byronsalva096 Byron Salva

Su jefa lo odia y sus colegas no tienen el más mínimo interés de dejarlo tranquilo. Por eso, Ulises tartamudea, se aísla y pretende no existir a no ser que algún cliente de la tienda necesite su ayuda, en cuyo caso, siempre es una suerte tenerlo cerca. Sin embargo, tiene un pequeño pasatiempo con el que olvida sus pesares y con el que recupera la cordura cada vez que lo sacan de quicio. Colecciona mariposas y todo tipo de insectos. Pero todo cambia cuando conoce a una bella y desconocida mujer en su trayecto del metro rumbo al trabajo, quien despierta en él, una obsesión tan oscura como la noche al sentir el constante deseo de poseer el tatuaje de un raro espécimen de mariposa que ella tiene sobre su clavícula a tal punto que, poco a poco notará que los lepidópteros e insectos, son más y más comunes dentro de la comunidad de tatuadores de Santiago. Su mente se encontrará plenamente cubierta del ansioso afán de agregarlas a su colección aunque ello signifique conseguirlas a cualquier precio.


Suspenso/Misterio Sólo para mayores de 18.

#crimen #misterio #asesinato #suspenso #policial #psicologico
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El tic nervioso

1


Querido lector, deja dirigirme a ti en lo que considero llegará a ser una agradable conversación entre tú y yo, primero contándote un detalle: soy una persona normal. Extremadamente normal. Tanto, que puedes mirarme fijamente a la cara sin siquiera notar un atisbo de demencia, ni una pizca de la más inquietante crisis neurótica o el signo de inestabilidad emocional producto de algún trastorno, alteración, perturbación, desorden o irregularidad que clínicamente puedas encontrar a detalle en grandes volúmenes olvidados y cubiertos de polvo en las bibliotecas que en este siglo ya nadie visita o tecleando en el móvil así te encuentres en el confín de la tierra y tengas una relativa buena conexión a Google.

¡Nada!

Lo único que podrías, tal vez, notar y que en cierto aspecto puede ser ligeramente molesto solo si, como mencioné, lo notas y no sabes el porqué, es una pequeña palpitación involuntaria que aqueja, lamentablemente, mi párpado izquierdo y que de vez en cuando obliga a quitarme los anteojos.

Es terrible. Lo sé.

Encontrarte calmado, relajado leyendo tu novela preferida o mirando la serie mejor recomendada del catálogo de Netflix y que de repente sientas una especie de golpeteo suave que automáticamente te hace perder la concentración y volver a la caótica realidad.

Alguien impaciente no lo soportaría. Perdería los estribos al instante.

Yo en cambio, tengo un pasatiempo que me desestresa y aliviana mis sentidos de cualquier tensión…, cada vez que siento mi párpado latir incontrolablemente, mis mariposas están allí, mis insectos me recuerdan que encontrarlos es, en estricto rigor, una batalla dura de combatir con la naturaleza, donde puedo estar cien por ciento seguro de que una picadura me llevaría hasta la muerte si no manejo la situación con el mayor cuidado, con la adecuada destreza que el momento amerite y, la adrenalina, ¡oh!, la adrenalina de recordar cada una de aquellas ocasiones es…, excitante, y es ahí, en esos momentos cuando pienso, si no pierdo el control estando allí, cuando estoy enteramente expuesto, ¿cómo podría perderlo con un simple aleteo sin sentido de mi parpado?

Así de sencillo es…, sin embargo, existen excepciones para las que solamente poseo el recuerdo de mi extensa y extraordinaria colección y, en una subcategoría de oportunidades, existe una densa gama de casos en que esta, ciertas veces parece que llega a ser inexistente.

Olivia. Por ejemplo.

Incluso ahora, recordar la serie de oportunidades en las que me ha hecho sentir inferior me enerva y por alguna extraña causa que incompatibiliza con todas mis conjeturas, con todos mis banales supuestos para con su forma de ser o actuar hacia mi persona, pensar en las veces que recuperé el control entre las mezclas de químicos y alfileres en mis insectos ya no basta.

Lamentablemente.

Y, a modo de comentario personal, puedo decirte, querido lector que, más de una vez me sentí culpable como nunca. Sentir la voz de Olivia obliterando mi existencia, era mantener mi propia paciencia al borde de la locura.

