consigo mismo.



Cuando David contempló su cuarto se quedó aún más atónito. Era una habitación cómoda y espaciosa, en comparación con el cuartucho de Oviedo, pero a David le pareció la habitación más grande y lujosa del mundo. Los muebles que brillaban de tan limpios, le parecieron sacados de la sala de un rey, y la lámpara del techo inundaba la habitación con la luz más blanca e intensa que jamás había contemplado; pero si hasta había una mesita de noche con su lámpara y todo; y una cama limpia y confortable, con una preciosa colcha bordada en tonos azules y blancos, casi parecía una esponjosa nube donde dormiría como un príncipe; y aquellas ventanas desde las que se divisaba el más bello paisaje del mundo. Cualquiera que hubiera leído los pensamientos del joven se hubiera reído. Al fin y al cabo, aquella era una habitación limpia y confortable, pero modesta.

David sintió deseos de llorar de pura alegría.

Tenía la sensación haber sido toda su vida un pobre vagabundo en el desierto y que al final había llegado a un oasis de belleza y de paz.

Y esta vez no era un espejismo. Todo era real.




Su nuevo trabajo ya no era el de ser un simple criado, como había sido acordado al principio. El señor Revert pensó que era mejor que David fuera su asistente personal; sería mejor para el muchacho. No tendría mucho trabajo y cobraría un buen sueldo. Tendría que ocuparse de sus cosas personales, limpiar su despacho, poner en orden sus papeles, echar sus cartas, hacer los recados que le encargarse y tener siempre sus cosas a punto, por si tenía que hacer de repente un viaje, a los que David le acompañaría. En fin, ocuparse exclusivamente del señor Revert, también de vez en cuando conversar con su jefe, solo cuando él se lo pidiera; a David le pareció el mejor trabajo del mundo.

El señor Revert pronto contrató un matrimonio de mediana edad que eran vecinos del pueblo para ocuparse de todas las tareas de la casa; Roberto y Lucía Jiménez, eran muy trabajadores, pero algo distantes; también llegó a la casa otro vecino del pueblo, un jardinero llamado Miguel, un hombretón de más de 70 años, alegre y bonachón, que cayó muy bien a David.




Pasaron los días y a David le gustaba cada vez más su nuevo trabajo. Al principio no había mucho trabajo que hacer, pero era algo tan novedoso y diferente para él, ser una especie de asistente personal de un hombre importante, que cada día estaba más entusiasmado.

Ahora disponía de mucho tiempo libre. El señor Revert le prestaba libros que ampliaron sus escasos conocimientos, pues en la vieja y humilde escuela del pueblo en que nació, allá en las montañas de Lugo, apenas aprendió a leer y escribir y en el orfanato del Padre Tomás apenas aprendió poco más;

Pero ahora estaba descubriendo el placer por la lectura : ¡Dickens, Victor Hugo, Goethe, Balzac..Dostoievsky...Lord Byron! y los grandes poetas del siglo de oro...

¡Si pudiera escribir alguna vez como ellos!

Pasaba largos ratos escribiendo pequeñas historias y poemas, tratando de emular el estilo de los grandes escritores.

Tal vez un día...

Una mañana se miró en el gran espejo del vestíbulo y se llevó una grata sorpresa; Se vio a si mismo con un aspecto respetable y saludable; ya no estaba tan delgado y demacrado como meses atrás; ahora tenía color en las mejillas, y sus ojos brillaban con una luz especial.

Sí, definitivamente, había prosperado.






Capítulo VI




Le gustaba observar al jardinero Miguel arreglando el jardín y escucharle canturrear viejas canciones. El hombre era la viva imagen de la felicidad. A David le hacía gracia escuchar como Miguel le hablaba a las plantas como si le escucharan.

Una mañana se acercó de nuevo al jardín y observó que Miguel estaba plantando violetas.

El dulce aroma lo llevó hasta la estación de trenes de Oviedo dos años atrás...

El pañuelo de seda...

Ese "algo misteriosamente bello..."



Por las tardes salía a pasear por el bosque y tumbado bajo una encina soñaba despierto con su amada princesa...

Amelia R.

Su novia imaginaria...

Que de tan soñada era real...

¿Quién sería la dueña del pañuelo.. y dónde estaría?

Daba igual

Nunca la conocería...

Él la había imaginado y creado a su antojo y la amaba... ¡cuanto la amaba!

Tenía casi 30 años y jamás había besado a una mujer, y apenas había conversado con alguna. pero ¿qué importaba eso?

Él ya tenía su novia, que aunque imaginaria era tan real como la sangre que corría por sus venas.

Y le colmaba de una dicha infinita

¡Oh, dulce Amelia...!

Solo ella le amaba y le comprendía. Era tan real que podía sentir su respiración, escuchar su dulce voz, recrearse en el brillo de sus cabellos, percibir la luz de sus bellos ojos...

Que preciosa era su querida Amelia...

Esta vez su hermoso sueño era un inmenso palacio que jamás se derrumbaría. Ya no había más charcos para él; su grandioso sueño era más real que la realidad. Nadie sabría jamás el tesoro que escondía en su corazón. Amaba y era amado.

Lo demás le sobraba.

En el pueblo pronto fue conocido como el joven tímido y solitario que trabajaba al servicio del Señor Revert. Un chico honesto, y muy trabajador, pero algo raro...Eso pensaban los demás.

Él lo sabía, pero ya no le importaba lo que dijeran de él...

porque él no estaba solo, tenía ese "algo misteriosamente bello" en su corazón y nunca le abandonaría...

¡Oh, Amelia..!




Habían pasado ya casi tres meses desde su llegada a aquel pequeño paraíso en el que había disfrutado de tanta dicha y tranquilidad. Ahora tenía un poco más de trabajo, aunque no demasiado y aún podía dedicarse a sus aficiones.

Ya tenía escritos varios relatos a mano, y un sinfín de poemas; pensaba que aunque nadie los leyera nunca, para él eran de vital importancia, pues en ellos estaba reflejado su inmenso amor por Amelia, la musa de su inspiración.



En la casa nunca acudían invitados, pero una noche fueron a cenar una pareja de mediana edad que eran antiguos conocidos del señor Revert, quien pidió a David que les acompañara en la cena. El señor Revert pensó que así el muchacho iría venciendo poco a poco su timidez. A David le entusiasmó mucho la idea de acudir a la cena, pero apenas habló más de cuatro frases durante aquella velada; se notaba tenso y cuando se sentía así sabía que su tartamudez reaparecía, haciéndole parecer ridiculo, así que prefería escuchar. Era consciente de que nunca vencería aquel defecto suyo, pero eso ya no le preocupaba mucho, él tenía ya su propio mundo interior que le colmaba.

Rara vez hablaba con alguien, sólo si era necesario; con el matrimonio de sirvientes, los Jiménez, que eran muy distantes, apenas cruzaba alguna palabra y sólo si se veía obligado. Alguna que otra vez el señor Revert le llamaba para conversar con él en el salón, junto a la chimenea, pero siempre era un monólogo de su jefe, porque aunque se sintiera relajado y su tartamudez desapareciera, no sabía encontrar las palabras adecuadas para mantener una conversación, así que el señor Revert pronto se cansaba.

Con el jardinero Miguel, que era un hombre diferente, si hablaba, aunque con un lenguaje especial que sólo ellos entendían. Una tarde en que estaba plantando azucenas y David le observaba sentado desde un banco del jardín, Miguel le comentó:

- Las mujeres son como las flores, hermosas y delicadas; pero la fuerza de su belleza es la más intensa del mundo; al igual que su fragilidad que sólo es aparente, pues son las criaturas más resistentes de la creación. No hay mujer fea, lo mismo que no hay una sola flor que no sea hermosa. ¡Mujeres y flores! Todas hermosas, aunque se marchiten y mueran, su belleza siempre será eterna para las almas enamoradas. Yo soy un hombre ya mayor. No tengo mujer ni hijos, así que las plantas son mi pequeña familia, mi mayor tesoro. Usted no habla mucho, joven, pero yo le entiendo; Sí, porque a las personas no se las conoce, se las intuye. Un corazón sensible reconoce otro corazón sensible.

David sonrió ¡Que bien le caía aquel hombre!

Con él si podía hablar sin tartamudear

-Vera...yo nunca tuve mucha facilidad de palabra, con.. la mayoría de la gente me pongo nervioso y suelo tartamudear; un defecto que arrastro desde niño, y cuando se me pasa, bueno.. apenas sé qué decir...pero estoy de acuerdo con usted en eso de las mujeres...y también opino que a las personas más que conocerlas, se las intuye..- dijo David- Usted habla más con la mirada que con la voz; yo le miro a los ojos y comprendo muchas cosas, sí, las comprendo... Es usted un alma enamorada del amor. - contestó el jardinero y continuó con su trabajo en el jardín.

Sí, a David le gustaba mucho aquel hombre y hablar con él sin necesidad de explicarse demasiado.

Por las noches ya en su cuarto, David se entregaba a la que sin duda era ya la vocación de su vida: Escribir;

pero ya no lo hacía como antes, dejándose llevar por su extrema sensibilidad; ahora había leído a los grandes, y se había sumergido en el océano literario de los genios de la literatura, y se sentía embebido por la misma pasión que había marcado la vida de aquellos hombres. Sentía que a pesar de sus limitaciones y escasos conocimientos, de algún modo, él era uno de ellos, que pertenecía a la misma naturaleza, pues se había visto reconocido en las obras de todos ellos.En la biblioteca del señor Revert, David había descubierto que no estaba tan solo como él creía. Siglos atrás otros hombres habían sentido sus mismas emociones e inquietudes, sus tortuosos delirios, sus profundas soledades, y habían sentido la necesidad de plasmar por escrito su mundo interior, llevados por la urgente necesidad de expresarse en un mundo que no les comprendía. Conoció de la mano de Shakeaspeare que el sufrimiento emocional podía ser tan sublime como el amor. Cervantes le hizo reflexionar sobre la genialidad de la locura, y Dostoviesky, bueno, de este lo aprendió todo.

Con Antonio Machado paseó por los laberintos de la soledad; Tagore le enseñó a amar la vida; Y Bécquer, oh, con él fue como mirarse en un espejo.

Y así fue como su espíritu artístico emergió de las profundidades de su ser.

Y fue el álter ego de todos los maestros de la literatura universal, y sobretodo fue cada uno de los personajes de sus célebres obras.

Fue el príncipe Mishkin de "El idiota", el tímido soñador de "Noches blancas", el amante obsesivo de "Servidumbre humana". En cada personaje había mucho de él, y comprendió que sólo a través de las letras podría reconciliarse con su destino. Comprendió más que nunca que dentro de él, había un artista en estado latente, y que sólo el tiempo y la confianza en sí mismo podrían hacer que este emergiera.

Ser consciente de esto fue una auténtica revelación.




Capítulo VII




David comenzó a escribir más concienzudamente, y tomándose más en serio sus inquietudes literarias. Pasaba largos ratos en el bosque, junto al río, escribiendo y tratando de imitar el estilo de los grandes. Escribía pequeños cuentos y relatos, teniendo siempre como musa a su adorada Amelia. Esta etapa fue una de las más satisfactorias de aquel tiempo.



Pero una noche de finales de Noviembre, inesperadamente, sucedió algo que perturbó la paz que durante aquellos tres meses de su nueva existencia había disfrutado. Aquella tarde después de regresar de un largo paseo por el bosque, David subió directamente a su habitación y durante largo rato estuvo escribiendo. La casa estaba en silencio, ya debían de haber cenado todos y estarían durmiendo. Como todas las noches en la casa reinaba una profunda y serena tranquilidad.

David estaba ensimismado en sus poesías cuando hasta sus oídos llegó el sonido del piano que había en el salón.

¡Que extraño! Ese piano nunca se tocaba, y mucho menos a esa hora.

La música siguió ascendiendo desde el salón quebrando el silencio de la noche.

David Freire todavía vestido bajó al salón movido por la curiosidad y por una extraña sensación de inquietud.

Cuando entró en el salón se quedó petrificado.

El señor Revert en estado de aparente embriaguez tocaba el piano con frenesí. Una música tortuosa inundaba el salón.Federico Revert ajeno a la presencia de David y enfurecido golpeaba las teclas como un poseso.

David estaba exhausto. Jamás había visto a su jefe en ese estado de furia y embriaguez.

A pesar de aquel fuerte y voluble carácter que David percibió la noche que le conoció en La taberna perdida, durante los tres meses que David estaba a su servicio, el señor Revert se había mostrado muy sereno y tranquilo, como si ya estuviera superando el dolor por el recuerdo de su amada hija y ahora de repente la serenidad de su jefe se había quebrado como una pieza de porcelana, dejando al descubierto una angustia insoportable.

David no acertaba a comprender; no sabía qué hacer ni qué decir.

La tortuosa música siguió resquebrajando el silencio nocturno.

- Esta noche hace dos años que mi hija me abandonó... - dijo el señor Revert con un tono sombrío mientras seguía golpeando con furia las teclas del piano - sí, una noche cómo esta...se fue para siempre... Todo se lo di, ¡todo! y así me lo pagó la ingrata...igual que su madre... Maldita sea mi suerte, ¡malditas sean todas las mujeres...!

Su voz era ya pura furia. David estaba paralizado, pero quería hablar... decirle algo, intentar aplacar aquella inesperada tormenta que había estallado de repente en el corazón del señor Revert.

Su tartamudez reapareció...pero debía contener aquel torbellino de emociones angustiosas o si no...

- Ca...calmese señor.. así no con..coseguirá na..nada por.. favor no se.. tor..torturé..se...se lo ru..ruego. - acertó a decir profundamente costernado y haciendo un esfuerzo sobrehumano.

Inesperadamente el señor Revert se levantó del asiento como un trueno y mirando al pobre David con desprecio le respondió :

- ¡Cállese estúpido! ¿qué sabe usted de la vida, inútil? si no es más que un pobre idiota que no sirve para nada; ni siquiera sabe hablar. Apartese de mi vista, maldito mequetrefe.

Y como un rayo David saliendo huyendo de allí...

Subió a su cuarto con el corazón en la garganta. Se tumbó en la cama con la sangre golpeándole las sienes, y se quedó largo rato tumbado en un estado de profunda perturbación.

No podía pensar...

Le faltaba el aire...

Estaba en estado de shock

Aquella furiosa tormenta le había pillado por sorpresa. No estaba preparado para ella...

Sentía su corazón latír desbocado. No podía respirar, no podía moverse. Estaba paralizado...

No podía pensar, pero tenía que hacerlo.

Intentar poner orden en su cabeza.

No le dolían tanto las palabras ofensivas que el señor Revert le había dicho, como la violencia que intempestivamente había volcado sobre él.

Necesitaba aire para calmar los latidos de su corazón.

No podía volver a sentirse como años atrás, no después de haber resucitado aquella noche en el puente de Oviedo..No después de comprender que dentro de él había un escritor que pugnaba por salir.

Jamás iba a permitir que las tormentas de los demás destruyeran su paz interior.

¡Jamás volver a ser como ayer!

Poco a poco su corazón fue recuperando su ritmo normal

Ya respiraba mejor

Ya sentía el aire de nuevo en sus pulmones y en su alma.Sacó el pañuelo de seda de su bolsillo, y hundió su rostro en él...

El aroma de violetas era ahora más intenso que nunca, ya que David todas las noches guardaba entre sus pliegues una violeta del jardín.

El delicado perfume del pañuelo ejerció un efecto balsámico en su espiritu y en su mente.

Ya se encontraba mejor...

Tan solo había sido una tormenta pasajera. Todo volvería a la normalidad.

Y así aferrado al pañuelo de seda, se durmió.




Pero a partir de aquella noche de Noviembre, ya nada volvió a ser igual. Algo empezó a cambiar.

No había sido una tormenta pasajera.

A la mañana siguiente del estallido inesperado, el señor Revert completamente calmado y sereno se disculpó con David por su comportamiento; el alcohol y el aniversario de la desaparición de su hija...le habían descontrolado...Bueno, lo sentía mucho, y no volvería a ocurrir.

David aceptó sus disculpas humildemente

¡Pobre señor Revert!

Después de todo aquel hombre había sufrido una gran desgracia. Era comprensible su dolor.

David ya se encontraba mejor. Había sido una tormenta pasajera. Y él era tan impresionable... pero estaba tan decidido a no volver a ser como años atrás, que aprendería a convivir con aquel hombre de fuerte carácter, que había quedado marcado por la desgracia de ser abandonado por su hija a la que nunca volvería a ver. Debía ser terrible para un padre no volver a saber nunca más nada de su hija. El aprendería a encajar sus cambios de humor, y de algún modo le ayudaría a encontrar la paz interior, después de todo él mismo también había sufrido mucho en el pasado y había conseguido reconciliarse con la vida y consigo mismo.

Sí, todo volvería a ser como antes, estaba seguro.

Su amor por Amelia y la literatura le ayudarían a seguir adelante.



Pero que equivocado estaba el pobre David.

Muy pronto empezó a darse cuenta de que la tormenta no había sido pasajera.

Desde aquella noche el carácter del señor Revert se tornó tan extraño y voluble como el viento.

Que poco conocía David a su jefe. Tal vez había sido así desde siempre.

De pronto aparecía amable y encantador, y al poco tiempo se mostraba amargo y sombrío. Y muy pronto las tormentas volvieron estallar, cada vez con más frecuencia.

El señor Revert dejó de ser el amable hombre que le había contratatado meses atrás, para comportarse con él como un auténtico déspota.

De pronto le echaba la bronca por cualquier cosa y dejaba de hablarle, para al poco tiempo pedirle disculpas.

Por las noches el señor Revert se sumía en un estado de profunda melancolía, y se quedaba en el salón tocando el piano hasta altas horas de la madrugada. "Sueño de amor" de Franz Liszt era su pieza favorita..

También comenzó a hablar solo...

- ¿Dónde estará mi pequeña flor..? - musitaba con tristeza

David se acercaba para intentar consolarle y pronto estallaba otra tormenta en el corazón de aquel hombre, y derramaba toda su furia sobre el pobre David que no comprendía nada y no encontraba la forma de tratar con aquel hombre.

La pareja de sirvientes permanecían distantes y ajenos a todo aquello.

El señor Revert nunca volcaba su ira sobre ellos, sólo sobre el pobre David, que no entendía porqué motivo era él el único blanco de la ira de su jefe.

No sabía qué estaba sucediendo...

Y poco a poco David también empezó a cambiar...

El miedo...

Aquel viejo miedo que le había paralizado durante toda su vida y que él había conseguido vencer en su estancia en Oviedo. Aquel miedo que él creía desaparecido para siempre, regresó, ¡y de qué manera..!

Empezó a sentir un temor enfermizo y obsesivo por su jefe

y volvió a sentirse torpe y ridículo como años atrás.

También su tartamudez que en los últimos tiempos había conseguido casi controlar, se volvió más aguda.

Se consideraba un estúpido, un pobre idiota...

Los demás tenían razón...

Era un simple. Había permitido que la tormenta interna del señor Revert destruyera su paz interior.

Era tan sensible, tan impresionable...

No servía para nada...

En su cuartucho de Oviedo había sido tan felíz rodeado de miseria, y trabajando en La taberna perdida, rodeado de borrachines, jamás nadie le faltó al respeto.

Si se hubiera quedado allí...

¡Ay, Dios! ¿porqué tuvo que conocer al Señor Revert?

¡Prosperidad!

¡Sueños de gloria!

Al diablo con todo...

Quería regresar al cuchitril de Oviedo y a La taberna perdida, y volver a sentirse como entonces.

Pero sabía que aquella etapa de su vida estaba cerrada y no sabía adónde le conduciría esta nueva situación.

Sentía una profunda inquietud por lo que el futuro pudiera depararle. También sentía que sus luces internas se habían apagado y que todas las cicatrices del pasado que él creía desaparecidas para siempre habían vuelto a abrirse, causándole un profundo dolor en el alma.

Todo le dolía.