Un millón de veces soñé con cruzarle un alfiler por el pecho y hacerla parte de mi colección. Parte de una nueva, tal vez. Una en la que ella fuera la atracción principal, un espécimen nuevo y exótico cuya caza fue la más rara y salvaje de todas. Me imaginé cien mil veces inyectándole la solución común que suelo utilizar a un 37% por todo su cuerpo, hilvanando sus caóticos labios…, y porqué no también sus ojos, ya no verían nunca más la luz del sol ni el reflejo de su poder autoimpuesto elevando su despreciable ego mientras pisoteaba a los otros. Imaginar todo aquello era realmente exquisito y eviscerar para una mejor conservación, sería lo más adecuado debido a su gran tamaño.

¡Dios!

Mirándola así, podría ser digna incluso de una exposición.

Podría cortar y arreglar sus uñas luego de zurcirle los labios y ojos, ¿no?, arreglar su cabello tal vez, depilar un poco esa serie de pequeños filamentos y por qué no, tratar el malestar de su dedo gordo del pie. Tiene una erupción un tanto inquietante, amarillo verdosa y, la verdad me desasosiega cada vez que la veo.

(¡Olivia, Olivia!)

Para ser franco, ni si quiera mis insectos han muerto tantas veces en mi mente y en las condiciones tan blasfemas en que ella lo ha hecho.

Pero pido perdón por ello a diario y, Dios es mi único y más fiel testigo.

Próxima estación “Universidad de Chile” —anunció la voz de la línea 1 del metro de Santiago, dándome a conocer por fin el turno de mi paradero, sacándome de mi onírico mundo de infinitos azares sobre mi destino y haciéndome notar que delante de mí, había un raro y exótico ejemplar de mariposa, posado sobre la clavícula de una joven de majestuosos ojos verde limón, de cabellos dorados como el sol y que, resplandecían bajo la luz artificial de ese agujero del demonio en el que estábamos condenados a viajar a diario.

¡Por Cristo!, era un ejemplar divino.

La simetría de sus alas superiores, el color verde difuminado hacia la línea central mezclándose con ese calipso hipnótico que da paso a esa oscuridad espacial donde abundan pequeños puntillos de verde y amarillo como dibujados por un Dios (¡Aaah!), si tan solo pudieras imaginarlo tal y como yo lo veía en aquel entonces, te sorprendería saber que la forma en que lo piensas, es diez millones de veces más impura. La especie allí posada, sobre aquella piel de tersa geometría era magnífica. Las curvaturas de sus alas inferiores se notaban tan…, delicadas, la mezcla de coloraciones que viajaba hasta la punta de sus flancos que terminaban formando una perfecta gota de agua de azul celeste, cristalino caribeño, precioso, hermoso, majestuoso en toda extensión, empleo, y entendimiento de la palabra parecía invitarme a contemplarla cada vez más de cerca.

Casi parecía que podía tomarla entre mis manos y asombrarme con el pálido aleteo que sus escamas le permitieran. De no ser, claro, porque era tan solo una imagen estampada en la clavícula de aquella muchacha. Un tatuaje, pero tan bien logrado, que conseguía, en serio, asombrarme con la mezcla de colores al punto que se mimetizaban con la esencia de aquella pequeña, cuyo nombre, no por necesidad, sino por el ansioso deseo de saber por qué había decidido grabar en su piel aquel ejemplar lepidóptero tan hermoso, me vi en la obligación de obtener a como dé lugar.

Y antes de que cerraran las puertas del vagón en que viajaba, pude percatarme de que su paradero, lastimosamente, no era el mismo que el mío. Por esa razón, en una microscópica fracción de segundo divisible por un punto máximo, la decisión más importante de mi vida fue la que conseguí tras analizar todas y cada una de las presuntas respuestas a esta pregunta:

¿La volvería ver otra vez?


2


No puedo describir cómo fue, o si existe cálculo matemático en que se base la irremediable lógica que empleé para apearme de mi asiento y esperar que una pobre anciana canosa, de arrugas hasta en la ropa y unos lentes gruesos pudiera sentarse y así yo, poder acercarme a aquella chica…, a esa hermosa criatura cuyo nombre reverberaba en mis pensamientos produciendo un eco sordo que no me permitía distinguir perfil alguno de su persona.