Era su destino, sufrir en silencio, completamente solo en el mundo...

Ya no encontraba consuelo en sus sueños...

Llamaba a su amada princesa y ella no acudía.

La buscaba por todos los rincones de su alma y de su mente, pero ella no daba señales.

"¡Oh, dulce Amelia..! Vuelve a mí, no me abandones..", le decía tratando de invocar su sutil e incorporea presencia,

pero ella, su novia imaginaria había desaparecido para siempre de sus sueños...

También su fiebre creativa y sus sueños de ser escritor algun día se habían desvanecido; ya no conseguía escribir ni dos renglones seguidos. Era como si se le hubiese secado la imaginación.

Y así fue David entró en un estado de profundo abatimiento y melancolía.




Capítulo VIII




Había pasado ya casi un año desde que David llegó aquel pueblecito al servicio del Señor Revert, donde sólo pudo disfrutar de tres meses de paz y armonía, hasta aquella noche de Noviembre en que todo empezó a cambiar.

Ahora David, vivía por pura inercia, vacío, sin sueños...

Resignado para siempre...

Ya no era el príncipe Hamlet, apuntando a las estrellas a pesar de la podredumbre moral que le rodeaba; ya no era el soñador de San Petersburgo, ni siquiera era el viejo poeta melancólico vagando por las sendas del olvido.

Ni tampoco aquella barquita a la deriva. Ahora era una estatua, sin sangre, sin alma...

Estancado para siempre en aquel paraje de sombras.

Ya nada le motivaba

Sentía como que toda su vida, todo lo que él había sido, sus pobres sueños, anhelos, incluso sus penas y angustias, se le hubiera escapado por los poros de su piel y de su alma.

Y sentía también que toda aquella grandiosa felicidad que había sentido cuando encontró el pañuelo de seda en la estación de trenes de Oviedo, y aquel presentimiento de un glorioso porvenir que había sentido cuando aspiró el aroma del pañuelo, sentía que absolutamente todo había sido un espejismo, incluso la serena alegría que había disfrutado en su cuartucho de Oviedo y trabajando en La taberna perdida, también aquello había sido un sueño.


Ahora lo veía ahora tan irreal y lejano...como si nunca hubiera sucedido. Se sentía tan ajeno a sí mismo, tan vacío.

También su nuevo anhelo de ser un gran escritor había desaparecido por completo.

Otro de sus palacios que se derrumbaba en un charco...

Sólo se volcaba en su trabajo. El trabajo era lo único que le quedaba y le hacía sentirse un poco vivo.

Ya ni las tormentas del señor Revert le afectaban demasiado.

Ni siquiera sentía miedo...

No sentía nada.

Ya no era un muerto, era un fantasma...

Ya ni conversaba con el jardinero Miguel, pero el hombre le miraba sonriendo y comprendía...Sí, el jardinero callaba y comprendía...

David se dio cuenta de que la pareja de sirvientes a los que nunca había tratado más que lo suficiente, comenzaron a acecharle y a observarle de forma extraña.

Él ya sabía que Lucía era conocida en el pueblo como una mujer muy chismosa, y que en la casa escuchaba tras las puertas; y su marido Roberto era un nombre muy inquietante y silencioso; pero jamás imaginó que murmurasen a escondidas sobre él.

- Es un joven muy extraño.. Tienes razón Roberto, no parece que esté muy bien de la cabeza. Yo no me fiaría mucho de él. Tendremos que vigilarlo, por si acaso... - escuchó una vez que Lucía le decía a su marido, ignorando que David se encontraba cerca.

¡Oh,no! Eso era lo último que le faltaba escuchar.

¿Porqué no se marchaba de aquella casa de una vez?

¿Pero adónde? Dondequiera que fuera todo sería igual...

y ahora que su amada princesa había huido de sus sueños, la vida ya no le importaba demasiado.

Se había resignado para siempre a su triste destino

Vivía por costumbre, dejándose llevar...

Era una sombra

Si, definitivamente David había cambiado.




Capítulo IX




Una noche de finales de otoño, la fatalidad cayó sobre David como una montaña de hielo.

Es curioso como los acontecimientos decisivos de nuestras vidas llegan por sorpresa, sin avisar, y tiempo después tratamos de recordar alguna pequeña señal previa que intentara prevenirnos, y es cuando nos preguntamos, ¿qué estaba haciendo yo ese día antes de que eso ocurriera? ¿En qué pensaba? Y sólo una niebla de respuestas confusas y ambiguas cubre nuestros pensamientos.

No fue así con David, que mucho antes de suceder, ya lo había presentido, por lo que su tortura fue aún mayor.


Era ya casi medianoche. El reloj de cuco del vestíbulo había dado la hora en punta. La pareja de sirvientes ya se habían retirado a descansar.

Aquel había sido un día extraño.

En la casa había reinado una extraña calma. Durante el día David había tenido el presagio de que algo inevitable y perturbador iba a suceder. Aquel día era la primera vez en largo tiempo que David había salido de su acostumbrada apatía. Desde que se despertó por la mañana se había sentido muy inquieto y nervioso; Y aquella desagradable sensación había perdurado en él durante el resto del día.

Por la noche, aún vestido, David estaba leyendo en su habitación para intentar aplacar aquella creciente ansiedad, aquel presagio de desgracia inminente, cuando hasta sus oídos llegó la música del piano del salón... "Sueño de amor" de Franz Lizst.

Últimamente el señor Revert siempre estaba tocando esa preciosa melodía, pero David no conseguía concentrarse en la lectura...

Presagiaba cosas extrañas...

Algo iba a suceder...lo percibía dentro de sí mismo.

Pero en la casa, a excepción de la música del piano, reinaba la calma.

Tal vez fuera una calma ficticia...como la calma que precede a la tempestad...

¡Dios mío! Que desasosiego...

¿Y si fuera todo producto de su imaginación? Después de todo él mismo se hallaba bajo los efectos de un profundo estrés, que le había mantenido en un estado de agotamiento emocional durante mucho tiempo, y precisamente aquel día todos sus resortes internos habían salido de su letargo manteniéndole alerta.

Tal vez por eso se sentía tan inquieto

Trató de buscar una respuesta sensata a aquel profundo desasosiego.

Bajó a la cocina a beber agua. La ansiedad le había secado la garganta.

Necesita agua, no solo en su cuerpo si no en su alma.

Al cruzar el ancho vestíbulo su intranquilidad aumentó

La música de Lizst parecía llamarle...

Atraído por una misteriosa fuerza se acercó al salón.




Todo parecía en orden. El señor Revert se encontraba muy tranquilo y sumido en la hermosa melodía de Franz Lizst, que emanaba suavemente de las teclas del piano, inundando el salón de conmovedora belleza.

"¡Que extraño!"pensó David, pues hacía mucho tiempo que no veía a su jefe en ese estado de profunda serenidad.

Algo iba a suceder, lo sentía dentro.


David tragó saliva, pues sus presagios fueron confirmados cuando observó que sobre la tapa del piano había un revólver.



De repente, el señor Revert cambió, y comenzó a tocar con furia la marcha fúnebre de Frederic Chopin.

- ¡Maldición, maldito el día en que nací! - dijo como un poseso mientras seguía tocando las teclas del piano con rabia, como queriendo destrozar algún recuerdo perturbador.

David estaba petrificado

El señor Revert, ajeno a la presencia del joven, siguió golpeando con furia las teclas del piano.

- ¡Hamlet tenía razón! ¡Morir, dormir, tal vez soñar..! - dijo en tono lúgubre - olvidar de una vez todo y definitivamente...Morir, soñar..al final a eso se reduce todo.

La música fúnebre de Frédéric Chopin siguió retumbando en el salón creando una atmósfera de insoportable dolor.




El señor Revert ahora parecía haber enloquecido.

- Esta noche estaba dispuesto a quitarme la vida. Bajé aquí con esa intención, pero soy un cobarde; yo, antiguo coronel de infantería, soy un cobarde. Fui un mal marido y un mal padre.. pero yo las amaba tanto, tanto...Mi difunta esposa y mi hija perdida eran las más bellas flores de mi jardín y no supe cuidarlas...No supe...Mis dos violetas perdidas.. Yo les destrozé la vida, del mismo modo como si las hubiera matado. Cuando vine a este pueblo quise romper con el pasado, con todo, empezar una nueva vida, lejos de todos los recuerdos que me atormentaban, olvidarlas para siempre, pero he fracasado y es que las extraño tanto... ¡Dios mío! Mi florecilla era tan frágil. Ella no sabía nada del mundo ni de los hombres cuando huyó de casa. Era tan sensible, se asustaba con tanta facilidad. ¡Sabe Dios qué habrá sido de ella! Aquella noche que se fue de casa se llevó todas sus pertenencias, sin dejar siquiera una nota. Jamás había viajado sola. Yo no lo hubiera permitido. Yo la protegía tanto. Tenía miedo de que le sucediera algo, pero ella no comprendía, y siempre se quejaba, y sé que en secreto me odiaba. Me culpaba de la muerte de su madre. Era muy dura conmigo y muy fría, pero yo la amaba tanto... Aquella maldita noche yo no estaba en casa. Cuando volví comprobé que su maleta y todas sus ropas habían desaparecido. Casi me volví loco. La busqué por todas partes, incluso contraté detectives extranjeros, pero no hubo forma de dar con ella. Dentro de poco se cumplirán tres años. ¿Qué habrá sido de ella? Sabía tan poco de la vida y hay tanta maldad en el mundo. Tal vez esté muerta.. o Dios mío, mi pobre niña muerta...si es asi no quiero seguir viviendo. Si algo malo le ha sucedido, yo soy el único responsable. Nunca la volveré a ver...Quisiera estar muerto, acabar con mi vida, pero no tengo valor para hacerlo, ¡soy un maldito cobarde!

David no soportaba aquel dolor ajeno que sentía como propio. La profunda desolación del señor Revert llegaba también a su corazón.

Comenzó a tartamudear, pero sólo quería apaciguar aquella congoja tan profunda, que sentía como suya.