No reparó en mí, en mi desgraciada existencia.

Eso era buena señal. No había llamado su atención y durante ese instante, la voz femenina del altoparlante habló:

Se inicia el cierre de puertas —había dicho.

Un revoltoso gentío comenzó a entrar en el vagón antes de que las puertas comenzaran a juntarse, de modo que en un abrir y cerrar de ojos, comenzaron a empujarnos de un lado a otro cada una de las personas que subían por las entradas desde el andén. Sentí un codazo por aquí, otro por allá. Intenté levantar la carpeta que Olivia había pedido con el informe del mes, me acomodé los anteojos para poder observar a la joven que procuraba con detenimiento, no perder de vista y, allí estaba aún. Oculta a la vista de todos, sujetándose del tubo frente a la entrada, con sus audífonos puestos y la mirada perdida en una mueca de desagrado debido a un tipejo de maltrechas vestiduras cuyo olor tan solo se apreciaba en las manchas grasientas y sudorosas de su polera tipo musculosa.

Avancé un par de pasos, haciéndome el desentendido, mirando en otra dirección. Procurando no existir.

El tren avanzó lentamente. Sentimos ese tenue vaivén que nos indica el principio de la marcha y al cabo de unos segundos, nos consumimos en la oscuridad del túnel. Aproveché para avanzar otro par de pasos y acercarme más. Un poco más…, un centímetro más…, ¡un pequeño milímetro más!

—¡Alto ahí! —gritó un hombre de unos treinta y tantos, más o menos.

Mi corazón dio un brinco cuando entre ella y yo, la mujer en cuya clavícula posaba una obra de arte creada solo para contemplación de los Dioses, pasó corriendo un sujeto de mi edad, tal vez. Veinticuatro, veinticinco, dando grandes y violentos surcos a toda velocidad, esquivando al gentío y desenvolviéndose tan bien como nadie mientras desde atrás, el sujeto a quien había escuchado gritar, apenas sí podía moverse entre la multitud que atestaba el vagón.

La pobre joven dio un grito sordo provocado por aquella sorpresiva situación, dejó caer un par de hojas que llevaba en una carpeta que no había visto y, como intuí, comenzamos a detenernos, las puertas del vagón se abrieron y sin más, aproveché el momento, intentando que toda la escena que allí se orquestaba, diera un leve giro a mi favor.

—¡Ey! —dije amablemente— ¡Cuidado! —añadí acercándome a la chica, aún desasosegada— Te ayudo, tranquila —sonreí, con tal de romper un poco el hielo y tal vez, solo tal vez, establecer en su subconsciente un poco de confianza.

Me hinqué para recoger su carpeta.

No noté ni un logo para saber dónde trabajaba, ni un slogan, ni un membrete, nombre, RUT, timbre o firma…, apellidos, dirección, oficina…, nada que pudiera indicarme si era alumna o trabajadora, si era dueña de casa o profesional. Ni si quiera una señal horaria que me diera un indicio de si tal vez en algún otro viaje volvería a verla.

¡Nada, maldita sea! ¡Nada!

Y tampoco sabía si contestaría a mi sobreactuada cortesía.

En aquel momento, el corazón me latía en la boca.

Tenía la garganta seca. Estaba completamente nervioso, sin embargo, una vez estuve de pie, sus ojos verde limón me miraron, tiritaron un segundo y, sus labios esbozaron una tierna y leve sonrisa.

—G-gracias —me dijo.

Hice lo mismo. Sonreí.

—N-n-no ha-hay d-de qué —tartamudeé.

¡Oh, Santo Dios! Querido lector, tal vez pensarás que soy un idiota por no haberlo mencionado antes, pero tengo un pequeño tic nervioso del que no te he contado, y como habrás notado, muy seguramente ya sabrás que, en instancias de relativa tensión, para variar (nótese mi sarcasmo), tartamudeo.

—En serio, muchas gracias —volvió a sonreírme la muchacha.

—T-tr-tran-tran-n-quila…, tranquila —volví a tartamudear.

Ella sonrió, esta vez más claramente.