- Ca...calmese señor.. se..ñor Revert, no.. no se torture...más..no, no me..merece la pe..pena..Aún le.. queda.. mu..mucho por vivir.. Tiene.. que ol..olvidar..por favor..no se.. torture más..

El señor Revert que ya había dejado de tocar el piano miró a David con una pena infinita, y en ese instante ocurrió algo que tiempo después David pensó que estaba previsto de antemano.

El señor Revert se puso a llorar como un niño desamparado.

- Por fa..favor no llo..llore us..usted... - le dijo David acercándose a a él

pero el señor Revert siguió llorando presa de un gran desconsuelo. Fue entonces cuando se llevó la mano al bolsillo buscando su pañuelo para secarse las lágrimas, pero no lo encontraba, y entonces fue cuando David le ofreció el suyo, pero no su pañuelo de caballero, que debía estar en el bolsillo de su bata en la habitación, sino ese "algo misteriosamente bello" que siempre llevaba consigo y que jamás había enseñado a nadie.

Embargado por la emoción David no reparó en ese importante descuido.

El señor Revert se secó las lágrimas en el pañuelo de seda que David le ofreció, parecía un chiquillo desvalido e indefenso; pero de repente al mirar el pañuelo en un instante que se le hizo eterno, se puso blanco, parecía estar en otro mundo, muy lejos de allí...

- Amelia R. - musitó con la voz quebrada - Amelia... Amelia... ¡Santo cielo! no puede ser, ¡no puede ser!


David lo observaba con los ojos desorbitados

- ¿Qué ocu..ocurre señor..? - le preguntó David sorprendido

El señor Revert se levantó con el rostro enrojecido y clavó su mirada en el joven, atravesándole como a un despreciable ratón.

David se asustó, el señor Revert parecía a punto de estallar.

- ¡Usted! ¡Mequetrefe, farsante, miserable! ¿Dónde está mi pequeña? ¿qué le hizo? Este era su pañuelo. ¡Conteste!¿Conoció a m hija? ¡Canalla, hable!

David estaba consternado, no salía de su asombro; aquello era increíble, ¡no podía ser!

De pronto el señor Revert le agarró con furia por las solapas de la chaqueta. David temblaba como un niño. Ante la violencia de los demas jamás había sabido como reaccionar.

El señor Revert siguió zarandeándole como a un pardillo, presa de una ira feroz.

- ¿Qué le hizo a mi niña? ¡Conteste! Su madre le regaló este pañuelo con su nombre bordado cuando cumplió 15 años. Es imposible que hubiera otro igual. Fue confeccionado y bordado a mano por las monjas de un convento francés, que se encuentra en el pueblo donde pasábamos los veranos. Siempre lo llevaba con ella. Jamás se desprendió de él. Este pañuelo era algo muy especial para ella, como un amuleto, ¿porqué lo tiene usted? ¿Qué le hizo a mi pequeña? ¡Falso, hipócrita! Con su apariencia de hombre tímido y honrado me ha engañado. Ya no puedo fiarme de nadie. ¿Dónde la conoció? y ¿qué le hizo? Ella era tan inocente, tan frágil. No sabía nada de la vida ni de los hombres. ¿Qué le hizo a mi hija..? ¡Conteste de una vez! ¡Se lo ordeno! ¡Maldito tartamudo!

David estaba enmudecido, no podia pensar...

Era todo tan irreal...Debía ser otra de sus pesadillas. Pronto despertaría...

Pero no, estaba sucediendo.

¡Oh, Dios mío! Tenía que hablar, tenía que tratar de encontrar las palabras, tenía que serenarse, salir de ese remolino de pensamientos tortuosos que giraba en su cabeza amenazando con tragarselo. Debía explicarse. Era de vital importancia que lo hiciera, o si no...pero antes debía de controlar sus emociones para que su lengua no se aturullase y poder ser comprendido.

Esta vez por alguna misteriosa razón su tartamudez desapareció milagrosamente.




- ¡Jamás, jamás, jamás conocí a su hija señor! Se lo juro por Dios Todopoderoso. Este pañuelo me lo encontré tirado en el suelo de la estación de trenes de Oviedo, la misma noche de mi llegada a la ciudad , y como me pareció algo tan bello y delicado me me lo guardé; me dio suerte y todo este tiempo ha sido como un amuleto para mí, pero créame que yo nunca imaginé que la dueña del pañuelo fuera hija suya, y estoy tan sorprendido como usted. Debe usted creer que no salgo de mi asombro. ¡Estoy tan sorprendido como usted! Imagino que tal vez ella perdió su pañuelo en la estación, porque cuando yo lo encontré me pareció que llevaba poco tiempo allí y pensé que alguna mujer lo había perdido en su apresuramiento por coger el tren. Todo esto se lo juro por mi vida, señor.

A David le temblaba el cuerpo y el alma. La sangre se agolpaba en sus venas, pero no podía moverse, con los ojos más abiertos que nunca miraba aterrado a su jefe.

- ¡Mentira! No creo ni una palabra de lo que dice. ¡Embustero! ¿Porqué no lo entregó en objetos perdidos? Tal vez hubiéramos dado con su paradero hace tiempo. Al día siguiente di parte a la policía, que comenzaron a buscarla ¿no se da cuenta? Esto hubiera sido una pista muy valiosa. Empiezo a comprender.. Usted le hizo algo...¡Confiese! confiese, sí no quiere que...

El señor Revert poseído por una furia implacable cogió el revolver que estaba sobre la tapa del piano y apuntó a David con él.

- ¡Conteste, miserable mequetrefe! ¿Qué le hizo a mi hija?

David aterrorizado ya no podía respirar

El señor Revert parecía haber enloquecido completamente y estaba dispuesto a matarle.

El tiempo pareció congelarse mientras un jirón de imágenes dantescas daba vueltas alrededor del pobre David, que con los ojos fijos en el revólver que sostenía el señor Revert apuntándole al corazón, vio toda su vida pasar delante de él.

La lámpara de araña del techo parecía moverse levemente y la habitación entera comenzó a girar en torno a David, que ya no podía hablar, no podía moverse, no podía respirar.

Tuvo la demoledora sensación de que iba a morir y en un último ruego que salió de lo más hondo de su ser exclamó:

- ¡Dios mío, ayúdame!

Y entonces Federico Revert, antiguo coronel de infantería, en un ataque de cordura comprendió que aquel pobre infeliz era incapaz de hacerle daño a nadie y que sólo él era el único culpable de haber convertido su vida en una continua desgracia.

Giró el revolver sobre sí mismo, se lo llevó a la sien y apretó el gatillo...

Cayó desplomado al suelo, muriendo en el acto.



Los segundos se hicieron infinitos...

Todo daba vueltas...

Aquello no podía haber pasado, pero había sucedido.

El señor Revert yacía muerto en el suelo del salón.

El mundo entero giraba alrededor del pobre David, que tenía la sensación de estar atrapado en un profundo pozo..quería moverse, pero no podía...

De pronto y sin saber muy bien porqué, algo en su interior le hizo recoger del suelo el pañuelo de seda.

Lo guardó en su bolsillo y se sentó en el sofá del señor Revert con una profunda sensación de irrealidad, como si en aquel espantoso drama él no fuera más que un mero espectador.

Ya le había sucedido antes...

Su cerebro no pudiendo soportar el dolor extremo, y la acumulación de estrés, se había replegado dentro de sí mismo, dejando a David en un profundo estado de despersonalización, en el que apenas tenía conciencia de sí mismo.

Era la forma en que su cuerpo se protegía del sufrimiento emocional.

Hasta él llegaron ruidos de voces...

Y luces, muchas luces que intentaban cegarlo.

¿Y si fuera la realidad la que no fuera más que un oscuro sueño..?

¿Tenía sentido todo aquello...?

Ya no quería saberlo, ya nada le importaba...

La pareja de sirvientes que habían escuchado el disparo bajaron al salón instantes después y quedaron atónitos al contemplar aquella espantosa escena que parecía sacada de una novela de intriga.

Un par de ojos se clavaron en él...

David habló como un autómata

- Se.. ha suicidado delante de mi...




Lucía y Roberto Jiménez sin pronunciar una palabra miraron al pobre David de una forma muy extraña.

Como si pensarán...

¡Oh, Dios mío, no podía ser..!

Pero David ya no podía razonar bien debido al entumecimiento de su conciencia.

Retazos de pensamientos se atropellaban en su mente, pero él ajeno a todo ya nada comprendía, o no quería comprender, porque la verdad era demasiado dolorosa.

Se sentía tan fatigado...

La pareja de sirvientes se hizo cargo de la situación

- Hay que llamar a la Guardia Civil - dijo Roberto

Parecían actuar con normalidad dentro de las circunstancias, pero no dejaban de mirar al pobre David con aquella extraña mirada.

Él sólo deseaba una sola cosa, dormir y no despertar jamás.

Si eso era la realidad, a él ya no le interesaba.




Capítulo X




Aquella fue la noche más infernal del pobre David, mejor dicho la peor noche de toda su vida. Le pareció que nunca iba a amanecer.

Mucho tiempo después pensó que era un milagro haber sobrevivido a aquella noche sin volverse loco.

La Guardia Civil llegó a la casa pocos minutos después de la desgracia fatal. La pareja de sirvientes explicaron lo que había sucedido.

Lucía hablaba con determinación mientras miraba David con aquella mirada, pero el pobre David que permanecía sentado en una silla del rincón estaba muy lejosde allí.

El sargento Muñoz interrogó a David, que entre sombras y oscuros sueños habló como un espectro.

Explicó como pudo y tartamudeando más que nunca todo lo que había pasado, aferrándose a una pequeña lucecita en su conciencia, que iluminaba su mente.

"... el señor Revert ..bueno, hacía tiempo que no estaba bien.. su hija se fue de casa sin despedirse hacía ya tres años.. El señor Revert buscó a su hija por todas partes y nunca dio con su paradero. El conoció al señor Revert en una taberna de Oviedo en la que trabajaba como camarero... El señor Revert le propuso ser su criado y él aceptó...Había sido muy pobre toda su vida y estaba convaleciente de una grave enfermedad... El señor Revert quería comenzar una nueva vida en aquel pueblo de Burgos, para intentar olvidar su desgracia...El señor Revert fue muy bueno y amable con él..Se sentía muy satisfecho con su nuevo trabajo, pero poco a poco su jefe empezó a cambiar... Tenía extraños cambios de humor...se atormentaba con el recuerdo de su hija, a la que imaginaba muerta, con su esposa fallecida años atrás.. se torturaba con demasiada frecuencia.. a veces se mostraba tranquilo, pero los cambios de humor eran casi instantáneos.. Esa noche el señor Revert estaba tocando el piano, y él se sentía muy inquieto, como presintiendo algo, por eso bajó al salón y es cuando vio que sobre la tapa del piano había un revólver... el señor Revert hablaba solo y repetía que deseaba quitarse la vida, pero que no tenía valor.. él intentó consolarle y disuadirle de la idea del suicidio, pero no tuvo éxito. Pues su jefe en un arrebato se puso en pie y se mató delante de él..

Y por supuesto él estaba conmocionado. Jamás había presenciado ninguna escena semejante, así es como había sucedido."


Así es como David haciendo un gran esfuerzo, casi titánico debido a su estado, relató todo lo que había sucedido, pero obvió intencionadamente hacer ninguna referencia al pañuelo de seda y como el señor Revert le había amenazado con el revólver. ¡Jamás hablaría de eso! No porque fuera demasiado increíble y fantástico, sino porque de algún modo intuía que ellos no comprenderían nada y comenzarían a cebarse con retorcidas preguntas, que nadie, ni siquiera él podía responder.

¡Sabe Dios lo que pensarían! En su nebulosa sensación de irrealidad alcanzó a comprobar que también el sargento Muñoz le miraba de un modo extraño.

Después de los trámites de rigor se llevaron el cadáver del señor Revert y todo quedó aclarado esa misma noche.

Quedando constatado en el acta que el señor Revert imposible de asumir la pérdida de su hija y atormentado por los recuerdos se quitó la vida en un ataque de locura y desesperación.

Pero la pareja de sirvientes seguía mirando al pobre David con aquella extraña mirada.



Estaba ya a punto de amanecer cuando David subió a su habitación profundamente abatido y fatigado por todas las emociones de aquella noche infernal.

Antes de quedarse dormido su último pensamiento fue que el cielo se lo llevara de este mundo mientras dormía y nunca más volver a despertar.




Pero despertó. Era ya más de mediodía cuando David abrió los ojos y comprendió con pesar que seguía vivo

¡Oh Señor..! ¿Y ahora qué iba a hacer con su vida?

Otra vez en el punto de partida...

Estaba abatido. Le dolía todo el cuerpo.

Los tortuosos recuerdos de la noche anterior acudieron a su mente como un ejército de fantasmas dispuestos a mortificarle.

Comenzó a temblar...

Y pensar que si no hubiera ofrecido al señor Revert el pañuelo de seda el hombre aún seguiría vivo.

¿Pero cómo iba a imaginarse él..?

Y además las reacciones del señor Revert eran tan imprevisibles.

Tal vez se hubiera quitado la vida más tarde o más temprano.

Y aquella increíble coincidencia que lo cambiaba todo...

Le parecía imposible que la desconocida dueña del pañuelo, su adorada y misteriosa Amelia R., que él había forjado en sueños y a la que había entregado su corazón, fuera la desaparecida hija del señor Revert, que debió de perder su pañuelo en la estación de trenes de Oviedo, al mismo tiempo en que él bajó de su tren, procedente de Galicia; por eso cuando aspiró el intenso aroma de violetas recordaba haber pensado que debía llevar poco tiempo allí tirado. Tal vez la chica cogió uno de los trenes que salían de la ciudad, pero ¿a dónde? eso ya nunca lo sabría.

Pobre muchacha...

¿Qué habría sido de ella?

Habían pasado ya casi tres años desde que él encontrara su pañuelo de seda, aquel "algo misteriosamente bello..."

La misma noche, la misma estación, la misma hora...

Le parecía tan fantástico.

El señor Revert, siempre le había dicho que su hija no sabía nada de la vida, ni de los hombres.

¿Estaría aún viva?

¡Oh, Dios mío! ¡Haz que siga viva!

Su amada e imaginaria Amelia había salido de sus sueños para hacerse realidad y ahora que conocía su identidad, la amaba más que nunca.

Cuanto debía haber sufrido la pobre chica con un padre como aquel. Tal vez por eso se fue de casa...

Y también pobre señor Revert, que tanto había amado a su esposa e hijas que no había sabido como tratarlas, por culpa de aquel tormentoso carácter.

Como le gustaría haber conocido a la pobre Amelia y haber consolado su pena.

La imaginaba llorando en la estación de trenes, secando sus las lágrimas en su pañuelo...tal vez por eso mismo lo había perdido y de repente él también empezó a llorar.

Como le dolían las lágrimas de aquella chica a la que jamás conocería...

Y qué habría sido de ella... Estaba casi seguro que estaba viva, si no él no sentiría aquel inmenso éxtasis, aquella tormentosa felicidad cuando aspiraba el aroma de violetas del pañuelo...

¿Y cómo sería su rostro?

El señor Revert nunca le había enseñado un retrato de su hija. En la casa no había fotografías de ningún familiar de su jefe.

¿sería tan hermosa como él la imaginaba en sueños?

¿qué más daba?

para él siempre sería la mujer más bella del mundo... su violeta perdida...

y entonces comprendió con pesar que su dulce princesa al haberse convertido en un ser real por aquella fantástica coincidencia, estaba más lejos que nunca de él...Un universo entero lo separaba de ella, porque ya nunca más podría volver a conformarse con los sueños, ahora quería conocer a su amada Amelia en la realidad, y sabía que aquello era tan imposible como querer tocar el sol.

Y allí en su habitación se quedó llorando...

Lloró por su amada Amelia, más lejos que nunca de su corazón...

por el pobre señor Revert, por él mismo, por su triste pasado, por su mala fortuna, y por todo aquello que nunca podría ser... por todos los ayeres perdidos y por todos los sueños de esperanza que se habían desvanecido para siempre.








ALGO MISTERIOSAMENTE BELLO 3

Pasajeros Del Destino

TERCERA PARTE


Primera Novela Corta de

Yolanda García Vázquez

Derechos de autor reservados






Capítulo XI




El señor Revert fue enterrado en el cementerio del pueblo. A pesar de haber sido un hombre tan importante, poca gente acudió al entierro.

Cuando David se quedó solo junto a la tumba rogó por el alma del señor Revert, que tanto había sufrido en su tortuosa existencia. Ahora ya descansaba en paz. Depositó sobre la tumba un ramito de violetas. Al señor Revert le gustaban tanto las violetas.

En su testamento Federico Revert creyendo a su hija muerta, legó toda su fortuna a varias misiones cristianas de África y a numerosas instituciones de caridad; su casa de Siete Encinas y todas sus pertenencias a la alcaldía del pueblo; al jardinero Miguel que una semana antes de la tragedia había ido a casa de unos parientes a pasar unos días de descanso a causa de su salud, y que aún no había regresado al pueblo, el señor Revert le dejó un cuadro que colgaba de la pared del vestíbulo, y donde se veía un frondoso jardín. Era un cuadro de gran calidez artística, que había adquirido en una exposición de París hacía años; a Miguel siempre le había gustado mucho aquel cuadro, y el señor Revert siempre se reía del jardinero y de sus nulos conocimientos sobre arte; y a David aparte de una pequeña suma de dinero, le dejó una buena recomendación para un futuro trabajo firmada por el señor Revert, en la que se decía que era un sirviente muy trabajador, honrado y fiel, además le dejó una edición antigua de la novela "Noches blancas" de Fedor Dostoievski, con una dedicatoria para él. Cuando David la leyó se quedó gratamente sorprendido:


"Para ti David, como muestra de afecto y admiración. Nunca abandones tus sueños, con el tiempo te darás cuenta de que lo demás no merece mucho la pena."


Sinceramente agradecido

Federico Revert


David se sintió profundamente emocionado. Así que después de todo el señor Revert le había apreciado y comprendido. Miró al cielo. "¡Dios lo tenga en su Gloria!", pensó



Pasó una semana desde la noche fatal en que el señor Revert se quitó la vida, y en la casa reinaba ahora un silencio desolador.

La pareja de sirvientes que pronto se marcharían de allí en busca de un nuevo puesto de trabajo, seguían mirando al pobre David de forma extraña, y también murmuraban a escondidas.

David ya suponía lo que andaban diciendo.

¿Es posible que pensarán que él...?

Dios mío! ¿es que no había sufrido ya bastante?

Sabía que pronto tendría que abandonar la casa, marcharse a cualquier sitio, antes que quedarse en aquel pueblo. Era muy consciente que los lugareños gracias a la señora Jiménez comenzaban a murmurar también.No podría seguir viviendo en aquel lugar

y además había tantos oscuros recuerdos. En aquel pueblecito, que al principio le había parecido un remanso de belleza y de paz, tan solo había conocido tres meses de tranquila dicha, hasta aquella extraña noche en que el señor Revert empezó a cambiar.

Había pasado más de un año y medio viviendo en aquel lugar donde sus antiguos miedos y cicatrices habían reaparecido; dónde sus palacios se habían derrumbado en aquel pequeño charco que era ahora su vida, donde el universo entero se había desplomado sobre él en aquella terrible noche en la que el señor Revert se quitó la vida delante de él.

Se sentía como un náufrago flotando sobre un mar profundo y siniestro.

Pronto se hundiría para siempre

Todo lo había perdido en aquel naufragio, absolutamente todo. Ya nada le quedaba, ni dentro, ni fuera, ni siquiera su adorada Amelia, que al convertirse en un ser real ya no podría volver a soñar con ella; estaba tan lejos de él como la última estrella del universo.

Nunca la conocería...

Una eternidad lo separaba de ella... y él la amaba tanto...tanto...

Como le dolía su amor por ella...Hasta la sangre de su alma se retorcía de dolor...

Pero no, no quería pensar en su amor imposible por una mujer desconocida, a la que jamás podría amar en la vida real...

Tal vez estuviera muerta...