Estoy casi seguro de que no me veía como una amenaza. Yo era, más bien, inocente a sus ojos.

—P-per-dón…, tar-t-tart-amudeo c-cua-n-cuando estoy n-ner-nervioso —exhalé para verme más vulnerable— ¡sí! —agregué con parsimonia.

—¡Oh!, no te preocupes —me dijo—. Ese sujeto creo que, nos asustó a todos.

—C-creo q-que s-sí.

Las puertas estuvieron abiertas un instante y, antes de que el parlante sonara, la muchacha se percató de que debía bajar, razón por la que, fingí sorpresa al punto que como pude, me apeé ágilmente y mi siguiente movimiento fue acompañarla bajo cualquier excusa hasta salir de la estación, pero si podía llegar más allá, claramente lo haría. Ya había ganado una pizca de su confianza, y si eso era suficiente para continuar acrecentándola más y más iba a ir a por ello sin lugar a duda.

—¡C-cielos! —exclamé— L-las p-p-puer-puertas.

—¡Oh! —se asombró ella— ¿bajas aquí? —consultó.

No quise hablar, preferí que notara en mi esa esencia de vergüenza por tartamudear, que sintiera lástima por mi tic nervioso de la misma forma en que sientes conmiseración por un perro callejero y hambriento bajo la lluvia, así que, solo asentí levemente con mi cabeza. Torciendo un poco mi boca y ya.

—¡Ay! —dijo— Pues, baja que ya cerrarán las puertas.

No pudo haber sido más fácil.

Todo había resultado, invitó a bajarme con ella y, ahora con total naturalidad solo tenía que sonsacar como tema principal aquel bello tatuaje que parecía elevarla desde su clavícula. En un segundo mis nervios desaparecerían y ya podría hablar con normalidad.

Sentía brotar por dentro esa sensación de éxito. De éxtasis.

—¡C-c-cla-claro! —sonreí.

Tras cruzar las puertas del vagón, caminamos derecho hacia la subida, a la plataforma principal en busca de la salida y, en ese lapso, pude enterarme de que aquel día había faltado a clases, se encontraba haciéndose exámenes médicos y ahora iba rumbo al departamento de una amiga que también había faltado al instituto por el mismo motivo. Lo habían conversado previamente con el profesor de turno de modo que, tomarían las asignaturas de forma online.

—Eso es es-es-t-estu-pendo.

—¡Eeeh! —exclamó ella— Vas mejorando.

—U-un… un poco.

Subimos un par de peldaños.

—¿Suele pasarte a diario? —preguntó.

—¿E-e-el t-tar-tarta-mudeo? —pregunté.

—Ajá —asintió.

—N-no —contesté—. S-solo cuando estoy n-n-nervioso.

—¡Oh!, ya veo.

Doblamos hacia la izquierda y según mi memoria, al salir de la estación, podríamos caminar rumbo al norte por la calle Enrique MacIver. Quizá, podría incluso ir a dejarla, después de todo, Olivia ya debía estar completamente vuelta loca, esperándome a la entrada de la librería con un rifle, cargado y dispuesta con todo su espíritu a darme un balazo entre los ojos sin escuchar previamente tan siquiera el inicio de mi excusa.

Podría vivir con ello…, o morir, en caso de que realmente estuviera con el arma entre sus manos, que por lo que la conozco, era lo más probable.

Y entonces fue cuando el foco se encendió sobre mi cabeza. Olivia me desesperaba por montones, pero mis mariposas me hacían guardar la calma, cuando tartamudeaba más seguido, tendía a utilizar la misma técnica.

—¿S-sa-sabes lo que m-m-me a me ayuda a c-cal-l-calmarme c-cu-cuando estoy n-ner-vioso? —pregunté.

—Lo ignoro —sonrió, mostrándome sus blancos y perfectos dientes.

Un grito de gloria invadió mi cuerpo.

—Las mariposas —dije, señalando la que ella tenía tatuada.


3


Sus ojos se abrieron enormemente. No pude evitar notar el asombro en sus facciones, cómo su mirada verde limón parecía henchirse de felicidad, como si hubiera estado esperando a que yo dijera o tan solo mencionara levemente mi subrepticia fascinación por los lepidópteros.

—¡Wooow! —exclamó asombrada.

—S-sí —dije levemente.

—Es fascinante.

—Un poco —agregué—. ¿Q-quieres u-un c-ca-fé? —pregunté luego, al notar que estábamos pasando frente a un chico colombiano que avanzaba ofreciendo pequeños vasitos de plumavit.

—¡Claro!

Detuve al joven y le pedí, amablemente, dos vasos de café. Uno lo suficientemente cargado para mantener mi marcha luego de llegar a la librería y uno simple para mi nueva compañera de viaje en tren debido a sus complicaciones de salud que hasta el momento desconocía.

—Es un hermoso ejemplar el que tienes tatuado —mencioné.

El ruido de fondo era estresante, de modo que así, podía pensar con mayor claridad en la cantidad de mariposas que ya antes había estudiado, en las que tenía en casa, en todas las que cada noche tecleaba en Google para saber más y más de ellas.

—¿Cuántas de azúcar? —preguntó el joven.

—Cuatro, por favor —contesté.

—¿Y la joven?

—Dos para mí, muchas gracias —sonrió—. ¿Qué puedes decirme de esta pequeña? —agregó al instante, dirigiéndose a mí.

Miré el tatuaje.

Cerré los ojos y pensé. Volví mi mente hacia el pasado, recordé haberla visto antes. Inspiré antes de contestar. No era una especie endémica del país. No. Ya la había visto, sí, pero no en mi pueblo, no en el valle y, claramente, mucho menos en Santiago. Era una especie de otro punto lejano del globo.

—Que es un ejemplar hermoso —dije.

Entre ella y yo solo hubo silencio.

—¿En serio? —preguntó al cabo de un rato— ¿Solo eso?

Consultó la hora en su móvil.

—Tienes dos minutos para decirme algo que me sorprenda. ¿Cómo se llama el polvo que tienen en sus alas? ¡Necesito saber eso!

Reí.

Papilio Blumei.

Se extrañó.

—¿Qué? —dijo.

—La especie que tienes en la clavícula es una Papilio Blumei, a veces confundida con la Papilio Palinurus. Es más comúnmente conocida por el nombre Pavo Real o Cola de Golondrina Verde. Te tatuaste solo el frente de las alas, no el reverso. Por debajo, tiene un color oscuro repleto de puntillos amarillos que, se asemejan a las estrellas, son realmente hermosas, el reverso superior tiene unas pequeñas pinceladas blancas o, grises ¿puede ser? ¿Sabías que ustedes las mujeres pueden reconocer más colores que los hombres? Es un poco injusto, ¿no crees? —sonreí— La cosa es que, el reverso inferior también tiene una serie de puntos amarillentos, pero, en vez de las pinceladas que tienen arriba, abajo poseen unos relieves en blanco y amarillo, como si hubieras pintado las yemas de tus dedos y las hubieras puesto un segundo o dos y luego las hubieras arrastrado por las alas.

«Como dato extra, te diré que no. No es polvo lo que las mariposas tienen en sus alas. Son escamas. El término lepidóptero, como se clasifican las mariposas, significa alas con escamas. Del griego Lepis que significa escama y pteron que significa ala».

Nuevamente hubo silencio.

Solamente el desagradable ruido de los vehículos, el barullo de la gente al caminar. Las bocinas, el humo de los tubos de escape, los motores. Las pisadas, el olor del tabaco, los mocosos caminando de aquí para allá. Maldita sea, pero entre nosotros solo existía ese incómodo silencio que, me inquietaba. La había asustado. Ella se iría. No volvería a verla nunca más. Mi obsesión fue notoria, se sentiría asustada, acechada.

—Eres un experto, parce —comentó el chico colombiano, dándome mi café y palpando mi espalda. Parecía tan confundido como sorprendido. Estupefacto.

Ella aún no decía nada.

—Estoy… —dijo— Me dejas… —pero el silencio volvía a hacernos presa de él— Anonadada.

Torcí la cabeza en señal de extrañeza.

—Me sorprendes —agregó.

—¿Por lo que sabe? —preguntó el colombiano.