No, ¡eso nunca!

Su amada vivía, así lo sentía él...

No podía ser de otro modo...

Pero él nunca vería la luz de sus bellos ojos, que debían ser muy hermosos, de eso estaba seguro; se le antojaban como dos estrellas lejanas que se alzaban majestuosas sobre un cielo desconocido, muy lejos de él...

pero no quería en pensar en ella, se le inflamaba el corazón.

Aquel hermoso palacio que él había creado...era el más grande y bello del mundo, pero se había desvanecido para siempre. Sin embargo aún le quedaba algo, "algo misteriosamente bello..."




Capítulo XII


Unos días después David Freire hizo su equipaje para marcharse definitivamente de aquel lugar.

Todavía no sabía adónde iría; sólo tenía una idea en mente, alejarse de allí rumbo al olvido.

Tampoco sabía qué iba a hacer con su vida; tal vez empezar de nuevo en otro lugar, otra ciudad, pero bien sabía él que fuera donde fuera, nada cambiaría.

David se disponía a partir una fría tarde de finales de Noviembre. Si hubiera mirado el calendario se habría dado cuenta de que esa misma noche se cumplirían tres años de su llegada a la estación de trenes de Oviedo, cuando encontró aquel "algo misteriosamente bello..." , pero estaba tan abstraído en sí mismo, en huir de aquel lugar, que no podía pensar en otra cosa.

El día antes había ido a la pequeña estación de tren del pueblo para comprar un billete para Burgos, sin saber muy bien cual sería su destino después. Ahora disponía de bastante dinero. Había ahorrado mucho al servicio del difunto señor Revert. Ahora su maleta era nueva y amplia. Iba vestido con un elegante traje oscuro. Tenía un aspecto distinguido. Se miró en el espejo de su habitación y sintió un escalofrío, ya que en otra mañana lejana en su cuartucho de Oviedo, se había mirado en el espejo con su viejo y raído traje de los domingos, y entonces se había sentido tan felíz con su futuro trabajo al servicio del Señor Revert. ¡Que ironía! y ahora vestido de forma impecable, y con bastante dinero en el bolsillo, se sentía tan desgraciado como un fantasma, condenado a vagar eternamente.

Ni siquiera sentía la sangre que corría por sus venas.



Bajó las escaleras y se despidió del matrimonio de sirvientes, que también abandonarían pronto la casa. Le estrecharon la mano fríamente y con aquella mirada a la que ya se había acostumbrado David.

Echó un último vistazo al salón donde todo ocurrió.

Y con una pena infinita en el corazón y la mirada perdida abandonó aquella casa donde había vivido casi dos años.

Le hubiera gustado despedirse del jardinero Miguel, pero aún no había regresado al pueblo.

David con un suspiro de desaliento cruzó la verja de salida.

Los melancólicos sauces fueron quedado atrás envueltos por la bruma del otoño.




David se encaminó hacia la estación de tren con paso lento, sin mirar en torno a él.

El sol empezaba a caer sobre el pueblo en su acostumbrado ritual multicolor. Si David hubiera mirado hacia arriba hubiera quedado fascinado al contemplar aquella hermosa gama de tonos púrpuras y anaranjados, que se deshojaban como recién pintados por las manos de un artista sobre la pradera solitaria...



pero a David Freire ya no le importaba el cielo.



Capítulo XIV




Llegó a la pequeña y solitaria estación de tren del pueblo.

Una sola vía, un solo tren...

Como la vida misma; Nacer y morir...

Llegar y partir...



Había una pequeña cantina llamada "El café de la espera"; como su tren aún tardaría en llegar, pues siempre se retrasaba aquel viejo tren, David en un estado de completa apatía entró en la cantina.

Era la típica cafetería de una vieja estación de tren de un pueblo de provincias. Se sentó junto a una mesa y pidió café y tostadas, pues apenas había comido. Afuera ya había casi anochecido. La cantina estaba casi vacía, a parte del dueño, solo había allí cinco personas que debían ser forasteros, pues no le sonaban sus caras. Debían haber llegado al pueblo en el último tren, o tal vez estuvieran allí de pasada. En la vieja radio sonaba una conocida pieza de música clásica, pero David ya a nada reaccionaba.

Sentía una profunda pesadez en el corazón, y lo que era peor, tenía la sensación de que aquella vieja angustia no le abandonaría nunca, que sería una eterna compañera de viaje y eso le aterraba más que la incertidumbre por su futuro.

Pero no quería pensar en sí mismo ahora.

Solo quería alejar de su mente todos los siniestros recuerdos y sobre todo no quería pensar en lo que el destino le podía tener deparado.

Quería distanciarse de sí mismo, volcar toda su atención en los demás, tal vez así conseguiría calmar su creciente ansiedad, que ya le resultaba insoportable.

Se puso a observar a los cinco forasteros.

La música de la radio había cambiado. Ahora sonaba con una magia envolvente: "Las danzas polopsianas del Príncipe Igor" de Borodin.

Junto a su mesa había sentado un hombre de cabello gris de unos 60 años, leyendo el periódico; por su porte distinguido debería ser alguien importante; parecía un hombre muy seguro de sí mismo y que lo tenía todo controlado. Él jamás conseguiría tener esa seguridad, ese aplomo, pero se había prometido no pensar en sí mismo, precisamente ese día...

También había en otra mesa una mujer de unos 30 años, sus cabellos eran cobrizos, y era muy bella; por su aspecto elegante y sus ropas de alta costura, tal vez fuera una actriz o tal vez perteneciera a la alta sociedad. Fumaba un cigarrillo, y David advirtió por las marcas rojizas bajo sus ojos que debía haber llorado recientemente, tal vez pensando en un amante perdido... pero ¿qué le importaba a él todo eso? Sabía tan poco de las mujeres... Eso le trajo a la memoria el recuerdo de Amelia, pero no, no quería pensar en ella ahora. Le dolía demasiado. En otra mesa junto a la puerta, había dos mujeres sentadas; una de aspecto otoñal que iba vestida de forma impecable y parecía muy distinguida. La otra mujer que acompañaba a la dama otoñal parecía muy joven, vestía de forma muy pulcra y con sencillez; tal vez fuera pariente de la dama otoñal, o su dama de compañía. Por la expresión de sus rostros parecían sentirse felices y satisfechas de la vida. Tal vez estuvieran de vacaciones por aquel lugar. Nunca las había visto antes. También había otro hombre apoyado en la barra. Debía tener unos 50 años y también parecía muy elegante. Fumaba en pipa, parecía muy fuerte y seguro de sí mismo. Tenía las sienes plateadas, y una expresión felina en su rostro; sin duda se creía alguien.

Esos eran los cinco forasteros que había en aquella cantina y de nuevo David volvió a sentirse un extraño entre los demás...

Pero no quería pensar en él

Debía olvidarse de sí mismo...si quería alejar aquel dolor, aquella angustia insoportable.

Su café se estaba enfriando. El dueño de la cantina, un silencioso hombre de mediana edad estaba concentrado en su trabajo, ajeno a las vidas de aquellos forasteros.

De repente el hombre apoyado en la barra de la cafetería soltó una sonora carcajada. Todos lo miraron intrigados.

- ¡Que extraño es el destino! ¿No creen? -dijo aquel hombre mientras miraba divertido a los otros - No me miren así... - prosiguió - El Destino ha hecho que nos juntemos aquí, cinco personas desconocidas, que bajo una máscara de aparente normalidad, esconden algo que desean olvidar...

y volvió a reír de forma estridente.

Todas las miradas se concentraron en aquel extraño hombre.

David lo miraba con atención y no le parecía que estuviera loco. Había en aquella risa, una desesperada euforia.

- No se sorprendan, ni finjan escandalizarse; ya saben de lo que hablo... Todos llevamos una carga a cuestas. - los desafió con la mirada, y después agregó - Por ejemplo, caballero... - señaló al hombre de pelo gris que poco antes estaba leyendo el periódico - bajo su apariencia distinguida y segura de sí misma se esconde un alma profundamente herida. Estoy seguro de ello.

El aludido se sintió ofendido y algo nervioso le respondió :

- Es usted un impertinente.

El dueño de la cantina le dijo al misterioso hombre que no molestase a los clientes.

- Discúlpeme..no quería ofender - respondió con falsa modestia - por supuesto, admito que soy un impertinente y también soy un esclavo del destino...¿no creen en él? Yo sí. El destino me ha traído aquí, ¿saben? He venido a este lugar para... - hizo una pausa para observar a su pequeño auditorio. - para... suicidarme...- y volvió a reír, esta vez sus carcajadas sonaron de forma perversa en aquella cantina.

Le miraron inquietos, se sentían incómodos.

Pero a David no le incomodaba. El sabía de lo que hablaba el hombre...

Quería saber más y aguzó el oído, mientras observaba a aquel hombre completamente hechizado.

- Sí, voy a quitarme la vida. He venido a este lugar expresamente para ello. Hay un precipicio por aquí al que llaman "El fin del mundo"; yo estuve en este lugar muchas temporadas de niño y parte de mi adolescencia; entonces era felíz, con toda la vida por delante, y aquella sana alegría que solo se siente cuando uno es niño, ignorando las trampas de la vida, todas sus futuras traiciones, toda la maldad del mundo. No se preocupen por mí, he vivido lo mío. He disfrutado intensamente lo que la vida me ofrecía, pero jamás encontré la verdadera felicidad, aquella que solo conocí de niño. Que caprichoso es el destino, ¿verdad?

Y continuó riendo como si se burlara de ellos.

En la cantina reinaba un profundo silencio. Todos estaban absortos en las palabras de aquel hombre.

David más que ninguno, que emocionado y con la voz temblorosa se aventuró a decir al futuro suicida :

- ¡No, no, usted... no debe, no debe hacer eso! Siempre... hay un mañana...