—No tartamudeaste —dijo la muchacha, a pro de lanzar una melodiosa carcajada que, llenó de satisfacción toda mi alma, mi alma toda que, en aquella sonrisa, sentía el calor inherente de tenerla a mi lado…, para siempre.

Torciendo levemente mis labios en señal de simpatía me encontraba cuando la alarma de mi móvil dejó escuchar la melodía que había predeterminado para sonar cuando mi turno laboral comenzara. Fue entonces cuando lo saqué del bolsillo de mi pantalón y las ocho de la mañana se marcaban en la pantalla del teléfono.

—¡Santo cielo! —exclamó la joven.

—¿Qué? —pregunté— ¿Qué ocurre?

Ella sonrió.

—Tengo clases —contestó, tomando su café y pretendiendo avanzar por la calle en dirección al norte.

—¡Eh!, ¡eh! —agregué yo, en señal de protesta— ¡Oye, y te irás sin saber cómo se llama el chico que te ayudó!

Ella comenzó a caminar mientras la seguía.

—Perdóname —sonrió.

—No te preocupes.

Continuó caminando mientras yo me quedaba allí parado, dándome por vencido al son de la multitud que me desasosegaba. Mirando las direcciones de las calles, pensando qué ruta tomar para llegar más rápido a la librería, cuestionándome en si entrar a la estación sería realmente necesario (en efecto, ya que, rápido, obviamente llegaría). No consideré probabilidad alguna de que este efímero suceso se repitiera, era pasajero, un hecho aislado que posiblemente nunca llegaría a repetirse en el transcurso de mi vida, y cuando me hube, por fin, convencido de aquello, simplemente di media vuelta y caminé hasta la estación.

Miré aquel desgraciado agujero que odiaba tanto por las mañanas como en la tarde de lunes a viernes y el sábado que tuviera turno, y puse mi pie izquierdo en el primer peldaño de la escalera cuando una mano se posó sobre mi hombro derecho.

—¡Espera! —me dijeron.

La bella mirada verde limón que tuve por compañía durante los últimos veinte minutos se apareció frente a mí como por arte de magia, sus ojos se cruzaron con los míos, sentía la conexión inefable del tatuaje de su mariposa con la auténtica contemplación que solo mis globos oculares pardos de un lado y albino del otro podían darle a través de los cristales de mis lentes.

Por Dios. Era una maravilla.

—Ten —me dijo, tendiéndome un pequeño papelito entre sus delicadas manos.

Lo recibí.

—¿Y esto? —pregunté.

No me respondió.

—Revísalo cuando tengas un tiempo libre —contestó.

Luego de eso se marchó. Realmente se marchó.

Sus pisadas se alejaron de la entrada de la estación a la par que la gente entraba y salía. Al mismo tiempo que una mujer de cincuenta y tantos palpaba mi hombro para que me corriera (cosa que por cierto no tenía intención alguna de hacer). Alucinado, solamente me di la vuelta y atrapé su brazo con mi mano, la hice a un lado no con violencia, pero con extrema fuerza y así, seguí bajando a la madriguera de mi transporte.

Pensando en ella y en su tatuaje cavilaba cuando un ruido sordo y subterráneo se escuchó entre el barullo de la multitud. El metro ya venía. Revisé el papel que me había dado y, sin poder creer nada de lo que hasta aquel momento había ocurrido, creyendo que en cualquier momento iba a despertarme en el momento exacto que yo consideraba una fantasía había comenzado, que el destino ahí, cuando el altoparlante del mismo metro me despertó de los deseos que tenía para dar muerte a Olivia me habían hecho perder la cordura al ver aquella bella Cola de Golondrina Verde, miré una hermosa tarjetita de regalo con cinco bellas mariposas pequeñas dibujadas en un fondo blanco. Y no solo eso. No. Claro que no.

Soy gay, motivo por el que ni mi jefa ni mis colegas de la librería me soportan mucho, pero, saber que tenía esta tarjeta en mi poder, me daba una alegría tremenda e indescriptible, querido lector.

Las puertas del vagón se abrieron, miré al interior, y sonriendo, entré.

Volví a mirar la tarjeta una vez más.


Danielle.

+ 56 9 7982 8106

:)

11 de Octubre de 2021 a las 01:15 0 Reporte Insertar Seguir historia
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