El misterioso hombre dejó de reir y le contestó a David en tono sombrío :

- ¿Mañana? Yo ya no tengo mañana, joven... Me queda un año de vida, según los médicos. ¡Médicos! Son unos farsantes todos y embaucadores. ¡Unas malditas sanguijuelas todos ellos! Siempre jugando con el miedo y siempre andando con rodeos a la hora de decir la verdad. Sé que mi muerte será lenta y muy dolorosa, y me niego a morir de esa manera. Prefiero acabar con mi vida de una forma rápida; un salto al vacío, y luego el gran olvido... el mayor de todos los olvidos...

Y volvió a reír desesperadamente...

David sintiendo aquella desesperación ajena como propia, intentaba buscar las palabras adecuadas para alejar la idea del suicidio de la mente de aquel desconocido, pero no encontraba palabras, porque él también había intentado acabar con su vida tiempo antes.

La dama otoñal dijo en tono amable

- Caballero, siento mucho por lo que debe estar pasando, pero recuerde que la esperanza es lo último que se pierde.

El hombre de pelo gris afirmó severamente :

- El suicidio es un terrible delito

El hombre de la barra lo fulminó con la mirada

- ¿Delito? como dijo el poeta.. el mayor delito del hombre es haber nacido...

David con voz entrecortada y balbuceando consiguió decir al fín :

- Pue..puede usted aún ser felíz, señor.. tal vez.. el último año de su.. su vida... sea el más im..importante.. de toda su existencia...

Reinó un profundo silencio

- ¿Y eso me lo dice usted..? - dijo el extraño hombre mirando a David con expresión burlona - No es usted el más apropiado para hablar de felicidad, joven... Lleva la desgracia escrita en el rostro...

Y siguió riendo

David bajó los ojos avergonzado

Otra vez había permitido que las miserias de los demás le afectarán.

¿Es que nunca iba a cambiar?

Bastantes problemas tenía él para preocuparse por los demás.

No volvería hablar

El extraño hombre lo miraba con expresión burlona

"Tal vez esté loco", pensó David.

Se sentía humillado. Le estaba bien empleado por ser tan impresionable y meterse donde no le llamaban.

De todos modos, él también llevaba su cruz a cuestas y a nadie le importaba.

Fijó la mirada en su taza de café ya casi vacía. Miró el reloj. Ojalá llegara pronto el tren.

Sintió deseos de escapar de allí, pensó salir afuera, pero hacía demasiado frío.

Los demás estaban ansiosos

Las palabras de aquel misterioso hombre les habían afectado. En la cantina reinaba ahora un tenso silencio.

De pronto se escucharon unos fuertes pasos afuera y tres hombres uniformados entraron en la cantina.




Capítulo XV




Tres guardias avanzaron con paso firme hacia David; y con voz autoritaria el sargento Muñoz le dijo :

- Señor Freire, queda usted detenido como principal sospechoso del asesinato del señor Federico Revert.

Todo se quedaron petrificados. No esperaban algo así.

Aquello parecía tan irreal...

La dama otoñal se quedó atónita; su joven acompañante exclamó sorprendida :

- ¡No puede ser!

El hombre de pelo gris exclamó : - ¡Por todos los santos!

La bella mujer de cabello cobrizo estaba conmocionada

y el misterioso hombre de la barra añadió:


- ¡Parece increíble!

El pobre David se puso a temblar...Todo su ser temblaba. El universo entero temblaba; el mundo era una perturbación constante.

No había salida...

Así que al fin había vuelto a suceder...

El golpe definitivo, la estocada final.

¡Oh Señor! ¿cómo era posible que sospecharan que él había hecho algo semejante?

El aire de la cantina se transformó una espesa capa de niebla y confusión.

Lucía y Roberto con sus murmuraciones...

¿Pero es que el infortunio iba a perseguirle siempre?

¿Qué habia hecho él para merecer tanto castigo?

A David ya no le cabía más dolor en el alma.

Entonces...entonces, si su vida era un peregrinaje eterno por la desgracia, era mejor morir.

El hombre de la barra tenía razón

Era preferible una muerte rápida que todo aquel infierno interminable.

David sintió deseos de tirarse al suelo y llorar sin parar, pero las lágrimas no acudían a sus ojos.

Sintió definitivamente que todo había terminado para él y que el último telón había caído.

El sargento Muñoz habló con aquel tono autoritario que le caracterizaba :

- Veo que está usted temblando.. y no es para menos. Le hemos cogido antes de que escapara del pueblo. Los Jiménez han acudido esta tarde a la comandancia al ver que usted se marchaba de la casa definitivamente. Nos han puesto al corriente de todo. Afirman haber escuchado la acalorada discusión que tuvo usted con su jefe aquella noche, minutos antes de que sonara el disparo. Oyeron al difunto señor Revert acusarle a usted de haberle hecho algo a su hija desaparecida hace tres años y sobre todo escucharon algo acerca de un pañuelo de seda de su hija y que por alguna extraña razón, usted tenía en su poder. El señor Revert acababa de descubrir que usted tenía el pañuelo de su hija.. poco después sonó el disparo fatal. La pareja de sirvientes entraron al salón segundos después. El señor Revert yacía muerto en el suelo. Y usted parecía estar en trance, como ido; buscaron un pañuelo, pero no lo encontraron. Afirmaron que durante mucho tiempo usted se comportaba de forma extraña. El señor Revert había sido coronel de infantería, un hombre muy creyente; Jamás se hubiera quitado la vida, y como usted nos ocultó la historia del pañuelo cuando le interrogamos la noche de autos, y hoy decidió abandonar el pueblo intempestivamente, los Jiménez han acudido a nosotros y nos lo han contado todo.

Ya ve, todas las pruebas le incriminan. Acabamos de recibir una orden del juez para que se realice una investigación minuciosa; y de momento es usted el principal sospechoso. A lo mejor no solo mató al señor Revert, si no que también pudo hacerle algo malo a su hija, pero eso ya lo descubriremos más tarde . ¿Tiene algo que alegar en su favor?




David había escuchado aquellas palabras completamente abatido y desolado.

Todo estaba en contra...

¿Quién tejía aquella telaraña de espanto sobre él?


¿Quién?...

A lo mejor estaba soñando...

Ahora todos lo miraban con los ojos muy abiertos...

La capa se hizo más densa, más densa...

Dentro de poco el polvo de la confusión se lo tragaría para siempre.

Iba a caer...

Y de repente, sin saber cómo y haciendo un esfuerzo sobrehumano, David sacó fuerzas de lo más hondo de su ser. Se levantó de su silla y habló como nunca antes había hablado, sin tartamudear ni una sola vez.

Su voz sonó firme, pero desesperada, como la de un hombre decidido a demostrar su inocencia y llegar hasta el fondo del asunto, sin titubear y sin dejarse intimidar por la altanería de los guardias.

- Jamás, jamás, le he hecho daño a nadie en toda mi vida. Soy inocente del crimen que me acusan. Lo juro por Dios. No conozco absolutamente de nada a la hija del señor Revert. Ya se lo expliqué a él la noche del fatal desenlace, pero él estaba tan ofuscado que no podía comprender. La noche que llegué a Oviedo hace tres años, encontré un pañuelo de seda tirado en el andén de la estación, como me pareció algo tan bello lo recogí y me lo guardé, y como después me dio buena suerte lo conservé como amuleto. Soy muy sentimental; así que siempre lo he llevado conmigo. Como ya les conté la otra noche, el señor Revert estaba tocando el piano esa noche, y dijo que tenía pensado suicidarse, pero que era un cobarde para hacerlo. Estaba muy angustiado. No dejaba de torturarse una y otra vez con los recuerdos. Yo intenté consolarle como pude, pero no hubo forma y se puso a llorar como un niño. En un momento buscó a tientas su propio pañuelo y como no lo encontraba me sentí tan conmovido que le ofrecí el mío, pero no el que uso siempre, que estaba en el bolsillo de mi bata, sino el de seda, que siempre lo llevo como amuleto, y que jamás hasta aquella noche se lo he enseñado a nadie. Por nada del mundo imaginé que podría pertenecer a la hija del señor Revert. Todavía me sigue pareciendo una historia increíble. Cuando el señor Revert se fijó en el pañuelo empezó a mirarme de forma extraña; fue cuando me dijo que aquel pañuelo era de su hija, que siempre lo había llevado consigo desde que cumplió 15 años, y que no había otro parecido. Yo no salía de mi asombro... Intenté explicarle... pero el señor Revert estaba preso de una ira incontrolable, y comenzó a acusarme de haberle hecho algo malo a su hija, a la que jamás conocí. Su ira fue en aumento y finalmente me apuntó con el revólver. Yo estaba paralizado. No comprendía, ni entendía nada de lo que estaba sucediendo. Todo me parecía una pesadilla. El señor Revert seguía amenazándome con el revólver, y en un segundo que se me hizo infinito, y en la que vi pasar toda mi vida ante mi, el señor Revert giró el revólver sobre sí mismo y se pegó un tiro. Esa es toda la verdad. Jamás conocí a la hija del señor Revert, ni le hice daño alguno al señor Revert. Lo juro por mi vida.

Todos le miraron estupefactos

- ¿Y porqué no dijo toda la verdad la otra noche cuando le interrogamos? - preguntó el sargento Muñoz con un tono de incredulidad

- Porque parecía demasiado fantástico. Nadie me iba a creer...nadie... - contestó David de forma enigmática, y como si hablara más para si mismo, agregó - Nadie me ha comprendido nunca...

El silencio era tan denso que se hubiera podido cortar con un cuchillo.

- ¡Exacto! - sentenció el sargento Muñoz irónicamente -... Demasiado increíble para ser cierta. Usted al verse descubierto por el señor Revert cuando le acusó de haberle hecho algo a su hija, le disparó... Mi experiencia me dice que no cabe otra posibilidad, pero usted en su arrebato criminal no contó conque los Jiménez estaban escuchando toda la discusión. Por cierto, ¿dónde conoció a la hija del señor Revert? ¿porqué estaba el pañuelo de ella en su poder? ¿Y porqué lo sustrajo usted de la escena del crimen? Tendrá que aclarar todo esto más adelante. El señor Revert lo sacó a usted de la miseria, era un hombre respetable; uno de nuestros militares más honorables y valientes. Jamás se hubiera suicidado. Además, en el pueblo la gente dice que es usted un joven muy extraño y solitario, que no habla con nadie más que consigo mismo. El señor Revert le pagaba un buen sueldo, y además le dejó una importante suma de dinero en su testamento. Como verá todas las pruebas le señalan. ¿Lleva el famoso pañuelo consigo ahora..? Entréguemelo, es una orden.

David estaba indignado.

¡No le creían!

Le consideraban un asesino..¡A él!

Sintió una llamarada de ira subir hasta sus mejillas.

Pero si iba a hundirse para siempre, mejor hacerlo con las velas desplegadas.

No iba a permitir que pensarán que además de idiota y tarado, era también un asesino. ¡No, eso no! Por alguna extraña razón, y por vez primera, el dolor que sentía era tan extremo que se transformó en coraje. Se sentía lleno de fuerzas, mucho más que aquella noche en el puente de Oviedo, tres años atrás. Iba a ir hasta el final para demostrar su inocencia, al precio que fuese. Sacó su pañuelo de seda del bolsillo, y se lo entregó al sargento Muñoz en un ademán de desafío.

- Amelia R. - leyó el sargento Muñoz - ¿es que no sabía usted que la hija de su jefe se llamaba Amelia..? No me haga reir...

- ¡El señor Revert jamás pronunció su nombre! Siempre se refería a ella como su violeta perdida. - contestó David con vehemencia - Lo juro. Es la verdad. Además nunca encontrarán mis huellas en el revólver.

- Usted debió borrarlas. - contestó el sargento en tono cansino - Eso tampoco le exime de culpa. Los asesinos suelen ser muy astutos y los que hablan poco, mucho más. Sigo pensando que la historia de como se encontró el pañuelo de la hija del señor Revert es muy rocambolesca; pero lo que más le incrimina es que tuvo usted la suficiente perspicacia para esconderse el pañuelo después que su jefe cayó muerto al suelo.

- Entonces... - siguió David desafiante - si piensan que soy culpable... ¿porqué le ofrecí el pañuelo de seda al señor Revert sabiendo que era de su hija..?

El sargento Muñoz lo miró de soslayo

- Sus motivos tendría... Todo el mundo murmura en el pueblo que usted no parece estar muy bien de la cabeza y que sus acciones son inesperadas; además tiene usted mucha imaginación, una imaginación muy retorcida. Se ha inventado una historia fantástica, demasiado fantástica para ser verdad.

El sargento Muñoz agitaba suavemente el pañuelo de seda en el aire ante la mirada atónita de David.

- Así que queda usted detenido, y todo lo que diga ahora podrá ser utilizado en su contra.

El dolor era tan profundo que hasta los pensamientos parecían condensarse. Era como si el mal encontrase siempre una vía para manifestar su poder arrastrando consigo todo aquello que fuera vulnerable.

Pero de pronto una voz se escuchó en medio de aquel drama, una voz dulce y femenina, que desde algún lugar de la oscuridad parecía querer encender una pequeña luz.

Y la encendió...

- Perdonen, pero ese pañuelo es mío. ¡Yo soy Amelia Revert!

Todas las miradas se concentraron en aquella mujer.

En la cantina la confusión se hizo más pesada. Todo parecía un sueño, una especie de melodrama antiguo.

No obstante, todos tuvieron la lejana sensación de que una lucecita se acaba de encender, aunque no comprendían muy bien el significado de aquel inesperado giro de la situación.




Capítulo XVI




La mujer que acababa de hablar era la joven acompañante de la dama otoñal, que había contemplado atónita todo aquel drama sin saber siquiera que ella estaba relacionada de forma directa.

- En efecto, sargento. - continuó con determinación - Yo soy Amelia Revert, y estoy tan sorprendida como todos ustedes con todo lo que acabo de escuchar. ¡Esto me parece increíble! He venido a este pueblo a pasar una temporada, en compañía de esta dama a cuyo servicio trabajo. Hemos llegado esta misma tarde, y jamás imaginé que mi padre viviera en este lugar, ni que hubiera muerto de ese modo. Hace años que no sé nada de él y les doy mi palabra de honor que no he visto a este joven en toda mi vida. - señaló a David que la miraba estupefacto - Esta misma noche se cumplen tres años desde que abandoné mi casa en Oviedo. Vivía con mi padre, pero la vida con él era imposible ¡Una auténtica pesadilla! Era un hombre muy posesivo, y en ocasiones se comportaba como un déspota. Bebía demasiado, y tenía violentos cambios de humor. Su manera de entender la paternidad era muy destructiva e irracional. Hizo sufrir mucho a mi pobre madre, que murió a causa de los disgustos que él le daba y sus ataques de celos. Después de la muerte de mi madre, se volvió muy agresivo. Los criados se fueron marchando de casa. Mi vida con él era insoportable. No me dejaba ir sola a ningún sitio; prácticamente me tenía recluida en casa. Siempre estaba hablando de la maldad del mundo, y me amenazaba con suicidarse si no le obedecía. Sus arrebatos eran cada vez más peligrosos. Llegué a temer incluso por mi integridad física. No podía seguir viviendo así y le tenía un miedo atroz. Nos culpaba a mi difunta madre y a mi de su desgracia. Así que decidí huir de casa, ir a cualquier sitio, antes que seguir viviendo de aquella manera. Así que un día que mi padre no estaba en casa y haciendo acopio de valor, hice mi maleta y me marché. Tenía bastante dinero ahorrado y pensé que en cualquier sitio, lejos de allí, podría encontrar un empleo. Me dirigí a la estación de tren de Oviedo donde cogí un tren que salía fuera de la ciudad. Me di mi cuenta poco después de subir al tren que había perdido mi pañuelo de seda. Durante el viaje conocí a esta señora y entablamos amistad. Nos hicimos muy amigas. Le conté mi historia, y fue muy amable y comprensiva conmigo. Me propuso ser su dama de compañía, y yo acepté su propuesta. Ella iba camino de Oporto, ciudad en la que reside. Así que durante tres años he trabajado a su servicio y ha sido como una madre para mí. Me ayudó a olvidar el pasado. Hemos llegado hoy mismo a este lugar para pasar unas cortas vacaciones. Esta señora pasó en este pueblo su juventud.

Hemos llegado en el último tren de la tarde. Estoy muy sorprendida, y todavía no doy crédito a lo que acabo de escuchar. Me parece algo absolutamente fantástico e irreal. Este joven, les ha dicho toda la verdad. El debió encontrar mi pañuelo justo después de que yo subiera al tren. Sin duda es inocente de lo que le acusan. Estoy segura. Supongo que yo debo ser algo culpable, pues me fui de casa sin ni siquiera dejar una nota... - Amelia Revert estaba ahora muy compungida, como si quisiera llorar pero algo se lo impidiera... - Pensé escribirle una carta desde Oporto.. - continuó Amelia - pero me daba tanto miedo... Él conocía gente importante en todas partes. Tenía muchas influencias...y yo estaba muy asustada de que intentara ponerse en contacto conmigo, y de algún modo coartar mi libertad... apelando a lo que fuera.. Él sabía hacer eso muy bien. Comprendan, su afán de posesión era enfermizo. Sé que a pesar de todo era mi padre, y que debí haberle hecho saber que seguía viva, pero tenía mucho miedo a que descubriera mi paradero. Ahora lamento no haberlo hecho, tal vez el seguiría vivo. ¡Pobre papá!

Amelia Revert se desplomó en la silla con la mirada perdida y una expresión de abatimiento, pero las lágrimas no acudieron a sus ojos.

La dama otoñal que había escuchado todo aquello atónita habló :

- Me llamo Isadora Aguilar, y conocí a la señorita Revert en el tren que salió de Oviedo, hace tres años. La chica estaba desesperada. Me pareció tan joven e indefensa que me apiadé de ella y le ofrecí ser mi dama de compañía. Yo resido en Oporto y durante tres años ha sido una acompañante muy honrada y servicial. Hemos venido a este lugar a pasar unas cortas vacaciones y estoy fuertemente impresionada con todo lo que hemos escuchado.

El sargento Muñoz que se había quedado boquiabierto le dijo en tono amable a la joven Amelia

- Me enseña su documentación ¿por favor?

La joven obedeció.

- En efecto... - leyó el sargento Muñoz - Amelia Revert Monforte. Nacida en Oviedo en 1921; hija única de Federico Revert y de Clara Monforte. Bueno, todo esto habrá que aclararlo en el puesto de la Guardia Civil, si no tiene inconveniente, señorita Revert.

Al sargento Muñoz ya se le habían bajado los humos. Ahora se mostraba conciliador y con la débil sensación de haber hecho el ridículo.

- En absoluto, sargento. No tengo ningún inconveniente - respondió Amelia Revert con mucho aplomo.

David había escuchado absorto las palabras de aquella joven.

¡Dios mío! si parecía un milagro... Aquella frágil joven era la desaparecida hija del señor Revert y... su amada Amelia...


¿O estaría soñado otra vez?...

No daba crédito a sus ojos...Parecía un hada o un ángel caído del cielo... Al fin había conocido a su adorada Amelia.

¡Santo cielo! y había aparecido justo cuando él estaba a punto de hundirse para siempre...

y...entonces la amó mas que nunca.

El mundo era un lugar hermoso, si una sola luz era capaz de borrar toda la profunda oscuridad de golpe.

David sintió ganas de llorar y de reir...

Ya no era un espejismo. Esta vez era maravillosamente real...

Mientras su amada Amelia hablaba, en la radio de la cantina sonaba una hermosa melodía : El humo ciega tus ojos.

Todos desaparecieron a su alrededor...

Un soplo de naturaleza mágica lo alzó de entre las sombras, y todo su ser resplandeció con el destello de los recién nacidos.

Alguien le hablaba, alguien le observaba impaciente...

Pero él sólo tenía ojos y oídos para ella...

La contempló como si de una aparición celestial se tratara

¡Era la Titania de "El sueño de una noche de verano" ; la Beatriz de Dante; la Jane Eyre de Bronte...!

Era todas las musas del P

24 de Septiembre de 2021 a las 16:54 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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Yolanda García Vázquez Escritora, poeta y declamadora aficionada. Realizadora de vídeos amateur

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